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QUÉ MANÍA les cogió Ernesto Sabato a los grandes artífices del lenguaje en la literatura (en mi opinión una manera solapada de atacar a Borges). Dice sobre Quevedo:
El ingenio de Quevedo, su dominio portentoso del idioma, lo llevó más de una vez a esos juegos verbales que son todo lo contrario de una gran literatura, y que poco tienen que ver con sus dos o tres grandes poemas sobre la muerte. ¿Podríamos imaginar a Cervantes, a Kafka, a Tolstoi, a Dostoievski, a San Juan de la Cruz, a Rimbaud, a Holderlin, a Rilke, haciendo esas acrobacias y fuegos de artificio?
¿Y a Shakespeare que sí que hacía esas acrobacias también nos lo cargamos para la gran literatura, señor Sabato? ¿Y a Rabelais y a Hugo y a Nietzsche y a Joyce también?



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BIOY CASARES cuenta en Descanso de caminantes cómo empezó a deteriorarse su relación con Ernesto Sabato:
Un día me trajo (ya estaba viviendo yo en la calle Santa Fe, donde ahora vive Alicia Jurado) el manuscrito del Túnel "para que se lo corrigiera". Me pregunto por qué en el trato de escritores hay tantos malentendidos ¿por falsas modestias? ¿por una vanidad que siempre merodea, como un chacal hambriento? Lo cierto es que leí con lápiz colorado el librito y, según mi costumbre (en ese tiempo corregía las traducciones de El séptimo círculo y de La puerta de marfil), lo corregí casi todas las veces que fue necesario. Cuando Sabato vino a retirar su novela, comprendí mi error. Él venía dispuesto a recibir elogios por un gran libro; yo le devolví un librito, plagado de errores de composición, que no podían corregirse (como esa patética imitación de Huxley, la discusión sobre las novelas policiales que interrumpía el relato) y páginas garabateadas de elementales correcciones en rojo: correcciones de palabras, como constatar, de sintaxis, etcétera. Nuestra amistad, que nunca fue del todo espontánea, empezó a deteriorarse.
Lo curioso es que El túnel, que para casi todos nosotros es una obra maestra, para Bioy sigue siendo un libro malo. Está escribiendo Descanso de caminantes en 2001 y no hay rastro de arrepentimiento, de decirse a sí mismo: "Vaya, al final resultó que El túnel era una gran obra". Las explicaciones que nos da contra ese libro son muy baratas y no me convencen: también Cervantes o Dostoyevski tienen errores de estilo o de composición y no por ello dejan de ser gigantes de la novela. Creo más bien que en Bioy existía una antipatía personal hacia Sabato, antipatía que compartía con Borges (sostengo que las amistades entre escritores se nutren de antipatías contra otros escritores; la amistad Borges & Bioy crece contra Girondo y Sabato). En una parte de su Borges, ya con mala baba, Bioy dice: “Es curioso lo de Sabato. Ha escrito poco pero su obra nos carga como una obra copiosa”.


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DICE SABATO hablando de Sainte-Beuve que el crítico también necesita ser creador:
Feo, desafortunado con las mujeres, traidor a sus mejores amigos, desprovisto de talento creativo, Sainte-Beuve creyó que su destino estaba en la crítica. Pero también allí se necesita capacidad creadora, genial intuición. Resultado: desconoció a tres de los más grandes escritores de todos los tiempos: Balzac, Stendhal y Baudelaire.


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ENTRE LAS egolatrías de los escritores hay muchas de cinco estrellas, por ejemplo esa de Nietzsche proponiendo publicar un millón de ejemplares de “El Anticristo” en cada idioma para desatar de inmediato una guerra mundial; o esa de Huidobro prometiendo matar a Dios con su pistola “en el caso de que exista”; o esa de Juan Ramón Jiménez cortando su amistad con Jorge Guillén porque este, en la revista Los cuatro vientos que dirigía, publicó los poemas de Unamuno por delante de los suyos; o esa de Victor Hugo preguntando a Jesucristo en una reunión espiritista si era lector de sus poemas; o esa de Truman Capote presumiendo falsamente de que Albert Camus “estaba loco por acostarse con él”, pero si me tuviera que quedar con UNA sola, me quedaría con esta protagonizada por Ernesto Sabato, otro ególatra de Champions League (él mismo hacía bromas sobre ello). La anécdota la cuenta Juan Cruz en Egos revueltos. Estaban Carlos Fuentes, Sabato y otros escritores latinoamericanos en La Coupole, París. Fuentes tomó la palabra y se puso a disertar sobre los escritores argentinos. Al final remató:

—Para mí, los mejores escritores argentinos son Borges, Cortázar y Sabato. 
Nada más escuchar la frase, Ernesto Sabato abandonó la mesa indignado y, mientras enfilaba la puerta de salida del café, le gritó a Fuentes:

—¡Gracias por ponerme en último lugar!

Mientras Fuentes, que iba tras él con la intención de congraciarse, le decía:

—¡Es que era por orden alfabético!