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DIJE QUE Eckermann se excedía dorando la píldora a Goethe; pero otro tanto se permite Boswell para encumbrar a Johnson. Dice Boswell que el padre de Johnson cursó una solicitud al rector Samuel Lea para que admitiera a su hijo en la escuela de Newport, pero que este se la denegó. Sin embargo, en el mismo párrafo dice que Samuel Lea, ya anciano, comentó que “uno de los hechos más memorables de mi vida es haber estado a punto de contar con un hombre tan grande como Samuel Johnson como alumno”. ¿En serio fue memorable que CASI fuera tu alumno, cuando además tú mismo le denegaste la admisión?

Unas líneas más adelante, para desmentir las críticas que se le hacían a Johnson por hombre a veces de trato poco cortés, Boswell hace salir de la nada un papel escrito por “una dama”, de la que no nos da el nombre ni mayor detalle, salvo que el papel se lo ha dado “la hija del doctor Lawrence, médico de Johnson”. Lo siento mucho, pero este no es un procedimiento serio en un periodista, ni en un biógrafo, ni en un historiador. Alguno me dirá, Vanessa, con ese tipo de procedimientos hicieron sus libros luminarias como Herodoto, Suetonio o Diógenes Laercio, a lo que yo les diré que sí, que de acuerdo: sin duda a ese dudoso club pertenece el libro de Boswell.

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ESO QUE dijo Benjamin Disraeli, que repetir las mismas anécdotas es una señal de que te has hecho viejo y debes retirarte del mundo, no creo que me vaya a pasar nunca, porque como buena discípula de Montaigne y lectora de algunos historiadores grecolatinos (Herodoto, Suetonio, Plutarco, Diógenes Laercio), guardo en el cerebro un almacén interminable de chascarrillos que son mi unidad mínima de palabrismo. Uno de mis autores favoritos de juventud con el que ahora soy injusta, Francisco Umbral, también fue el mayor fardo de anécdotas de los escritores españoles del siglo XX (empatado quizá con Julio Camba y con el Gómez de la Serna retratista), y además eran las suyas de las más terroristas y desvergonzadas que me he leído nunca. Recuerdo cuando leí la que contaba sobre Emilia Pardo Bazán, que mantuvo un amorío famoso con Benito Pérez Galdós y otro con Blasco Ibáñez. Umbral cuenta la misma anécdota con los dos. Venían los amigos íntimos a preguntarle qué tal iba su relación con Emilia y Benito respondía, apesadumbrado:

—Mal, porque me hace daño cuando me la chupa, por lo que le he pedido que se quite la dentadura postiza.

Incluso con una anécdota aparentemente tan poco nutritiva como esta, que parece buscar solo el morbo, yo me pongo de inmediato a manosearla y descebollarla, tal es la pasión que siento por estas historias bonsái. La primera conclusión a la que llego es que a finales del siglo XIX en odontología ya existían las dentaduras postizas; la segunda que Pardo Bazán debía ser una mujer muy adelantada a su tiempo, pues yo he nacido 125 años después en una zona rural y allí es impensable que una mujer le chupe la polla a su novio (o que su novio le chupe el clítoris a ella); la tercera que Pérez Galdós o Blasco Ibáñez no eran indiferentes a la masculinidad tóxica que ha predominado en casi todo tiempo y lugar, pues les gustaba contar a sus amigos sus hazañas como sansones del sexo. La cuarta y última que Francisco Umbral era un impresentable difundidor de rumores morbosos, al mismo nivel que lo estoy siendo ahora yo :)

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SI LO que sucedió anteayer con motivo de la celebración del holocausto indígena, me refiero al error que hizo que la Patrulla Águila dibujara en el cielo una bandera republicana en vez de la rojigualda, hubiera sucedido en la antigua Grecia o la antigua Roma, tanto Herodoto como Suetonio lo habrían tenido muy claro: esta señal es de muy mal agüero para la monarquía española, la llegada de la Tercera República es irreversible.

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SE EQUIVOCAN quienes sostienen que las antiguas obras grecolatinas que se salvaron fueron las mejores y que tanto bárbaros como cristianos y musulmanes, al destruir más del 90% o dejar que se perdieran, vinieron a hacer un donoso escrutinio de las letras, una suerte de antología de lo mejor o más memorable. Al contrario, la razón de que se hayan conservado tantas páginas de Platón o Séneca no se debe a su indudable calidad, sino a que su pensamiento era muy cercano al cristianismo, mientras que la razón de que la obra de Epicuro o de la mayor parte de los filósofos hedonistas o materialistas se haya perdido, incurias aparte, es que era refractaria a esa religión monoteísta. Por otra parte, que se hayan salvado obras como las de Herodoto, Suetonio o Diógenes Laercio no se debe a su reputación como historiadores, que es bastante dudosa, sino a que llenaron sus historias de anécdotas y chismes de lo más divertido. Si estos tres historiadores hubieran cubierto la crisis actual del coronavirus, estoy seguro de que habrían prescindido de cualquier interpretación estructural para entregarse a la rumorología, el morbo y la conspiranoia: contarían cómo los chinos crearon el virus en un laboratorio para destruir Occidente; cómo los médicos dejaban morir a los ancianos y se lanzaban a salvar a los más jóvenes en los tiempos en que faltaban respiradores; cómo Bill Gates metió chips en las vacunas para controlar a la población, etc. No es solo que se haya perdido el 90% del legado grecolatino, sino que el 10% que se ha conservado es muuuy sospechoso, muchas de las obras salvadas llevan grabada la palabra CULPA.


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UNA DE las razones de que Herodoto, Plutarco y Suetonio sean tan maravillosos es que no solo escriben la versión seria de la historia, sino que también incluyen las versiones más débiles, basadas en rumores, leyendas o intervenciones divinas. Uno está leyendo un libro de historia con todo el rigor y pesadez de los libros de historia, pero a la vez parece que está leyendo a Bocaccio, Chaucer o Las mil y una noches: son manuales/antimanuales cuya mezcla asombrosa sobrepasa lo histórico y se adentra en lo literario-artístico, donde pueden competir con los mejores escritores del mundo. El único problema de leer a estos tres autores grecolatinos es que generan tal vicio en el lector que dificultan la lectura posterior de historiadores modernos. Pasar después de ellos a Hobsbawm, Elliott o Álvarez Junco es muy duro, porque uno nota que se desciende, que la prosa es más plana, que la asepsia se impone y, sobre todo, que falta algo: ¿por qué en estos libros de historia modernos no hay chocolate?