LO QUE nos asusta de Borges es su perfección, tan inhumana. De ahí que todas las críticas que recibe su literatura vayan en el mismo sentido: es frío, es cerebral, es pura geometría, no hay espacio en su obra para lo erótico y casi ni para el amor. Obsérvese que son el mismo tipo de críticas que recibe la Inteligencia Artificial, a la que también se le reprocha gelidez y falta de espontaneidad, al punto de que se puede aventurar que la IA, cuando alcance su versión más perfecta, escribirá como Borges, igual que él dijo una vez que Dios, si escribiera, lo haría como Victor Hugo.
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860
AL FIN encontré el fragmento contra las redundancias artísticas que buscaba en el diario de Gide. Es del 22 de mayo de 1907, día en que asiste a una ópera de Strauss y, a la vuelta, hace esta denuncia:
Movilización permanente de todos los recursos. Igual que en Hugo, igual que en Wagner: si para expresar una idea dispone de varias metáforas, no elegirá una, sino que no nos dispensará de ninguna de ellas. En esto hay una total ausencia de sentido artístico. [...] Este arte es el verdadero enemigo.
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SE LE ocurre a Hermann Hesse hacer una copiosa biblioteca de literatura universal y no incluye a Victor Hugo, que todavía era considerado el mejor escritor del mundo cuando él era joven. Aquí es donde veo la pasión anti del alemán, por mucho que luego rellene páginas hablándonos de cuánto le marcó la literatura china "sin haber estado nunca en China".
A mí tampoco me gustan las escuelas árticas o antárticas y por ahí andan esparcidos mis arranques contra lo gongomallarmeano, pero no se me ocurre hacer una historia de la literatura y dejar fuera a Góngora y Mallarmé.
841
SIEMPRE ME ha parecido un misterio que algunos autores solo necesiten el apellido para ser nombrados (Dostoyevski, Kavafis, Chesterton) y otros en cambio se deban decir junto al nombre. Sé que con las escritoras, por motivos supongo que patriarcales, es casi imposible leer a Woolf sin Virginia, a Plath sin Sylvia o a Agustini sin Delmira; también entiendo que, si llevas un apellido muy común, se diga también tu nombre (Juan Ramón Jiménez, Blasco Ibáñez, Jorge Guillén, Tom Wolfe, Stephen King, Julien Green); o que se recurra al nombre para distinguir a escritores que son familia (los hermanos Grimm, Machado, Schlegel, Goncourt...), pero no le encuentro ninguna explicación lógica a que por ejemplo sea rarísimo leer Darío sin Rubén, Capote sin Truman o Hugo sin Victor. Albergo la sospecha, sin embargo, de que esos combos se impusieron por la continua repetición o porque encajaban muy bien desde el lado del sonido, de modo que se han vuelto costumbre de acero y ahora nadie se atreve a separarlos.
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LO DIFÍCIL que es luchar contra tu metabolismo, pues no con otra cosa se escribe. Victor Hugo se dio cuenta leyendo a Shakespeare de que abusar de "lo grande" te aboca a la retórica y la falsedad; sin embargo él no pudo evitar ese defecto del que era tan consciente. Borges a su vez también se dio cuenta de que Whitman utiliza muchas enumeraciones aburridas en sus libros, tomadas de enciclopedias y manuales de oficios, pero él no pudo evitar el mismo error, pues muchos de sus poemas son catálogos tediosos de sus erudiciones: que si la espada del sajón, que si el Alcorán, que si los obstinados hexámetros, que si el hijo de Laertes...
831
PARA SALVARSE de este defecto que denuncio, Gide escribió un imperativo en su Diario que ahora no encuentro y que por tanto voy a decir con mis palabras: el escritor, explica Gide, si cuenta con seis maneras de describir o metaforizar una situación o paisaje o persona, no debe emborracharse con el idioma y ponerme las seis, sino escoger lo mejor de ellas y resumirlo en una que sea elegante y precisa. Gide acuñó este imperativo para meterse precisamente con la prosa de Victor Hugo, que le parecía redundante y es cierto que lo es, pero existe una distancia sideral entre lo que hace Hugo y lo que he denunciado antes en Onfray o lo que denuncié en su día en José Antonio Marina (AQUÍ), Sánchez Dragó (AQUÍ) o Menéndez Pelayo (AQUÍ), en los que me pareció encontrar acumulación innecesaria y fatigosa. Tomemos un fragmento del libro magno del francés:
El parisiense es al francés lo que el ateniense es al griego; nadie duerme mejor que él, nadie mejor que él tiene aspecto olvidadizo; pero no hay que fiarse; es propicio a toda suerte de dejadez, pero, cuando tiene enfrente a la gloria, es admirable en su furia. Dadle una pica y tendréis el 10 de agosto; dadle un fusil y tendréis Austerlitz. Es el punto de apoyo de Napoleón y el recurso de Danton. ¿Se trata de la patria?, se enrola; ¿se trata de la libertad?, levanta barricadas. ¡Cuidado!, sus cabellos encolerizados son épicos; su blusa de tela se convierte en una clámide. Mucho cuidado. De la primera calle Grenéta que encuentre, hará unas horcas caudinas. Si suena la hora, este arrabalero crecerá, este hombre tan pequeño se levantará y mirará de un modo terrible, y su aliento será una tempestad; de su pecho cenceño saldrá suficiente viento para desbaratar los pliegues de los Alpes. Es gracias al arrabalero de París que la revolución, unida al ejército, conquista Europa. Canta, ése es su placer. Dadle una canción proporcionada a su naturaleza, ¡y ya veréis! Cuando no tiene más canción que la Carmagnole, no hace más que derribar a Luis XVI; hacedle cantar la Marsellesa y libertará al mundo.
La prosa de Hugo será todo lo excesiva y retórica que quiera Gide, pero es la prosa de un poeta. Y la prosa de un poeta nunca fatiga, porque se justifica en el continuo creacionismo de su prosodia y de su lenguaje. Aunque yo soy la primera que es consciente de que, si Hugo me cuenta todo así, con más pasión por regodearse en la intensidad del lenguaje que por contarme la historia, el libro va a acabar teniendo 1300 páginas, son 1300 páginas que agradezco. Un caso muy parecido al de otro artífice superior de la lengua, en este caso de la española, como es Francisco de Quevedo.
830
...SIN EMBARGO puedo comprender a Gide o a todos los que se levantaron contra Victor Hugo en Francia, porque este autor llegó a ocupar tal anchura en la francofonía que acabó cerrando todos los caminos, al punto de que es famoso que el abuelo de Sartre, según relata su nieto en Las palabras, dejó de leer cuando murió el autor de Los Miserables. Es un caso muy parecido al de Neruda en el mundo hispánico: Neruda también es verbalmente poderoso, también es egocéntrico (de hecho, se le acusaba de "creerse Victor Hugo"), también es intenso y exagerado, también luce una panoplia variadísima que va de lo amoroso a lo épico, capaz de hacer vanguardia y realismo socialista con el mismo talento, de modo que ocupa todos los caminos de la poesía hispánica y se convierte en "el poeta" por antonomasia hasta que, siguiendo la lógica del boomerang, acaba estragando y generando a la barra brava de los anti, porque la Hugofilia y la Nerudofilia extremas engendran Hugofobia y Nerudofobia igualmente extremas. Mientras en el caso de Hugo la fobia ha remitido mucho en las últimas décadas, en el caso del poeta chileno no solo ha remitido sino que ha aumentado, primero tras la caída del muro de Berlín, donde a todos los poetas que elogiaron a Stalin (Éluard, Alberti, Aragon, Hernández...) se les hizo pagar un precio, y segundo con la llegada del feminismo, que al mundo hispánico no llegó en serio hasta hace quince años, y que no le perdona la violación a una mujer tamil y el abandono de su hija con hidrocefalia, al extremo de que hoy es el día en que me atrevo a afirmar, por mis continuas navegaciones en la red, que Neruda es el poeta más rechazado del mundo hispánico. Con el feminismo hay que estar hasta cuando exagera, pero borrar a Neruda y entronizar a Gloria Fuertes quizá sea algo más que una exageración.
767
LA SACROSANTA veracidad, el cacareado temblor humano con que se escribe la obra, la necesidad sin la cual es en vano tomar el bolígrafo... estas son algunas de las grandes bobadas que repite cada poco tiempo cierta Intelligentsia de la literatura, tan enamorada de los hayques, que siguen perdurando como perduran los errores con algún relámpago de puntería.
Si fuera cierto que la verdad de la obra y la necesidad de escribirla es lo más importante, la luminaria del siglo XX sería Aleksandr Solzhenitsyn. Nadie escribió con tanta verdad y urgencia por contar la injusticia como este autor soviético, nadie untó su pluma en la tinta de tanta carne y hueso, ni llenó tantas páginas de testimonios de la vida real más cruda. El problema, ay, es que los mamotretos de Solzhenitsyn son infumables, porque se trata de un literato pésimo, con una nota muy alta como persona pero bastante peor como artista, la viva demostración de que con esos mimbres, si no vienen acompañados de otros, tampoco te garantizas la Eneida.
Con ingredientes similares o un poco más cocinados, sin embargo, Dostoyevski y Céline construyen su gloria, como lo hacen en menor o mayor medida Hemingway, Kerouac, Bukowski, el 90% de los poetas laureados o todas las cimas de la literatura confesional. En Neruda se ve muy bien cómo consigue poemas extraordinarios cuando escribe sobre conflictos políticos que le afectan, en los que incluso se le han muerto amigos, y con qué cantidad de poemas mediocres nos abruma cada vez que escribe de política con telescopio, sobre conflictos en los que ni sufre ni arde.
Yo no niego la parte de acierto de los que abogan por “ser sinceros”; lo que digo es que es solo una parte, y no la imprescindible.
Podría poner el caso contrario: el de un libro, La casa de los espíritus, de Isabel Allende, que es una obra maestra mientras parece fábula, mientras parece que está novelada, y se malogra al final cuando la autora siente que debe darnos un discurso político contando su verdad y necesidad de contarla. Cuántos autores, hablo de Galdós, de Zola, de Hugo, de Gogol, de Gorki, de Beauvoir, de Bernanos, de Chesterton, de Steinbeck, de Brecht, introducen sus opiniones o sus partes de verdad en sus fábulas, y resulta que encuentras más verdad en sus mentiras que en su pretendida verdad, que no viene a cuento y que es la parte desechable de su obra. En literatura es lícito incluso el consejo contrario, el que nos dieron Flaubert, Bécquer o Mallarmé: el de que no confiáramos en el fácil arrebato de la inspiración, el de que no escribiéramos en el arrebato del momento, el de que dejáramos pasar un tiempo nuestras simas emocionales para verlas con mayor perspectiva.
La cantidad de literatura que se ha creado desde presupuestos distintos y hasta opuestos es infinita. ¿Creéis que Cervantes escribió el Quijote por una necesidad de revelar una verdad al mundo, o que así se escribieron Tristram Shandy, las Mil y una noches, el Barón de Munchausen o Cien años de soledad? Más bien pienso que a Cervantes se le ocurrió una gamberrada y a partir de ahí, llevado por su talento superior y por el mero placer de jugar, fue pariendo esa obra maestra que se nota escrita sin urgencia ni responsabilidad.
No sé cuál es la razón por la que unos escritores se crecen en la verdad sentida de la biografía y otros son mejores en la que surge de la imaginación; entiendo que habrá motivos ambientales y genéticos, además de los puramente elegidos; lo que constato es que los caminos que llevan a la gran literatura son múltiples.
La guerrilla literaria no se distingue demasiado de la del fútbol. Algunos entrenadores abogan por el fútbol ofensivo a todo trance (Cruyff, Menotti, Guardiola); otros abogan por garantizar la defensa pase lo que pase (Trapattoni, Bilardo, Mourinho), pero el entrenador que yo defiendo, el que creo que atina más veces, es el que no se entrega a fórmulas cerradas y juega dependiendo de la calidad de sus futbolistas, del rival que le toque en suerte y de la posición que ocupe en la tabla clasificatoria (Ferguson, Ancelotti, Luis Aragonés).
739
PENSANDO EN el Alavés, club de fútbol cuyo apodo es "El Glorioso", me han venido a la cabeza los peligros de la exageración. El Alavés jamás ha ganado un título desde que se fundó, pero al lograr el ascenso a Primera División, en la temporada 1929-1930, a sus seguidores se les calentó tanto la cabeza que le pusieron ese apodo y ahí llevan, noventa y cinco años arrastrándolo sin ganar nunca nada, acumulando gloriosas derrotas y descensos igual de gloriosos.
Lo bueno de la exageración es que dota de intensidad al tedio cotidiano y lo malo es que puede volverse un boomerang. Exageramos para concitar la atención y colocarnos en el centro, pero la gente deja de escucharnos y pierde la confianza en nosotros en cuanto nos descubre en delito de hipérbole. Otro problema es que el exceso agota: de todos los grandes exagerados (Miguel Ángel, Quevedo, Rubens, Beethoven, Hugo, Nietzsche, Pizarnik, Freddie Mercury) tengo que descansar de vez en cuando, porque me abruman sus dramas y músculos y decibelios.
735
SARTRE SE encogía de hombros cuando le reprochaban la cantidad de fama y dinero que acumulaba “mientras Baudelaire era anónimo”, pero la crítica estaba mal hecha, porque mientras Baudelaire era anónimo, Victor Hugo resplandecía, y mientras Sartre dominaba, Cioran seguía esperando su momento. En todas las épocas existen Lopes de Vega que se ganan desde el principio el favor del público, otros que tardan un poco más, y la mayoría que no llega nunca...
716
DESCUBRO LEYENDO los Cuadernos de Valéry que este autor ya andaba plagiándome (uno más) con cien años de antelación. Eso que dice de Victor Hugo, que se hizo con el centro de la literatura francesa con tal mano de hierro que obligó a los demás a escribir a la contra o al costado, en función de lo que hacía Hugo, es lo que he sostenido yo siempre acerca de Lope de Vega, que reinó de tal forma durante el Renacimiento y el Barroco español que obligó a los cuatro monstruos que orbitaban alrededor, Cervantes, Quevedo, Góngora y Calderón, a buscar los resquicios que dejaba libres el autor de Fuenteovejuna. Como no podían competir con la poesía transparente del Fénix de los ingenios, Góngora y Quevedo se lanzaron a la aventura lingüística desaforada; como no podía competir con la gracia y la fantasía del teatro lopesco, Calderón se esmeró en la composición, la pertinencia y la filosofía. En cuanto a Cervantes, derrotado en el teatro y en el verso por el inacabable torrente lopesco, encontró en la novela el anhelado territorio ignoto.
—¿Sigues sosteniendo, Vanessa, que la mitad del Quijote se debe a Lope, como sostenías a gritos en tus tiempos del bebercio?
—Tanto que la mitad no, pero lo que hizo Cervantes es lo mismo que hacían algunos rivales de Michael Phelps, que se apuntaban solo a las pruebas de natación donde Phelps no participaba. Por más que la españolería diga que Cervantes era un hombre bueno y tolerante, yo le encuentro envidia y resentimiento por todas partes, y la principal prueba es la cantidad de pullas ofensivas que hay en el Quijote contra Lope de Vega.
688
IBA POR la calle Princesa y me encuentro con la siguiente placa: “Aquí vivió Emilio Carrere, que dedicó a Madrid gran parte de su obra”. Al punto me he echado a reír, porque mi ego me ha imaginado enseguida la placa contraria, “Aquí vivió la poeta maricrónica, que escribió contra Madrid todos los días”, placa del todo imposible no solo por mi tamaño de pezqueñina, sino porque el terruño solo festeja a quien lo festeja.
Quieren a los escritores arrodillados ante el nosotrismo. En Madrid existe una ruta de las letras para turistas que consta únicamente de autores folclóricos; falta por hacer un itinerario con todos los autores extranjeros que vivieron o pasaron alguna vez por esta ciudad, que son muchos (además de infinidad de panhispánicos, me vienen enseguida Hugo, Gautier, Pound, Rilke, Valéry, Aragon, Hemingway, Malraux, Cocteau).
Hasta diez ciudades griegas compitieron entre ellas por demostrar que Homero había nacido en su seno, por lo que llueve sobre mojado. A veces nace un escritor tan grande (Cervantes, Borges, Pessoa, Dostoyevski...), que consigue librarse de la prisión onfaloscópica, pero tampoco te creas: cuando eso sucede el nosotrismo contraataca, nombra al autor “biblia nacional” y condena a los pobres escolares a hacer el “análisis morfosintáctico” de sus obras :)
681
ME HA bastado leer que Giorgio Manganelli, escritor milanés, practicaba una escritura "narcisista y egocéntrica", para pasarme media noche buscando libros y referencias de este autor, del que hasta ahora no había leído nada. Siendo mi escritor raíz Victor Hugo (a quien llamaban hugólatra) y su hijo Pablo Neruda, la historia de mis lecturas es una predilección por el yo que suena y muerde y vanidosea de sí mismo. Las que todavía lo cultivamos pronto vamos a desaparecer, porque las nuevas hordas lectoras de Internet nos dicen todos los días que no nos soportan, pero mientras vivamos lo vamos a llevar en alto y orgullosas y aunque todo el mundo.
667
EN FRANCIA existen 2454 calles y 1900 monumentos con el nombre de Victor Hugo. A su funeral celebrado en 1885 acudieron dos millones de personas.
Me pregunto si existirá algún escritor en el mundo que haya alcanzado una gloria siquiera cercana a la de este autor en Francia.
660
LO MÁS curioso de los dos robustos volúmenes de entrevistas de la revista The Paris Review, publicados por Acantilado, es que ninguno de los entrevistados, en su mayoría anglosajones, salen con la murga de la humildad. Es ponerte a leer entrevistas de escritores latinoamericanos, portugueses, españoles, italianos..., procedentes de lugares católicos donde los curas han causado estragos, y sale la habitual condena contra el narcisismo, la vanidad de los escritores, el ego.
Quede claro que aquí estoy a favor de los ombliguistas y que tengo predilección por el género confesional. A mí sí me interesa que los escritores me cuenten su "vidita". Siempre he amado a los escritores ególatras como Nietzsche, Plath, Capote, Pizarnik, Umbral, Garro, Sontag, Neruda, Aragon, Houellebecq o Tsvetáyeva y, si nunca he criticado los concursos de humildad en que suelen convertirse algunos debates literarios de mi zona cultural, es porque me conozco el percal y no quiero morir a manos de la marabunta :)
646
SOSPECHO QUE la literatura francesa tomó cuerpo en los salones y aledaños de la corte versallesca, esto es, en la intriga, en la murmuración, en la media verdad. Aprisionados en un ouroboros donde la menor frase inoportuna podía costar la posición social, aprendieron a ir de costado, a perfilarse, a ser dobles y triples y cuádruples: Tartufo tenía que nacer en Francia. Una de las obsesiones que más me sorprenden de esta literatura con respecto a las demás es la de “el buen gusto”, la medida, el bajo contraste, la eufonía: esa es la razón de que Gide o Valéry no le perdonaran a Victor Hugo el haber existido, porque Hugo es un autor muscular que solo tiene órganos para lo grande y aparatoso, Hugo es el mal gusto clavado en el culo de la literatura francesa, que es una literatura de las élites y para las élites. Los escritores de ese país se fueron formando en las suavidades del estilo, la etiqueta, la cortesía y de la musique avant toute chose. Mientras los demás escritores caminaban, ellos empezaron a patinar; mientras los demás golpeaban, ellos comenzaron a acariciar; mientras los demás decían, ellos empezaron a sugerir: así se forjó la mejor literatura de Occidente.
—¿Mejor que la griega?
—Mejor.
—¿Mejor que la romana?
—Mejor.
—¿Mejor que la inglesa?
—Mejor.
627
ESTA CRÍTICA que le hace George Moore a Victor Hugo parece dadaísta, de lo más aleatoria del mundo, pero creo que alberga algo de razón: no saben los escritores fértiles el daño que se hacen a veces produciendo obras en serie, por buenas que sean algunas de ellas:
¡Hugo! ¡Es imposible hablar de literatura sin hablar de él! Para terminar: él pensaba que diciéndolo todo y repitiéndolo veinte veces, imposibilitaría para siempre la llegada de otro gran poeta. Pero una obra de arte tiene valor y produce placer en proporción a su rareza: un hermoso libro de poesía vale más que veinte hermosos libros de poesía. Eso es una verdad absoluta e indiscutible; un niño puede reírse de esa verdad: de que un verso es preferible al poema entero, una palabra preferible a un verso, una letra preferible a una palabra: pero eso no afecta a la verdad. Hugo no ha tenido nunca la suerte de escribir un libro malo, ni siquiera un verso malo, así pues la posteridad no pudiendo leerlos todos, no leerá ninguno. ¡Cuánta inmortalidad no ganaría si destruyera la mitad de su obra!
541
LO QUE llegó a ser el teatro en otras épocas, las pasiones que alimentaba, es algo que no se entiende en nuestros días. La narración que hace Herrero de Miguel, en su biografía de Victor Hugo, del estreno del drama Hernani, más conocido por La batalla de Hernani, es más propia de una crónica de guerra o de un relato radiofónico de fútbol:
Las huestes románticas llegaron a constituir un total de cuatrocientos jóvenes dispuestos a defender el drama y a dejarse hacer pedazos por la victoria de la nueva escuela. Los jefes de la tribu, responsables de las falanges a su mando, eran Gerard de Nerval, Luis Boulanger, Charles Nodier, Teophile Gautier, Emile Deschamps, los hermanos Deveria, Ernest de Saxe-Coburg, Celestin Nanteuil, etc. Cada uno de ellos iba provisto de hojitas cuadradas de papel rojo sobre las que el maestro tuvo la ocurrencia de imprimir en castellano la palabra hierro. Esta contraseña, símbolo quizá del duro castigo que esperaba a los partidarios del clasicismo, debía servirles para entrar en el teatro y en cierto modo de signo de reconocimiento.Ya en plena polémica, llegó el memorable día 25 de febrero de 1830. Los anuncios llamativos de Hernani o el honor castellano, drama nuevo en cinco actos y en verso, reavivaron las pasiones, ya sobreexcitadas en extremo, y la curiosidad de París. Los soldados del romanticismo ardían de impaciencia. Su general en jefe, es decir, Victor Hugo, para mejor combinar el plan estratégico y asegurar el orden de batalla, pidió que les dejasen entrar en el teatro antes que el público. Y como lo consiguiera, dándole de plazo hasta las tres, hora en que la gente comenzaba a formar cola, las greñudas tropas pudieron tomar posiciones a sus anchas, entrando por la calle de Valois.El primer acto, bien representado, acabó con aplausos unánimes. La técnica nueva de algunos versos del segundo prende la chispa de la discordia. Los palcos y las butacas de orquesta protestaron. La tempestad estalló de repente en la escena de los retratos. La mayor parte de los espectadores promovieron, durante cerca de un cuarto de hora, un griterío infernal. Más los frenéticos aplausos de las huestes románticas se impusieron al tumulto y el drama pudo llegar al monólogo de Carlos V, en el cuarto acto, que decidió el triunfo. A partir de este largo monólogo, todo el teatro, incluyendo los palcos, se unieron a las delirantes aclamaciones que saludaron el nombre del autor. Hernani había vencido.
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LO QUE cada vez me molesta más de Hugo, Nietzsche, Neruda, Bukowski, Houellebecq: que no hayan dado muestras de disolución del yo, que hayan conservado la ficción de una identidad dura, al contrario que Pizarnik, Plath, Woolf o Tsvetaeva, que muestran una identidad borrosa o a-punto-de-romperse. Ya es curioso que todas sean mujeres y suicidas. ¿Será que los hombres se ven obligados al militarismo de la identidad compacta? ¿Será que las mujeres sufren en el casi-yo, consecuencia del papel subalterno que se les ha otorgado desde la cuna, como se refleja tan bien en los diarios de Plath?
474
ME PREGUNTO si habrá existido en la historia de la literatura un escritor que haya alcanzado más gloria en vida que Victor Hugo. Dice Donald Sassoon en Cultura. El patrimonio común de los europeos:
Cuando Hugo se ausentaba de Guernesey (adonde se trasladó en 1854), cientos de visitantes hacían visitas guiadas a su casa, organizada como una especie de museo. Firmaban en el libro de visitas y recogían como recuerdo cantos rodados de la orilla de la playa por la que Hugo había paseado. Tras regresar del exilio, el apartamento de Hugo en París se convirtió en un lugar de peregrinaje: en una ocasión, un gran grupo de turistas estadounidenses trató incluso de penetrar en él. En 1881, al cumplir Hugo los setenta y nueve años, quinientas mil personas pasaron por delante de su ventana para saludarle. Más tarde, se cambió el nombre de la parte de la avenida de Eylau en la que vivía por el de avenida Victor Hugo (y así se denomina hoy), y un cruce cercano pasó a llamarse plaza de Victor Hugo. Dos millones de personas asistieron a su funeral, cantidad que superaba el total de la población de París. Podía verse su rostro en platos, salvamanteles, plumas, pisapapeles, soportes para pipas, tirantes, papel de fumar, cajas de tabaco, bastones y papeles pintados. Al cumplir los ochenta y tres años, una caricatura publicada en La Comedie politique le mostraba en el momento de entrar en el cielo, donde Dios le cedía respetuosamente su trono. El Larousse Universel en dos volúmenes de 1922 se vio obligado a incluir la acepción de las voces hugolâtrie y hugophile.
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