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LO QUE impresiona del primer encuentro entre Virginia Woolf y Katherine Mansfield, según relata la biografía de Irene Chikiar Bauer, es que ambas se cogen el olor: Mansfield dice que Virginia apesta y Woolf compara el olor de Katherine con el de una civeta (animal de la familia de la mangosta).

Teniendo en cuenta que Virginia Woolf pertenecía a la aristocracia y Katherine Mansfield a una familia burguesa adinerada, no me puedo creer que estas dos mujeres despidieran mal olor realmente; lo que adivino es que ambas tenían el olfato muy desarrollado.

Primer encuentro y se toman antipatía mutua (llegarían a ser amigas, o medio amigas) por el olor: esto solo puede pasar en a) planeta mujer b) planeta gay o c) cualquier planeta donde las personas no se encuentran a sí mismas y desarrollan su sensibilidad de forma asombrosa.

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NO ME interesa la amistad entre escritores, que es un mero sub-amor; pero me interesa mucho cuando la relación llega a ser una relación sexual sin sexo, la que se origina del rozamiento que un cerebro recibe de otro y de los celos que se generan de ese roce. En la historia de la literatura universal existen muchas relaciones sexuales sin sexo: me vienen a la cabeza la de Shelley con Keats, la de Scott Fitzgerald con Hemingway, la de Neruda con Vallejo o la de Gide con Proust, pero mi favorita es la de Virginia Woolf con Katherine Mansfield. Fijaos en cómo escribe Woolf sobre ella, años después de que Mansfield haya muerto:
Me viene a la cabeza el recuerdo de Katherine Mansfield –rodeado, como de costumbre, de unos pensamientos que deberían avergonzarme– si hubiera vivido, me digo, habría seguido escribiendo, y la gente habría visto que soy yo quien tiene más talento. Así es como pienso en ella, de forma intermitente, –ese extraño fantasma, con los ojos separados, y la boca tensa, arrastrándose por la habitación. Katherine y yo teníamos nuestra relación; y nunca volveré a tener una relación como esa.

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ANOTA VIRGINIA Woolf en su diario, a la muerte en 1923 por tuberculosis de su amiga/enemiga Katherine Mansfield:
Ya no tiene sentido escribir. Katherine no lo leerá. Katherine ya no es mi rival.

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TODO ESCRITOR confesional tiene delante de sí, en primera línea, un conjunto de sinceridades fáciles, domesticadas, que al escribirlas no le van a comprometer mucho, incluso en el caso de que sean autocríticas; y tiene además, en segunda línea y bien ocultas en un cajón cerrado con llave, un segundo tipo de sinceridades bochornosas, que abren en canal su autoestima o muestran la mugre de su corazón. ¡Qué diferencia entre un Montaigne, que nos cuenta que se ha quedado impotente y tiene el pene pequeño, o un Gide, que escribe en su diario que ha visto a un adolescente guapísimo y se le ha puesto dura, o una Virginia Woolf, a la que no le importa hacernos saber que tiene envidia y miedo de que Katherine Mansfield sea mejor escritora que ella, con toda la pléyade de Bukowskis, Nietzsches, Umbrales, Papinis, Nerudas, Hemingways o Houellebecqs, que siempre te están mostrando su lado más fuerte o macho o rebelde o iconoclasta, y hasta en sus fracasos se pintan favorablemente o se presentan como canallas encantadores! Al hilo de esto recuerdo que Jack Kerouac sostenía que un escritor confesional no debe soslayar ningún elemento importante de su vida, ni el más pequeño, tampoco de lo sexual, pero cuando narró su encuentro con Gore Vidal omitió la noche de sexo que había mantenido con él. Sucedía que Kerouac era un heterodudoso que siempre vivió con vergüenza sus encuentros homosexuales, por lo que no se atrevió y consiguió enfadar a Gore Vidal, que le reprochaba: “¡Ah, Jack, cómo te saltaste tu deontología de escritor para que nadie supiera que yo te había roto el culo!”.