EN SU primera versión las máximas de La Rochefoucauld eran más largas y terminantes; en las siguientes el autor trabajó sobre ellas en dos direcciones: por una parte quiso acortarlas hasta hacerlas más redondas, y por otra les introdujo "quizás" o "a menudos" para rebajarles el carácter dictador. El aforismo era plaga en los salones, pero pronto los de La Rochefoucauld empezaron a brillar por encima de todos, pues había en este autor una mezcla de biografía, desengaño y talento literario ideales para el género más espartano de todos. Providencial fue la intervención del caballero de Mére: él fue el primero que se dio cuenta de que las máximas de su amigo superaban con mucho el promedio y le animó a pulirlas. En esa labor de lima y escalpelo fue esencial la opinión de Jacques Esprit, Madame de Lafayette y Madame de Sablé, que también escribió otra recopilación de máximas. En los salones parisinos, la discusión de las máximas seguía este esquema: La Rochefoucauld leía en voz alta uno de sus aforismos y, de inmediato, los asistentes discutían sobre él, dando la mayor importancia a la precisión lingüística y a la veracidad del análisis psicológico. Los debates que se producían eran una síntesis única de literatura, psicología, filosofía y crítica social. ¡Por una sola máxima se podía debatir horas, no con denuestos o puñetazos en la mesa, sino con las reglas parisinas del buen decir, donde hasta la crítica más acerada parecía azúcar! Así nació el aforista más importante de Occidente, más importante que Oscar Wilde, que es un subRochefoucauld, más que Groucho Marx, que es un subWilde, y más que Woody Allen, que es un subGroucho.
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DICE ESTA noticia de la Cadena Ser (AQUÍ) que ChatGPT ya ha creado una IA que escribe mejor que el 99% de la gente (mejor que una, por tanto). Pero eso ya se veía venir. El escritor más grande de todos, Shakespeare, se pasa toda su obra haciéndose líricamente el ingenioso, hasta sus personajes más sencillos resulta que son ingeniosos y líricos, se nota a leguas que en sus obras existe una mano uniforme que mece la cuna. El novelista más grande de todos, Dostoyevski, parece que ha creado muchos personajes impresionantes, pero poco a poco te das cuenta de que son el mismo, de que siempre crea personajes desquiciados, entre lo angelical y lo satánico, que son una prolongación del propio Dostoyevski, que está detrás y no puede salir de sí mismo. Y qué decir del sublime sin interrupción Oscar Wilde: hasta sus contemporáneos le reprochaban escribir “con la maquinita de La Rochefoucauld”, la misma maquinita de todos los aforistas occidentales, que consiste en dar la vuelta mecánicamente a los conceptos comunes, con vistas a producir aforismos supuestamente insólitos que, después de trescientos en serie, suenan ya tan trillados como los anteriores.
Escucho que se dice: “Es una vergüenza que los robots de IA nos copien a los humanos”. Mentira. Nunca hemos sido solo humanos, sino robots también. A ver por qué me voy a quedar yo aquí, viviendo sola con mis dos gatos, si los humanos sois tan complejos como decís. Las IAs copiando a humanos son simples robots que copian a otros robots, y, como se está demostrando, a los robots IA les ha costado bien poco volverse mejores que los robots humanos.
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EL BORGES ensayista no es muy bueno en su mirada panorámica, como sí lo es por ejemplo Octavio Paz, pero está lleno de aciertos en su mirada más concreta, como por ejemplo en lo que dice sobre el famoso soneto de Quevedo, "Retirado en la paz de estos desiertos", donde subraya que el poema funciona no gracias a sus ingeniosidades o conceptismos, sino "a pesar de ellos". No soy de las que condena el ingenio en la literatura, como hacen tantos, pero creo que existe un ingenio con hueso, por ejemplo el de Séneca, por ejemplo el de Chamfort, por ejemplo el de Chesterton, y un ingenio mucho más barato, que se limita a meros esguinces lingüisticos o paradojas conceptuales, por ejemplo el de Wilde, por ejemplo el de Noel Clarasó, por ejemplo el de Pitigrilli. La insinuación de Borges me lleva a enunciar esta ley: todo texto que siga siendo bueno una vez que le quitas el ingenio, es de verdad bueno; en caso contrario, es mera exhibición pirotécnica y por tanto de una calidad menor.
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LA LEY Mordaza o similares son funestas porque el escritor no necesita solo libertad sino sobrelibertad: el escritor es un tipo que llega a los límites y se complace jugando con ellos, es alguien que conserva su primate fresco y necesita dar un puñetazo en la mesa de vez en cuando para afirmar su existencia y explorar nuevas vías de expresión. Desde Byron, desde Baudelaire, el escritor incorpora la barbaridad diogenesca a su tarea creativa (pienso en Wilde, en Schopenhauer, en Nietzsche, en Rimbaud, en Breton, en Artaud, en Papini, en Cioran, en Mishima, en Bukowski, por decir algunos casos estruendosos), por lo que salirle al paso con leyes coercitivas es cargarse algunas de las páginas o boutades más sabrosas de la escritura moderna. La barbaridad no sale gratis, ojo: cuando Nietzsche dice “Dios ha muerto”; cuando Unamuno dice “Que inventen ellos”; cuando Sontag dice “La raza blanca es el cáncer de la humanidad”, sus palabras pensadas como flechas se convierten en boomerangs que regresan cargadas de rechazo hacia sus autores, pero ese debe ser el único castigo si no queremos que se empobrezca el campo de la expresión o el pensamiento; si no queremos limitar a los escritores dentro de un sentido común que no es más que el catecismo rebañiego del momento. Esta sobrelibertad de expresión no la pido solo para los escritores sino para todos, naturalmente, pero incido en los escritores porque son los que más la necesitan. Es propio del escritor que de tanto conducir con las palabras empiece a gustarse y a hacer motocross con ellas, por lo que no se puede pedir que vaya despacio a un tipo que necesita derrapar.
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EL AFORISMO anglosajón, Oscar Wilde, Mark Twain, Ambrose Bierce, Groucho Marx, Woody Allen, es el más brillante de todos, pero es también el responsable de haber convertido este género en la calderilla de la literatura, más orientada a los fuegos artificiales del palabrerío que a ser la hija de la filosofía (caso del aforismo de los moralistas franceses). Cada vez que leo una antología de aforismos actuales, como las estupendas que recopila Gregorio Doval, me encuentro con que el 80% de las frases son deslumbrantes, pero cuando me adentro autor por autor, buscando una dirección o pensamiento trabajado, me decepcionan de inmediato: casi todos ellos son semeocurristas que sacrifican la coherencia del hueso por la brillantez de ocasión. Cuántas veces la he tomado con Wilde, pues sin duda de Wilde procede este tipo de aforismo pariente de la charlatanería, o al menos él fue el primero que lo utilizó de forma industrial, y me he acordado de la wildeada que escribió Pessoa en su Libro del desasosiego: "Hablar es tener demasiada consideración con los demás. Por la boca mueren el pez y Oscar Wilde".
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LA OTRA división es el pegamento: hay aforistas o fragmentistas que pegan bien sus frases, que escriben hasta el más mínimo meteoro mirando a lo lejos, a la obra general, de forma que sus aforismos son muy coherentes con todo el libro, como Nietzsche, Confucio, La Rochefoucauld o Gómez Dávila. En cambio existen aforistas que lo fían todo a la brillantez del minuto, a la ocurrencia genial y matadora, pero cuyos aforismos se anulan los unos a los otros y no están al servicio de un plan general. Grandes semeocurristas me parecen Oscar Wilde, Woody Allen, Groucho Marx, Pitigrilli, Ranévskaya o Gómez de la Serna, y no me parece casual que pertenezcan al humorismo más que al pensamiento.
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DICE JAVIER Marías en Vidas escritas, en la semblanza dedicada a Henry James, que el encuentro que este autor tuvo con Oscar Wilde fue nefasto. Estaba Wilde de visita en USA y a James se le ocurrió decirle que echaba de menos Londres, a lo que Wilde le respondió con desprecio, tachándolo de provinciano: “¿De veras? ¿A usted le importan los sitios? ¡Mi hogar es el mundo!". A partir de entonces James incubó tal manía por Wilde que dudaba entre referirse a él como a "esa bestia inmunda", "ese fatuo idiota" o "ese ínfimo patán".
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Wikiquote ciceroniana - Sabido es que Cicerón es uno de los aforistas más grandes de la historia; pero es menos sabido que nunca escribió un libro de aforismos, sino que los propios romanos fueron extrayendo perlas de sus voluminosos escritos y recopilándolos en antologías: así nació la que podríamos llamar la Wikiquote romana, de la que la Antología Palatina es su ejemplo más acabado. Ante este abuso que se cometía con Cicerón y otros autores se alzó Séneca, que se hizo su propia Wikiquote y comenzó a extraer las mejores frases de sus libros con el fin de que se popularizaran las que a él le gustaban. Esta costumbre se extendió con el paso de los siglos: sus víctimas predilectas fueron autores cuya prosa consiente frases redondas, ingeniosas o sentenciosas, de esas que se piensan mirando-al-horizonte. Aunque la mayoría nunca publicó una obra de aforismos, algunos son más famosos por las frases entresacadas de sus libros que por sus libros mismos: Oscar Wilde es el ejemplo más estruendoso de lo que digo. Ya con Internet, la Wikiquote de verdad ha convertido en aforistas a todos los autores del mundo, que ahora funcionan como autores mutilados o presocráticos, para escándalo de los puristas.
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NO ME comparéis jamás el minipoder de un cerebro en directo con el superpoder de un cerebro que tras una larga paciencia ha dado a luz en trescientas páginas, por favor: un libro bueno es un artilugio muy superior a toda la cháchara de tediosos profesionales que nos intercambiamos las personas de carne y hueso; el cerebro del homo sapiens cuenta con una batería de unas tres horas como mucho de charla comestible a partir de las cuales empiezan las reiteraciones. Hasta los amigos de Oscar Wilde estaban hartos de que aquel maestro de la conversación les repitiera una y otra vez sus doscientas ocurrencias más famosas; hasta a Borges le trataban como a un pelmazo cuando incurría por centésima ocasión en los chascarrillos que pronunciados por primera vez le habían dado fama; hasta el mismo Einstein emitía tanto spam que Niels Bohr le espetó una vez: “Albert, deja ya de decirle a Dios lo que tiene que hacer con sus dados”.
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CASI TODAS las críticas que he leído sobre el "Borges" de Bioy son negativas y en parte lo comprendo, porque Bioy actuó de forma poco ética a la hora de escribir la obra. Tanto Samuel Johnson como Goethe sabían que Boswell o Eckermann estaban preparando un libro sobre ellos y les hablaban "mirando a la cámara"; Bioy en cambio se dedicó a registrar sus conversaciones privadas con Borges sin que este lo supiera. Hernán Iglesias Illa entrevistó a su viuda María Kodama, con la que estoy de acuerdo en todo salvo en lo de que Bioy es un escritor mediocre:
PREGUNTA: Hablando de polémico. Sé que a usted esto no le gustó, pero el "Borges" de Bioy es bastante polémico.MARIA KODAMA: Eso no es polémico. Eso es traición. Borges me definió a Bioy una vez con una palabra: "Cobarde". Ésa era la palabra con la que lo definía.PREGUNTA: ¿En general o por algo específico?MARIA KODAMA: En general, por cosas que hizo Bioy en su vida y él se daba cuenta de que era un cobarde, algo que, por otra parte, era lo que Borges más despreciaba. Además, si vos mirás las entrevistas de Borges, sólo elogia dos cuentos de Bioy, y esos cuentos fueron recontracorregidos por Borges. Eso Bioy no se lo perdonó nunca. Bioy es el Salieri de Borges. La verdad es la verdad y las cosas como son. Yo te pregunto: ese hombre escribe un libro en el que inventa, distorsiona lo que vos decís o pone en tu boca lo que él no tiene el coraje de decir. Y lo publica después de que vos morís y él también muere (que ya es una cobardía, porque no quiere hacerse cargo). En el otro mundo se encuentran, ¿vos creés que ese hombre es amigo tuyo? Como hombre te pregunto.PREGUNTA: En esas condiciones, no.MARIA KODAMA: Son las condiciones en que fueron hechas, según el propio Bioy escribe. Además, ¿qué amigo espera que vos te vayas para contar conversaciones privadas? Porque una cosa es si nosotros tenemos un amigo en común y te digo "Che, qué estúpido que es Fulano". Pero vos, por el tono de voz y los años de conocimiento que tenemos, te das cuenta de que por ahí lo digo en broma o estoy en un momento malo. Pero si vos lo escribís, negro sobre blanco, sin todo el entorno de lo que significó en ese momento, es brutal. Y si sos una persona sensible y correcta y ética, no lo hacés.
Tiene razón Kodama, lo de Bioy es una jugada fea. Sin embargo, mi intuición me dice que a Borges no le hubiera molestado ese libro, porque no es más que una ampliación de las viejas filias y fobias que muestra en sus ensayos o entrevistas, a las que respondía por cierto sin ningún filtro. En este libro seguimos viendo al Borges despreciador de siempre, pero sus desprecios duran 1650 páginas y son más precisos y nutritivos. Bioy, además, asume su condición de actor secundario en las conversaciones y respeta la intimidad del maestro dentro de lo que cabe, y la prueba es que registra poquísimos diálogos sobre la vida privada de Borges, si bien uno sospecha que su vida privada no existía o estaba enteramente ocupada por los libros. En ese sentido, la escena más genial del libro acontece cuando Borges se va al baño y se pone a mear polla en mano mientras sigue hablando de literatura con Bioy. Otro argumento que me hace pensar que Borges no se hubiera sentido traicionado, como dice su viuda, es que en ese mismo libro, en uno de los innumerables parlamentos que pone en su boca Bioy, dice que uno de los problemas de la literatura clásica española, el que le ha impedido lograr la misma influencia que la inglesa o la francesa, es que apenas tiene biografías de escritores como la que Pablo de Tarsia hizo de Quevedo.
Yo me he leído ya dos veces el libro y me parece maravilloso. A veces cotilla y a veces mezquino y a veces frívolo, pero maravilloso. Todo un curso de literatura en 1650 páginas impartido por un maestro entre los maestros. Mi confianza en su magnitud es de tal calibre que me atrevo a hacer de Nostradamus: me atrevo a profetizar que es un libro shakesperiano, "para todos los lugares y para todos los tiempos", que va a durar lo que dure el interés por la literatura, y que se va a colocar al lado del que Boswell hizo a Samuel Johnson, Eckerman a Goethe o Frank Harris a Oscar Wilde.
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