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LA VELOCIDAD fittipaldesca a la que se mueve nuestra época es tal que hasta una persona como yo, que igual consume tres o cuatro horas de Internet al día, puede estar al margen de las últimas novedades incluso en un sembrado como el suyo. Hace unos meses dije que los resúmenes de libros que hacen las IAs iban a sustituir a la lectura de los libros completos, pero es que... ¡resulta que ya existen aplicaciones de resúmenes de libros, que se dedican exclusivamente a eso, y yo sin enterarme!

Vamos camino de la Francia de posguerra que denunciaba Julien Gracq en La literatura como bluff, donde apuntaba que gran parte de los lectores franceses, en vez de leerse los libros, se leían solo las críticas y sus alrededores  "para tener algo que comentar", pues en la Francia hiperlectora (solo el 14% de los franceses afirma no leer ni un libro al año, frente al 26% de los italianos o el 35% de los españoles), como no podías tomar un café sin tener una opinión propia de las novedades literarias del momento, nació una industria de reseñas, críticas, sinopsis, reportajes o entrevistas que a veces era superior a la de los mismos libros.

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DICE EL diario de los Goncourt, en anotación del 22 de octubre de 1852:
Hoy aparece PARIS. Es, creemos, la primera revista literaria diaria desde la fundación del mundo. Escribimos el artículo de encabezado.
Al instante me ha venido a la cabeza esta frase famosa de Charles Péguy:
El judío es un hombre que lee desde siempre, el protestante es un hombre que lee desde Calvino, el católico es un hombre que lee desde Ferry.
La literatura no se inventó en el siglo XIX, desde luego, pero fue en ese siglo, con el comienzo de la enseñanza obligatoria  (Jules Ferry fue el ministro de educación que la implantó en Francia), cuando la mayoría de la población, no solo nobles y burgueses, comenzó a acceder a la lectura y surgió en Occidente una montaña de artículos, revistas, tesis, premios y sillones de academia, lo que Byron llamó “formidable revuelo” y Julien Gracq “la literatura como bluff”.

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EN Leyendo y escribiendo, Julien Gracq propone esto con lo que estoy tan de acuerdo: enseñar obras literarias, no autores:
El autor es valorado por el común denominador de todos sus libros, y a esta presión de una idea preconcebida cedemos sin siquiera darnos cuenta. Si se me pregunta, responderé sin siquiera reflexionar "me gusta Balzac". Si me pregunto más estrictamente acerca de mi verdadera inclinación, constato que vuelvo a coger y releo sin cansarme Béatrix y Los chuanes, a veces El lirio o Séraphita. Los otros libros de Balzac, en caso de volver a abrirlos, solo dan lugar muy a menudo a una ratificación en el afecto algo imprecisa: el placer, ampliamente ordenado por una exaltación universal, que ellos procuran, es el que podía procurarme en realidad otros quince o veinte novelistas. [...] En casi todos los escritores, ser "amados" significa en realidad que, de su sustancia, que desearon tan indivisible como incorruptible, el lector más fanático -traicionándolos profundamente- tira tanto, o más, de lo que conserva. ¿Y si los manuales de literatura que se enseñan en los liceos estuvieran basados en adelante en los libros y las obras y no en los autores? Una historia de la literatura, contrariamente a la historia a secas, no debería incluir más que nombres de victorias, puesto que las derrotas no son una victoria para nadie.


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EN LA literatura como bluff, de 1950, Julien Graq señala que mientras los ingleses leen para su coleto, los franceses necesitan comentarse entre ellos los libros leídos, porque consideran socialmente obligatorio tener una opinión formada sobre cada uno de los escritores que puedan surgir en una conversación. Graq no comenta esto con ánimo chauvinista sino condenatorio, pues opinaba que en Francia se había llegado a la corrupción posturera de darle más importancia a esas opiniones enlatadas, a la manera del Diccionario de prejuicios de Flaubert, que a la lectura directa de los propios libros. Aunque ya disponía de algo más que barruntos sobre la importancia que los franceses conceden a los escritores (Borges consideraba a Francia y Japón como las dos únicas naciones donde el escritor tiene el ambiente a favor), me ha sorprendido gratamente la existencia entre ellos de tantos enterados de la literatura, sean verdaderos lectores o eruditos a la violeta, sobre todo porque en su diatriba Gracq se refiere a ellos como “multitud” o “muchedumbre”. ¿Multitud? ¿Muchedumbre? ¿Cuántas personas se pueden encontrar aquí en Madrid, fuera de escritores o profesores de literatura, que puedan darme una opinión de Lope o Quevedo, sea de oídas o de leídas?