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EN LA novela Temas de conversación, de Miranda Popkey, la protagonista es lectora empedernida de los diarios de Sylvia Plath. En un momento de la narración, otro personaje, Artemisia, descubre lo que está leyendo y dice:
Sylvia Plath, dijo, leyendo el lomo del libro que yo había dejado boca abajo sobre mis rodillas. No es muy buena poeta, comentó, pero sí una persona interesante.
Claro. A mí también me gusta como poeta, ojo, pero la clave de algunos escritores, pienso en Gide, Renard o Pizarnik como ejemplos más estruendosos, es que dejaron una obra confesional, completamente de no ficción, que ha potenciado su figura por encima del resto de su obra literaria, porque los diarios parecen más verdad, más cercanía, y te llega el dibujo psicológico y vital de la persona de una manera como es imposible que te llegue un poeta o un novelista estricto.

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ALGUNO ME dirá, quizá (qué alguno ni qué nada, si como siempre estoy discutiendo conmigo misma), que la poesía es el genero confesional por excelencia y que esa es la razón de que nos topemos con la persona en Plath o Pizarnik, pero yo me he leído la obra poética de las dos y os garantizo que el grado de testimonio y de desnudez es muy diferente en su obra poética y en sus diarios. Tanto Plath como Pizarnik acuden a la poesía con criterios 100% artísticos, donde hasta la sinceridad es una sinceridad artística, y en cambio en el diario se sueltan y el propósito artístico, sin reducirse a cero, es mucho menor, de forma que nos llegan mucho más desnudas. Ya he hablado muchas veces de que los diarios y las memorias también son una representación, una sinceridad representada que no excluye el ladrillaje literariopero en mi opinión siempre serán géneros superiores a la poesía si de confesarse es de lo único que se trata.

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CUANDO NERVAL proclama que es hijo de Napoleón; o Huidobro presume de haberle robado el teléfono a Hitler; o Baudelaire afirma que solo tiene sexo con jorobadas, o Rimbaud encuentra placer en ir por las tertulias de poetas diciendo que Verlaine le está rompiendo el culo, o Plath se inventa que tiene cáncer, se hallan en el mismo lugar de completa desrrealidad en el que he entrado yo. Sócrates tardó 70 años en cansarse de la vida, pero un poeta se cansa mucho antes.

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LA ACTITUD con respecto a la existencia que más me gusta en el diarista es la de rechazo o inadecuación a ella, porque creo además que el diario se escribe para eso, como una secreción o respuesta a las dificultades que nos ponen los otros, dificultades entre las que se va modelando nuestro individualismo. También son Gide y Woolf los dos autores que destaco en este punto, mientras que Plath o Pizarnik, aunque también son cimas, de tan desgarradoras me causan claustrofobia lectora y me parece que incurren un poco en patología.

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ME COMPRÉ en epub la obra completa de Jules Renard por 1'99 euros, aprovechando que en Francia te puedes comprar la obra completa de sus mayores genios por precios ridículos, una vez que han transcurrido los setenta años que duran los derechos desde la muerte de un escritor. El problema es que la obra está en francés, pero como Google Play pone un traductor incorporado, espero leerme poco a poco su diario, que en francés tiene 1600 páginas, frente a las trescientas que como mucho tienen las versiones al español. Renard que pertenece al cogollo premium del diarismo de todos los tiempos, junto con Gide, Woolf, Jünger, Plath, Nin, Pessoa, Pla o Pizarnik.

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ASÍ DE memoria me salen pocos poetas que estuvieron o se volvieron locos, Tasso, Fijman, Hölderlin, Nietzsche, Merini, Panero, Artaud, a pesar de toda la polvareda que levanta la locura en la poesía y los torrentes de palabras que se han escrito sobre la relación que mantienen. Claro que si incluyéramos a todos los poetas desequilibrados (yo misma estoy desequilibrada, según dice mi médica de cabecera) o que sufrieron problemas mentales, la lista sería casi interminable (para empezar habría que meter a Pound, a Plath, a Sexton, a Pizarnik o a Juan Ramón Jiménez, por citar casos severos).

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LO MÁS curioso de los dos robustos volúmenes de entrevistas de la revista The Paris Review, publicados por Acantilado, es que ninguno de los entrevistados, en su mayoría anglosajones, salen con la murga de la humildad. Es ponerte a leer entrevistas de escritores latinoamericanos, portugueses, españoles, italianos..., procedentes de lugares católicos donde los curas han causado estragos, y sale la habitual condena contra el narcisismo, la vanidad de los escritores, el ego.

Quede claro que aquí estoy a favor de los ombliguistas y que tengo predilección por el género confesional. A mí sí me interesa que los escritores me cuenten su "vidita". Siempre he amado a los escritores ególatras como Nietzsche, Plath, Capote, Pizarnik, Umbral, Garro, Sontag, Neruda, Aragon, Houellebecq o Tsvetáyeva y, si nunca he criticado los concursos de humildad en que suelen convertirse algunos debates literarios de mi zona cultural, es porque me conozco el percal y no quiero morir a manos de la marabunta :)

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LO QUE cada vez me molesta más de Hugo, Nietzsche, Neruda, Bukowski, Houellebecq: que no hayan dado muestras de disolución del yo, que hayan conservado la ficción de una identidad dura, al contrario que Pizarnik, Plath, Woolf o Tsvetaeva, que muestran una identidad borrosa o a-punto-de-romperse. Ya es curioso que todas sean mujeres y suicidas. ¿Será que los hombres se ven obligados al militarismo de la identidad compacta? ¿Será que las mujeres sufren en el casi-yo, consecuencia del papel subalterno que se les ha otorgado desde la cuna, como se refleja tan bien en los diarios de Plath?

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LIBROS Y porno: pasar con naturalidad de Sylvia Plath a Sarah Vandella es propio de mi circo Batania. Claro que la diferencia entre Plath y Vandella es mucho menor de la que se cree: a veces el confesionalismo de Plath es más pornográfico.


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PARA QUE se me entienda: lo último que puede hacer un egoescritor, lo más bajo de todo, es tratar de ganarse a los lectores con el azúcar negro del suicidio. Para esta prohibición neorrabiosa solo encuentro una excepción: que el suicidio sea un tema tan obsesionante para el autor que no tenga forma de evadirlo. Lo mismo Plath que Sexton que Pizarnik se pasaron toda su obra alertando de que viene el lobo que-viene-el-lobo, ¡pero el lobo vino y salvó la sinceridad de sus obras, sinceridad que en la escritura confesional es la clave para que te respeten los lectores! Cioran, en cambio, tras escribirnos dieciocho libros anunciando al lobo, ¡se fue de la vida sin ningún lobo y ninguna credibilidad! Un tipo que se pasó la existencia jugando a maldito y marginado, haciendo suyas las tesis de Teognis de Megara (“La mejor cosa sería no haber nacido”), que nos hizo creer a los lectores que caminaba cada día por la cuerda en su caso nada floja del suicidio, murió colmado de honores, reseñas y traducciones en un hospital de París a los 84 años de edad. Ese fue Cioran: todavía seguimos esperando a su lobo.