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NO ME interesa la amistad entre escritores, que es un mero sub-amor; pero me interesa mucho cuando la relación llega a ser una relación sexual sin sexo, la que se origina del rozamiento que un cerebro recibe de otro y de los celos que se generan de ese roce. En la historia de la literatura universal existen muchas relaciones sexuales sin sexo: me vienen a la cabeza la de Shelley con Keats, la de Scott Fitzgerald con Hemingway, la de Neruda con Vallejo o la de Gide con Proust, pero mi favorita es la de Virginia Woolf con Katherine Mansfield. Fijaos en cómo escribe Woolf sobre ella, años después de que Mansfield haya muerto:
Me viene a la cabeza el recuerdo de Katherine Mansfield –rodeado, como de costumbre, de unos pensamientos que deberían avergonzarme– si hubiera vivido, me digo, habría seguido escribiendo, y la gente habría visto que soy yo quien tiene más talento. Así es como pienso en ella, de forma intermitente, –ese extraño fantasma, con los ojos separados, y la boca tensa, arrastrándose por la habitación. Katherine y yo teníamos nuestra relación; y nunca volveré a tener una relación como esa.

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JAJAJA, PAPINI se atreve a relacionar en su diario el final terrible de algunos prohombres con su anticristianismo:
Robespierre (decapitado); De Sade (prisionero y loco); Shelley (náufrago); Zola (asfixiado); Ardigó (suicida); Nietzsche (loco); Lenin (paralítico); Rosenberg (ahorcado); Comte (loco).  
Todos ellos han combatido al cristianismo o han intentado sustituirlo por otra teoría o fe. 

Papini necesita que Dios se vengue, eso tan poco evangélico. Esa necesidad estaba muy extendida: ya decía Nabokov que en Hollywood era imposible que te aceptaran el guion de "un ateo que llega feliz a los 100 años".

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FREUD APRENDIÓ español para leer el Quijote; Shelley para leer a Calderón. Borges aprendió alemán para leer a Schopenhauer; Cortázar para traducir a Rilke. Cansinos Assens aprendió árabe para traducir Las mil y una noches, Unamuno aprendió danés para leer a Kierkegaard y Joyce aprendió noruego para leer a Ibsen.