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LO MÁS curioso de los dos robustos volúmenes de entrevistas de la revista The Paris Review, publicados por Acantilado, es que ninguno de los entrevistados, en su mayoría anglosajones, salen con la murga de la humildad. Es ponerte a leer entrevistas de escritores latinoamericanos, portugueses, españoles, italianos..., procedentes de lugares católicos donde los curas han causado estragos, y sale la habitual condena contra el narcisismo, la vanidad de los escritores, el ego.

Quede claro que aquí estoy a favor de los ombliguistas y que tengo predilección por el género confesional. A mí sí me interesa que los escritores me cuenten su "vidita". Siempre he amado a los escritores ególatras como Nietzsche, Plath, Capote, Pizarnik, Umbral, Garro, Sontag, Neruda, Aragon, Houellebecq o Tsvetáyeva y, si nunca he criticado los concursos de humildad en que suelen convertirse algunos debates literarios de mi zona cultural, es porque me conozco el percal y no quiero morir a manos de la marabunta :)

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LOS POETAS han nacido para ser disidencia... ¿o para hacer ruido y llamar la atención? Recuerdo que Napoleón Bonaparte apartó a los escritores de su círculo cercano porque los consideraba unos "buscabullas". Me he acordado de esto al leer esta fabulosa carta que Marina Tsvietáieva envió a Piotr Ivánovich Yurkévich, escrita a la edad de 16 años:
Y bien, combatir, yo combatiré en el momento álgido por una libertad inalcanzable y por una belleza de otro mundo. No por el pueblo, no por la mayoría que es estúpida, tonta y nunca tiene razón. He aquí una teoría a la que uno puede aferrarse, que jamás fallará: estar del lado de la minoría acosada por la mayoría. Ir en contra - ¡ése es mi lema! ¿En contra de qué?, me preguntará. En contra del paganismo en tiempos de los primeros cristianos, en contra del catolicismo cuando éste se volvió la religión estatal y fue trivializado por sus codiciosos, disolutos y viles servidores, en contra de la república y a favor de Napoleón, en contra de Napoleón y a favor de la república, en contra del capitalismo en nombre del socialismo (no, en su nombre no, sino por un sueño, por un sueño propio, cubriéndose con el socialismo), en contra del socialismo cuando éste se instale en la vida, ¡en contra, en contra, en contra!

No hay nada real por lo que valga la pena luchar, por lo que valga la pena morir. ¡La utilidad! ¡Qué ordinariez!Lo útil con lo agradable, el pedantismo alemán, la fusión con el pueblo… ¡Qué asco, qué mezquindad, qué pobreza!

Morir por… la constitución rusa. ¡Ja, ja, ja! Claro que suena magnífico. ¿¡Para qué demonios me sirve la constitución, cuando lo que quiero es el fuego de Prometeo!? «Palabras grandilocuentes» me dirá usted. ¡Qué importa! ¡Las palabras hermosas y grandilocuentes expresan pensamientos grandiosos, arriesgados! Amo con locura las palabras, su aspecto, su sonido, su inconstancia y su constancia. La palabra lo es - ¡todo! Por la palabra libre murieron los Giordano Bruno y el cismático Avvakum. Murieron por la palabra libre, por la libertad absoluta, por el sonido de la palabra «libertad».


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LO QUE cada vez me molesta más de Hugo, Nietzsche, Neruda, Bukowski, Houellebecq: que no hayan dado muestras de disolución del yo, que hayan conservado la ficción de una identidad dura, al contrario que Pizarnik, Plath, Woolf o Tsvetaeva, que muestran una identidad borrosa o a-punto-de-romperse. Ya es curioso que todas sean mujeres y suicidas. ¿Será que los hombres se ven obligados al militarismo de la identidad compacta? ¿Será que las mujeres sufren en el casi-yo, consecuencia del papel subalterno que se les ha otorgado desde la cuna, como se refleja tan bien en los diarios de Plath?

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ESTO QUE dice Marina Tsvetaeva me ha pasado muchas veces:
Hay libros tan vivos que siempre tienes miedo de que mientras no estabas leyendo, el libro se haya ido y cambiado, se haya movido como un río; mientras tú seguías viviendo, él seguía viviendo también, y como un río avanzaba y se alejaba. Nadie ha entrado dos veces en el mismo río. Pero, ¿alguien alguna vez entró dos veces en el mismo libro?
Por eso guardo tantas prevenciones ante los libros largos, a pesar de que sostengo, como Samuel Johnson, que el Quijote sería aún mejor si fuera más extenso. El problema radica en que es imposible leerse un libro largo de una sentada, por lo que la temperatura del libro cambia, o cambia la tuya propia, y al final acabas leyendo varios libros dentro del mismo libro, no siempre del mismo nivel de calidad, por culpa tuya o por culpa de él.



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DE MEMORABLE puedo definir el día en que conseguí colocar bien por primera vez las cinco consonantes seguidas (TZSCH) de Nietzsche. Pero sé que las mujeres de ojos grandes seguirán ignorándome mientras no consiga escribir Tsvetáyeva o Solzhenitsyn sin mirar en la Wiki.


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VIENDO LO rápido que se perdió la obra de Heráclito (para la época de Alejandro Magno ya estaba perdida), lo que le costó a la obra de Eurípides imponerse en Atenas, los tres siglos que necesitó la parte “oscura” de Góngora para ser celebrada o el desprecio de Samuel Johnson por Tristram Shandy, al que pronostica un rápido olvido porque “nada extravagante permanecerá”, uno piensa que lo mejor que trajo la llegada primero del romanticismo y después de las vanguardias es que, por primera vez en la historia de la literatura, lo oscuro, lo raro, lo deforme, lo enfermo o lo chocante pasan a la centralidad literaria y ya no tienen que pedir perdón.

La mayoría de obras maestras que no han llegado a nosotros eran raras, estoy seguro. Cuántos Artauds, cuántas VirginiaWoolfs, cuántas Tsvetayevas, cuántos Rimbauds, cuántos Blakes se habrán perdido.