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Dice Thoreau en sus diarios:
A fuerza de beber té y café me he convertido en una persona ordinaria y vulgar. Mis días se han convertido en mediodías, sin la bendita presencia de mañanas y noches.
Yo también creo que el café descuaderna los ritmos circadianos, pero trabajo de noche y necesito tomar un poco cada tres o cuatro horas, no para permanecer despierta, que me es bastante fácil, sino lo bastante despierta como para leer o escribir, que es arenal distinto.

Esta bebida tiene una gran historia de amor con los escritores: Voltaire, el récordman, lo tomaba entre 50 y 72 veces al día; Balzac murió a los 51 tacos a causa de las 50 tazas diarias que necesitaba para escribir La Comedia Humana; y Proust solo tomaba café con leche y croissants para escribir En busca del tiempo perdido. Otros cafeinómanos célebres: Swift, T.S. Eliot, Goethe, Capote, Cioran...



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ESO QUE hizo Swift, lo de situar a Gulliver primero en Liliput país de enanos y después en Brobdingnag país de gigantes, me parece la metáfora exacta del péndulo en el que se mueve el escritor, que hoy se cree Virgilio porque ha escrito unas líneas decentes y al día siguiente una boñiga porque no se le ocurre nada.


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TEOGNIS DE Megara alcanzó los 85 años, La Rochefoucauld los 66, Swift los 77, Schopenhauer los 72, Cioran los 84 y Beckett los 83. ¿Cómo puede ser que estos autores, famosos por su visión pesimista del ser humano y el poco valor que les merecía la vida, llegaran a esas edades y no nos legaran el libro fundamental para la humanidad, a saber, aquel en el que explicaran las razones por las que no se suicidaron? ¿O no lo escribieron porque sabían muy bien que si escribían en optimista, aunque fuera solo una vez, habrían perdido el público facilón que les jaleaba?


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VOY A por vosotros, os lo juro, como escritor os declaro mis enemigos, señores Teognis, Tácito, Maquiavelo, Hobbes, La Rochefoucauld, Swift, Schopenhauer, Chéjov, Léautaud, Cioran, Bernhard, Houellebecq. Escribir es un acto religioso y celebratorio: consiste en agradecer el milagro de estas manos que pulsan las teclas, estos ojos que leen lo concebido, este cerebro que tacha, esta piel que siente y corre y bailotea. Llevamos demasiado tiempo sembrando flores del mal y tomando por maestros a los cascarrabias y amargados de la literatura: viva Homero, viva Safo, viva Píndaro, viva Plutarco, viva Luciano, viva Khayyam, viva Montaigne, viva Shakespeare, viva Hugo, viva Whitman, viva Neruda, vivan los que elevan y sonríen y agradecen esta existencia, porque ellos son mis amigos y no los que la escupen y agreden y calumnian.