EN SU primera versión las máximas de La Rochefoucauld eran más largas y terminantes; en las siguientes el autor trabajó sobre ellas en dos direcciones: por una parte quiso acortarlas hasta hacerlas más redondas, y por otra les introdujo "quizás" o "a menudos" para rebajarles el carácter dictador. El aforismo era plaga en los salones, pero pronto los de La Rochefoucauld empezaron a brillar por encima de todos, pues había en este autor una mezcla de biografía, desengaño y talento literario ideales para el género más espartano de todos. Providencial fue la intervención del caballero de Mére: él fue el primero que se dio cuenta de que las máximas de su amigo superaban con mucho el promedio y le animó a pulirlas. En esa labor de lima y escalpelo fue esencial la opinión de Jacques Esprit, Madame de Lafayette y Madame de Sablé, que también escribió otra recopilación de máximas. En los salones parisinos, la discusión de las máximas seguía este esquema: La Rochefoucauld leía en voz alta uno de sus aforismos y, de inmediato, los asistentes discutían sobre él, dando la mayor importancia a la precisión lingüística y a la veracidad del análisis psicológico. Los debates que se producían eran una síntesis única de literatura, psicología, filosofía y crítica social. ¡Por una sola máxima se podía debatir horas, no con denuestos o puñetazos en la mesa, sino con las reglas parisinas del buen decir, donde hasta la crítica más acerada parecía azúcar! Así nació el aforista más importante de Occidente, más importante que Oscar Wilde, que es un subRochefoucauld, más que Groucho Marx, que es un subWilde, y más que Woody Allen, que es un subGroucho.
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EL AFORISMO anglosajón, Oscar Wilde, Mark Twain, Ambrose Bierce, Groucho Marx, Woody Allen, es el más brillante de todos, pero es también el responsable de haber convertido este género en la calderilla de la literatura, más orientada a los fuegos artificiales del palabrerío que a ser la hija de la filosofía (caso del aforismo de los moralistas franceses). Cada vez que leo una antología de aforismos actuales, como las estupendas que recopila Gregorio Doval, me encuentro con que el 80% de las frases son deslumbrantes, pero cuando me adentro autor por autor, buscando una dirección o pensamiento trabajado, me decepcionan de inmediato: casi todos ellos son semeocurristas que sacrifican la coherencia del hueso por la brillantez de ocasión. Cuántas veces la he tomado con Wilde, pues sin duda de Wilde procede este tipo de aforismo pariente de la charlatanería, o al menos él fue el primero que lo utilizó de forma industrial, y me he acordado de la wildeada que escribió Pessoa en su Libro del desasosiego: "Hablar es tener demasiada consideración con los demás. Por la boca mueren el pez y Oscar Wilde".
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LA OTRA división es el pegamento: hay aforistas o fragmentistas que pegan bien sus frases, que escriben hasta el más mínimo meteoro mirando a lo lejos, a la obra general, de forma que sus aforismos son muy coherentes con todo el libro, como Nietzsche, Confucio, La Rochefoucauld o Gómez Dávila. En cambio existen aforistas que lo fían todo a la brillantez del minuto, a la ocurrencia genial y matadora, pero cuyos aforismos se anulan los unos a los otros y no están al servicio de un plan general. Grandes semeocurristas me parecen Oscar Wilde, Woody Allen, Groucho Marx, Pitigrilli, Ranévskaya o Gómez de la Serna, y no me parece casual que pertenezcan al humorismo más que al pensamiento.
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