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BORGES ES el escritor del idioma que más críticas hizo a sus colegas, pero como es natural también fue víctima de ellas. Veamos algunas objeciones que le hicieron a él y/o a su obra:
Ernesto Sabato: “Es indudable que buena parte de la obra de Borges es bizantina y que en buena medida el acento está colocado sobre lo puramente estético, lo que nunca podría decirse de Dante, de Shakespeare, de Tolstoi, de Dickens, de Kafka; escritores poderosos en que el acento está colocado sobre la Verdad y en los que la belleza se da como consecuencia, porque esa Verdad es expresada mediante el gran resplandor poético, con la belleza a menudo terrible que es característica de estos testigos trágicos de la condición humana”.
Camilo José Cela: “Hay un nombre, Borges. Sí, escribe sobre literatura. Borges, para mí, no tiene la estimación que tiene para los demás. Ahora, estoy dispuesto a admitir que sea la excepción. No creo, en absoluto, que lo que lee el escritor llegue a formar parte de su propia vida y que sustituya en cierto modo a las experiencias. No. Lo que sucede es que eso, si se suma a una serie de características personales, produce un objeto muy adecuado para la sociedad de consumo, y entonces, qué sé yo, el instinto maternal de todas las histéricas del mundo se vuelca sobre un “sieguesito”, “pobresito”, “ansianito”. Eso gusta mucho”.
Mario Benedetti: “No tenemos derecho a olvidar ni lo bueno ni lo malo. No en vano un libro de poemas mío se titula El olvido está lleno de memoria. Ahora que tanto se homenajea a Borges, yo tengo que decir que, por más que le valore literariamente, no puedo olvidar una parte de su vida que no me gusta absolutamente nada, y fue el apoyo que dio a dictaduras como la de Videla o la de Pinochet”.
Aldo Pellegrini y Oliverio Girondo: “En el Nº 17 de “Buenos Aires Literario”, Borges y Bioy Casares, conocidos fabricantes de repostería literaria para uso de las niñas de la buena sociedad, se enfurecen con nuestra revista Letra y Línea. De la confusa mezcla de rencor gelatinoso y gracia hipopotámica de que hacen gala en ese texto, se desprende lo siguiente: Que el chancho es el Dios tutelar y vengador con el que se identifican los autores (evidentemente, la literatura gelatinosa, nutrida de desperdicios y residuos literarios, se aviene perfectamente con las características del aludido animal)”.
Alejandra Pizarnik: “Continúo leyendo los poemas de Borges. Mi falta de fervor es notoria. B. es inteligente pero es un poeta muy malo. Pienso que prosa y poesía han de diferenciarse inmensamente para que existan grandes prosistas que son malos poetas. Ahora, tengo la prueba en B. y en Mandiargues”.
Cristina Peri Rossi: “Nunca entendí cómo Borges despreciaba el castellano y prefería el inglés; mejor dicho: lo entiendo desde el sentimiento de inferioridad de un colonizado. Borges quería ser inglés y escribió un castellano muy anglófilo, quizás por eso es un escritor al que considero sobreestimado. En cambio, Cervantes, o García Márquez gozan con el castellano y nos transmiten ese placer”.
António Lobo Antunes: “Ciertos dioses como Borges... Borges, a mí personalmente no me interesa. No me gusta lo que escribió. Es muy inteligente pero tiene poca sangre. No me transporta. Es un hombre que consigue manejar las palabras con una gran maestría, pero su poesía no me atrae. Es posible que el defecto sea mío, pero no me entusiasma. Y eso que acabo de comprar sus Obras completas. Prefiero a escritores como Juan Rulfo, también prefiero a Bioy Casares... Pero a lo mejor tiene que ver con mi temperamento. ¿Quién soy yo para dudar de una gloria universal? Seguro que el defecto es mío”.
Fernando Vallejo: “Borges era un mal poeta, que ni sabía contar los versos, y un prosista muy afectado, lleno de "afectaciones", como él diría, en plural. Es, apenas, un prosista menor. Carecía de recursos literarios. Y como poeta no existe. Es puro sonsonete. La,la,lá... la,la,lá... la,la,lá”.
Carlo Ginzburg: “Considero a Borges un escritor sobrevalorado en demasía. A mi parecer, no es un autor de primera clase, pero sí de segunda: un excelente escritor de segunda clase. Lo que para mí es un gran pecado, algo que detesto, que me desagrada enormemente, es la autocomplacencia. Y Borges estuvo tentado por ella y sucumbió”.
Emile Cioran: “Borges - un hacedor, un Paulhan logrado. Todos sus puntos de partida son literarios, peor aún: librescos. Estaba hecho para tener éxito en Francia, donde gusta por encima de todo el procedimiento, el truco, lo falso. Borges o la astucia universal”.
Primo Levi: “A Borges lo omití de mi antología porque lo conozco poco, y diría que siento una vaga antipatía por él. Percibo en Borges algo que me es extraño y lejano. Por otra parte, sería audaz pretender justificar todas las propias simpatías y antipatías”.
León Felipe: “La poesía de Lorca queda. No digamos las tonterías que ha dicho José Luis Borges. Borges que es un poeta de segunda categoría”.
Enrique Lihn: “Borges es un poeta bastante académico. Su conservantismo en poesía se resuelve en un revival, en el arrastrar materiales literarios usados sin vivificarlos haciéndolos cambiar de función. Su especialidad es la Poética y no la poesía. Como autor de versos yo lo veo como un fracaso dorado. Y así habría que decirlo cada vez que se lo pone a la misma altura que nuestros poetas de veras fundadores. Si en cambio se habla de él sin esa prosopopeya, no vale la pena detenerse en este tipo de agresiones. Borges como gran poeta no funciona; como un poeta menor ya cambia la cosa: habría que tener una serie de contemplaciones, porque también es raro que un escritor tan inteligente escriba versos en Hispanoamérica”.
Truman Capote: “Borges es un escritor de segunda categoría. Es muy buen escritor, me gusta, pero es de menor importancia”.
Josep Pla: "Jorge Luis Borges no es un escritor de la vida, es un escritor de los libros. Llega a ser insoportable. Muchas veces es difícil establecer una línea divisoria entre una cosa y otra. En el caso de Borges es facilísimo, y la raya es clara y total. Son recensiones de otras obras –muy bien hechas– (Borges escribe muy bien), pero en definitiva nada –o poca cosa. Al menos a mí esta clase de escritores no me gusta. Luego, la concurrencia literaria se pone a hablar con gran entusiasmo del escritor Jorge Luis Borges, a quien yo considero un fantasioso (desgraciadamente, poco apegado a la realidad), muy fino y de gran juego mental. La concurrencia afirma, para elogiarlo, que Borges lo sabe todo. ¡Elogio mezquino y terriblemente equívoco!".
Luis Buñuel: “Entre todos los ciegos del mundo, hay uno que no me agrada mucho, Jorge Luis Borges. Es un buen escritor, evidentemente, pero el mundo está lleno de buenos escritores. Además, yo no respeto a nadie porque sea buen escritor. Hacen falta otras cualidades. Y Jorge Luis Borges, con quien estuve dos o tres veces hace sesenta años, me parece bastante presuntuoso y adorador de sí mismo. En todas sus declaraciones percibo un algo de doctoral (sienta cátedra) y de exhibicionista. No me gusta el tono reaccionario de sus palabras, ni tampoco su desprecio a España”.
Juan Benet: “A mí Borges no me dice nada. ¿Por qué? Porque es ingenioso”.
Ángel Crespo: “Nada tan triste y negativo como la entrevista de Abel Posse con Jorge Luis Borges que publica El País del 26 de agosto. ¿Cómo es posible que se tenga por erudito a un escritor que no cita a otros autores españoles que los que pueden haber llegado a oídos de un estudiante francés o alemán de catorce años? Su visión de la literatura española no es simplemente negativa: es un producto de la falta absoluta de formación humanista, de una incultura radical que se disimula -y, por lo que se ve, con éxito- mediante un baño de esoterismo y un indudable ingenio literario. Por otra parte, resulta desvergonzado que niegue su fascismo y hasta se atreva a decir que fue a recibir una condecoración de manos de Pinochet porque se la concedía el pueblo chileno. ¿El pueblo chileno, víctima de la dictadura de ese mismo Pinochet? Lo que sucede es que a Borges, que tiene algo de cura y hetaira en su carácter, le gusta como a los clérigos y a las cortesanas, el poder”.
Witold Gombrowicz: “Borges y yo somos polos opuestos. Él se halla enraizado en la literatura, yo en la vida. A decir verdad, yo soy antiliterario. Lo que decía Borges no me parecía de la mejor calidad; era demasiado limitado, demasiado literario, paradojas, frases ingeniosas, sutilezas, en una palabra, el género que más detesto. El Borges hablado, ese Borges de conversaciones, de conferencias, de entrevistas, y también de los ensayos y las críticas, siempre me ha parecido pobre, y más bien superficial. En la Argentina me citaban a menudo como excelentes las frases ingeniosas de Borges. Pues bien, siempre sufría una decepción. Aquello solo era literatura, y ni siquiera de la mejor”.

 

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Escribe Ángel Crespo en Los trabajos del espíritu
Nada tan triste y negativo como la entrevista de Abel Posse con Jorge Luis Borges que publica El País del 26 de agosto. ¿Cómo es posible que se tenga por erudito a un escritor que no cita a otros autores españoles que los que pueden haber llegado a oídos de un estudiante francés o alemán de catorce años? Su visión de la literatura española no es simplemente negativa: es un producto de la falta absoluta de formación humanista, de una incultura radical que se disimula –y, por lo que se ve, con éxito– mediante un baño de esoterismo y un indudable ingenio.
No estoy de acuerdo con Ángel Crespo. Aunque yo mismo rebajé hace poco la calidad como lector de Borges porque, a mi juicio, le faltaban demasiados órganos para disfrutar de todo el arco de la literatura, nunca he negado la pasmosa cultura y montaña de lecturas con que contaba. No hay más que leer sus dos tomos de inquisiciones, los artículos que publicó en Sur y en El hogar, así como las conferencias que dio en los años 70, para quedarse aplastado ante su bagaje. Lo conocía casi todo y también la literatura española. Sí, señor Crespo: una cosa es que a Borges, con excepciones, no le gustara la literatura española que se ha escrito desde el siglo XVII, y otra muy distinta es que no la conociera. La conocía al dedillo, incluso la de autores menores, tanto que una vez, cuando el subdirector de ABC Santiago Castelo le dijo a Borges que él era de Extremadura, Borges le recitó de memoria El ama de Gabriel y Galán. Para más pruebas, voy a aportar esta conversación que transcribe Bioy Casares en su libro Borges, en septiembre de 1956, entre Borges, José Bianco y el propio Bioy: obsérvese que los autores y libros sobre los que charlan van mucho más allá de los que han llegado a oídos de “un estudiante francés o alemán de catorce años”:
Sábado, 15 de septiembre [de 1956]. Hablamos de literatura española. Enumeramos a autores y libros: Escenas matritenses de Mesonero Romanos. Larra. Pereda, Peñas arriba, Sotileza. Ricardo León, La escuela de los sofistas. Borges: ≪Que bien, sabía que hubo sofistas≫. Benavente, Los intereses creados:
Alma del silencio, que yo reverencio...
Borges: ≪Qué versos, qué animal≫. Palacio Valdés, La hermana San Sulpicio. Alarcón, ≪El amigo de la muerte≫. Borges: ≪Ese cuento está muy bien≫. El sombrero de tres picos, una idiotez; El capitán Veneno, otra. Las Sonatas de Valle-Inclán, cursis y groseras. Galdós, Marianela, tan débil. Borges: ≪Norah, por obediencia a Guillermo, leyó Fortunata y Jacinta, pero después no pudo menos que rebelarse: “No hay una sola escena poética”, exclamó. “Es una novela realista”, replicó Guillermo. “También es realista Dostoievski”, contesto Norah≫. Recordamos Miau, y la perífrasis de Baeza, ≪el autor de Miau≫, para no repetir Galdós, escrita sin malicia. Leopoldo Alas (≪Clarín≫), del que mencionamos Paliques y La Regenta. Un gran cuentista, según dicen. Y Ganivet, con sus Cartas finlandesas, publicadas por Losada astutamente, cuando la guerra ruso-finlandesa. ≪Una estafa≫, comenta Borges. Hablamos de Pequeñeces, del padre Luis Coloma: comparo a Currita Albornoz, su protagonista, con Lucy, de Point Counter Point de Huxley. Recuerdo un librito atribuido a Valera, Carta de Currita Albornoz al Padre Luis Coloma; también, su cuento ≪Pelusa≫. Nunca leí Por un piojo. Nombro a Baroja; convenimos en que El árbol de la ciencia es un libro muy superior a todos los mencionados. Borges y Bianco hablan de otras novelas de Baroja, que ellos leyeron y yo no; tratan de estudiantes pobres y de anarquistas; las recuerdan con afecto. Hablamos de Azorín; Borges se pregunta si Voluntad (que no está firmado ≪Azorín≫, sino Ruiz, el verdadero nombre del autor) no será mejor que todos esos libros. Bianco está de acuerdo. Hablamos de Concha Espina —y de otro nombre pinchudo, Conchita Piquer—. Digo que leí un artículo de Concha Espina, publicado en La Nación, plagiado creo que de Gaunt (The Pre-Raphaelite Tragedy). Habla Borges de un libro de Cansinos-Assens, Literaturas del Norte (La obra de Concha Espina): ≪Por Dios, que Norte más casero. Tampoco corresponde el plural: literaturas. Pluralis majestaticus, como Grandes Sastrerías Inglesas Rabuffi≫. Hablamos de la Fernán Caballero —Cecilia Bohl de Faber— y su Gaviota. Borges: ≪¡Que literatura mediocre! Como sería, para que los escritores del 98 parecieran revolucionarios≫. Sobre Menéndez y Pelayo digo que siempre es agradable de leer, pero que a veces sus juicios y su información son superficiales —véase Stendhal en Historia de las ideas estéticas en España—. En contra de la opinión general, creo que su mejor obra es la ≪Epístola a Horacio≫; tampoco es mala la otra, la ≪Epístola a mis amigos de Santander≫, en que les agradece el regalo de una biblioteca. Pasamos a Unamuno. Bianco: ≪Miren que son malas sus novelas≫. Yo murmuro ≪Niebla≫ y Borges alega que Unamuno las llamó nivolas, después elogia algunos ensayos de Unamuno y recita, riendo, sus peores versos. Digo que el estilo de Unamuno me cansa y que sus ideas me parecen tan falsas como sus antítesis.
De este catálogo de la literatura española del siglo XIX fui el culpable: me sentía demasiado cansado para pensar; los otros hablaban poco. Una conversación de este orden, por pobre que sea, para escritores, o acaso habría que decir para lectores, nunca es ingrata. Hubo más Historia que Filosofía. Recuerda uno libros leídos hace años, lo que es un poco recordar la propia juventud, los errores y también el fervor —que hoy nos parece patético— de nuestro aprendizaje. Acaso la conclusión estuvo expresada en aquella exclamación de Borges: ≪¡Qué literatura mediocre!≫.