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SAMUEL JOHNSON es ese autor que aparece en todos los diccionarios de citas con esta frase célebre, "El patriotismo es el último recurso de los canallas", pero he aquí que descubro en el libro de Boswell que él tampoco fue inmune a la onfaloscopia colectiva. Cuando empezó a trabajar en su famoso Diccionario, hubo quien dudó de que pudiera concluir en solitario una tarea tan ardua, y respondió así:
ADAMS: Pero… ¿cómo va a ser capaz de hacer el Diccionario en solo tres años? 
JOHNSON: No tengo la menor duda de que puedo hacerlo en tres años. 
ADAMS: Hay que tener en cuenta que la Academia Francesa, compuesta por cuarenta miembros, necesitó cuarenta años para compilar su Diccionario. 
JOHNSON: Así es, en efecto; ésa es la proporción que guarda un inglés con un francés.

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TAMPOCO NIETZSCHE se leía los libros hasta el final, al igual que Valéry, Borges o Samuel Johnson. Se limitaba a picotear los libros buscando frases redondas, en las que se detenía hasta memorizarlas, o al menos eso es lo que le dijo a Ida, la esposa de su amigo Overbeck.

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HAROLD BLOOM tiene una opinión bastante mejor que la mía sobre la capacidad crítica de Samuel Johnson:
Ninguna elegía al canon occidental estaría completa si no mostrara su reconocimiento al crítico canónico por excelencia, el Dr. Samuel Johnson, al que ningún crítico de ningún país, ni antes ni después de él, ha hecho sombra.
A Bloom lo sigo mucho y hasta le quiero, porque dedicó su vida a defender la autonomía de la literatura contra los contextos de lugar, tiempo, género, clase, etc, pero luego no predica con el ejemplo y el cantazo filoanglosajón de sus valoraciones aparece en todas sus páginas. 

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POR MUCHO que Boswell haga esfuerzos por presentar a Samuel Johnson como un ángel de la cortesía (cuando era un hombre que destacaba en el epigrama satírico), lo que cuenta lo desmiente continuamente. Hasta violento podía ser el célebre crítico:
En círculos restringidos y en tono confidencial, se ha contado que un buen día Johnson dio por tierra con el librero Osborne en su establecimiento, atizándole con un grueso volumen en folio y poniéndole después la planta del pie en el cuello. La verdad lisa y llana la supe del propio Johnson. "Señor, estuvo impertinente conmigo y le sacudí con un tomo, pero no fue en su librería; fue en mis propios aposentos".

 

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NUEVO EJEMPLO de numeromanía anglosajona: Samuel Johnson anotaba el número de versos que leía y que debía leer cada día, semana, mes y año.

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NI ECKERMANN ni Boswell son biógrafos ni entrevistadores sino, más bien, evangelistas: los dos profesan una admiración sin mácula por Goethe y Samuel Johnson y escriben sus libros para hacer prosélitos. La calidad de los dos mesías, sin embargo, es bien distinta a la luz de los parlamentos que podemos leer: mientras Goethe parece realmente un hombre griego, superior, profundo y generoso a la hora de emitir juicios, en los que no muestra rencores, Samuel Johnson parece un cuñado con multitud de opiniones sanchopancescas, la mayoría de las veces, y boutades de bruto de fábrica, en otras. En una de sus primeras intervenciones, aboga por pegar a los niños en lugar de estimularles a competir entre ellos:
En todas las ocasiones en que salió a relucir la cuestión, Johnson dio siempre su visto bueno al uso de la vara para aplicar la instrucción: "De largo preferiría —dijo— que la vara fuera motivo de temor general, con el fin de hacerles aprender, antes que decir a un niño: si obras de tal modo, o de tal otro, gozarás de más estima que tus hermanos o hermanas. La vara surte un efecto que termina en sí mismo. El niño teme los azotes, por lo que cumple sus deberes y punto; en cambio, al suscitar en él ese deseo de comparación, y ciertas ínfulas de superioridad, se sientan las bases de mil diabluras, aún peores, pues se consigue que hermanos y hermanas se guarden rencor".

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HASTA QUÉ punto llega el puntillismo descriptivo de Boswell. Escribe que Samuel Johnson, cuando tenía tres años de edad, pisó y mató sin querer a una cría de pato, "la undécima de una nidada".

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EN ANOTACIÓN del 16 de agosto de 1824, Eckermann nos cuenta que durante esos días no tuvo tiempo de escribir las conversaciones que mantuvo con Goethe, pero que a cambio nos da algunas frases sueltas que recuerda de memoria, ninguna de las cuales supera las tres líneas. Muy honrado por su parte. La mayoría de conversaciones con Goethe que transcribe Eckermann, de todas formas, son muy cortas, lo que me reafirma en su veracidad. En cambio con Bioy Casares, que al escribir su "Borges" hizo un libro hermano al de Boswell con Samuel Johnson o al de Eckermann con Goethe, tengo más dudas sobre su honestidad, porque hay que tener una memoria de elefante para recordar las conversaciones cuando son muy largas y están llenas de matices, como por ejemplo esta donde Bioy pone a Borges a hablar así de Arlt (AQUÍ). ¿Dijo realmente Borges/Sócrates todo lo que aparece en ese libro o Bioy/Platón se tomó sus licencias?

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ENTRE LOS mayores ataques velados que ha recibido nunca la literatura, y probablemente el más famoso, es el que le hizo Samuel Johnson en el libro de Boswell, cuando dice:
¿Hay alguna obra que el hombre haya escrito, y que cualquier lector deseara que fuese más larga, además de Don Quijote, Robinson Crusoe y el Progreso del peregrino?
Me atrevo a decir, sin embargo, que si el doctor Johnson hubiera conocido el siglo XIX, en el que se consolidó la novela de aventuras, o el siglo XX, donde hicieron lo propio la novela negra y el género fantástico, quiza su opinión habría sido más favorable, pues solo en los dos últimos siglos se ha librado la literatura de su necesidad moral o didáctica.

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EL PUNTO fuerte de autores como Kerouac o Bukowski es que no hacen literatura: me refiero a esa capa de plástico que recubre a los escritores del pasado que apesta a falsedad, perfección y eufonía. La sinceridad hermanada con la naturalidad es un punto esencial, muy agradecido por los lectores, que no ha sido valorado debidamente por los que guardan las llaves de la crítica literaria. Al final, por mucho que me vendan las obras de alta literatura de Boris Vian, yo prefiero las que firmó como Vernon Sullivan; por mucho que me digan que Madame Bovary es una obra maestra, yo prefiero sus cartas a Louise Colet; por mucho que Samuel Johnson quisiera ganarse la posteridad escribiendo la obra, al final se la ganó gracias a Boswell; por mucho que Cicerón se pasara la vida miniando sus discursos, el Cicerón que me llega y que me arrastra, que casi puedo tocarlo, es el de las cartas.

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ESTO QUE dice Marina Tsvetaeva me ha pasado muchas veces:
Hay libros tan vivos que siempre tienes miedo de que mientras no estabas leyendo, el libro se haya ido y cambiado, se haya movido como un río; mientras tú seguías viviendo, él seguía viviendo también, y como un río avanzaba y se alejaba. Nadie ha entrado dos veces en el mismo río. Pero, ¿alguien alguna vez entró dos veces en el mismo libro?
Por eso guardo tantas prevenciones ante los libros largos, a pesar de que sostengo, como Samuel Johnson, que el Quijote sería aún mejor si fuera más extenso. El problema radica en que es imposible leerse un libro largo de una sentada, por lo que la temperatura del libro cambia, o cambia la tuya propia, y al final acabas leyendo varios libros dentro del mismo libro, no siempre del mismo nivel de calidad, por culpa tuya o por culpa de él.



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DICE SAMUEL Johnson que “ni yo ni nadie ha estudiado nunca algo hasta el fondo”, y eso me ha hecho pensar que el ser humano, por muy moldeable que sea, tiene una tendencia a la disgregación y al dinamismo que le impide llegar a lo más profundo. Cuántas veces he pensado que el fracaso de la cultura de cinco tenedores no se debe a los planes de estudio, con razón acusados de garrafales, sino a la querencia del ser humano por la claridad, la sencillez y la alegría. Mal se puede llevar una persona sana y alegre con cierto tipo de cultura que muchas veces es un somnífero que solo resisten seres cuya vida se ha detenido. E incluso ni ellos: recuerdo que estaba Borges reunido en París con un grupo de intelectuales franceses y se le ocurrió preguntarles:

—Pero a ustedes…, ¿el cine que más les gusta es el de Renoir, Godard, Truffaut…?
—No —le respondieron casi al unísono—, a estos los elogiamos, pero el cine que nos gusta es el que gusta a todo el mundo, el cine americano.


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SIGUIENDO ESTA línea de poco fondo, Samuel Johnson decía que le encantaba leer poemas, “pero que casi nunca los terminaba”; Montaigne confesaba que nunca leía más de una hora en cada sentada; Gil de Biedma que nunca leía más de “25 minutos” de poemas al día y el propio Borges que nunca se leyó un libro de principio a fin “salvo la Historia de la Filosofía Occidental de Bertrand Russell”.


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CUENTA BOSWELL en su Vida que el segundo profesor de lengua inglesa que tuvo Samuel Johnson, Tom Brown, "publicó un manual de ortografía y se lo dedicó al universo".

Una de las mejores dedicatorias, sin duda.


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CUANDO SAMUEL Johnson se embarcó en la tarea de hacer el primer diccionario de la lengua inglesa, hubo quien le advirtió de que el Diccionario de la Academia Francesa había exigido la participación de cuarenta académicos, a lo que contestó: "Cuarenta franceses y un inglés; la proporción es justa".

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REFIERE BOSWELL en su Vida de Samuel Johnson las palabras de Pope sobre la traducción al latín que de su Mesías había hecho un jovencísimo Johnson: "El autor de este poema dejará un interrogante para la posteridad, a saber, si es el suyo o el mío el original". En la misma línea que Goethe, quien prefería su Fausto en la versión francesa de Gerard de Nerval, o que Valéry, a quien le gustaba más El cementerio marino en la traducción al español que hizo Jorge Guillén. 

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VIENDO LO rápido que se perdió la obra de Heráclito (para la época de Alejandro Magno ya estaba perdida), lo que le costó a la obra de Eurípides imponerse en Atenas, los tres siglos que necesitó la parte “oscura” de Góngora para ser celebrada o el desprecio de Samuel Johnson por Tristram Shandy, al que pronostica un rápido olvido porque “nada extravagante permanecerá”, uno piensa que lo mejor que trajo la llegada primero del romanticismo y después de las vanguardias es que, por primera vez en la historia de la literatura, lo oscuro, lo raro, lo deforme, lo enfermo o lo chocante pasan a la centralidad literaria y ya no tienen que pedir perdón.

La mayoría de obras maestras que no han llegado a nosotros eran raras, estoy seguro. Cuántos Artauds, cuántas VirginiaWoolfs, cuántas Tsvetayevas, cuántos Rimbauds, cuántos Blakes se habrán perdido.


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CASI TODAS las críticas que he leído sobre el "Borges" de Bioy son negativas y en parte lo comprendo, porque Bioy actuó de forma poco ética a la hora de escribir la obra. Tanto Samuel Johnson como Goethe sabían que Boswell o Eckermann estaban preparando un libro sobre ellos y les hablaban "mirando a la cámara"; Bioy en cambio se dedicó a registrar sus conversaciones privadas con Borges sin que este lo supiera. Hernán Iglesias Illa entrevistó a su viuda María Kodama, con la que estoy de acuerdo en todo salvo en lo de que Bioy es un escritor mediocre:
PREGUNTA: Hablando de polémico. Sé que a usted esto no le gustó, pero el "Borges" de Bioy es bastante polémico.
MARIA KODAMA: Eso no es polémico. Eso es traición. Borges me definió a Bioy una vez con una palabra: "Cobarde". Ésa era la palabra con la que lo definía.
PREGUNTA: ¿En general o por algo específico?
MARIA KODAMA: En general, por cosas que hizo Bioy en su vida y él se daba cuenta de que era un cobarde, algo que, por otra parte, era lo que Borges más despreciaba. Además, si vos mirás las entrevistas de Borges, sólo elogia dos cuentos de Bioy, y esos cuentos fueron recontracorregidos por Borges. Eso Bioy no se lo perdonó nunca. Bioy es el Salieri de Borges. La verdad es la verdad y las cosas como son. Yo te pregunto: ese hombre escribe un libro en el que inventa, distorsiona lo que vos decís o pone en tu boca lo que él no tiene el coraje de decir. Y lo publica después de que vos morís y él también muere (que ya es una cobardía, porque no quiere hacerse cargo). En el otro mundo se encuentran, ¿vos creés que ese hombre es amigo tuyo? Como hombre te pregunto.
PREGUNTA: En esas condiciones, no.
MARIA KODAMA: Son las condiciones en que fueron hechas, según el propio Bioy escribe. Además, ¿qué amigo espera que vos te vayas para contar conversaciones privadas? Porque una cosa es si nosotros tenemos un amigo en común y te digo "Che, qué estúpido que es Fulano". Pero vos, por el tono de voz y los años de conocimiento que tenemos, te das cuenta de que por ahí lo digo en broma o estoy en un momento malo. Pero si vos lo escribís, negro sobre blanco, sin todo el entorno de lo que significó en ese momento, es brutal. Y si sos una persona sensible y correcta y ética, no lo hacés.
Tiene razón Kodama, lo de Bioy es una jugada fea. Sin embargo, mi intuición me dice que a Borges no le hubiera molestado ese libro, porque no es más que una ampliación de las viejas filias y fobias que muestra en sus ensayos o entrevistas, a las que respondía por cierto sin ningún filtro. En este libro seguimos viendo al Borges despreciador de siempre, pero sus desprecios duran 1650 páginas y son más precisos y nutritivos. Bioy, además, asume su condición de actor secundario en las conversaciones y respeta la intimidad del maestro dentro de lo que cabe, y la prueba es que registra poquísimos diálogos sobre la vida privada de Borges, si bien uno sospecha que su vida privada no existía o estaba enteramente ocupada por los libros. En ese sentido, la escena más genial del libro acontece cuando Borges se va al baño y se pone a mear polla en mano mientras sigue hablando de literatura con Bioy. Otro argumento que me hace pensar que Borges no se hubiera sentido traicionado, como dice su viuda, es que en ese mismo libro, en uno de los innumerables parlamentos que pone en su boca Bioy, dice que uno de los problemas de la literatura clásica española, el que le ha impedido lograr la misma influencia que la inglesa o la francesa, es que apenas tiene biografías de escritores como la que Pablo de Tarsia hizo de Quevedo.

Yo me he leído ya dos veces el libro y me parece maravilloso. A veces cotilla y a veces mezquino y a veces frívolo, pero maravilloso. Todo un curso de literatura en 1650 páginas impartido por un maestro entre los maestros. Mi confianza en su magnitud es de tal calibre que me atrevo a hacer de Nostradamus: me atrevo a profetizar que es un libro shakesperiano, "para todos los lugares y para todos los tiempos", que va a durar lo que dure el interés por la literatura, y que se va a colocar al lado del que Boswell hizo a Samuel Johnson, Eckerman a Goethe o Frank Harris a Oscar Wilde.