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DICE MONTERROSO en Viaje al Centro de la Fábula, el subrayado es mío:
Creo que Cervantes es el escritor que de veras me cae bien. No digo que lo venero porque no soy licenciado, pero sí que me gusta saber que está ahí, que es el mejor novelista en cualquier lengua y que basta con él para acallar todas las tonterías que se dicen contra los españoles y acerca de la incapacidad de nuestro idioma.
¿Quién habla de la "incapacidad de nuestro idioma"? En España nadie: salvo la sissy de los dos gatos (y yo solo me refiero a la poesía: sostengo que la búsqueda de una prosodia musical con un idioma de ladrillos tan grandes desemboca en versos vacuos y artificiales), que ya sabemos que es una anti irrecuperable, yo no he oído a nadie encontrarle la más mínima verruga al idioma. En América en cambio existe el debate, porque los americanos viven en una posición ambivalente ante la lengua: por una parte la consideran suya, pero por otra la siguen considerando la lengua del colono. ¿Y cuál es la consecuencia de esta actitud crítica del americano ante el idioma frente a la reverencial del español? Que los americanos dan transgresores, Oquendo de Amat, Vicente Huidobro, Salvador Novo, Efraín Huerta, César Vallejo, Oliverio Girondo, mientras que entre los españoles abundan autores meritorios pero que escriben como cincuenta o cien años atrasados, Clarín, Galdós, Baroja, Lorca, Torrente Ballester, Delibes..., y solo se apuntan a las revoluciones estilísticas del mundo si previamente un americano (Darío, Vallejo, Neruda, García Márquez, Vargas Llosa...) hace una visita a Madrid o Barcelona. ¡Con razón llamaban a Antonio Machado con mucha retranca "el mejor poeta español del siglo XIX"!

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DIJE QUE The Guardian era el mejor diario del mundo, pero algunas de sus publicaciones me hacen pensar que me precipité en el juicio. Por ejemplo esta, donde preguntan a algunos escritores sobre quién es mejor, si Shakespeare o Dickens.

Ya el modo disyuntiva, más típico de Quora o Reddit, no es aceptable en un diario serio, pero es que además la pregunta por fuerza la ha tenido que formular un sandio o un patriota, por decir dos sinónimos. ¿Dickens al nivel de Shakespeare, me estáis hablando en serio?

Está Shakespeare, luego un desierto enorme, después del desierto un océano, después del océano Siberia, y después de Siberia ya asoman tímidamente los demás (Dante, Cervantes, Dostoyevski, Proust, etc).

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EL ÚNICO progreso en la literatura que me parece cierto es el derivado de la técnica y de la acumulación memorística de literaturas: en ese sentido, nuestra época es la primera de la historia en que todas las corrientes artísticas del mundo y todas las innovaciones, gracias a las nuevas tecnologías de transmisión del conocimiento, llegan a cualquier parte del planeta enseguida, de forma que conocemos rápidamente (si queremos), vivamos en el punto del mapa donde vivamos, qué es el fluir de la conciencia, qué es el narrador personaje, qué es el verso libre, qué es la escritura automática, recursos todos ellos que Dante o Cervantes desconocían. El escritor que se pone a escribir en 2025 tiene a la vista un almacén de recursos y ars poeticas como no se han conocido en otro momento de la humanidad, lo que hace que los autores del siglo XXI sean en general más variados en técnicas y estilos que los escritores del pasado, que siguieron horacios o boileaus mucho más rígidos. Sin embargo, si nos ponemos a practicar algún género con las mismas premisas que se practicó en el pasado, el progreso no lo encuentro por ningún lado: ¿se han escrito alguna vez en español sonetos mejores que los de Lope, Quevedo y Góngora? ¿Alguien ha superado los ensayos de Montaigne? ¿Los cuentos de Bocaccio? ¿Las biografías de Plutarco? ¿El Quijote?

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ENTRE LOS mayores ataques velados que ha recibido nunca la literatura, y probablemente el más famoso, es el que le hizo Samuel Johnson en el libro de Boswell, cuando dice:
¿Hay alguna obra que el hombre haya escrito, y que cualquier lector deseara que fuese más larga, además de Don Quijote, Robinson Crusoe y el Progreso del peregrino?
Me atrevo a decir, sin embargo, que si el doctor Johnson hubiera conocido el siglo XIX, en el que se consolidó la novela de aventuras, o el siglo XX, donde hicieron lo propio la novela negra y el género fantástico, quiza su opinión habría sido más favorable, pues solo en los dos últimos siglos se ha librado la literatura de su necesidad moral o didáctica.

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DESCUBRO LEYENDO los Cuadernos de Valéry que este autor ya andaba plagiándome (uno más) con cien años de antelación. Eso que dice de Victor Hugo, que se hizo con el centro de la literatura francesa con tal mano de hierro que obligó a los demás a escribir a la contra o al costado, en función de lo que hacía Hugo, es lo que he sostenido yo siempre acerca de Lope de Vega, que reinó de tal forma durante el Renacimiento y el Barroco español que obligó a los cuatro monstruos que orbitaban alrededor, Cervantes, Quevedo, Góngora y Calderón, a buscar los resquicios que dejaba libres el autor de Fuenteovejuna. Como no podían competir con la poesía transparente del Fénix de los ingenios, Góngora y Quevedo se lanzaron a la aventura lingüística desaforada; como no podía competir con la gracia y la fantasía del teatro lopesco, Calderón se esmeró en la composición, la pertinencia y la filosofía. En cuanto a Cervantes, derrotado en el teatro y en el verso por el inacabable torrente lopesco, encontró en la novela el anhelado territorio ignoto.

—¿Sigues sosteniendo, Vanessa, que la mitad del Quijote se debe a Lope, como sostenías a gritos en tus tiempos del bebercio?
—Tanto que la mitad no, pero lo que hizo Cervantes es lo mismo que hacían algunos rivales de Michael Phelps, que se apuntaban solo a las pruebas de natación donde Phelps no participaba. Por más que la españolería diga que Cervantes era un hombre bueno y tolerante, yo le encuentro envidia y resentimiento por todas partes, y la principal prueba es la cantidad de pullas ofensivas que hay en el Quijote contra Lope de Vega.

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PIENSO A menudo en este detalle. Mientras Montaigne no pudo leer a Cervantes ni a Shakespeare, y Cervantes solo leyó a Montaigne, Shakespeare en cambio pudo leer tanto al francés como al español, que le influyeron de tal manera que hasta tomó trozos enteros de sus obras (del Quijote tomó para escribir Cardenio, hoy perdida, y de Montaigne para escribir La tempestad).

Tampoco otros autores posteriores, como Lope, Calderón, Racine, Corneille, Moliére o Goldoni, leyeron una línea de Shakespeare, lo que quizá hubiera cambiado sus obras por completo. Al final, la aparente desventaja de pertenecer a una tradición literaria débil, o quizá no tan débil pero perjudicada por su insularidad, como sucedía con la inglesa de aquel momento, de la que no se hacían traducciones (las tres grandes literaturas del Renacimiento y el Barroco europeo fueron la castellana, la italiana y la francesa), fue una circunstancia que benefició a Shakespeare, al que sí que le llegaban las traducciones del trío de países latinos.

Shakespeare chupó de los grandes europeos de la época, pero los grandes europeos no pudieron chupar de Shakespeare. Trescientos cincuenta años después iba a ocurrir lo mismo en Latinoamérica: Neruda, Borges, Rulfo, Paz, Carpentier, García Márquez o Vargas Llosa, que procedían de tradiciones débiles, se pusieron a leer las poderosas tradiciones occidentales, mientras que los europeos, víctimas de la complacencia y de su pretendida superioridad, se encerraron sobre todo en sus tradiciones nacionales. Es famoso que Neruda se hacía cruces cuando llegó a Madrid y descubrió que la mayoría de los escritores españoles solo conocían el castellano. Para cuando quisieron darse cuenta, la literatura europea de la segunda mitad del siglo XX ya había decaído y la literatura panhispánica pegaba el gran salto: los nuevos Shakespeare estaban en Latinoamérica.

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NO CREO que Nietzsche leyera el Quijote, porque si se lo hubiera leído, con lo lector tan clínico que era, habría descubierto al personaje de Sancho, que es el huevo de Colón que hace funcionar el libro de Cervantes. El problema de Zaratustra es que no tiene ningún Sancho al lado que le pregunte o matice o incluso discrepe, y sus largas disertaciones llenas de retórica terminan aburriendo, porque además Nietzsche no es tan gran poeta como se creía, o solo lo es en prosa cuando se muestra autobiográfico (Ecce Homo) o martillo dialéctico (El Anticristo).

Si al menos se hubiera fijado en el Evangelio de San Mateo... Para mí ese evangelio es uno de los mejores libros jamás escritos: en él San Mateo presenta a un Jesús misterioso que hace cosas sorprendentes y contradictorias: a veces parece una persona humilde, en otras parece un ególatra; a veces parece pacífico, en otras violento; a veces parece un sabio milagrero, en otras da muestras de oponerse a los milagros. Es el de San Mateo un Jesús lleno de nieblas y huecos que nunca queda como un charlatán, al contrario del Zaratustra nietzscheano, que es un pelma que apenas dejas el libro te sigue hablando, y vas al baño y todavía habla, y coges el metro y sigue con su monserga...

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IBA POR la calle Princesa y me encuentro con la siguiente placa: “Aquí vivió Emilio Carrere, que dedicó a Madrid gran parte de su obra”. Al punto me he echado a reír, porque mi ego me ha imaginado enseguida la placa contraria, “Aquí vivió la poeta maricrónica, que escribió contra Madrid todos los días”, placa del todo imposible no solo por mi tamaño de pezqueñina, sino porque el terruño solo festeja a quien lo festeja.

Quieren a los escritores arrodillados ante el nosotrismo. En Madrid existe una ruta de las letras para turistas que consta únicamente de autores folclóricos; falta por hacer un itinerario con todos los autores extranjeros que vivieron o pasaron alguna vez por esta ciudad, que son muchos (además de infinidad de panhispánicos, me vienen enseguida Hugo, Gautier, Pound, Rilke, Valéry, Aragon, Hemingway, Malraux, Cocteau).

Hasta diez ciudades griegas compitieron entre ellas por demostrar que Homero había nacido en su seno, por lo que llueve sobre mojado. A veces nace un escritor tan grande (Cervantes, Borges, Pessoa, Dostoyevski...), que consigue librarse de la prisión onfaloscópica, pero tampoco te creas: cuando eso sucede el nosotrismo contraataca, nombra al autor “biblia nacional” y condena a los pobres escolares a hacer el “análisis morfosintáctico” de sus obras :)


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EN THREADS pululan turbas de talleristas que siguen con la matraca de que un escritor no puede cometer redundancias (cuando el propio Cervantes escribe "subir arriba" o "bajar abajo" como recursos de intensificación), o no puede repetir la misma palabra en el mismo párrafo (como hacen Baroja o Bolaño a sabiendas), o no puede cometer asonancias o cacofonías. A esto último les he contestado con este fragmento de un artículo de Unamuno del 5 de mayo de 1913, titulado "Orfebrería literaria", y, como decía mi padre, se han quedado "borrados":
Todo esto de las cacofonías y las asonancias y demás bobadas no son más que eso: bobadas. ¿De dónde has sacado que el repetir una misma sílaba en pocas palabras es cacofónico? Tonterías de preceptivos que, no teniendo nada que decir, inventan dificultades técnicas artificiosas para atribuirse el mérito de vencerlas. La mayor parte de esas reglas que se dice fundadas en principios intrínsecos de buen gusto, no son tales. Se han hecho un oído preceptivo, artificioso, y están sordos por dentro. Y no quiero decir sordos a la idea, al pensamiento desnudo de lenguaje –si es que tal cabe–, sino sordos a la música íntima, a la entrañada armonía, y armonía acústica, por supuesto. Porque hasta como música, esa prosa de ebanistería es insoportable. Y monótona. Se oye en ella el chirrido de la muñequilla, que da dentera. ¡Que se te quite la manía de la perfección, hombre! Sin andas con eso de la perfección, acabarás por no hacer nada vivo. Y lo que no es vivo, ni se tiene en pie ni dura.

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ESTO QUE dice José Donoso en Historia personal del "boom" me viene que ni de perlas para exponer mi teoría de las sociedades hispánicas, aquellas donde se ha impuesto una humildad agresiva, de origen católico, destinada a cercenar a los soñadores o ambiciosos. Cuando triunfa la humildad y el igualitarismo más necio, se generan sociedades AMIGUETES CLUB, erigidas contra la meritocracia, por lo que puede suceder que todo un Cervantes o todo un Borges, si carecen de talento social para moverse entre los humildes, que odian ferozmente cualquier superioridad, deban esperar a que les descubran en el extranjero, en los lugares donde se valora el mérito y existe la suficiente generosidad para colocar a un español o un argentino por delante de sus autores nacionales. Dice Donoso en dos fragmentos del libro:
• • • • • El argentino podrá postular a Borges como padre, pero quizá olvide que hasta hace pocos años Borges era gusto de una élite cultural y social muy cerrada, y los que entonces eran jóvenes generalmente no lo compartían: la conciencia del valor de Borges es muy tardía —además de sobrevenir, como tantas cosas en nuestro mundo, después de su “descubrimiento” y triunfo en el extranjero—, de modo que sólo tuvo vigencia como padre a última hora. El caso de Carpentier en Cuba también es tardío.

• • • • • Borges, Carpentier, Onetti, eran casi desconocidos en Chile antes de la década de los años sesenta. La privacidad ejemplar de Onetti retardó la difusión de sus obras. La metafísica y el europeísmo de Borges, y el lenguaje excesivo de Carpentier, hacían que los tildaran, si los conocían, de esteticistas, de literatura inútil, y los relegaran.

A su vez, escribe Ramón y Cajal en Charlas de Café:
Casi todos nuestros ingenios han pasado, como el Guadiana, por tres fases: curso a plena luz, eclipse y reaparición. Y lo más triste es que el nuevo alumbramiento ha sido casi siempre obra de justicia y comprensión del extranjero. ¿Quién no recuerda que Cervantes fue descubierto por los ingleses?


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DESCUBRO EN unas declaraciones de Nabokov que la famosa boutade de Borges, la de que el Quijote es mejor en inglés, contaba con un precedente ilustre: nada menos que Conrad había dicho que la traducción inglesa de Ana Karenina era mejor que el original ruso (aunque hay que tener en cuenta la alergia a lo ruso del polaco Conrad, que también detestaba a Dostoyevski).

En el caso de Borges, sin embargo, siempre he albergado mis dudas de que sea una boutade, porque el Quijote es un libro de comienzos del siglo XVII con lenguaje de su propia época y, en cambio, la mayoría de sus traducciones se vierten a lenguaje actual. Se debe considerar además un detalle que frecuentemente se olvida, y es que Borges acuñó esa opinión siendo niño, cuando leyó por primera vez el Quijote en la traducción inglesa, con nueve años de edad, y me parece de lo más natural que después, cuando accedió al original de Cervantes, su primera reacción fuera aferrarse a la versión inglesa que había leído antes, que además era más clara, igual que casi todos nos aferramos a la primera versión que hemos escuchado de un tema musical. También a los franceses se les hace difícil leer los Ensayos de Montaigne, porque los leen en francés antiguo de siglo XVI (en dialecto perigordino), o los ingleses se tropiezan en Shakespeare con frases en desuso, palabras inventadas o muchos arcaísmos, mientras que para los españoles no catedráticos tanto Montaigne como Shakespeare son pura delicia porque los leemos en traducciones al español de siglo XX o XXI.

Por esa misma razón yo mismo me leí los primeros libros del castellano (Poema del Cid, Milagros de Nuestra Señora, Libro de Alexandre, Poema de Fernán González…), por los tiempos fallidos en que me matriculé por filología en la UNED, en la colección Odres nuevos de la editorial Castalia, que los amolda a un castellano actual. Ya sé que esto repugnará a los puristas, pero la desventaja de no leer las obras en su versión original se ve compensada por la ventaja de leerlas en una versión más inteligible. El traductor de obras antiguas traiciona como todos los traductores, sí, pero traiciona en favor de la claridad y de un aire más moderno.

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DECLARA CÉSAR Aira sobre Sarmiento en una entrevista de 2008:
Hay una cosa en Sarmiento que no me gusta, y es que era un hombre que no leía, era de esos políticos que eligen su tema para entrar en la vida pública, en su caso la educación, el saber, pero paradójicamente él no leía, no dejó una biblioteca. En sus voluminosas cartas, nada menos que 25.000 páginas –si se las publicara completas ocuparían kilómetros de estanterías–, cuenta de todo, hasta el movimiento de sus intestinos, sueños, estornudos, todo lo que le pasaba, pero en esas decenas de miles de páginas no hay una sola mención a un libro. Nunca tuvo un libro en sus manos ni el gusto de hablar de la lectura: se las arreglaba con la lectura de periódicos, de revistas. Y escribió tanto que se ha calculado, haciendo unas sencillas operaciones de multiplicación y división, que redactó unas 70 páginas por día de promedio. ¿Cómo iba a tener tiempo para leer libros?
Esto no lo entiendo. Yo tampoco tolero mucho a los que no leen, porque en el 99% de los casos escriben cosas pésimas, pero cesa mi intolerancia si las escriben buenas, como en el caso de Sarmiento. Existen ingenios legos que han escrito obras maestras, aunque no sé hasta qué punto vale esta definición, porque hasta a Shakespeare y Cervantes se les ha acusado de ser ingenios legos. El propio Aira reconoce en la misma entrevista que Sarmiento escribió cosas buenas y que en el Facundo se pueden leer escenas fantásticas, por lo que, entonces, ¿qué problema hay? Por otra parte, que Sarmiento no hable de libros en sus cartas, acusación que también he escuchado contra Lorca, es otro punto que no entiendo: ¿es que los autores tienen que vivir en escritor las 24 horas del día y hablar de libros hasta en las cartas a mamá?


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NOS GUSTA hablar del genio y del mediocre como dos criaturas que se excluyen, como si Mozart fuera siempre Mozart y Salieri nunca consiguiera despegar de Salieri, pero bastaría con darse cuenta de que el mismo autor que escribió Macbeth escribió también la prescindible La vida y la muerte del rey Juan; el mismo que escribió el Quijote escribió también el pesado Viaje del Parnaso; el mismo que escribió Residencia en la tierra escribió también el incalificable Invitación al Nixonicidio, para concluir que el escritor frutece a veces espléndido y otras muy limitado, con Mozart y Salieri conviviendo a la vez en cada uno de ellos, incluso en los más grandes, y que ser “sublime sin interrupción” es solo una boutade con la que Baudelaire quiso formular un deseo imposible. Belinski a Ánnekov: “¿Has leído el relato La dueña, de Dostoyevski? ¡Un disparate espantoso! ¡Y nosotros que pensábamos que era un genio! ¡Cómo pudimos dejarnos embaucar!”.


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EL ESPAÑOL es la lengua de Quevedo, no la de Cervantes: es el cojo su verdadero artífice, quien la utiliza de todas las formas posibles, también las más gratuitas. De la novela sí que se podría decir que es “el género de Cervantes”, porque aunque no la fundó, suyo fue el primer fruto más estruendoso. Dicho esto referido a la novela occidental, porque se tiende a olvidar que la primera novela mundial de la historia es el Genji Monogatari, de Murasaki Shikibu.


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NABOKOV ENCUMBRÓ la precisión o exactitud como valor máximo; por eso arremetía contra El Quijote, porque sostenía que era imposible hacer un mapa cabal de los territorios por los que se desarrollaba la novela, o porque don Quijote y Sancho habían perdido en sus aventuras más de cien dientes "y eso no es posible". A su admirado Kafka también le sacaba fallos; así responde a la pregunta de un alumno en la universidad de Cornell:
PREGUNTA: ¿Qué clase de escarabajo era Gregorio Samsa?
VLADIMIR NABOKOV: Era un escarabajo abovedado, un escarabajo con alas, y ni Gregorio ni su hacedor cayeron en la cuenta de que cuando la criada hacía la habitación, y abría la ventana, podría él haber escapado volando, uniéndose a otros escarabajos felices que giran alrededor del estiércol en los senderos del campo.


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EL ESTADO necesita la literatura para que te identifiques con él. Para que sepas a qué redil perteneces. Y para que te identifiques, no le sirve tanto La Celestina como Luces de bohemia, no le sirve tanto la prosa del Lazarillo como la de Galdós, no tanto las coplas de Manrique como los versos de Miguel Hernández, porque las obras antiguas están escritas en un español antiguo, a veces dificultoso, firmadas a menudo por autores que hoy serían considerados como misóginos, islamófobos o antisemitas, autores que se movían en un ambiente hiperreligioso, muy distinto al actual, y daban mucha importancia a cuestiones como el honor, la limpieza de sangre, la nobleza de nacimiento o la divinidad del Rey. Han conseguido salvar a Cervantes para la modernidad gracias a toneladas de propaganda y gracias a que Cervantes era un raro espíritu tolerante, pero lo habitual es justo lo contrario: cuanto más contemporánea es una obra, más cercana la siente el lector. ¿Que Alberti, un poeta menor, nos viene mejor que Quevedo, un gigante, para que el ciudadano interiorice LO NUESTRO? ¿Que Lorca, un autor folclórico, nos viene mejor que Lope de Vega, un monstruo incomparable, para poner a la población en filas? Pues bienvenidos sean los autores pirenaicos del siglo XIX y XX antes que los himalayas del siglo XVI y XVII: así funciona la literatura desde que la traicionaron y la pusieron al servicio de la nación.

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RESPONDÍA ASÍ Javier Cercas a una pregunta del diario El País, hace unos años, referida a los retrasos en la conmemoración del año Cervantes:
Me había preguntado muchas veces si los españoles nos merecíamos a Cervantes. Ahora ya sé que no. Es más: que los ingleses se queden a Cervantes; lo tratarán mejor. Lo prefiero. Fueron ellos antes que nadie quienes pusieron en valor el Quijote y lo utilizaron como referencia de lo que consideraron la primera novela moderna.
Esta manera de pensar me parece equivocada. Ni el Quijote lo escribieron los españoles ni pertenece a los españoles y tampoco Cervantes se forjó gracias a España; más bien se puede decir, leyendo su biografía, que se forjó a pesar de ella. Es imposible que los españoles cedan a Cervantes a los ingleses, porque lo único que se puede hacer con un libro es leerlo, y la lectura es un acto individual, no colectivo. UNA persona escribió ese libro para que fuera leído de UNO en UNO: aquí ni españoles ni ingleses tenéis nada que hacer.


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Y CUANDO hablo de “grandes genios del pasado”, me refiero a los genios de verdad, que son muchos menos de los que nos aseguran los hinchadores de globos de la patria. A mí solo tres escritores nacidos en España me han hecho sentirme aplastado, con la sensación de hallarme ante monstruos: Miguel de Cervantes, Lope de Vega y Francisco de Quevedo. Los otros que nos venden como genios, los albertitos, los azorines, los barojitas, los orteguitas, los galdositos, los guillencitos, no me parece que se merezcan el prefijo in- que tantas veces se les adjudica (insuperables, imprescindibles, incomparables…): más bien me parecen escritores excelentes que, como decía aquel, “incluso cuando vuelan, se les nota que tienen patas”.


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MÁS SOBRE el supuesto antiespañolismo de Borges. Este genio de la literatura fue una persona muy compleja y a la vez un maestro en bufonerías. En ese vaivén humor/esquizofrenia, de pronto fingía no conocer a Antonio Machado (¿Es que Manuel tiene un hermano?), para semanas después proclamar que el sevillano era mejor que Lorca y que todo el 27. De pronto decía que Bécquer “era una débil réplica del primer Heine”, para en otra ocasión decir: “¿Es que esos majaderos de surrealistas no saben lo que es un poeta de verdad, por ejemplo Bécquer?”. De Unamuno decía a veces que era insoportable, pero a su muerte escribe un artículo donde afirma: “Ha muerto el primer escritor de nuestro idioma”. A Quevedo lo fustiga por su vegetación conceptista, pero también con él se pone sincero: “Le critico porque me gustaba demasiado. Cuando era adolescente, en la Argentina, todos queríamos ser Quevedo”. Y qué decir sobre el Quijote: es la obra, junto con la Divina Comedia de Dante, de la que más habló y que más le obsesionó en su vida. También elogió a Fray Luis de León, San Juan de la Cruz y Jorge Guillén, así como la poesía de Lope, el Romancero y la Epístola moral a Fabio de Fernández de Andrada. De Garcilaso decía: “Es mejor que Petrarca”. De Ramón Gómez de la Serna: “Con qué desprecio verá Ramón a su amigo Oliverio Girondo. En un rato él puede escribir —él ha escrito— toda la obra de Girondo”. ¡Raro antiespañolismo el de un hombre que, preguntado por dónde le habría gustado nacer si no hubiera nacido en Argentina, respondía invariablemente: “En Andalucía”!


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¿QUÉ PENSARÍA Cervantes sobre el gallinero que se forma en los actuales programas de debate en televisión? Porque uno de los detalles curiosos del Quijote es que Don Quijote y Sancho no se interrumpen cuando discuten. Dentro de un irrespeto aparente, realmente se respetan. Nunca se quitan la palabra de la boca, y eso que a veces sus intervenciones son largas. Aparece mucho el verbo “replicó” entre ellos, porque siempre andan refutándose entre sí, pero los dos dejan terminar su parlamento al otro.