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PAUL LAFARGUE, que escribió su célebre "El derecho a la pereza" en 1880, puso a los españoles como ejemplo de personas que aún no se habían entregado a la locura del trabajo en serie, si bien advirtió de que "se estaban degenerando":
Cuando en nuestra Europa civilizada se quiere encontrar un rastro de la belleza nativa del hombre es preciso ir a buscarlo en las naciones donde los prejuicios económicos no han desarraigado aún el odio al trabajo. España, que, ¡ay!, también va degenerando, puede aún vanagloriarse de poseer menos fabricas que nosotros prisiones y cuarteles; pero el artista goza al admirar al audaz andaluz, moreno como las castañas, derecho y flexible como un tronco de acero; y nuestro corazón se estremece oyendo al mendigo, soberbiamente arropado en su capa agujereada, tratando de amigo a los duques de Osuna.

Para el español, en quien el animal primitivo no está atrofiado, el trabajo es la peor de las esclavitudes. Al igual que los griegos de la gran época que no tenían más que desprecio por el trabajo: solamente a los esclavos les estaba permitido trabajar; el hombre libre no conocía más que los ejercicios corporales y los juegos de la inteligencia.

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JAJAJA, Y luego Lafargue hace una relación de los pueblos más adictos al trabajo: 
¿Cuáles son, en cambio, las razas para quienes el trabajo es una necesidad orgánica? Los auverneses en Francia; los escoceses, esos auverneses de las islas británicas; los gallegos, esos auverneses de España; los pomerianos, esos auverneses de Alemania; los chinos, esos auverneses de Asia.