TANTO TROLL y ninguno llegará jamás a ser ni la uña del mayor troll de todos los tiempos, don Francisco de Quevedo, el franc(isc)otirador de las letras, que convirtió la gana de herir en un arte y trolleó a Góngora, a Alarcón, a Jáuregui, a Santa Teresa, al conde duque de Olivares, a los ingleses, a los moros, a los moriscos, a los turcos, a los judíos, a las mujeres, a los magos, a los flamencos, a los bujarrones, a las viejas, a los médicos, a los venecianos, a los poetas, a los cursis, a los cornudos, a los beatos, a los catalanes, a los jugadores, a los casados y a los vizcaínos comedores de berzas.
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TERESA DE Ávila comenzó a escribir por recomendación de su confesor y Anne Sexton por recomendación de su psiquiatra. Que no son lo mismo pero casi.
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ES UN tópico decir que el paso de la antigüedad grecolatina a la cristiana supuso el cambio de los sabios por los santos como modelos que admirar, pero desde mi punto de vista, a los sabios y a los santos, más que admirarlos, hay que sufrirlos. El mismo rechazo me causa un Platón que un Job. De tener que aguantar a un sabio, prefiero a los que son como Diógenes o Montaigne; y de tener que aguantar a un santo, prefiero a Drukpa Kunley o a Teresa de Cepeda, de quien Espido Freire dice: “Se aburría con San Juan de la Cruz porque él era demasiado serio y en cambio a ella le gustaba mucho hacer el gamberro”.
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