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NO ES solo que Jesucristo no se comportara como un ser humano, desdeñando el propio interés y hasta absteniéndose de conservar su propia vida, sino que sobre todo no hablaba como un ser humano: las parábolas a las que recurría están en la línea de Heráclito, de Porchia, de Quasimodo, de Pound, de Saint-John Perse, por decir algunos poetas o pensadores que fueron calificados de oscuros: Jesucristo hablaba en jerigóngora, que diría Quevedo, y gracias a eso mantenía la distancia además de la admiración del pueblo.

Si hubiera hablado como Sócrates o como Epicteto todo el mundo le habría entendido, pero un lenguaje así de claro delata humanidad, y así no se llega a ser Dios.

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AYER DISCUTIENDO de historia con un profesor de historia, yo es que me atrevo con todo. El tipo hablaba del agravio comparativo que sufre Jesucristo, al que le pedimos una hilera de “pruebas” de su existencia que no pedimos a otras figuras del pasado. Hasta ahí nada que objetar: el profesor tenía razón. Para mí es claro que existió, aunque entiendo que tampoco se debe dar demasiada cancha a los “mitistas”, llamados así porque dicen que Jesús fue un mito, por la razón de que su teoría jamás ha disfrutado del mínimo seguimiento académico. Pero a continuación el profesor de historia me añade, para ilustrar sus razones, que tampoco de Leónidas de Esparta o de Alejandro Magno nos queda ni una sola prueba “irrefutable” de que existieron, y sin embargo todo el mundo da por sentada su existencia. Y claro, ahí he saltado. De Leónidas de Esparta no sé, pero de Alejandro Magno hay montañas de pruebas, porque precisamente fue un hombre carcomido por el afán de gloria que dedicó toda su vida a dejarlas.

Para empezar, Alejandro Magno fundó hasta setenta ciudades con su nombre, algunas de las cuales han llegado hasta la actualidad. Otra vía probatoria es la numismática: solo en vida del Magno se crearon 23 monedas diferentes con su nombre y que ahora son piezas de museo. Otra vía es la cantidad de ciudades que destruyó o conquistó: de las primeras se han encontrado pruebas arqueológicas; de las segundas registros históricos o monumentos. Otra vía es la escritura: aunque la obra de su historiador oficial Calístenes se perdió pronto, tanto su general Ptolomeo, su ingeniero Aristóbulo y su almirante Nearco escribieron crónicas o memorias de las campañas, donde dieron gran presencia a Alejandro Magno. Estas crónicas no se perdieron en unas décadas, como sucedió con los Evangelios cristianos, sino que duraron en algunos casos más de cinco siglos y fueron la base para que historiadores como Arriano, Diodoro, Curcio Rufo, Plutarco o Pompeyo Trogo compusieran sus historias sobre Alejandro.

No tienen nada que ver las pruebas que pudo dejar Jesucristo con las de Alejandro, aunque al final la influencia ideológica del primero haya sido mucho mayor. Jesucristo solo conocía unos 3000 kilómetros cuadrados de Galilea y solo fue famoso los cuatro últimos años de su vida, principalmente los cinco últimos días, desde que entró en Jerusalen a lomos de un burro hasta que lo mataron. Alejandro Magno, en cambio, fue el hombre más célebre del mundo durante dieciséis años y se manejó a sangre y fuego, lo mismo destruyendo que fundando y legislando, en un territorio de cinco millones de kilómetros cuadrados. Jesús era además un sabio judío/budista/idealista que no buscaba la fama sino cambiar las conciencias; Alejandro Magno en cambio era un megalómano que deseaba triunfar, machacar y dejar su nombre en la memoria del mundo. No se me olvide decir que Alejandro hasta acudía a las campañas militares con un equipo de historiadores, dirigido por Calístenes, para que inmortalizaran sus hazañas: hasta ese punto estaba enfermo de egolatría aquel hombre.

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...PERO QUIZÁ la causa de que a Jesús lo elevaran a Dios fue su bondad suicida, esa cualidad que a sus contemporáneos les debió parecer sobrenatural llevada a esos extremos. ¿Una persona que no atiende a sus intereses y hasta se deja matar? Esa criatura no puede ser humana, imposible que sea de este mundo...

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LEYENDO EL Evangelio apócrifo de Tomás, caigo en la cuenta de la cantidad de abstracción y ambigüedad que contienen las parábolas de Jesús. Incluso a un lector avezado le cuesta situarse. Pienso en autores que se le asemejen y me salen enseguida Heráclito y Porchia. El detalle es tanto más asombroso por cuanto Jesús se dirigía en su mayoría a un público iletrado, lo que me hace pensar que no tenía ninguna ambición de ser comprendido. ¿Les hablaría así para que le vieran inaccesible, esto es, para que le vieran como un dios? ¿O fueron los evangelistas quienes manipularon sus palabras hasta hacerlas ininteligibles?


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DISTINGO AL Nietzsche que ataca al cristianismo del Nietzsche que ataca a Cristo. Cuando ataca al cristianismo tiene razón: por ejemplo cuando condena la culpa y el pecado, cuando critica el odio a los cuerpos y a la ciencia, cuando examina los horrores de una sociedad de control sacerdotal, cuando observa que esa religión pone el centro de gravedad fuera de la existencia real; cuando, en resumen, denuncia el saulismo, el cristianismo de Pablo de Tarso. Pero cuando critica al cristianismo por ponerse de parte de los débiles; cuando lo fustiga por defender valores como la bondad o la compasión; cuando lo ataca por ofrecer su mensaje a todos los gremios y clases sociales, entiendo que está atacando al cristianismo de Cristo, a una de las mayores eclosiones de bondad y belleza de la historia universal. Y eso sí que no: en un momento tan crítico como el que vivimos, donde los seres humanos ni siquiera tenemos garantizado llegar a fin de siglo, necesitamos más seres empáticos como Jesús y menos seres con carencias emocionales tan graves como las de Nietzsche.


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JESUCRISTO ES un budista con tigre. Está probado que el budismo llegó a Siria en el siglo III antes de Cristo y construyó allí varios templos; sin duda Jesús tuvo que beber de aquellas fuentes y mezclarlas con toda la tradición violenta de los textos judíos anteriores. En Jesús habita el fanatismo y la voluntad de poder del Antiguo Testamento con la pasividad y amor al prójimo del budismo; su lenguaje es de tornado pero su mensaje es de calma, es como una extraña mezcla de Isaías y Epicteto.


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DICE JUAN Ramón Jiménez que Buda y Jesucristo se habrían peleado en un hipotético encuentro. No creo: de un pacifista joven y a veces violento como Jesús sí que se puede esperar algún amago de trifulca, pero dos no se pelean si uno no quiere, y Buda es demasiado viejo y demasiado budista como para interesarse por la promesa de una victoria.