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DICE BORGES en su entrevista en The Paris Review de 1967:
Cuando me pidieron que escribiera una reseña de cierta historia de la literatura, encontré en ella muchos errores y desatinos, y como siento enorme admiración por la obra poética de su autor, dije: “No, no quiero escribir sobre ella, porque, si lo hago, tendré que atacarla”. No me gusta atacar a nadie, y menos a estas alturas. Cuando era joven, es verdad que solía hacerlo, pero, conforme pasa el tiempo, uno entiende que no es bueno.
La realidad es que Borges, en los casi veinte años que transcurrieron desde que dio esta entrevista hasta su muerte, concedió cientos de entrevistas más donde atacó a docenas de escritores con una crueldad que solo admite parangón con Vladimir Nabokov o Truman Capote. Aquí se ve transparente que Borges, como tantas personas, vivió con un “Borges ideal” en su mente que a menudo era lo contrario del real.

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DESCUBRO EN unas declaraciones de Nabokov que la famosa boutade de Borges, la de que el Quijote es mejor en inglés, contaba con un precedente ilustre: nada menos que Conrad había dicho que la traducción inglesa de Ana Karenina era mejor que el original ruso (aunque hay que tener en cuenta la alergia a lo ruso del polaco Conrad, que también detestaba a Dostoyevski).

En el caso de Borges, sin embargo, siempre he albergado mis dudas de que sea una boutade, porque el Quijote es un libro de comienzos del siglo XVII con lenguaje de su propia época y, en cambio, la mayoría de sus traducciones se vierten a lenguaje actual. Se debe considerar además un detalle que frecuentemente se olvida, y es que Borges acuñó esa opinión siendo niño, cuando leyó por primera vez el Quijote en la traducción inglesa, con nueve años de edad, y me parece de lo más natural que después, cuando accedió al original de Cervantes, su primera reacción fuera aferrarse a la versión inglesa que había leído antes, que además era más clara, igual que casi todos nos aferramos a la primera versión que hemos escuchado de un tema musical. También a los franceses se les hace difícil leer los Ensayos de Montaigne, porque los leen en francés antiguo de siglo XVI (en dialecto perigordino), o los ingleses se tropiezan en Shakespeare con frases en desuso, palabras inventadas o muchos arcaísmos, mientras que para los españoles no catedráticos tanto Montaigne como Shakespeare son pura delicia porque los leemos en traducciones al español de siglo XX o XXI.

Por esa misma razón yo mismo me leí los primeros libros del castellano (Poema del Cid, Milagros de Nuestra Señora, Libro de Alexandre, Poema de Fernán González…), por los tiempos fallidos en que me matriculé por filología en la UNED, en la colección Odres nuevos de la editorial Castalia, que los amolda a un castellano actual. Ya sé que esto repugnará a los puristas, pero la desventaja de no leer las obras en su versión original se ve compensada por la ventaja de leerlas en una versión más inteligible. El traductor de obras antiguas traiciona como todos los traductores, sí, pero traiciona en favor de la claridad y de un aire más moderno.

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“SHAKESPEARE Y el drama”, de Tolstoi, es otra obra para incluir en el muy selecto club de los “libros-troll”, del que también forma parte el “Curso sobre el Quijote”, de Nabokov, “Contra los poetas”, de Gombrowicz, “El crepúsculo de los filósofos”, de Papini o “Neruda y yo”, de Pablo de Rokha. Existe una animadversión que proviene de la poca información o el no-querer-enterarse de las virtudes del otro, pero también existe otra que se funda en un sobre-conocimiento del autor o materia odiados. Confieso que esta clase de rechazo me pasma y me disgusta un poco. Con lo fácil que les hubiera sido, una vez visto que les desagradaba, no seguir leyendo…


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NABOKOV ENCUMBRÓ la precisión o exactitud como valor máximo; por eso arremetía contra El Quijote, porque sostenía que era imposible hacer un mapa cabal de los territorios por los que se desarrollaba la novela, o porque don Quijote y Sancho habían perdido en sus aventuras más de cien dientes "y eso no es posible". A su admirado Kafka también le sacaba fallos; así responde a la pregunta de un alumno en la universidad de Cornell:
PREGUNTA: ¿Qué clase de escarabajo era Gregorio Samsa?
VLADIMIR NABOKOV: Era un escarabajo abovedado, un escarabajo con alas, y ni Gregorio ni su hacedor cayeron en la cuenta de que cuando la criada hacía la habitación, y abría la ventana, podría él haber escapado volando, uniéndose a otros escarabajos felices que giran alrededor del estiércol en los senderos del campo.


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JAJAJA, PAPINI se atreve a relacionar en su diario el final terrible de algunos prohombres con su anticristianismo:
Robespierre (decapitado); De Sade (prisionero y loco); Shelley (náufrago); Zola (asfixiado); Ardigó (suicida); Nietzsche (loco); Lenin (paralítico); Rosenberg (ahorcado); Comte (loco).  
Todos ellos han combatido al cristianismo o han intentado sustituirlo por otra teoría o fe. 

Papini necesita que Dios se vengue, eso tan poco evangélico. Esa necesidad estaba muy extendida: ya decía Nabokov que en Hollywood era imposible que te aceptaran el guion de "un ateo que llega feliz a los 100 años".

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AL COMIENZO de su Diario de otoño, en anotación del 13 de enero de 1996, Salvador Pániker hace un catálogo de las distintas maneras de escribir de algunos escritores célebres:

Juan Carlos Onetti escribía con bolígrafo sobre agendas; Pablo Neruda a mano y con tinta verde; Jack Kerouac sobre un rollo de papel sin fin. Paul Auster sólo usa lápiz. Günter Grass utiliza la Olivetti-Lettera sobre soportes altos porque trabaja siempre de pie. Graham Greene se ponía a la faena de mañana, no sé si a pluma o a máquina, antes de la hora de la sensualidad y el whisky: sobre unas treinta líneas en los días fértiles. Hemingway escribía los diálogos de sus novelas a mano (con lápices recién afilados), las descripciones a máquina, de pie frente a un atril. Azorín se ponía a trabajar al alba, dicen que a máquina. Nabokov tomaba notas en tarjetas de 3 por 5 pulgadas, que luego su mujer pasaba a máquina. W. H. Auden solía meterse en faena tapando previamente las ventanas de su apartamento con lienzos negros. Husserl escribía en taquigrafía, y sus textos eran difíciles de descifrar. John Keats se ataviaba con sus mejores ropas antes de sentarse a componer un poema. Truman Capote trabajaba en posición horizontal, Virginia Woolf lo hacía de pie, Voltaire sobre la espalda desnuda de su amante.


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CUENTA LOBO Antunes que Nabokov solo daba entrevistas cuando podía hacerse él mismo las preguntas y las respuestas. ¡Al fin alguien se dio cuenta de que las entrevistas son fusilamientos en los que aprieta el gatillo el que hace las preguntas!


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ESCRIBE EL Príncipe de Ligne:
Cicerón no desdeñaba los lugares comunes; los griegos, sus maestros, no menos. Leed los manuales de Epicteto y los demás, tan bien impresos por Didot, y decidme si un hombre de letras de ahora se atrevería a publicar cosas tan manidas y con tan poca chispa.
Lo que subyace bajo estas líneas es que Ligne conoció los salones literarios franceses del siglo XVIII y principios del XIX, una de las épocas de la historia donde más se ha admirado el ingenio, donde una persona de ingenio podía hacer carrera (a causa de su agudeza, el rey le concedió a Talleyrand la abadía de Saint-Denis). Epicteto, en cambio, escribió un manual en el que abogaba por la resignación, el camino recto, el punto medio y el no apartarse de las acciones ordinarias para tener una vida sin sobresaltos: es normal que escribiera sin buscar el esguince ni la sorpresa. Si Epicteto hubiera leído a Ligne, quizá le habría parecido un frívolo, un tipo que sacrifica la verdad por el ingenio, más preocupado por hacer acrobacias conceptuales que por observar la realidad. En mi época de lector joven yo también me hacía preguntas similares: ¿por qué Polibio no sabe escribir goloso como Suetonio? ¿Por qué Tocqueville no danza como Voltaire? ¿Por qué la prosa de Camus no tiene la peonza de Nabokov? Más tarde me di cuenta de que soy yo, que vivo en continua ansiedad, el que busca escritores que ardan y muerdan y bailen en la página, pero los escritores calmados que trabajan la exactitud, los tonos bajos o el sentido común no son para nada inferiores, sino solo distintas caras que ilustran la riqueza de la escritura.


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EN LITERATURA solo tengo amigos y señores: amigos son aquellos a quienes leo a favor, el amigo Camus, el amigo Canetti, el amigo Orwell, la amiga Sontag…; y señores son aquellos a quienes leo en contra, el señor Nietzsche, el señor Nabokov, el señor Flaubert, la señora Beauvoir… No tiene nada que ver esta clasificación con la calidad: el señor Nietzsche es mucho mejor escritor que el amigo Orwell, pero leo a Nietzsche buscándole los fallos y a Orwell perdonándoselos…