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UN DETALLE que siempre me ha asombrado de la izquierda oficial española es que, de todos los escritores/intelectuales de estos sembríos que por diversos motivos he admirado (Fernando Savater, Sánchez Ferlosio, García Calvo, Álvarez Junco, Francisco Umbral, Terenci Moix, Vicente Verdú, Vázquez Montalbán, Eduardo Mendicutti, Rosa Montero, Haro-Tecglen, Raúl del Pozo, Maruja Torres...), algunos de ellos ya muertos, solo Ferlosio, García Calvo y Álvarez Junco arremetieron o han arremetido a veces contra España como estructura, como nido donde por fuerza se incuban las serpientes. Siendo la izquierda la denunciadora por antonomasia de los privilegios, a pocos de estos autores se les pasó por la cabeza que España, en su fórmula estado-nación, es una fórmula jerárquico-piramidal que genera privilegios para los que han nacido en ella: en España no se deja votar a los que no tienen la nacionalidad, se establecen requisitos leoninos para obtenerla, se mete en cárceles y se expulsa a los sin papeles que no tienen contrato de trabajo; en España se privilegia un idioma, unos escritores y unos artistas, unos atletas, una religión, una geografía, una historia... El privilegio va en dos direcciones: por una parte hacia dentro, donde lo nacional opaca/pisotea a lo regional, local o barrional; y por otra parte hacia fuera, donde lo nacional opaca/pisotea a lo más grande universal...

He dicho que me asombraba de que la mayoría de estos escritores no arremetieran contra esta fórmula plagada de privilegios, que por fuerza aboca a innumerables injusticias, pero... ¿no será que no tiene nada de sorprendente? ¿No será que el privilegio España beneficiaba precisamente a un tipo de autores como ellos?


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UNA DE las razones de que Herodoto, Plutarco y Suetonio sean tan maravillosos es que no solo escriben la versión seria de la historia, sino que también incluyen las versiones más débiles, basadas en rumores, leyendas o intervenciones divinas. Uno está leyendo un libro de historia con todo el rigor y pesadez de los libros de historia, pero a la vez parece que está leyendo a Bocaccio, Chaucer o Las mil y una noches: son manuales/antimanuales cuya mezcla asombrosa sobrepasa lo histórico y se adentra en lo literario-artístico, donde pueden competir con los mejores escritores del mundo. El único problema de leer a estos tres autores grecolatinos es que generan tal vicio en el lector que dificultan la lectura posterior de historiadores modernos. Pasar después de ellos a Hobsbawm, Elliott o Álvarez Junco es muy duro, porque uno nota que se desciende, que la prosa es más plana, que la asepsia se impone y, sobre todo, que falta algo: ¿por qué en estos libros de historia modernos no hay chocolate?