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Vauvenargues. Se debe tener en cuenta que la palabra moralista, en La Rochefoucauld, La Bruyère, Pascal, Chamfort o Joubert, contiene en francés una acepción que va más allá de la censura o la catequesis, y se emplea para designar a quienes describen las costumbres y los caracteres de las gentes. Vauvenargues fue un moralista joven, esa contradictio in adiecto, que murió a los 31 años y dejó 945 reflexiones y máximas, algunas como la 361:
No conviene, se dice, que una mujer presuma de buen entendimiento, ni un rey de ser elocuente o de hacer versos, ni un soldado de delicadeza o de urbanidad, etc. Las miras estrechas multiplican las máximas y las leyes, porque cuanto menos amplio se tiene el espíritu, más se tiende a prescribir límites en todas las cosas. Pero la naturaleza se ríe de nuestras pequeñas ordenanzas; desborda el ámbito demasiado angosto de nuestras opiniones y hace mujeres doctas o reyes poetas, a despecho de todas nuestras trabas.

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EL BORGES ensayista no es muy bueno en su mirada panorámica, como sí lo es por ejemplo Octavio Paz, pero está lleno de aciertos en su mirada más concreta, como por ejemplo en lo que dice sobre el famoso soneto de Quevedo, "Retirado en la paz de estos desiertos", donde subraya que el poema funciona no gracias a sus ingeniosidades o conceptismos, sino "a pesar de ellos". No soy de las que condena el ingenio en la literatura, como hacen tantos, pero creo que existe un ingenio con hueso, por ejemplo el de Séneca, por ejemplo el de Chamfort, por ejemplo el de Chesterton, y un ingenio mucho más barato, que se limita a meros esguinces lingüisticos o paradojas conceptuales, por ejemplo el de Wilde, por ejemplo el de Noel Clarasó, por ejemplo el de Pitigrilli. La insinuación de Borges me lleva a enunciar esta ley: todo texto que siga siendo bueno una vez que le quitas el ingenio, es de verdad bueno; en caso contrario, es mera exhibición pirotécnica y por tanto de una calidad menor.

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ESCRIBE CHAMFORT:
Los magistrados encargados de velar por el orden público, tales como el subprefecto de lo criminal, el subprefecto de lo civil, el de la policía, y tantos otros, acaban casi siempre por tener una opinión horrible de la sociedad. Creen conocer a los hombres y solo conocen su desecho. No se juzga una ciudad por sus cloacas ni una casa por sus letrinas.
Este mismo defecto se podría aplicar al propio Chamfort como pensador, también a La Bruyére y mucho más a La Rochefoucauld, que sin duda es el campeón: los tres hacen un retrato del ser humano a partir de un espacio y tiempo singulares, el del cortesano de la corte francesa de los siglos XVII y XVIII, que por fuerza debía ser una persona intrigante, ambiciosa, bien entrenada en hipocresías, vanidades y envidias, de modo que arrojan una visión pésima de lo que es el ser humano. Si los moralistas franceses hubieran examinado las zonas rurales o los barrios bajos de las ciudades, o incluso los monasterios o las gentes de mar, habrían extraído defectos muy distintos. Si al ser humano le pones en la carrera ultracompetitiva de la corte de Versalles, es fácil que se vuelva malo; si en cambio lo sitúas en un lugar menos agresivo y a una velocidad más baja, allí donde sea sencillo ser bueno, también lo puede ser con facilidad.

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ESCRIBE CIORAN en sus cuadernos:
Hay que atenerse a un solo idioma y ahondar en su conocimiento de la mañana a la noche. Para un escritor francés, una conversación en su lengua con una portera es más provechosa que una plática con un gran sabio en una lengua extranjera.
Este es el tipo de opiniones que me hacen dudar de que Cioran sea un heredero digno de los aforistas-moralistas franceses, porque este franco-rumano, como su maestro Nietzsche, sufre de tremendismo, es un pensador que no sabe moverse salvo en el terreno de la sobre-verdad o la hipérbole gratuita. Lees a Montaigne, La Rochefoucauld, Pascal, La Bruyère, Chamfort, Joubert o Vauvenargues y es cierto que son agudos, sí, a veces arriesgados, pero son contenidos: los siete mantienen un respeto muy grande por el acto del pensar y no les importa coincidir con el sentido común o las ideas de la época cuando es preciso. Con Cioran podría estar de acuerdo, sobre el fragmento que he elegido, en que el idioma es fundamental para un escritor y aún más para un poeta, pero la comparación portera vs gran sabio se le va de las manos: si realmente es un “gran sabio” el que te habla, pocas conversaciones pueden existir más provechosas, sean en el idioma que sean, porque dominar una lengua es solo una de las tareas del escritor, insuficiente si no viene acompañada de otras, por ejemplo tener algo que decir. Cuando releo a mis 47 años a Cioran o Nietzsche, por decir dos autores con los que mantengo relaciones tóxicas, no hago más que avergonzarme, pues compruebo que me he pasado la vida leyendo a dos prevaricadores del pensamiento, dos energúmenos que se mueven casi siempre al filo de la boutade o incurriendo en ella, y descubro con tristeza de dónde proceden la mayor parte de mis defectos (y encima sin la genialidad de ellos). Tal ha sido mi mayor tragedia como lector: dediqué los años esenciales, aquellos que más te marcan, a leer a todos los escritores histéricos... y no descubrí a Plutarco y Montaigne hasta los 37 años, Chamfort y Canetti hasta los 40, La Bruyère hasta los 43...

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LOS MORALISTAS franceses siguen ganando terreno al mar. Tenía ayer el libro de los moralistas franceses de la editorial Almuzara en mi mano, sin duda el mamotreto que más he leído en los últimos cinco años, y me dio por hacerme la pregunta estúpida y tópica de las cinco de la tarde: ¿qué libro me llevaría a una isla desierta, este que tengo en las manos o la obra completa de Shakespeare? Y por primera vez en mi vida, Shakespeare se me escurrió. Sí. Me puse de parte de los moralistas franceses porque ya tengo una edad y cada vez me aburre más la literatura, incluso la mejor de las literaturas. Shakespeare… es exagerado, todos sus personajes son exagerados, todos son ingeniosos, abusa de los golpes teatrales y sobre todo abusa de la muerte, la que aparece por todas partes sin venir a cuento. ¿Cómo es eso de que, porque mi amada o mi padre o mi hermano se mueran o sean asesinados, yo tengo que suicidarme? Poner a la peña a suicidarse a lo William, con gente haciendo cola y chorros de sangre por todas partes, es algo que ejemplifica su poco conocimiento del ser humano. ¿O realmente lo conocía mejor pero se daba cuenta de que las localidades de teatro se venden en mayor número si cuentas lo impresionante de la vida, aunque sea mentira, en lugar de su mediocridad infinita, aunque sea cierta?

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DIFERENCIO ENTRE aforistas y fragmentistas: el aforista escribe un solo pensamiento-relámpago de cinco líneas como mucho, mientras que el fragmentista no dispara sino que desarrolla ideas que superan muchas veces las diez líneas y pueden sobrepasar el folio. La división es un poco arbitraria pero a mí me sirve porque existen aforistas tenidos por tales, como Nietzsche, Confucio, Leopardi, Adorno, Schopenhauer, La Bruyére o Marco Aurelio, que no me parecen muy buenos aforistas y en cambio son grandes fragmentistas, igual que existen otros que son grandes aforistas y fragmentistas a la vez, como Cioran, Canetti, Gracián, Séneca, Chamfort o Valéry, y en cambio otros que son especialistas en el aforismo entendido tal como yo lo entiendo, como una detonación que no se prolonga, como Publilio Siro, La Rochefoucauld, Porchia, Lec o Gómez Dávila.

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 ...PERO SÉNECA no está en contra de todo tipo de ambición, como sí lo está por ejemplo Chamfort, sino que defiende la literaria, filosófica o artística. En la carta 21 saca a pasear su ego y demuestra que era más que consciente de su estatura como filósofo:
Te contaré el caso de Epicuro. Escribiendo a Idomeneo con el propósito de encaminarle de una vida, atractiva en apariencia, hacia la gloria firme y duradera, así le decía al entonces ministro del poder real, ocupado en grandes asuntos: «Si te atrae la gloria, mis cartas te harán más famoso que todas esas tareas que tanto aprecias y por las que eres tan apreciado».
¿Es que por ventura mintió? ¿Quién conocería a Idomeneo, si Epicuro no lo hubiera introducido en sus cartas? Todos aquellos magnates y sátrapas, y hasta el mismo rey que había otorgado el título a Idomeneo, se perdieron en un olvido profundo. Las cartas de Cicerón no permiten que se borre el nombre de Ático; a éste de nada le hubieran servido su yerno Agripa, el marido de su nieta, Tiberio, o su biznieto Druso César; entre nombres tan ilustres se le silenciaría, de no haberlo asociado a su persona Cicerón.
La inmensa duración del tiempo se abatirá sobre nosotros; pocos serán los genios que levanten cabeza, y aunque abocados a perderse alguna vez en el silencio, común a todos, resistirán al olvido y se sustraerán a él largo tiempo. La promesa que pudo hacer Epicuro a su amigo, esa te la hago yo a ti, Lucilio: alcanzaré el favor de la posteridad y puedo conseguir que otros nombres perduren con el mío.
La ambición literaria yo también la padezco y tengo dudas de que sea buena, pero parece claro que hace menos daño tratar de escribir otra Divina Comedia que tratar de invadir Polonia, y además ya advertía Bertrand Russell: "Quien quiera apartar a los seres humanos de la guerra, trate de encontrar actividades incruentas que la sustituyan".

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¿ACASO QUIERO ser un moralista francés? Lo digo mientras leo el Amabile del Príncipe de Ligne y noto que despierta y se afila mi mente, lo mismo que me sucedió la primera vez que leí a La Rochefoucauld, La Bruyère, Pascal, Vauvenargues, Chamfort o Joubert. También Nietzsche y Cioran pertenecen a ese grupo, porque el moralismo francés no es una categoría geográfica (Ligne es belga) sino un género literario-filosófico caracterizado por la agudeza y la brevedad, un género aparentemente frívolo para tratar los temas más variados, a los que hay que acercarse de forma oblicua y con buena pluma. Es el moralista francés un microscopio y un telescopio: de la mirada atenta de los casos más particulares, del examen y crítica de lo más cercano, lanza frases universales o más lejos, siempre con un pie en el pensamiento y otro en la literatura. Leyendo a Ligne he pensado que yo mismo he hecho mucho moralismo francés en los últimos cuatro años, si bien de tercera regional, pero siempre con la esperanza de jugar un día en los grandes estadios.


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HASTA QUE no leí a los moralistas franceses no me di cuenta de la influencia que causaron en algunos de mis narradores franceses favoritos, como Lamartine, Hugo, Balzac, Stendhal o Proust, que son escritores que, a medida que te cuentan algo, te hacen reflexiones generales mirando al horizonte, y de cuyas obras se puede extraer multitud de aforismos o fragmentos. Por otra parte, no sé dónde leí que en las escuelas francesas, a los párvulos, se les hace aprender de memoria muchos aforismos de La Rochefoucauld, La Bruyére, Pascal o Chamfort, con lo que la cantera aforística está asegurada desde el útero. El aforismo es una de las bases de la literatura francesa por el número y calidad de sus practicantes y porque también influye en los escritores que no lo practican,  ya que les hace pensar en unidades de gran condensación y lujosa carrocería, igual que los grandes moralistas.