LEYENDO EL Evangelio apócrifo de Tomás, caigo en la cuenta de la cantidad de abstracción y ambigüedad que contienen las parábolas de Jesús. Incluso a un lector avezado le cuesta situarse. Pienso en autores que se le asemejen y me salen enseguida Heráclito y Porchia. El detalle es tanto más asombroso por cuanto Jesús se dirigía en su mayoría a un público iletrado, lo que me hace pensar que no tenía ninguna ambición de ser comprendido. ¿Les hablaría así para que le vieran inaccesible, esto es, para que le vieran como un dios? ¿O fueron los evangelistas quienes manipularon sus palabras hasta hacerlas ininteligibles?
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LO ARISTOCRÁTICO a menudo se convierte en popular. Heráclito escribió aquello famoso de “no para vosotros he escrito, sino para quien puede entenderme. Uno vale para mí cien mil, y nada la muchedumbre”, pero al cabo de los siglos es leído por las masas. Góngora y Mallarmé escribieron una obra con vocación de secreta, destinada solo a los que están en el cogollo; pero al cabo del tiempo se han convertido en lectura escolar de millones de españoles y franceses. Juan Ramón Jiménez se oponía incluso a que los poetas dieran recitales o celebraran actos públicos, y lanzaba sus libros con el epígrafe de “A la minoría, siempre”, pero publicó Platero y yo… y solo en vida vendió más de un millón de ejemplares.
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EN SU afán por echarle todas las culpas a la iglesia cristiana, Michel Onfray se olvida de que muchos autores grecolatinos se perdieron por sí mismos; que la incuria que hizo que desapareciera la mayor parte del teatro de Lope de Vega es la misma que hizo que parte de los presocráticos y de la obra de Esquilo ya se hubieran perdido para la época de Alejandro Magno, si bien hace 2.500 años era mucho más fácil que las obras se perdieran, pues no existía la imprenta. La manera como se perdió la obra de algunos cráneos de la antigüedad es casi cómica: Heráclito, por ejemplo, depositó el único ejemplar de su obra completa en el templo de Éfeso, pensando que ese lugar, al ser sagrado, estaba a salvo de los imponderables... hasta que apareció Eróstrato y, con su megalomanía de fuego, acabó con el templo y de paso con la obra de El oscuro.
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VIENDO LO rápido que se perdió la obra de Heráclito (para la época de Alejandro Magno ya estaba perdida), lo que le costó a la obra de Eurípides imponerse en Atenas, los tres siglos que necesitó la parte “oscura” de Góngora para ser celebrada o el desprecio de Samuel Johnson por Tristram Shandy, al que pronostica un rápido olvido porque “nada extravagante permanecerá”, uno piensa que lo mejor que trajo la llegada primero del romanticismo y después de las vanguardias es que, por primera vez en la historia de la literatura, lo oscuro, lo raro, lo deforme, lo enfermo o lo chocante pasan a la centralidad literaria y ya no tienen que pedir perdón.
La mayoría de obras maestras que no han llegado a nosotros eran raras, estoy seguro. Cuántos Artauds, cuántas VirginiaWoolfs, cuántas Tsvetayevas, cuántos Rimbauds, cuántos Blakes se habrán perdido.
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ESO QUE dice Gombrowicz en Contra los poetas, lo de que mezclaba frases inconexas y las leía en tertulias diciendo que eran poemas de tal o cual poetísimo célebre, suscitando la arrobación general del auditorio, que caía en la trampa y se ponía a elogiar los engendros, ya lo hacía 1800 años antes Luciano de Samósata, quien leía barbaridades sin cuento creadas por su minerva y luego, al decir que eran de Heráclito, suscitaba de inmediato las loas desaforadas de los eruditos a la violeta.
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