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DESCUBRO EN unas declaraciones de Nabokov que la famosa boutade de Borges, la de que el Quijote es mejor en inglés, contaba con un precedente ilustre: nada menos que Conrad había dicho que la traducción inglesa de Ana Karenina era mejor que el original ruso (aunque hay que tener en cuenta la alergia a lo ruso del polaco Conrad, que también detestaba a Dostoyevski).

En el caso de Borges, sin embargo, siempre he albergado mis dudas de que sea una boutade, porque el Quijote es un libro de comienzos del siglo XVII con lenguaje de su propia época y, en cambio, la mayoría de sus traducciones se vierten a lenguaje actual. Se debe considerar además un detalle que frecuentemente se olvida, y es que Borges acuñó esa opinión siendo niño, cuando leyó por primera vez el Quijote en la traducción inglesa, con nueve años de edad, y me parece de lo más natural que después, cuando accedió al original de Cervantes, su primera reacción fuera aferrarse a la versión inglesa que había leído antes, que además era más clara, igual que casi todos nos aferramos a la primera versión que hemos escuchado de un tema musical. También a los franceses se les hace difícil leer los Ensayos de Montaigne, porque los leen en francés antiguo de siglo XVI (en dialecto perigordino), o los ingleses se tropiezan en Shakespeare con frases en desuso, palabras inventadas o muchos arcaísmos, mientras que para los españoles no catedráticos tanto Montaigne como Shakespeare son pura delicia porque los leemos en traducciones al español de siglo XX o XXI.

Por esa misma razón yo mismo me leí los primeros libros del castellano (Poema del Cid, Milagros de Nuestra Señora, Libro de Alexandre, Poema de Fernán González…), por los tiempos fallidos en que me matriculé por filología en la UNED, en la colección Odres nuevos de la editorial Castalia, que los amolda a un castellano actual. Ya sé que esto repugnará a los puristas, pero la desventaja de no leer las obras en su versión original se ve compensada por la ventaja de leerlas en una versión más inteligible. El traductor de obras antiguas traiciona como todos los traductores, sí, pero traiciona en favor de la claridad y de un aire más moderno.

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TENGO LA sospecha de que Borges era un pelma de mucho cuidado. Recuérdese que durante la primera mitad de siglo los libros del maestro argentino no generaban dinero suficiente y hasta 1955 no fue nombrado director de la Biblioteca Nacional, por lo que se ganaba la vida dando conferencias literarias, lo que desarrolló más si cabe su faceta de ensayista sabihondo. Por otra parte, Borges padece de rarezas neorrabiosas: él también tiene miedo de penetrar a las mujeres, producto de un trauma juvenil, y de su fracaso sexual con ellas se deriva más soledad, lo que deriva a su vez en más lecturas y más pelmacismo. Para muestra un botón. La revista El Hogar preguntó una vez a varios escritores argentinos por su cuento favorito, pero Borges no consiguió responder sin dar este rodeo:
Me piden el cuento más memorable de cuantos he leído. Pienso en “El escarabajo de oro” de Poe, en “Los expulsados de Poker-Flat”, de Bret Harte; en “El corazón de las tinieblas”, de Conrad; en “El Jardinero”, de Kipling –o en “La mejor historia del mundo”–; en “Bola de sebo”, de Maupassant; en “La pata de mono”, de Jacobs; en “El dios de los gongs”, de Chesterton. Pienso en el relato del ciego Abdula en “Las mil y una noches”, en O. Henry y en el infante don Juan Manuel, en otros nombres evidentes e ilustres. Elijo, sin embargo, en gracia de su poca notoriedad y de su valor indudable, el relato alucinatorio “Donde su fuego nunca se apaga”, de May Sinclair.

Recuérdese la pobreza de los infiernos que han elaborado los teólogos y que los poetas han repetido; léase después este cuento.

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Otra racistada: la de Conrad en El corazón de las tinieblas. Chinua Achebe lo denuncia así:
Joseph Conrad era un completo racista. Que esta simple verdad sea pasada por alto en las críticas a su obra se debe al hecho de que el racismo blanco contra África es una forma tan habitual de pensar que sus manifestaciones pasan completamente desapercibidas. Los estudiosos de El corazón de las tinieblas a menudo le dirán que Conrad no se preocupa tanto por África como por el deterioro de una mente europea provocado por la soledad y la enfermedad. Dirán que en el relato Conrad es, en todo caso, menos caritativo con los europeos que con los nativos, que el propósito del relato es ridiculizar la misión civilizadora de Europa en África. Un estudioso de Conrad me dijo en Escocia que África no es más que un escenario para la desintegración de la mente del señor Kurtz.

Lo cual es, en parte, el asunto. África como escenario y telón de fondo que elimina al africano como factor humano. África como un campo de batalla metafísico desprovisto de cualquier humanidad reconocible, donde el europeo errante entra por su cuenta y riesgo. ¿Es que nadie puede ver la absurda y perversa arrogancia en reducir así a África al papel de puntal de la ruptura de una mente europea mezquina? Pero ese ni siquiera es el punto. La verdadera cuestión es la deshumanización de África y de los africanos que ha fomentado y sigue fomentando esta actitud secular en el mundo. Y la pregunta es si una novela que celebra esta deshumanización, que despersonaliza una parte de la raza humana, pueda ser llamada una gran obra de arte. Mi respuesta es: no, no puede.