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A UNA pregunta en Threads sobre qué títulos de libros nos parecen más memorables, he respondido con estos siete:

Retornos de lo vivo lejano, de RAFAEL ALBERTI
Las mil y una noches
Mi familia y otros animales, de GERALD DURRELL
El corazón es un cazador solitario, de CARSON MCCULLERS 
Para nacer he nacido, de PABLO NERUDA 
Extracción de la piedra de locura, de ALEJANDRA PIZARNIK 
Gracias y desgracias del ojo del culo, de FRANCISCO DE QUEVEDO

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PARA SALVARSE de este defecto que denuncio, Gide escribió un imperativo en su Diario que ahora no encuentro y que por tanto voy a decir con mis palabras: el escritor, explica Gide, si cuenta con seis maneras de describir o metaforizar una situación o paisaje o persona, no debe emborracharse con el idioma y ponerme las seis, sino escoger lo mejor de ellas y resumirlo en una que sea elegante y precisa. Gide acuñó este imperativo para meterse precisamente con la prosa de Victor Hugo, que le parecía redundante y es cierto que lo es, pero existe una distancia sideral entre lo que hace Hugo y lo que he denunciado antes en Onfray o lo que denuncié en su día en José Antonio Marina (AQUÍ), Sánchez Dragó (AQUÍ) o Menéndez Pelayo (AQUÍ), en los que me pareció encontrar acumulación innecesaria y fatigosa. Tomemos un fragmento del libro magno del francés:
El parisiense es al francés lo que el ateniense es al griego; nadie duerme mejor que él, nadie mejor que él tiene aspecto olvidadizo; pero no hay que fiarse; es propicio a toda suerte de dejadez, pero, cuando tiene enfrente a la gloria, es admirable en su furia. Dadle una pica y tendréis el 10 de agosto; dadle un fusil y tendréis Austerlitz. Es el punto de apoyo de Napoleón y el recurso de Danton. ¿Se trata de la patria?, se enrola; ¿se trata de la libertad?, levanta barricadas. ¡Cuidado!, sus cabellos encolerizados son épicos; su blusa de tela se convierte en una clámide. Mucho cuidado. De la primera calle Grenéta que encuentre, hará unas horcas caudinas. Si suena la hora, este arrabalero crecerá, este hombre tan pequeño se levantará y mirará de un modo terrible, y su aliento será una tempestad; de su pecho cenceño saldrá suficiente viento para desbaratar los pliegues de los Alpes. Es gracias al arrabalero de París que la revolución, unida al ejército, conquista Europa. Canta, ése es su placer. Dadle una canción proporcionada a su naturaleza, ¡y ya veréis! Cuando no tiene más canción que la Carmagnole, no hace más que derribar a Luis XVI; hacedle cantar la Marsellesa y libertará al mundo.
La prosa de Hugo será todo lo excesiva y retórica que quiera Gide, pero es la prosa de un poeta. Y la prosa de un poeta nunca fatiga, porque se justifica en el continuo creacionismo de su prosodia y de su lenguaje. Aunque yo soy la primera que es consciente de que, si Hugo me cuenta todo así, con más pasión por regodearse en la intensidad del lenguaje que por contarme la historia, el libro va a acabar teniendo 1300 páginas, son 1300 páginas que agradezco. Un caso muy parecido al de otro artífice superior de la lengua, en este caso de la española, como es Francisco de Quevedo.

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EL ÚNICO progreso en la literatura que me parece cierto es el derivado de la técnica y de la acumulación memorística de literaturas: en ese sentido, nuestra época es la primera de la historia en que todas las corrientes artísticas del mundo y todas las innovaciones, gracias a las nuevas tecnologías de transmisión del conocimiento, llegan a cualquier parte del planeta enseguida, de forma que conocemos rápidamente (si queremos), vivamos en el punto del mapa donde vivamos, qué es el fluir de la conciencia, qué es el narrador personaje, qué es el verso libre, qué es la escritura automática, recursos todos ellos que Dante o Cervantes desconocían. El escritor que se pone a escribir en 2025 tiene a la vista un almacén de recursos y ars poeticas como no se han conocido en otro momento de la humanidad, lo que hace que los autores del siglo XXI sean en general más variados en técnicas y estilos que los escritores del pasado, que siguieron horacios o boileaus mucho más rígidos. Sin embargo, si nos ponemos a practicar algún género con las mismas premisas que se practicó en el pasado, el progreso no lo encuentro por ningún lado: ¿se han escrito alguna vez en español sonetos mejores que los de Lope, Quevedo y Góngora? ¿Alguien ha superado los ensayos de Montaigne? ¿Los cuentos de Bocaccio? ¿Las biografías de Plutarco? ¿El Quijote?

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PARA MI época postvico igual me atrevo a dar el salto definitivo y escribo sobre una mujer inventada, si es que no eran ya poco invento Iratxe, Natalia o Victoria. El mayor poeta de amor del idioma español, Francisco de Quevedo, escribía de esa manera: las Lisi, Aminta, Belisa o Flora por las que finge desgarrarse en la página no son más que imaginaciones suyas. 

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CUENTA SALVADOR Pániker en su Diario de Otoño:
Cuixart tiene setenta y dos años y es primo hermano de Antoni Tàpies. Cuenta que el padre de Paco Umbral era un militar de alta graduación de Valladolid, que tuvo una aventura con una señora, y que como fruto nació un niño, que a ese niño lo dejaron en el umbral de la casa (o algo así), y que de ahí el seudónimo de Paco «Umbral».
Hombre, la razón de que Francisco Pérez Martínez acabara llamándose Francisco Umbral es fonética al 100%, historia del nacimiento al margen, y así tenía que ser en un autor que hizo del sonido el centro de su prosa. Este autor concedía tanta importancia al oído que, por ejemplo, para referirse a los campos de concentración nunca utilizaba Auschwitz, sino Dachau; para referirse a los primeros homínidos nunca citaba al Australopithecus, Neandertal o Cro-Magnon, sino al Hombre de Orce; para Umbral el rey de España nunca cazaba osos o ciervos, sino rebecos, y nunca navegaba en barco o en yate, sino en balandro. Solía contar que estaba leyendo "Tristana", de Galdós, y arrojó el libro al suelo cuando leyó que Tristana tenía una "boquirrita": para Umbral el mero empleo de una palabra tan fea te condenaba para siempre como escritor.

La palabra umbral, precisamente, aparte de la cantidad de sugerencias que congrega su significado, es espectacular desde el lado del sonido, porque la primera sílaba se pronuncia desde dentro y la segunda hacia fuera, haciendo un efecto de expansión muy bonito, que se escucha como umbrrralllll, casi con eco, palabra que sigue sonando poderosa después de pronunciada. Es una palabra deslUMBRALte. En lo suyo fue sin duda un superdotado y la elección del apellido es otro ejemplo de su genialidad para el lenguaje.

Yo sigo colocando a Quevedo como el principal artífice del idioma, pero el 50% del vocabulario del gran cojo no hubiera superado el muy estricto arel de sonido umbraliano, que desde ese punto de vista opera como un poeta gongorino o modernista. De hecho, aunque a Umbral se le compara continuamente con Quevedo, a quien se asemeja en ingenio, eclecticismo y hasta en el físico, opino que su léxico se asemeja más a Herrera, Góngora, Valle o Rubén Darío.

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MORALISTA, ERGO sin sentido del humor. Creo que Chesterton es caso único de autor que conjugó la prédica continua con la risotada. Existen otros a los que se adjudica el mismo talante (Quevedo, Voltaire, Nietzsche...) y a veces con razón, pero enseguida te encuentras con otras páginas suyas donde se les escapa el sargento o el amargado. A Thoreau no lo clasificaba entre los especialmente rigoristas, pero su editor Bradford Torrey, después de adelantarnos que Thoreau solo fue a una fiesta en toda su vida y aborreció para siempre de ella, dice esto en la introducción a sus diarios:
La vida de Thoreau podría haber sido más tranquila si hubiera sido menos exigente en su idealismo, más tolerante con la imperfección de los demás y de sí mismo; si se hubiera tomado sus estudios, e incluso sus aspiraciones espirituales, un poco menos en serio. Un poco de juego juvenil de vez en cuando, o una dosis de lectura de novelas amorosas y humanizadoras (de estilo trollopeano) podría... Uno imagina que moderar su mal humor no le habría hecho daño.

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PENSANDO EN el Alavés, club de fútbol cuyo apodo es "El Glorioso", me han venido a la cabeza los peligros de la exageración. El Alavés jamás ha ganado un título desde que se fundó, pero al lograr el ascenso a Primera División, en la temporada 1929-1930, a sus seguidores se les calentó tanto la cabeza que le pusieron ese apodo y ahí llevan, noventa y cinco años arrastrándolo sin ganar nunca nada, acumulando gloriosas derrotas y descensos igual de gloriosos.

Lo bueno de la exageración es que dota de intensidad al tedio cotidiano y lo malo es que puede volverse un boomerang. Exageramos para concitar la atención y colocarnos en el centro, pero la gente deja de escucharnos y pierde la confianza en nosotros en cuanto nos descubre en delito de hipérbole. Otro problema es que el exceso agota: de todos los grandes exagerados (Miguel Ángel, Quevedo, Rubens, Beethoven, Hugo, Nietzsche, Pizarnik, Freddie Mercury) tengo que descansar de vez en cuando, porque me abruman sus dramas y músculos y decibelios.

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ANOCHE DIJE que el tronco de la literatura española está perjudicado por el vicio de la redundancia, y qué mejor ejemplo para exponerlo que la prosa de Fernando Sánchez Dragó, que en Carta de Jesús al Papa escribe así, os juro que no me lo invento, copio solo algunos trozos:
• • • Quiero decir con ello que aquí, en este rabo de Europa por desollar (Machado dixit. Su voz es sagrada. ¿Era, acaso, un euroescéptico?), no se admite el casuismo, la heterodoxia, la extravagancia, la discrepancia, la diferencia ni el ejercicio de la libertad.

• • • No sazonaré ni apuntalaré, ni aglutinaré mis opiniones con salivilla de datos, despliegue de silogismos, notas a pie de página, pavoneos de erudición y signaturas bibliográficas.

• • • Las pesquisas, de mata en mata, de loco en loco, de templo en templo y de islote en islote, han tirado de mí, me han asendereado, me han convertido en buscota de rastrojo y monje giróvago, y me han conducido hasta el norte de Japón y los confines de la Polinesia.

• • • ¡Reencarnación, Wojtyla, reencarnación! He ahí la clave de la bóveda, el dato que –entre otros– te falta (y que faltó a tus antepasados), el mecanismo de la cerradura, el engranaje de la iluminación, la llave maestra que abre y despeja la incógnita de quiénes somos, adónde vamos y de dónde venimos.

• • • Fue la ciudad de Alejandría la que, andando el tiempo y devanando el ovillo de la tupida madeja (o maraña) de las teologías, hizo posible esa red fluvial, esa empanada, ese alcuzcuz, ese gazpacho.

• • • Los místicos, cualesquiera que sean sus orígenes, sus abscisas y ordenadas, su terreno de cultivo, su banco de pruebas, saben sin asomo de posible duda –porque lo han vivido, porque lo han sentido, porque lo han experimentado y, por tanto, verificado– que solo hay una energía, una luz, una fuerza, una sustancia, un ki, un anima mundi…

• • • Es difícil, casi imposible, viajar –viajar, Wojtyla, no hacer turismo– sin llegar a la conclusión, racional y razonable, de que todo en la liturgia, doctrina e historia sagrada de las religiones es préstamo, contagio, ósmosis, simbiosis, relativismo y, en definitiva, sincretismo.
Esta manera de escribir, en España, se la conoce como “estilismo”. En otros países se les llama estilistas a Gustave Flaubert o Truman Capote, que vinculan el estilo con la economía y la precisión; son autores que creen, mira qué disparate, que un buen estilo consiste en decir más y mejor en menos palabras. En España, en cambio, se tiene por estilistas a Quevedo, Baltasar Gracián, Torres Villarroel, Emilio Castelar, Ortega y Gasset, Gómez de la Serna, Gabriel Miró, Valle-Inclán, Max Aub, Ignacio Aldecoa, Camilo José Cela, Francisco Umbral o Juan Manuel de Prada, autores que llenan de vegetación sus textos y necesitan tres folios para decir lo que bastaría en uno. Se puede tolerar este defecto en el caso de Quevedo o Gómez de la Serna, porque algunos de los conceptismos o greguerías que incluyen en sus obras son magistrales y te devuelven el precio de la entrada, pero en el caso de prosas como la de Sánchez Dragó yo no encuentro el placer estético por ninguna parte. Dan ganas de llamar a los agentes de la Guardia Civil y pedirles, por favor, llévense presa a esta mujer, se llama Literatura Española y ha infligido un daño irreversible en las mentes de los pobres lectores, pues les ha obligado a leer como profundo lo que solo es decorativo; y además es la responsable de un delito ecológico de magnitudes incalculables, pues desde hace siglos en España hay que tirar el triple de árboles de los que son necesarios para hacer libros, debido a que sus escritores confunden la escritura con la repostería y solo consiguen decir en muchas palabras lo que se podría decir mejor en pocas.

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DESCUBRO LEYENDO los Cuadernos de Valéry que este autor ya andaba plagiándome (uno más) con cien años de antelación. Eso que dice de Victor Hugo, que se hizo con el centro de la literatura francesa con tal mano de hierro que obligó a los demás a escribir a la contra o al costado, en función de lo que hacía Hugo, es lo que he sostenido yo siempre acerca de Lope de Vega, que reinó de tal forma durante el Renacimiento y el Barroco español que obligó a los cuatro monstruos que orbitaban alrededor, Cervantes, Quevedo, Góngora y Calderón, a buscar los resquicios que dejaba libres el autor de Fuenteovejuna. Como no podían competir con la poesía transparente del Fénix de los ingenios, Góngora y Quevedo se lanzaron a la aventura lingüística desaforada; como no podía competir con la gracia y la fantasía del teatro lopesco, Calderón se esmeró en la composición, la pertinencia y la filosofía. En cuanto a Cervantes, derrotado en el teatro y en el verso por el inacabable torrente lopesco, encontró en la novela el anhelado territorio ignoto.

—¿Sigues sosteniendo, Vanessa, que la mitad del Quijote se debe a Lope, como sostenías a gritos en tus tiempos del bebercio?
—Tanto que la mitad no, pero lo que hizo Cervantes es lo mismo que hacían algunos rivales de Michael Phelps, que se apuntaban solo a las pruebas de natación donde Phelps no participaba. Por más que la españolería diga que Cervantes era un hombre bueno y tolerante, yo le encuentro envidia y resentimiento por todas partes, y la principal prueba es la cantidad de pullas ofensivas que hay en el Quijote contra Lope de Vega.

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CUÁNTA CALIDAD que atribuimos al poeta pertenece en parte a la composición. El 90% de los poemas buenos de Blas de Otero son sonetos; quizá el 80% de los de Lope y Quevedo. Si el soneto fuera una persona y pudiera pedir derechos de copyright a cada poeta, por fuerza tendría que ser multimillonario.

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DE LAS primeras cosas que hice cuando llegué a Madrid fue acudir a la biblioteca Pedro Salinas y sacarme la obra completa de Quevedo, que me sigue pareciendo con Borges el artífice más grande de la lengua española. Con "obra completa" me refiero a la obra reunida, pues muchos de sus escritos se perdieron o van apareciendo poco a poco en diversas partes del mundo, por ejemplo su Execración contra los judíos, que fue encontrada en los años noventa. Esta noche me lo he leído por primera vez y me he quedado asombrada, porque aunque su antijudaísmo jalona toda su obra, en ninguno de sus poemas o prosas alcanza una brutalidad como la de este texto. No penséis que era un opúsculo con fines literarios: se trata de un memorial que le escribe al rey Felipe IV para que expulse o elimine a los judíos portugueses que estaban ganando presencia en Madrid. Copio un párrafo:
Los judíos dan el pago que da el ratón al que le lleva en las alforjas y la serpiente al que la abriga en el regazo y el fuego al que le hospeda en el seno. Vea V.M.: si el mantenimiento que les fiamos le roen, si el regazo en que los abrigamos le envenenan, si el seno donde los recogemos le abrasan, ratones son, Señor, enemigos de la luz, amigos de las tinieblas, inmundos, hidiondos, asquerosos, subterráneos. Lo que les fían roen y lo que les sobra inficionan. Sus uñas despedazan la tierra en calabozos y agujeros, sus dientes tienen por alimento todas las cosas, o para comerlas o para destruirlas. Desvelados en el sueño y descuido de los que los padecen temerosos, y fecundos de fertilidad tan nociva, que la casa donde están la minan de suerte que no puede vivir en ella quien se contenta con cerrar los agujeros u espantarlos, y solo puede habitarla quien, o se muda della, o los mata. Sierpes son, Señor, que caminan sin pies, que vuelan sin alas, resbaladizos, que disimulan su estatura anudándola, que se vibran flecha y arco con su lengua en los círculos sinuosos de su cuerpo, que se encogen para alargarse, que pagan en veneno desentomecido el abrigo que se les da. Fuego son que paga la vecindad en incendios y la acogida en ceniza, que de pequeña centella crecen en hoguera, que tratados queman y vistos deslumbran, consentidos consumen y apagados ahúman y siempre con inquietud se dan priesa a consumir lo que los alimenta.
Este tipo de textos ponen en un brete hasta a los más apasionados defensores del famoso "contexto", ese comodín-excusa que permite salvar para el patriotismo a todos los escritores de-esta-parte-del-mapa, por más barbaridades que hayan hecho o escrito. Yo misma no tengo reparo en reconocer que parte del "contexto" es cierto y que, en aquella época, tanto la sociedad como sus escritores eran antijudíos, pero a la vez no puedo menos que preguntar: ¿Existe un antijudaísmo tan virulento como el de Quevedo, o lo que realmente sucede es que es un escritor que se destaca en el odio, que se crece contra todos los grupos que no son el suyo, de una manera que no admite comparación con ningún autor importante de la época?

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EN EL mismo texto he llegado a esta parte donde Quevedo, aunque está hablando de los judíos, parece que está hablando de personas como yo :)
¿Qué se puede esperar de gente que desespera de lo que ya llega, que duda de lo que ya llegó, que espera lo que no ha de llegar; gente ni contenta con un Dios, pues pide muchos, ni con muchos, pues aguarda uno?

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QUÉ MANÍA les cogió Ernesto Sabato a los grandes artífices del lenguaje en la literatura (en mi opinión una manera solapada de atacar a Borges). Dice sobre Quevedo:
El ingenio de Quevedo, su dominio portentoso del idioma, lo llevó más de una vez a esos juegos verbales que son todo lo contrario de una gran literatura, y que poco tienen que ver con sus dos o tres grandes poemas sobre la muerte. ¿Podríamos imaginar a Cervantes, a Kafka, a Tolstoi, a Dostoievski, a San Juan de la Cruz, a Rimbaud, a Holderlin, a Rilke, haciendo esas acrobacias y fuegos de artificio?
¿Y a Shakespeare que sí que hacía esas acrobacias también nos lo cargamos para la gran literatura, señor Sabato? ¿Y a Rabelais y a Hugo y a Nietzsche y a Joyce también?



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EL ESPAÑOL es la lengua de Quevedo, no la de Cervantes: es el cojo su verdadero artífice, quien la utiliza de todas las formas posibles, también las más gratuitas. De la novela sí que se podría decir que es “el género de Cervantes”, porque aunque no la fundó, suyo fue el primer fruto más estruendoso. Dicho esto referido a la novela occidental, porque se tiende a olvidar que la primera novela mundial de la historia es el Genji Monogatari, de Murasaki Shikibu.


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A QUEVEDO le visita el ángel del sonido cuando escribe sus sonetos senequistas o sus elogios al duque de Osuna, pero le abandona (Quevedo no tiene el oído de Lope, Góngora o Garcilaso, tampoco el de Juan de Yepes) cuando escribe sus poemas religiosos, que parece que los escribe sin pasión, como si no creyera del todo en el Dios de los cristianos. Caso aún peor es el de Neruda, poeta que escribe con un sonido explosivo, portentoso, su España en el corazón, poemario que siente de verdad, pues en esa contienda han muerto amigos suyos, y en cambio nos aburre en los años y décadas siguientes con muchos poemarios políticos que escribió con el telescopio, sin haberlos sufrido de cerca, donde no acierta con el ritmo en ningún momento. Eso me ha hecho pensar muchas veces que el sonido, en el poeta, no viene solo por el oficio, sino por algo mucho menos mensurable: cuando en poesía se une la necesidad de escribir + la intensidad de lo vivido + la verdad de lo contado, el poeta va como tirado por un caballo feroz que le va imponiendo el ritmo sin que él intervenga ni mucho ni poco. En algunas escuelas se estila mucho decir que ni la verdad ni la experiencia son valores per se en el poema, pero claro que lo son: decir la verdad y haberla sentido mejora todos los ingredientes técnicos del poema, que encajan de una manera como no encajarían si se estuviera mintiendo.



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LO QUE dijo Borges sobre Lorca lo catalogo de “barbaridad” porque, aparte de la mala baba y la envidia tiña, sus declaraciones son en esencia falsas, porque Lorca murió asesinado cuando seguía elevando las bardas de su calidad literaria: lo último que salió de su minerva fueron los Sonetos del amor oscuro y La casa de Bernarda Alba, dos de sus mejores obras. Puedo entender que, si mueres de forma violenta a unas edades como la de Sócrates (70 años), la de Cicerón (64 años) o la de Séneca (61), haya quien sostenga que estos autores ya poco tenían que decir y que esa muerte se convirtió en una espléndida plataforma para subir su cotización en la posteridad. Pero con Lorca ocurre lo contrario, señor Borges: a Lorca no le vino bien morir a los 38 años, ni por razones vitales obvias ni tampoco literarias, porque su obra nunca dejó de crecer y anunciaba una muy superior, nunca sabremos de qué altura, quizá al nivel del club de los gigantes, entre los que figura por cierto usted. Si a usted lo hubieran fusilado a los 38 años, antes de escribir Ficciones El Aleph, sus dos grandes obras maestras, ¿no cree que su gloria literaria habría sufrido una gran merma?

Lo que sí admito es que la obra de Lorca, tal como quedó a su muerte y a pesar de que es notable, no está a la altura de la fama que ha concertado, pero son dos debates distintos. ¿Le favoreció literariamente el fusilamiento a Lorca? No. ¿Ayudó esa muerte trágica a que su fama creciera por encima de los méritos que hasta entonces se había ganado? Sí. Recordemos que en las numerosas clasificaciones de los cien mejores autores o libros de la historia, que salen de forma periódica en todo el mundo, Lorca es el único autor español que a veces acompaña a Cervantes en las listas. Y Lorca es bueno, pero... ¿mejor que Lope o Quevedo? ¡Vamos, hombre!

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TANTO TROLL y ninguno llegará jamás a ser ni la uña del mayor troll de todos los tiempos, don Francisco de Quevedo, el franc(isc)otirador de las letras, que convirtió la gana de herir en un arte y trolleó a Góngora, a Alarcón, a Jáuregui, a Santa Teresa, al conde duque de Olivares, a los ingleses, a los moros, a los moriscos, a los turcos, a los judíos, a las mujeres, a los magos, a los flamencos, a los bujarrones, a las viejas, a los médicos, a los venecianos, a los poetas, a los cursis, a los cornudos, a los beatos, a los catalanes, a los jugadores, a los casados y a los vizcaínos comedores de berzas.

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EL ESTADO necesita la literatura para que te identifiques con él. Para que sepas a qué redil perteneces. Y para que te identifiques, no le sirve tanto La Celestina como Luces de bohemia, no le sirve tanto la prosa del Lazarillo como la de Galdós, no tanto las coplas de Manrique como los versos de Miguel Hernández, porque las obras antiguas están escritas en un español antiguo, a veces dificultoso, firmadas a menudo por autores que hoy serían considerados como misóginos, islamófobos o antisemitas, autores que se movían en un ambiente hiperreligioso, muy distinto al actual, y daban mucha importancia a cuestiones como el honor, la limpieza de sangre, la nobleza de nacimiento o la divinidad del Rey. Han conseguido salvar a Cervantes para la modernidad gracias a toneladas de propaganda y gracias a que Cervantes era un raro espíritu tolerante, pero lo habitual es justo lo contrario: cuanto más contemporánea es una obra, más cercana la siente el lector. ¿Que Alberti, un poeta menor, nos viene mejor que Quevedo, un gigante, para que el ciudadano interiorice LO NUESTRO? ¿Que Lorca, un autor folclórico, nos viene mejor que Lope de Vega, un monstruo incomparable, para poner a la población en filas? Pues bienvenidos sean los autores pirenaicos del siglo XIX y XX antes que los himalayas del siglo XVI y XVII: así funciona la literatura desde que la traicionaron y la pusieron al servicio de la nación.

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MÁS SOBRE los falsos humildes. Y Lao-Tse, si realmente creía que toda escritura era vanidad, ¿por qué dejó una obra de 800 páginas? Y Góngora, si pensaba de verdad que el poeta debía crear su obra en secreto y sin ninguna publicidad, ¿por qué se queja cuando el conde de Lemos o el duque de Feria no le invitan a formar parte de los poetas de su séquito? Y Lope y Quevedo, que escriben a cada rato un poema en el que elogian la vida retirada y el huerto de coles horaciano frente a la pompa y vaciedad de la corte, ¿por qué no se hicieron caso y se retiraron para siempre a su Yuste particular? Todo esto me hace mucha gracia.


Todo el mundo escribe, incluso yo


“EL PROBLEMA es que ahora todo el mundo escribe”, se clama en tono desdeñoso y con residuo aristocrático, ignorando que el “ahora” está de sobra porque llevamos más de dos mil años con esa frasecita y ya Cicerón decía: “Estos son malos tiempos: los hijos han dejado de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe libros”. El mismo Cicerón también señaló que necesitaría dos vidas para leer a todos los poetas líricos de su época, a lo que Séneca le contesta: “Lo mismo podría decir yo si tuviera que leerme a los dialécticos”. Y Marcial, cuando le preguntaban por qué no se prodigaba en leer sus poemas, solía contestar: “Para no tener que escuchar los vuestros”. Y sin embargo, ese “todo el mundo” latino, ¿cómo se puede sostener si entre el 70 y 90% de sus habitantes eran esclavos?

En los siglos siguientes no paró la incontinencia del verso. Según el centro de documentación maricrónico, fue tal la floración de poetas durante la dinastía Tang, que cuando diez siglos después se intentó hacer una antología de aquella época, no pudieron incluir menos de ¡2200! Poco después la Sevilla del rey Al-Mutamid se convirtió, en palabras del arabista Emilio García Gómez, en el “primer estado al servicio de la poesía”, en la que el conocimiento de este arte era conditio sine qua non para figurar en la corte. En la zona cristiana, Giraldo de Riquier se indigna ante los “cazurros”, variedad de infra-juglares que recitaban versos en las plazas, y envía una carta a Alfonso X para que les ponga coto y no pueda recitar “cualquiera”. Nace un género satírico dedicado a mofarse de la cantidad de poetas y de lo prolífico de sus obras, cuyo cultivador máximo es Quevedo, y Madrid se convierte en tal abejero de bardos que Lope de Vega, en una de las rimas de su Tomé de Burguillos, escribe este endecasílabo: “Y en cada calle cuatro mil poetas”. Y sin embargo, en ese “todo el mundo”, ¿incluían a la población analfabeta, que era mayoritaria?

Llegamos a la Edad Moderna y los poetas sigue aumentando. En la Florencia del siglo XIX, cuenta Leopardi que era milagroso el día en que lograbas llegar a tu casa sin que ningún poetastro, estratégicamente situado en alguna esquina, te abordara para colocarte algún poema, y Emilio Carrere, en un artículo, se lamenta de que los periódicos hubieran dejado de pagar los poemas porque sus directores sostenían que "todo el mundo escribe versos”. Y sin embargo, a pesar de que la imprenta hacía siglos que ya funcionaba a todo trapo y los índices de alfabetización crecían… ¿entraban en ese “todo el mundo” las mujeres y los habitantes de las zonas rurales?

Y alcanzamos al fin 2023, y aquí alguno me dirá: “Vanessa, basta. Ahora sí que escribe de verdad todo el mundo”. Y sí, reconozco que en Madrid hemos llegado a un grado de colapso que es difícil de superar, con personajillos que hasta escriben en los cubos de basura, pero la gente olvida que no todo es Madrid y todavía existen, según datos de la Unesco, 758 millones de analfabetos en el mundo y que, por otra parte, todavía hay 2500 millones de personas sin acceso a Internet, que es el medio que ha permitido en la poesía la última multiplicación de los panes y los peces.

Ocurre que en casi todas las épocas ha escrito un “todo el mundo” donde falta gran parte del mundo. Y no entro a considerar si es bueno o malo que escriban todos (asunto muy distinto es que publiquen, máxime si lo hacen en papel o son de esos inescrupulosos que consiguen listas de correos ajenas y te inundan el tuyo con el spam de sus presentaciones), pero sí me sorprende mucho que a menudo sean escritores los que pronuncien esa frase con tanto asco, como si los únicos imprescindibles fueran ellos. De hecho, por un mínimo de honestidad intelectual, el escritor que la pronuncia tendría que hacerle un añadido, el siguiente: “El problema es que ahora todo el mundo escribe. INCLUSO YO”.