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¿CUÁL FUE la ruptura literaria más "sonada" del siglo XX? Si es por "sonido", la mayor es la que aconteció el 6 de marzo de 1932 en el Café Cyrano, sito en la Place Blanche de París, cuando André Breton, en plena discusión con Louis Aragon sobre la inconveniencia de que la literatura se sujetara a un programa político, en este caso el del Partido Comunista Francés, atizó una bofetada en la cara a Aragon, que, en palabras de René Char, que estaba presente, "resonó en toda la vanguardia parisina". Ahora bien, si lo que valoramos es el daño físico causado, que en el caso de Aragon fue muy leve, porque recibió la bofetada impertérrito, sin hacer siquiera amago de contestar, la ruptura literaria más sonada aconteció cuarenta y tres años después, el 12 de febrero de 1976, en el Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México, durante el estreno de la película La odisea de los Andes, cuando Mario Vargas Llosa propinó un puñetazo a Gabriel García Márquez mientras le decía "¡Esto es por lo que le hiciste a Patricia!", en referencia a su esposa Patricia Llosa, con la consecuencia inmediata de que el escritor colombiano cayó al suelo, sangrando por la nariz, con el puente de sus lentes roto y un moratón en el ojo izquierdo que le duró varios días.

Breton solo quería "representar" la ruptura con Aragon por divergencias de opinión político-artística, por lo que una bofetada pública y sonora le bastaba; Vargas Llosa en cambio actuaba movido por el odio personal, en un asunto nunca aclarado que vinculaba a su propia mujer, por lo que un puñetazo dado con toda el alma, buscando el máximo daño, le pareció mejor opción :)

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¡COTILLA NIVEL Dios! He adquirido el libro de Julia Urquidi, Lo que Varguitas no dijo, que escribió la ex esposa de Vargas Llosa para contestar a La tía Julia y el escribidor. Ya en el prólogo la autora denuncia intentos de silenciarla:
No han sido pocas las dificultades que he tenido que vencer para que este libro salga a la luz, desde la amenaza velada —a través de terceras personas— hasta el querer silenciarme —con malas artes— con la compra de originales por una suma que no era de dejar pasar. Hay algo que olvidaron quienes trataron de hacerlo (además de bloquearme varias editoriales): mi conciencia, mi honestidad, mi reivindicación e integridad de mujer no están a la venta.
La utilización inescrupulosa de lo confesional es uno de los puntos débiles del maestro peruano. Escribe en el prólogo de La verdad de las mentiras:
¿Qué quiere decir que una novela siempre miente? No lo que creyeron los oficiales y cadetes del Colegio Militar Leoncio Prado, donde —en apariencia, al menos— sucede mi primera novela, La ciudad y los perros, que quemaron el libro acusándolo de calumnioso a la institución. Ni lo que pensó mi primera mujer al leer otra de mis novelas, La tía Julia y el escribidor, y que, sintiéndose inexactamente retratada en ella, ha publicado luego un libro que pretende restaurar la verdad alterada por la ficción. Desde luego que en ambas historias hay más invenciones, tergiversaciones y exageraciones que recuerdos y que, al escribirlas, nunca pretendí ser anecdóticamente fiel a unos hechos y personas anteriores y ajenos a la novela. En ambos casos, como en todo lo que he escrito, partí de algunas experiencias aún vivas en mi memoria y estimulantes para mi imaginación y fantaseé algo que refleja de manera muy infiel esos materiales de trabajo. No se escriben novelas para contar la vida sino para transformarla, añadiéndole algo.
Esta es una explicación muy pobre que se salta los derechos de las víctimas; parece decirnos Vargas Llosa que familiares, amigos o conocidos son simples cobayas que se pueden utilizar a conveniencia para crear obras maestras. Como estoy haciendo literatura, nos viene a decir con desfachatez, no tienes razón en enfadarte porque no te estoy copiando al ciento por ciento (pero el pícaro titula el libro con el nombre real de su ex, Julia, que además era su tía, pues Vargas Llosa se casaba con los familiares, como después se casó con su prima hermana Patricia).

Ya es casualidad que no solo Julia Urquidi se enfadara, sino que cuarenta años después también lo hiciera Isabel Preysler, cuando Vargas Llosa volvió a las andadas y escribió un relato, Los vientos, con referencias casi navajeras contra la pobre Isabel, mujer por la que dejó a Patricia:
Todas las noches, parece mentira, desde que cometí la locura de abandonar a mi mujer, pienso en ella y me asaltan los remordimientos. Creo que solo una cosa hice mal en la vida: abandonar a Carmencita por una mujer que no valía la pena.
Ya me olvidé del nombre de aquella mujer por la que abandoné a Carmencita; volverá a mi memoria, sin duda, aunque, si no volviera, tampoco me importaría. Nunca la quise. Fue un enamoramiento violento y pasajero, una de esas locuras que revientan una vida.
Pero lo que más crispó a Isabel Preysler y le hizo cortar toda relación con el Nobel (ya estaban separados), es que el autor, una vez concluido el cuento, regresó a él e introdujo dos referencias ofensivas contra Tamara Falcó, la hija de Isabel...

Vaya, vaya con don Mario, el que se pasó la vida diciendo que “solo trataba de hacer literatura”.

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EL PRINCIPAL escollo que afronta el egoautor, me refiero al egoautor con una vida social siquiera un milímetro más populosa que la mía, es que escribimos con toda libertad de la gente con la que hacemos nuestras vidas y luego esa gente no se siente reflejada y a menudo se enoja con nosotros. El problema aumenta cuando el egoautor no solo no trata de reflejar a sus semejantes, sino que trata de vengarse de ellos: en este caso la literatura confesional entra de lleno dentro de los delitos penales. Esa es la razón, por ejemplo, de que aún no se puedan publicar al completo los diarios de Anaïs Nin, porque en ellos habla mal de mucha gente que aún vive y podría denunciar, o de que Elias Canetti, para protegerse, dejara escrito que los suyos no podían publicarse hasta treinta años después de su muerte.

Los que no denuncian a veces deciden coger la pluma y dar su versión. Esto es lo que hizo Julia Urquidi, ex mujer de Vargas Llosa, que contraatacó con “Lo que Varguitas no dijo” cuando el peruano publicó “La tía Julia y el escribidor”. O lo que hizo Sofia Tolstaia, mujer de Tolstói, que escribió “¿De quién es la culpa?” para contestar a la “Sonata a Kreutzer” de su marido, si bien Tolstaia no era ninguna aficionada y ya escribía antes de casarse con él. Peor fue lo que le pasó a Frank McCourt, que pintó tan negativamente su infancia en la irlandesa ciudad de Limerick en Las cenizas de Ángela, que recibió amenazas de algunos de sus habitantes para que no regresara nunca por allí.

En otros casos las dos partes acaban entendiéndose. Es lo que ha sucedido con otra famosa autora confesional, Erica Jong, que hizo a su hija Molly parte de su obra. Su hija no siempre estaba contenta de aparecer en los libros de una madre tan famosa “porque todos mis cercanos aprendieron a valorarme no por lo que soy, sino por lo que dice mi madre que soy”. Ahora Molly ha sacado el libro “How to Lose Your Mother: A Daughter´s Memoir”, donde muchas veces pone a parir a su madre, pero Erica Jong se lo ha tomado con muy buen humor:

—Tiene derecho a hablar mal de mí todo lo que quiera, la voy a querer de todas formas.

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COMO HE leído mucho a favor y en contra de las posturas ideológicas de Vargas Llosa, como si las hubiera mantenido constantes durante 67 años, voy a dividir su carrera en cuatro partes y voy a dar mi opinión sobre cada una de ellas. Las fechas de cada etapa las he puesto un poco a bulto: 

PRIMERA (1959-1969): Etapa olvidable porque en ella hace seguidismo de la izquierda autoritaria. Se ha destacado poco que no rompió con la Cuba castrista por los fusilamientos en serie de opositores ni por los campos de concentración para homosexuales (UMAP), sino por un asunto corporativo menor, como la purga al poeta Heberto Padilla, al que el castrismo obliga a rectificar. La figura reverenciada por Vargas Llosa en esta época es Jean-Paul Sartre.

SEGUNDA (1970-1990): Esta es su mejor etapa como intelectual y una de las mejores de cualquier intelectual, por lo emocionante que fue que defendiera sus postulados “contra todo el mundo”. Denuncia a la iglesia, a la izquierda sartriana, al nacionalismo y al patriotismo con un aplomo asombroso: son años en que aparece en los medios como “el malo de la película”, pero él nunca abandona el humanismo y la racionalidad. Enemigo número uno de los grandes relatos como el marxista, que engendran violencia e intolerancia, en esta época todavía no se entrega al capitalismo salvaje y en muchas de sus prédicas reconocemos a un socialdemócrata. La figura reverenciada en esta época es Albert Camus.

TERCERA (1991-2011): Esta es la etapa de la primera decadencia. Caído el muro de Berlín y el bloque soviético, la intelectualidad mundial gira la cabeza sobre Vargas Llosa y empieza a reconocer que el peruano estaba en lo cierto. Pero ese cambio le sienta mal: desde que se cree ganador, comienza a radicalizar su capitalismo, abraza a Margaret Thatcher, adopta un lenguaje cada vez más intolerante y se presenta a las elecciones de Perú con un programa neoliberal. La figura tutelar de este período es Friedrich Hayek.

CUARTA (2012-2025): Decadencia horrorosa. Comienza a volverse autoritario: el día anterior al 1 de octubre de 2017, día en que Cataluña votaba un referendo no legal por la independencia, pide a las autoridades españolas que “actúen con dureza”: él es uno de los autores intelectuales de los más de mil heridos de aquel día. Se vuelve de pronto patriota, arrecia en su neoliberalismo, se obsesiona contra el feminismo, pide al indigenismo que se entregue a la cultura occidental y se vuelve hasta cómico en su conservadurismo: en “La civilización del espéctaculo” sostiene que uno de los problemas del mundo son los jóvenes que practican sexo sin amor. Al final le pudo su rechazo visceral a la izquierda: entre sus últimos actos como intelectual figuró llamar "tontos" a los colombianos por votar a Gustavo Petro en 2022 o pedir el voto para Javier Milei en 2023. La figura tutelar de este período también es Hayek pero me refiero al último Hayek, el que ya no veía tan mal a Pinochet o a las dictaduras “si aseguraban la libertad económica”.

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EL PARTIDO nosotrista Mas Madrid se ha quejado (AQUÍ) de la decisión del Ayuntamiento de Madrid de celebrar un homenaje a Mario Vargas Llosa: alega discriminación ideológica y agravio comparativo con Almudena Grandes y Marisa Paredes. Pero un momento: ¿en serio me estáis comparando los logros de las madrileñas Grandes y Paredes con los de Vargas Llosa, figura de todos los lugares y de todas las épocas, que ha sido llorado en América (AQUÍ), en Europa (AQUÍ), en Nueva York (AQUÍ), en el mundo árabe (AQUÍ), que era tan referencial que mantenía polémicas con gobiernos (AQUÍ) y (AQUÍ), que ha sido homenajeado por los presidentes de Francia y Alemania, o que fue el primer autor de habla no francesa en entrar en la Academia de Francia? 

Vargas Llosa ha sido uno de los intelectuales más importantes del mundo desde Jean-Paul Sartre, sino el mayor, además de uno de los mejores novelistas de todos los tiempos. El homenaje que le tributa Madrid es muy merecido y debe ser un punto de inflexión en favor de una ciudad cosmopolita: a partir de ahora, las autoridades deberían ir retirando los nombres de todos los escritores anacletos que decoran sus calles, famosos solo por haber nacido en unos kilómetros cuadrados y haberse destacado por escribir sobre motivos folclóricos, y sustituirlos por otros de verdad “nuestros”, que son aquellos que aplican el bisturí en los problemas de lo humano universal; autores que a menudo no solo no ensalzan a la ciudad y la nación en que nacieron sino, como Vargas Llosa, las critican y las ponen frente a sus contradicciones.

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SI HUBIERA leído las críticas y obituarios que se hicieron ayer sobre su figura, Mario Vargas Llosa habría sido feliz. El escritor es un ego de tal tamaño, tal ombligo rodeado de agua por todas partes, que, si le dicen que es “gran escritor pero mala persona”, no se molesta ni la mitad que si le dicen que es “gran persona pero mal escritor”. Sucedió que ayer todos salvaron al escritor: no hubo nadie tan necio que negara su estatura como palabrista.


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EN CUANTO a su faceta como intelectual o polemista político, ayer recibió muchas críticas desde los sectores de izquierda, pero no creo que tampoco se hubiera molestado mucho, porque toda la vida sufrió un volumen de críticas sin parangón con las que sufrieron otros escritores, porque la literatura occidental está dominada sobre todo por la izquierda. Vargas Llosa era en ese sentido igual que sus críticos: él apenas fustigó a los autores por la calidad de su literatura, sino sobre todo por su papel como referentes políticos o como intelectuales. Esto es por ejemplo lo que dijo de Pablo Neruda: 
¿Cómo pudo ser, la misma persona que revolucionó de este modo la poesía de la lengua, el disciplinado militante que escribió poemas en loor de Stalin y a quien todos los crímenes del estalinismo —las purgas, los campos, los juicios fraguados, las matanzas, la esclerosis del marxismo— no produjeron la menor turbación ética, ninguno de los conflictos y dilemas en que sumieron a tantos artistas? Toda la dimensión política de la obra de Neruda se resiente del mismo esquematismo conformista de su militancia. No hubo en él duplicidad moral: su visión del mundo, como político y como escritor (cuando escribía de política) era maniquea y dogmática. Gracias a Neruda incontables latinoamericanos descubrimos la poesía; gracias a él —su influencia fue gigantesca— innumerables jóvenes llegaron a creer que la manera más digna de combatir las iniquidades del imperialismo y de la reacción, era oponiéndoles la ortodoxia estalinista.
Y esto, aún más nítido, sobre Bertolt Brecht:
¿Es mezquino hurgar en estas humanas debilidades del genio en medio del fuego de artificio y las fiestas con que el mundo celebra su primer centenario? No, si el genio, como ocurrió con Bertolt Brecht, quiso ser no solo un buen escribidor, sino, también, un director de conciencia, un dómine en cuestiones morales y políticas, un profesor de idealismo. Para eso es indispensable, además de una pluma sutil y una imaginación fulgurante, una conducta coherente. Es decir, predicar con el ejemplo.

 

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EL MÁS biblioloco de los escritores, Jorge Luis Borges, vivía sin embargo en una casa donde los libros solo ocupaban unos pocos rincones discretos. Cuando un jovencísimo Vargas Llosa visitó en los años cincuenta al maestro bonaerense, al ver el lugar tan sencillo en el que residía, le preguntó por qué no vivía en un sitio más grande y más lujoso. A Borges le ofendió la pregunta. "A lo mejor en Lima hacen las cosas así —le contestó—, pero aquí, en Buenos Aires, somos menos devotos de la ostentación”.


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EL LIBRO que espero de Fernando Savater y Mario Vargas Llosa es aquel donde relaten con pelos y señales cómo pasaron de defender la bandera de Villabajo a la de Villarriba sin perder la intransigencia de siempre. Porque me he leído las memorias de ambos (Mira por dónde, de Savater, y El pez en el agua, de Vargas Llosa) y solo explican ese cambio a vuelapluma, como con mucho miedo de entrar en detalles. Y desde luego que me parece algo lo bastante importante como para que nos escriban un libro entero. Queremos saber. Cómo pasó el señor Savater de escribir artículos en el Egin defendiendo el derecho de autodeterminación de los vascos, en unos tiempos en que ETA mataba casi cien personas al año, a dar entrevistas pidiendo que la policía española reparta estopa contra los independentistas catalanes pacíficos. Cómo consiguió el señor Vargas Llosa no enterarse hasta ¡1969! de que Fidel Castro era un dictador, o qué le hizo dejar de pensar que lo peor del planeta eran "las patrias". Un libro donde además respondan al tipo de preguntas que se hace cualquiera: ¿Qué diferencia hay entre cambio y traición? ¿Se gana más dinero defendiendo el statu quo o yendo contra él? ¿Qué se siente cuando dejan de elogiarte los oprimidos y empiezan a elogiarte los opresores? ¿Tienen que ver los cambios ideológicos drásticos con la decadencia física, o son puramente intelectuales? ¿Por qué los responsables de esos cambios tan escandalosos, lejos de aprender nada y moderarse, siguen con la misma intolerancia de siempre? ¿Es obligatorio que esos bandazos ideológicos acarreen un descenso espectacular de la calidad de sus libros, o solo en el caso de ellos?

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SABIDO ES que en el siglo pasado hubo una "moda" de escribir novelas sobre dictadores latinoamericanos, y así fueron saliendo El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, El discurso del método, de Alejo Carpentier, Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa, Yo, el supremo, de Augusto Roa Bastos o El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez. Pues bien: también Augusto Monterroso planeaba escribir una novela sobre un dictador de Guatemala, pero al final no la escribió por estas razones que nos da Bryce Echenique:
Tito Monterroso, que fue un maestro de la ironía, participó del proyecto que armaron los escritores del boom para hacer varias novelas sobre cada uno de los dictadores, pero Monterroso, mientras investigaba, descubrió que la mamá del dictador guatemalteco era alcohólica y el papá le pegaba, y me acuerdo de que Tito me dijo que prefería no escribir sobre el dictador porque le estaba entrando una ternura por el personaje... 

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ES INCREÍBLE el prestigio que tiene la colección de libros La Bibliothèque de la Pléiade, de Gallimard, fundada en 1931 por Jacques Schiffrin. El nacionalismo patrio se queja cada cierto tiempo de la escasez de autores españoles contemporáneos en esa colección, cuando precisamente el prestigio de La Pléiade se debe en parte a la falta de esos insufribles autores (si alguno cree que esta es una opinión estrictamente maricrónica, fundada en el irrenunciable asco que me dan las roñas identitarias, puede leer AQUÍ lo que han opinado sobre la literatura española cráneos mejores que el mío). Así cuenta Mario Vargas Llosa lo que sintió cuando supo que era incluido en esa colección:
Creo que como escritor, el día más feliz de mi vida fue cenando con Carmen Balcells. Había una carta dirigida a ella por la Editorial Gallimard, que no me dejó leer hasta los postres. Le decían: "Querida Carmen, creo que ha llegado el momento de meter a Vargas Llosa en la Pléiade". Nunca he sentido tanta felicidad, ni siquiera cuando gané el Nobel. ¡Mis libros, junto a Victor Hugo, junto a Flaubert, a Balzac! Siempre tuve la sensación de que La Pléiade derrotaba el tiempo...

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QUE ALGUNOS utilicemos los libros para evadirnos de la realidad no significa que estén concebidos para eso. La mayoría de los libros, al contrario, están tan arraigados en lo real que a menudo funcionan como una escuela de la crueldad: uno entra en sus páginas lleno de ensoñaciones y ellos te devuelven con un uppercut a la dura realidad. Aunque hay excepciones. Mario Vargas Llosa se tuvo que ir hasta Góngora, según cuenta en su libro de memorias El pez en el agua, para aislarse de todos los decibelios que le generaba la campaña presidencial en el Perú, allá por 1990. Cuenta el maestro de Arequipa que Góngora cumplió su cometido, pero ¿cuántos autores existen en la literatura como Góngora, que hacen arte sin tocar el suelo?

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DECLARA VARGAS Llosa en una entrevista de 1970 recogida en Diálogos con Perú:
A mí me dijo Buñuel una cosa muy divertida: que nunca filmaría una buena novela, porque considera que es imposible hacer una buena película de una buena novela. En cambio, las malas novelas eran un magnífico material para hacer buenas películas.
Supongo que Buñuel le dijo eso en la hora de las boutades, cuando los maestros se ponen estupendos, porque Buñuel hizo dos películas, NazarínTristana, que parten de novelas homónimas de Galdós, y otra, Viridiana, basada en Halma, también de Galdós, a quien tenía una gran consideración como novelista, como declara en sus memorias Mi último suspiro:
Steinbeck no sería nada sin los cañones americanos. Y meto en el mismo saco a Dos Passos y Hemingway. ¿Quién les leería si hubiesen nacido en Paraguay o en Turquía? Es el poderío de un país lo que decide sobre los grandes escritores. Galdós novelista es con frecuencia comparable a Dostoievski. Pero, ¿quién le conoce fuera de España?


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HACE 58 años Vargas Llosa concedió una de sus primeras entrevistas, la que dio a Francisco Bendezú. En ella dice, el subrayado es mío:
América está cambiando de piel. Un gran cataclismo social se avecina. Cortázar —a quien considero superior y más trascendente que Borges—, Fuentes, Rulfo, Carpentier y Onetti son los heraldos de un futuro gran sismo ideológico y social.
Estás declaraciones ilustran que a) Vargas Llosa ha sido durante toda su carrera un seguidor del realismo a lo Lukács, el que sostiene que la literatura debe mostrar a los personajes engarzados en los procesos históricos o sociales, y en sus comienzos esta adhesión rozaba el maximalismo, b) Cortázar es un autor que nos pega fuerte en la juventud y adolescencia, como Pizarnik, Lorca o Hesse y c) Borges fue negado durante mucho tiempo por la izquierda, a la que Vargas Llosa entonces pertenecía (más tarde la abandonó y comenzó a considerar a Borges el mejor narrador en español del siglo XX).

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ONETTI, CUANDO le reprochaban que le faltaran dientes: "No es que no tenga dientes, es que se los presté a Mario Vargas Llosa".


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COMO RELEÍ esa obra maestra que es La senda del perdedor, de Bukowski, y volví a sentir el poder de Hank, me aventuré de nuevo en Mujeres, del mismo autor, que también había leído pero con menos pasión. Y claro. Enseguida he descubierto por qué no me gustaba. El problema de Bukowski es que se le escapan las mujeres, no consigue retratar ni media personalidad de una sola. Como solo siente deseo físico por ellas, el libro es una serie de encuentros con mujeres que siempre son la misma mujer y siempre se las folla de igual manera. Hasta me pregunto, leyendo semejante engendro, si Bukowski releía las páginas anteriores mientras escribía, pues parece la escritura de un borracho. Toda la variedad, humor y frescura de La senda del perdedor se convierten en repetición y coñazo en Mujeres. Dice Vargas Llosa que el feminismo está poniendo en riesgo a la literatura, pero pienso a la vista de este libro bukowskiano que es justo lo contrario lo que se puede tocar con los dedos: ha sido el machismo el que ha perjudicado la obra de algunos escritores excelentes, el que ha reducido a la mujer al papel de a) musa inalcanzable y digna de ser sublimada b) princesa/premio que se lleva el héroe después de concluir la hazaña o c) cuerpo/bellezón al que hay que llevar a la cama.