CADA VEZ siento más impaciencia con los autores que en sus obras admiten elementos asociados con el folclore o el etnocentrismo, sean Homero, Virgilio, Balzac, Whitman o Dostoyevski, y simpatía por autores que apenas los admiten, Catulo, Vilariño, Woolf, Kafka, Cernuda, Breton.
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COMIENZO A hacer un catálogo de árboles a los que se subían los autores para escribir sus libros. Julio Cortázar se subía de niño a un sauce: allí escribió a los nueve años su primera novela; Miguel Hernández, en Madrid, escribía poemas subido a la higuera que había en el patio de la casa del escultor Víctor González Gil. Idea Vilariño, por su parte, se subía a los árboles de magnolia, aunque no consta que allí escribiera nada, sino que dedicaba aquellas alturas a leer.
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EL PLATONISMO es la marca propia de algunos de los mejores poetas amororos de siempre. La Lisi de Quevedo no es una mujer real; todas las obras maestras de Quevedo en el sembrío amoroso están dedicadas a una mujer que es mero fruto idealizado de su imaginación. Tampoco Neruda escribió sus Veinte poemas a una mujer en concreto, sino a una pluralidad de mujeres de su adolescencia, a las que integró en una sola. Escribir sobre un amante real, sin embargo, tampoco acaba a veces con lo platónico: Katherine Whitmore se queja a Pedro Salinas en una carta de que no se reconoce en los poemas a ella dedicados, y lo mismo dice Juan Carlos Onetti de los poemas de amor que Idea Vilariño escribió sobre él. Y Dante… ¿qué pinta Dante, después de casarse con Gema y tener seis hijos con ella, escribiendo obsesivamente sobre Beatriz, una mujer muerta veinte años antes con la que no tuvo más que un breve y casto beso?
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