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EL PRINCIPAL problema que tengo para lograr prosélitos de Francisco Umbral, ahora que ha renacido mi pasión por él tras 25 años de amor y otros cinco de odio, es que este mayúsculo artífice del lenguaje cultivaba un machismo de lo más rancio (sí, existen machismos menos rancios). Escribe en Los cuerpos gloriosos:

Yo lo que quiero es tirarme a Bibí Andersen, ahora que es hembra total, completa, ahora que tiene una vagina, ahora que gusta del hombre/hombre, ahora que el unicornio ha perdido el cuerno y la mujer ha ganado el derecho a ser follada. [...] Hay que cepillarse a Bibí Andersen como sea. Es la asignatura pendiente de la democracia. Los machos viriles lamentábamos que no fuese hembra. Los otros se alegraban de que fuese hombre. Ahora que es mujer, ahora que, tras la castración sacrificial, ya tiene la sagrada vagina de los mitos femeninos, está como un poco obligada, Bibí, a dejar que nos la beneficiemos los varones con carné de tales, aquí en Madrid, más algunos ricachos que vengan de provincias con certificado del gobernador civil de que no son bujas.

Se me dirá que no es para tanto, que solo hace humorismo o literatura (ni puta la gracia), pero qué me decís entonces de esto que cuenta en Crónica de esa guapa gente, cuando narra de forma realista lo que hizo con el entonces famoso presentador de televisión García Tola:

Una tarde de domingo, llena de toda la siniestrez dominical, Tola y yo nos fuimos a su apartamento con dos choricillas del Gijón y, como no se dejaban, Tola les pegó, las insultó, las echó de casa, y yo le ayudé en todo.

Menudo personaje: esto entra dentro de los delitos penales. Se me argumentará el famoso contexto: el contexto no era por desgracia el de ahora, pero ya entonces, año 1991, este tipo de escritos ya estaban mal vistos y esas acciones penadas. De hecho, un grupo de feministas invadió su comunidad de vecinos, años antes de que se fuera a vivir a su dacha con piscina, e hizo pintadas de "UMBRAL VIOLADOR", pero Umbral no solo no se arredró, sino que presumía de su machirulismo y hasta publicó una foto de una de las pintadas en el mismo libro:



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TANTO JOSEP Pla, para escribir su Cuaderno gris, como Umbral para escribir sus Cuadernos de Luis Vives, partieron de un texto de juventud reescrito 48 años después, en el caso de Pla, y unos cuarenta y cinco años después, en el caso de Umbral.

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DICE UMBRAL en su biografía sobre Delibes que, igual que Stendhal leía cada día unas páginas del Código Penal francés para conseguir un estilo más preciso, Delibes leía el Código Mercantil español con el mismo objetivo.

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DICE UMBRAL, en su ensayo sobre Cela, que el escritor gallego habló con todos los alcaldes de la Alcarria para que pusieran placas recordando que por allí pasó el viajero del famoso Viaje a la Alcarria. Los alcaldes accedieron, pero los chavales alcarreños comenzaron a romper las placas a pedradas y a dejar sobre el nombre de Cela la pintada de «fascista».

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ESCRIBE UMBRAL en su ensayo Cela, un cadáver exquisito:
Camilo José Cela, muy polarizado en el objetivo único de su vida, triunfar, volver a triunfar, erigirse, ser, no puede perder el tiempo en idilios de cafetería con jovencitas. De modo que la solución rápida de su sexualidad son las putas, que además le aportan literatura, lenguaje, modos marginales a los modos burgueses que le hubieran correspondido. Cela encuentra en las putas, no sólo la solución de su vida sexual, sino un enriquecimiento dialectal y de costumbres que es de lo mejor de su obra y el entronque directo —buscad a la mujer— con los clásicos.
Parece que Umbral piensa que cada prostituta lleva el Diccionario Cheli en la cabeza; dice también que esas prostitutas entroncan a Cela con el Siglo de Oro... todo esto me parece romanticismo barato. Cela llegó a los clásicos no por las prostitutas sino por los libros; él mismo contaba que de joven se leyó la biblioteca Rivadeneyra y a los historiadores de Indias: es el raro caso de un escritor con todas las innovaciones del siglo XX (La Colmena, San Camilo, 1936, Mazurca para dos muertos) que escribe con un lenguaje casi de siglo XVII. Ese es para mí su problema central, junto a su mucha ranciedumbre castiza y macho: el de un notable escritor deslucido por un lenguaje desfasado, lleno de alcanfor, problema que también les encuentro a Valle o a Carpentier y que curiosamente no encuentro en Umbral, que también se permite a veces algunos antiquismos, pero que en general muestra un lenguaje actual, escogido, vivísimo, donde sin duda fue un maestro superior.

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CUÁNTAS VECES he dicho, en las tardes en que los miro con buenos ojos y no los pongo a parir, que Alejandra Pizarnik y Francisco Umbral son dos milagros de la literatura hispánica, en tanto que vulgarizadores providenciales que acercaron a la gente todas las innovaciones de las vanguardias. Que la primera lectura que hacen las niñas de quince años sea Pizarnik, por dios, qué maravilla, ya me gustaría saber en qué otros idiomas disfrutan de un caso así, el de una poeta que entra al poema de perfil, que no dice las cosas sino las sugiere, que no coloca ideas sino sensaciones, que conserva todo el temblor e intensidad animal pero sin reducir un ápice el misterio y no-me-entiendo de la existencia... Pizarnik es una poeta a veces naïf, a veces amateur, sin la factura formal de otros poetas, pero una poeta que no descansa en su intención de hacer alta poesía y de hecho esa es para mí la razón (una de las razones) de que las últimas generaciones de chicas escriban mejor poesía que los chicos: existe una diferencia sideral en que las chicas comiencen con Pizarnik, que es alta poesía; y que en cambio los chicos comiencen con Bukowski, cuyo lenguaje es similar al de un periodista del Marca.

En cuanto a Umbral, he dicho que es un milagro hispánico y no he dicho la verdad, porque por desgracia apenas es conocido en América, pero este escritor madrileño-vallisoletano escribió desde 1976 hasta 2007 la columna más célebre de España, primero en El País y luego en El Mundo, leída según las mediciones por más de un millón de lectores cada día. Nótese la milagrosidad de lo que estoy refiriendo: un millón de personas, en unos tiempos donde los índices de lectura de los españoles eran paupérrimos, leían cada mañana a un nuevo Quevedo mestizado con Apollinaire, Breton, Éluard, Aleixandre, Valle-Inclán, Gómez de la Serna o el Neruda surrealista, pues el fenómeno Umbral consiste en tomar todos los descubrimientos de las vanguardias y ponerlas al servicio de columnas eclécticas sobre Pitita Ridruejo o Felipe González (por eso digo que es un vulgarizador).

Ya es triste que, teniendo a un escritor así a la vista, que no es tanto un escritor como una herramienta, las nuevas generaciones escriban en telegrama, con frases cortas y analfabetas, abjurando de la metáfora y el adjetivo, al estilo de Hemingway, Bukowski o Palahniuk y sin el encanto de ellos. Por eso voy a aprovechar, una vez más, para recomendar la lectura de una o dos páginas cada noche de Un ser de lejanías, la que para mí es su obra cenital, superior a Mortal y Rosa, o para que os leáis mi blog de Francisco Umbral, donde estoy subiendo fragmentos de las 128 obras que publicó, con el fin de que el escritor joven sea consciente de hasta qué niveles de expresividad se puede llegar con el lenguaje.

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QUÉ INSULSAS las semblanzas que publicó Aleixandre en Los encuentros: parece mentira que alguien que conoció de forma tan cercana a tantos poetas célebres no sea capaz de transmitirnos más pasión, color y anécdota en torno a ellos. La calidad de la prosa es también del mismo tono mediocre, casi delictiva si la comparamos por ejemplo con los retratos de Gómez de la Serna, las semblanzas que escribió Juan Ramón Jiménez en Españoles de tres mundos o las de Francisco Umbral en Las palabras de la tribu. Parece que Aleixandre vivía en un mundo sin conflicto ni malicia al que no le encontraba nada digno que destacar. Su poesía es mejor pero adolece del mismo defecto: es perfecta y nada más.

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CUENTA SALVADOR Pániker en su Diario de Otoño:
Cuixart tiene setenta y dos años y es primo hermano de Antoni Tàpies. Cuenta que el padre de Paco Umbral era un militar de alta graduación de Valladolid, que tuvo una aventura con una señora, y que como fruto nació un niño, que a ese niño lo dejaron en el umbral de la casa (o algo así), y que de ahí el seudónimo de Paco «Umbral».
Hombre, la razón de que Francisco Pérez Martínez acabara llamándose Francisco Umbral es fonética al 100%, historia del nacimiento al margen, y así tenía que ser en un autor que hizo del sonido el centro de su prosa. Este autor concedía tanta importancia al oído que, por ejemplo, para referirse a los campos de concentración nunca utilizaba Auschwitz, sino Dachau; para referirse a los primeros homínidos nunca citaba al Australopithecus, Neandertal o Cro-Magnon, sino al Hombre de Orce; para Umbral el rey de España nunca cazaba osos o ciervos, sino rebecos, y nunca navegaba en barco o en yate, sino en balandro. Solía contar que estaba leyendo "Tristana", de Galdós, y arrojó el libro al suelo cuando leyó que Tristana tenía una "boquirrita": para Umbral el mero empleo de una palabra tan fea te condenaba para siempre como escritor.

La palabra umbral, precisamente, aparte de la cantidad de sugerencias que congrega su significado, es espectacular desde el lado del sonido, porque la primera sílaba se pronuncia desde dentro y la segunda hacia fuera, haciendo un efecto de expansión muy bonito, que se escucha como umbrrralllll, casi con eco, palabra que sigue sonando poderosa después de pronunciada. Es una palabra deslUMBRALte. En lo suyo fue sin duda un superdotado y la elección del apellido es otro ejemplo de su genialidad para el lenguaje.

Yo sigo colocando a Quevedo como el principal artífice del idioma, pero el 50% del vocabulario del gran cojo no hubiera superado el muy estricto arel de sonido umbraliano, que desde ese punto de vista opera como un poeta gongorino o modernista. De hecho, aunque a Umbral se le compara continuamente con Quevedo, a quien se asemeja en ingenio, eclecticismo y hasta en el físico, opino que su léxico se asemeja más a Herrera, Góngora, Valle o Rubén Darío.

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EL LIRISMO que surge de las emociones que generan los momentos críticos de la existencia es sin duda la nota que más valoro en un diario, pero no la única. Si así fuera, Francisco Umbral sería el mejor diarista del mundo. ¿Por qué Umbral, que leía tanto el diario de Gide, que se parecía a veces a Gide, que entra oblicuamente al folio como Gide, no consiguió ser Gide? La diferencia es la veracidad y la humanidad: mientras Gide entra al folio valiente, dispuesto a desangrarse de mil maneras ante el lector, dejando un reguero de verdad que zarandea e impresiona, Umbral es un cínico que solo cree en la prosa de arte y que parece que escribe para hacer dedos o para coleccionar boutades. Mientras las breverías que le suceden a Gide trascienden, Umbral las convierte en chismes; mientras Gide es de una generosidad tremenda y hasta le cuenta al lector sus impulsos pedófilos, Umbral conserva zonas ciegas en su confesionalismo, por ejemplo su mujer y su no-padre (él mismo decía que Cela le había enseñado que “de la familia no se debe hablar nunca”). De vez en cuando le visitan el rencor y la envidia, que en su caso eran muy grandes, e incurre en algunas páginas de humanidad verdadera, pero son momentos aislados y logrados a pesar de sí mismo, cuando se olvida de su proyecto meramente estético. También consigue alguna cota de verdad cuando se le murió el hijo o, en los últimos años (Un ser de lejanías), cuando empezó a asustarle la llegada de la muerte.

En definitiva: la sola inteligencia (Piglia) no me basta para ser diarista; el solo lirismo (Umbral) no me es suficiente; y tampoco la mera veracidad (Kerouac) o el solo carácter singular (Léautaud): mi diarista perfecto es valiente, veraz, culto, lírico y singular (Gide y Virginia Woolf).

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UNO DE los misterios igual no tan misteriosos del mundo pirata es que a la muerte de Francisco Umbral, en 2007, las páginas de descarga pirata de libros se inundaron de obras de este autor, hasta el punto de que yo, que en mis tiempos de acumuladora irreflexiva de libros llegué a sumar en papel 76 de Umbral, logrados a menudo pagando sobreprecios por ellos en librerías de viejo, porque en mi juventud este estilista fue uno de mis autores favoritos, de pronto me encontré con ¡ochenta y nueve umbrales! en las páginas pirata, además de otras siete biografías o estudios sobre él. Ahora bien, ¿cómo puede ser que páginas de pirateo creadas en el siglo XXI ofrezcan en epub libros de Umbral inencontrables, algunos de la década de los sesenta y setenta, como “Días sin escuela”, “Retrato de un joven malvado”, “Los políticos”, “España como invento” o “Diario de un español cansado”, que jamás encontré a lo largo de los años ni en las librerías de viejo más grandes de Madrid? La única explicación que le doy es que la propia María España, mujer de Umbral y albacea de su obra (u otra persona cercana a él), filtrara esos libros a las páginas pirata, como es costumbre para reflotar a autores venidos a menos. Lo que se agradece, desde luego.

Umbral dominó la escena literaria española gracias a una columna diaria de opinión, que llevó desde 1976 hasta 2007, primero en El País y después en El Mundo, con una estancia mínima en ABC: en esa columna ecléctica y egomaníaca hablaba con un lenguaje deslumbrante lo mismo de Pitita Ridruejo que de Felipe González o de su gata Loewe. Después de su muerte es lógico que su obra se haya desvanecido un poco, salvo Mortal y Rosa (que no es, ni de lejos, su mejor obra), pero Umbral cuenta con lo mismo que tienen Pizarnik o Cortázar: es un autor que genera vicio. Hace unos diez años creí que había renunciado a él, pero me sorprendo de vez en cuando volviendo a sus libros, lo que prueba que su veneno continúa. Si necesito dejarlo pero no lo consigo, ¿no será que igual no lo necesito tanto? Y además, ¿qué otro autor español o panhispánico no oculta su ego sino que presume, y presume a unos extremos a los que solo llega él?

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EN "FRANCISCO Umbral: la escritura absoluta", Javier Villán recopila en forma de diccionario todos los neologismos que creó Umbral y todas las palabras poco frecuentes que utilizó en su obra. Solo con la letra A incluye abullonar, achangero, agachapandarse, aloritado, altiricona, apanarrado, atalajarse, aventamiento o azaro. Esto me parece un error en el que caen tantos estilistas (Cela todavía más, al mismo nivel de Carpentier o Valle-Inclán), si bien el mejor Umbral me parece el que va de 1994 a 2001, el de Las palabras de la tribu, Los cuadernos de Luis Vives, La forja de un ladrón, Diario político y sentimental o Un ser de lejanías, época en la que se mostró mucho más comedido con el lenguaje.

Pienso que el escritor debe ganarse cada palabra que utiliza, no agregándola como bazar persa o voluta decorativa, sino por razones de gusto, precisión y pertinencia. La mayor parte de los estilistas en español, empezando por Quevedo, muestran muy poca contención y a menudo su floración de palabras deriva en lo inexacto e impreciso, lo que de por sí es una muestra de mal gusto y mal estilo. Ejemplo absoluto de buen uso y buen gusto en el lenguaje es Borges, precisamente porque le pone límites y maneja un vocabulario reducido pero bello y preciso. Ya es curioso y aleccionador, y un ejemplo más de su grandeza, que el mayor escritor-rata de biblioteca del idioma apostara por las palabras frecuentes y despreciara las de diccionario.

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ME LIBRÉ de Umbral cuando me di cuenta de que mi respiración es más larga y fallida, llena de ansiedad. Él tiene una respiración corta, limpia, de frase azoriniana, influencia que siempre negó con su parte de razón, porque Umbral es más metafórico y creativo mientras que Azorín era un muermo que despreciaba las vanguardias, pero los dos comparten frase, respiración y uso insólito del adjetivo.

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ESO QUE dijo Benjamin Disraeli, que repetir las mismas anécdotas es una señal de que te has hecho viejo y debes retirarte del mundo, no creo que me vaya a pasar nunca, porque como buena discípula de Montaigne y lectora de algunos historiadores grecolatinos (Herodoto, Suetonio, Plutarco, Diógenes Laercio), guardo en el cerebro un almacén interminable de chascarrillos que son mi unidad mínima de palabrismo. Uno de mis autores favoritos de juventud con el que ahora soy injusta, Francisco Umbral, también fue el mayor fardo de anécdotas de los escritores españoles del siglo XX (empatado quizá con Julio Camba y con el Gómez de la Serna retratista), y además eran las suyas de las más terroristas y desvergonzadas que me he leído nunca. Recuerdo cuando leí la que contaba sobre Emilia Pardo Bazán, que mantuvo un amorío famoso con Benito Pérez Galdós y otro con Blasco Ibáñez. Umbral cuenta la misma anécdota con los dos. Venían los amigos íntimos a preguntarle qué tal iba su relación con Emilia y Benito respondía, apesadumbrado:

—Mal, porque me hace daño cuando me la chupa, por lo que le he pedido que se quite la dentadura postiza.

Incluso con una anécdota aparentemente tan poco nutritiva como esta, que parece buscar solo el morbo, yo me pongo de inmediato a manosearla y descebollarla, tal es la pasión que siento por estas historias bonsái. La primera conclusión a la que llego es que a finales del siglo XIX en odontología ya existían las dentaduras postizas; la segunda que Pardo Bazán debía ser una mujer muy adelantada a su tiempo, pues yo he nacido 125 años después en una zona rural y allí es impensable que una mujer le chupe la polla a su novio (o que su novio le chupe el clítoris a ella); la tercera que Pérez Galdós o Blasco Ibáñez no eran indiferentes a la masculinidad tóxica que ha predominado en casi todo tiempo y lugar, pues les gustaba contar a sus amigos sus hazañas como sansones del sexo. La cuarta y última que Francisco Umbral era un impresentable difundidor de rumores morbosos, al mismo nivel que lo estoy siendo ahora yo :)

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LO MÁS curioso de los dos robustos volúmenes de entrevistas de la revista The Paris Review, publicados por Acantilado, es que ninguno de los entrevistados, en su mayoría anglosajones, salen con la murga de la humildad. Es ponerte a leer entrevistas de escritores latinoamericanos, portugueses, españoles, italianos..., procedentes de lugares católicos donde los curas han causado estragos, y sale la habitual condena contra el narcisismo, la vanidad de los escritores, el ego.

Quede claro que aquí estoy a favor de los ombliguistas y que tengo predilección por el género confesional. A mí sí me interesa que los escritores me cuenten su "vidita". Siempre he amado a los escritores ególatras como Nietzsche, Plath, Capote, Pizarnik, Umbral, Garro, Sontag, Neruda, Aragon, Houellebecq o Tsvetáyeva y, si nunca he criticado los concursos de humildad en que suelen convertirse algunos debates literarios de mi zona cultural, es porque me conozco el percal y no quiero morir a manos de la marabunta :)

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ME DOY los próximos veinte años para escribir algo en agradecimiento y reparación de Francisco Umbral, autor que en su día fue de mis favoritos y ahora lo rechazo de forma vergonzosa. Con los escritores siempre me sucede lo mismo: los leo, los releo, me gustan, los quiero, los amo, los violo, los ordeño y, de pronto, una vez que ya he extraído todo el oro de su mina, el boomerang gira y ya no los amo tanto, qué digo ni siquiera los quiero, qué digo ni siquiera me gustan, qué digo ¡de pronto me parecen malos, me siento estafado, hasta les pido que me devuelvan todas las horas que perdí con ellos!

Este círculo vicioso tiene que terminar YA. A mi edad ya tendría que haberme dado cuenta de que mis verdaderos amigos son los escritores muertos. Y a los amigos no se les puede tratar como yo les trato. No solo a Umbral: también a Brecht, Lorca, Platón, Cioran, Bukowski, Suetonio, Rubén Darío o Blas de Otero debería hacerles un desagravio. A Nietzsche no porque él conoce muy bien que lo sigo amando: lo que pasa es que en su caso mi manera de amar no excluye llamarle hijodeputa de vez en cuando.



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CUENTA UMBRAL que Salvador Rueda, a la hora de hacer sonetos, escribía primero la palabra final de cada verso y luego, una vez garantizada la rima consonante, se ponía a rellenar el resto. Esto yo no lo he hecho nunca, porque los únicos sonetos de mi vida los escribí solo para demostrar que sé escribirlos, pero en cambio sí que he compuesto textos e incluso algunos poemas con ensaladas de los miles de tuits que he escrito en los últimos ocho años: mi procedimiento consiste en unir este tuit con el de más allá, y luego con este otro, y cuando ya tienes un buen ramillete de ellos, siempre relacionados por lazos de hermandad semántica, aplicar con mucho cuidado el pegamento.

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ESCRIBE NIETZSCHE en Ecce homo:
En vano se buscará en mi ser un rasgo de fanatismo. No podrá demostrarse, en ningún instante de mi vida, actitud alguna arrogante o patética.
Precisamente este libro de memorias en el que Nietzsche dice eso, Ecce homo, es un monumento al fanatismo, la egolatría, la arrogancia y el patetismo, escrito, eso sí, con una maestría y un vértigo maravillosos. Incurre este maestro en uno de los grandes peligros del egoescritor, porque, si el lector descubre que el autor miente, aunque sea en la modalidad del mentirse-a-sí-mismo, va a comenzar a leerle a la contra, con la-sospecha-de, con el no-te-lo-crees-ni-tú que vicia toda la relación lector/escritor. Es imposible que nos percatemos de la afabilidad de carácter que nos quiere trasladar Nietzsche, porque lo que leemos nos remite a un hombre fuera de sus quicios; es imposible que nos creamos la honradez y humildad de Baroja, porque lo que leemos delata a un hombre mezquino, cotilla y rencoroso; es imposible que creamos a seres tan repulsivos como Umbral o Bukowski, que tratan a las mujeres como trozos de carne, cuando relatan cómo caen todas rendidas a sus pies; es imposible que nos creamos a Montaigne cuando se autodefine como “chupatintas inútil” y nos asegura que solo escribe para que su familia y grupo de amigos le conozcan mejor, porque eso no concuerda con que nos llene el libro con 1400 citas de autores grecolatinos. ¡Cómo te vas a creer que Vallejo considerara a Neruda el poeta vivo más grande del idioma español, si el que nos cuenta eso es el propio Neruda, y casi todas las páginas de sus memorias están escritas en la misma línea de mira qué bueno, qué guapo y qué genio soy!


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SOY TRAIDOR a Francisco Umbral. Sí. Porque fue uno de mis escritores de teta y después de Victor Hugo una de mis mayores fuentes inspiradoras: de los 126 libros que escribió, me habré leído unos sesenta o setenta, algunos varias veces, como Las palabras de la tribu, Mortal y rosa o Un ser de lejanías. Pero se me ha caído y hoy es el día en que le acuso de ser la influencia que más me ha perjudicado. Todo el cogollo de Umbral consiste en escribir bonito, en elegir Dachau en vez de Auschwitz para nombrar un campo de concentración, o en decir “Hombre de Orce” en vez de Neandertal para designar a los primeros homínidos, es un escritor que siempre anda buscando con linterna la palabra bonita sobre la palabra fea, es como un Dalí de la prosa que como Dalí te fascina hasta que te preguntas: ¿por qué Dalí/Umbral están atrapados en el concepto más académico de lo bonito, de la prosa/cuadro perfectamente acabados, de la transgresión-que-se-mira-al-espejo, por qué esa vanidad de mostrarnos lo bien que pintan/escriben, por qué no se atreven a ser feos y tremendos como Picasso o Céline, como Goya o Dostoyevski, por qué no se cansan de fabricar carrocerías y se atreven a captar el DENTRO a veces arrítmico y horrible de la vida? El propio Umbral confiesa que, cuando leyó en Galdós que Tristana tenía “una boquirrita”, arrojó el libro al suelo: ¡así que abandona el libro porque aparece una palabra fea de las que no pertenecen a la nobleza, qué ejemplo más claro de lo poco que llegó a entender de los verdaderos retos de la novela!


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EXISTEN ESTETAS a lo Flaubert o Truman Capote, muy superiores a Umbral porque son estetas de la precisión, son escritores que eligen la palabra adecuada en vez de la palabra excelsa, y no solo trabajan la sílaba o la palabra sino que trabajan el párrafo, el capítulo y la historia, tienen un concepto de la estética mucho más amplio; existen estetas como Borges, que es un esteta de la concisión y de la fantasía, que fabrica cajas filosófico-sorprendentes que ponen en duda la nociones más asentadas, y por eso fue secuestrado por los estructuralistas franceses; existen estetas como Nietzsche, enamorado de sus nuances, cuyo esteticismo procede del vigor de sus ideas y no al contrario. La prueba de la calidad de un esteticismo es la traducción: traduces a Flaubert, Capote, Borges o Nietzsche a otros idiomas y siguen siendo grandes escritores, porque cultivaron un esteticismo con hueso; traduces a Umbral y se pierde casi todo, porque en Umbral no hay hueso, es un esteta de todo a cien.


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BAROJA TIENE libros donde no acierta con la prosodia en una sola frase, por no hablar de que rara vez ordena bien los párrafos o de sus descuidos contra la gramática; sin embargo consigue casi siempre novelas bastante buenas porque tiene ideas de sobra y nació con el don de contar historias. En cambio Umbral, que tiene la música metida en la cabeza y consigue convertir todas las frases en un solo de violín, no consigue más que libros que en la mayoría de los casos son de vergüenza ajena. ¿Por qué sucede esto? ¡Pues porque anuncia y no cumple, promete una obra invertebrada y dos capítulos después trata de vertebrarla, escribe las citas mal, copia párrafos enteros de otros libros suyos (el autoplagio es una de sus marcas de fábrica), prefiere la solución brillante a la solución adecuada, refiere anécdotas que ya no recuerda bien o que ya ha contado cincuenta veces, ignora lo que es una trama, no lee lo que ha escrito el día anterior y no sabe deslindar la narración de la crítica, es un desastre absoluto! En Umbral es muy típico que, en medio de una novela, sin venir a cuento, el narrador o uno de los personajes haga un ajuste de cuentas con Galdós, por ejemplo, y luego la novela continúe tan campante, porque Umbral era un tipo de odios tan profundos que no se olvidaba de ellos un momento ni descubrió cuándo era pertinente formularlos. Por otra parte, embebido como está en la eufonía de la frase y en la elección de las palabras, se olvida de eufonías más importantes: la eufonía del tiempo narrativo, la eufonía de los actos de los personajes, la eufonía conceptual del libro entero es algo que ni siquiera tiene en cuenta. Atrapado en el estilo de vuelo corto, es casi ciego a la técnica: ¡con razón no conseguía leer a Faulkner!