EL ÚNICO progreso en la literatura que me parece cierto es el derivado de la técnica y de la acumulación memorística de literaturas: en ese sentido, nuestra época es la primera de la historia en que todas las corrientes artísticas del mundo y todas las innovaciones, gracias a las nuevas tecnologías de transmisión del conocimiento, llegan a cualquier parte del planeta enseguida, de forma que conocemos rápidamente (si queremos), vivamos en el punto del mapa donde vivamos, qué es el fluir de la conciencia, qué es el narrador personaje, qué es el verso libre, qué es la escritura automática, recursos todos ellos que Dante o Cervantes desconocían. El escritor que se pone a escribir en 2025 tiene a la vista un almacén de recursos y ars poeticas como no se han conocido en otro momento de la humanidad, lo que hace que los autores del siglo XXI sean en general más variados en técnicas y estilos que los escritores del pasado, que siguieron horacios o boileaus mucho más rígidos. Sin embargo, si nos ponemos a practicar algún género con las mismas premisas que se practicó en el pasado, el progreso no lo encuentro por ningún lado: ¿se han escrito alguna vez en español sonetos mejores que los de Lope, Quevedo y Góngora? ¿Alguien ha superado los ensayos de Montaigne? ¿Los cuentos de Bocaccio? ¿Las biografías de Plutarco? ¿El Quijote?
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DESCUBRO LEYENDO los Cuadernos de Valéry que este autor ya andaba plagiándome (uno más) con cien años de antelación. Eso que dice de Victor Hugo, que se hizo con el centro de la literatura francesa con tal mano de hierro que obligó a los demás a escribir a la contra o al costado, en función de lo que hacía Hugo, es lo que he sostenido yo siempre acerca de Lope de Vega, que reinó de tal forma durante el Renacimiento y el Barroco español que obligó a los cuatro monstruos que orbitaban alrededor, Cervantes, Quevedo, Góngora y Calderón, a buscar los resquicios que dejaba libres el autor de Fuenteovejuna. Como no podían competir con la poesía transparente del Fénix de los ingenios, Góngora y Quevedo se lanzaron a la aventura lingüística desaforada; como no podía competir con la gracia y la fantasía del teatro lopesco, Calderón se esmeró en la composición, la pertinencia y la filosofía. En cuanto a Cervantes, derrotado en el teatro y en el verso por el inacabable torrente lopesco, encontró en la novela el anhelado territorio ignoto.
—¿Sigues sosteniendo, Vanessa, que la mitad del Quijote se debe a Lope, como sostenías a gritos en tus tiempos del bebercio?
—Tanto que la mitad no, pero lo que hizo Cervantes es lo mismo que hacían algunos rivales de Michael Phelps, que se apuntaban solo a las pruebas de natación donde Phelps no participaba. Por más que la españolería diga que Cervantes era un hombre bueno y tolerante, yo le encuentro envidia y resentimiento por todas partes, y la principal prueba es la cantidad de pullas ofensivas que hay en el Quijote contra Lope de Vega.
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CUÁNTA CALIDAD que atribuimos al poeta pertenece en parte a la composición. El 90% de los poemas buenos de Blas de Otero son sonetos; quizá el 80% de los de Lope y Quevedo. Si el soneto fuera una persona y pudiera pedir derechos de copyright a cada poeta, por fuerza tendría que ser multimillonario.
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NO SÉ si fue en Umberto Eco o en Karl Kraus donde leí que la posteridad, en cuestiones literarias, no pertenece a quien lo escribe primero, sino a quien lo escribe mejor. En el caso del soneto célebre de Lope de Vega, Un soneto me manda hacer Violante, esta aseveración se cumple al ciento por ciento, porque la composición de sonetos sobre el soneto era un género en toda Europa, también en castellano, donde ya lo habían cultivado antes Diego Hurtado de Mendoza y Baltasar de Alcázar.
El de Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575)Pedís, reina, un soneto, y os lo hago:ya el primer verso y el segundo es hecho;si el tercero me sale de provecho,con otro más en un cuarteto acabo.El quinto alcanzo: ¡España! ¡Santiago, cierra!Y entro en el sexto: ¡Sus, buen pecho!Si del séptimo libro, gran derechotengo a salir con vida de este trago.Ya tenemos a un cabo los cuartetos:¿Qué me decís, señora? ¿No ando bravo?Mas sabe Dios si temo los tercetos.¡Ay! Si con bien este segundo acabo,¡nunca en toda mi vida más sonetos!Mas de éste, gloria a Dios, ya he visto el cabo.El de Baltasar de Alcázar (1530-1606)Yo acuerdo revelaros un secretoen un soneto, Inés, bella enemiga; mas,por buen orden que yo en éste siga,no podrá ser en el primer cuarteto.Venidos al segundo, yo os prometoque no se ha de pasar sin que os lo diga;mas estoy hecho, Inés, una hormiga,que van fuera ocho versos del soneto.Pues ved, Inés, qué ordena el duro hado,que, teniendo el soneto ya en la bocay el orden de decirlo ya estudiado,conté los versos todos y he halladoque, por la cuenta que a un soneto toca,ya este soneto, Inés, es acabado.El de Lope de Vega (1562-1635)Un soneto me manda hacer Violanteque en mi vida me he visto en tal aprieto;catorce versos dicen que es soneto;burla burlando van los tres delante.Yo pensé que no hallara consonante,y estoy a la mitad de otro cuarteto;mas si me veo en el primer terceto,no hay cosa en los cuartetos que me espante.Por el primer terceto voy entrando,y parece que entré con pie derecho,pues fin con este verso le voy dando.Ya estoy en el segundo y aun sospechoque voy los trece versos acabando;contad si son catorce, y está hecho.
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LO QUE dijo Borges sobre Lorca lo catalogo de “barbaridad” porque, aparte de la mala baba y la envidia tiña, sus declaraciones son en esencia falsas, porque Lorca murió asesinado cuando seguía elevando las bardas de su calidad literaria: lo último que salió de su minerva fueron los Sonetos del amor oscuro y La casa de Bernarda Alba, dos de sus mejores obras. Puedo entender que, si mueres de forma violenta a unas edades como la de Sócrates (70 años), la de Cicerón (64 años) o la de Séneca (61), haya quien sostenga que estos autores ya poco tenían que decir y que esa muerte se convirtió en una espléndida plataforma para subir su cotización en la posteridad. Pero con Lorca ocurre lo contrario, señor Borges: a Lorca no le vino bien morir a los 38 años, ni por razones vitales obvias ni tampoco literarias, porque su obra nunca dejó de crecer y anunciaba una muy superior, nunca sabremos de qué altura, quizá al nivel del club de los gigantes, entre los que figura por cierto usted. Si a usted lo hubieran fusilado a los 38 años, antes de escribir Ficciones o El Aleph, sus dos grandes obras maestras, ¿no cree que su gloria literaria habría sufrido una gran merma?
Lo que sí admito es que la obra de Lorca, tal como quedó a su muerte y a pesar de que es notable, no está a la altura de la fama que ha concertado, pero son dos debates distintos. ¿Le favoreció literariamente el fusilamiento a Lorca? No. ¿Ayudó esa muerte trágica a que su fama creciera por encima de los méritos que hasta entonces se había ganado? Sí. Recordemos que en las numerosas clasificaciones de los cien mejores autores o libros de la historia, que salen de forma periódica en todo el mundo, Lorca es el único autor español que a veces acompaña a Cervantes en las listas. Y Lorca es bueno, pero... ¿mejor que Lope o Quevedo? ¡Vamos, hombre!
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NUNCA SE sabe cómo acertar. Cuando Propercio publicó sus poemas de amor destructivo con Cynthia, el éxito de lectores fue tan desbordante y el poeta se volvió tan famoso que Hostia, que así se llamaba realmente Cynthia, decidió regresar con él, pero en cambio Elena Osorio abandonó a Lope de Vega justo por eso mismo, como cuenta el "monstruo de la naturaleza" en La Dorotea:
Díjome un día con resolución que se acababa nuestra amistad, porque su madre y deudos la afrentaban, y que los dos éramos ya fábula de la Corte, teniendo yo no poca culpa que con mis versos publicaba lo que sin ellos no fuera tanto.
Por su parte Nelson Algren, que mantuvo con Simone de Beauvoir un amorío desde 1947 a 1964, acabó harto de que la relación estuviera en boca de todos por culpa de los escritos de la jefaza del feminismo (Beauvoir hasta publicó un libro entero sobre la relación, Los mandarines, que ganó el premio Goncourt). Al final de su días, Algren aún le guardaba rencor:
He estado en prostíbulos de todo el mundo y, en todos ellos, la mujer siempre cierra la puerta, ya sea en Corea o en la India. Pero esa mujer abrió la puerta de par en par y dejó entrar al público y a la prensa… No siento ninguna maldad hacia ella, pero creo que lo que hizo fue atroz.
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CÓMO CAMBIA la lectura de los textos clásicos dependiendo de la coyuntura. No sé cuántas veces me habré leído este famoso poema de Lope de Vega, "A mis soledades voy"; pero solo hoy, con el asedio de la pandemia y el cambio climático, le he encontrado un sentido crudo y profético a los versos que subrayo, además de un poco de esperanza, porque Lope escribió este poema en 1632 y el mundo no se ha roto en los 389 años siguientes:
[...]
"Sólo sé que no sé nada",
dijo un filósofo, haciendo
la cuenta con su humildad,
adonde lo más es menos.
No me precio de entendido,
de desdichado me precio,
que los que no son dichosos
¿cómo pueden ser discretos?
No puede durar el mundo,
porque dicen, y lo creo,
que suena a vidrio quebrado
y que ha de romperse presto.
Señales son del juicio
ver que todos le perdemos,
unos por carta de más,
otros por carta de menos.
Dijeron que antiguamente
se fue la verdad al cielo;
tal la pusieron los hombres,
que desde entonces no ha vuelto.
[...]
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EL ESTADO necesita la literatura para que te identifiques con él. Para que sepas a qué redil perteneces. Y para que te identifiques, no le sirve tanto La Celestina como Luces de bohemia, no le sirve tanto la prosa del Lazarillo como la de Galdós, no tanto las coplas de Manrique como los versos de Miguel Hernández, porque las obras antiguas están escritas en un español antiguo, a veces dificultoso, firmadas a menudo por autores que hoy serían considerados como misóginos, islamófobos o antisemitas, autores que se movían en un ambiente hiperreligioso, muy distinto al actual, y daban mucha importancia a cuestiones como el honor, la limpieza de sangre, la nobleza de nacimiento o la divinidad del Rey. Han conseguido salvar a Cervantes para la modernidad gracias a toneladas de propaganda y gracias a que Cervantes era un raro espíritu tolerante, pero lo habitual es justo lo contrario: cuanto más contemporánea es una obra, más cercana la siente el lector. ¿Que Alberti, un poeta menor, nos viene mejor que Quevedo, un gigante, para que el ciudadano interiorice LO NUESTRO? ¿Que Lorca, un autor folclórico, nos viene mejor que Lope de Vega, un monstruo incomparable, para poner a la población en filas? Pues bienvenidos sean los autores pirenaicos del siglo XIX y XX antes que los himalayas del siglo XVI y XVII: así funciona la literatura desde que la traicionaron y la pusieron al servicio de la nación.
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MÁS SOBRE los falsos humildes. Y Lao-Tse, si realmente creía que toda escritura era vanidad, ¿por qué dejó una obra de 800 páginas? Y Góngora, si pensaba de verdad que el poeta debía crear su obra en secreto y sin ninguna publicidad, ¿por qué se queja cuando el conde de Lemos o el duque de Feria no le invitan a formar parte de los poetas de su séquito? Y Lope y Quevedo, que escriben a cada rato un poema en el que elogian la vida retirada y el huerto de coles horaciano frente a la pompa y vaciedad de la corte, ¿por qué no se hicieron caso y se retiraron para siempre a su Yuste particular? Todo esto me hace mucha gracia.
Todo el mundo escribe, incluso yo
“EL PROBLEMA es que ahora todo el mundo escribe”, se clama en tono desdeñoso y con residuo aristocrático, ignorando que el “ahora” está de sobra porque llevamos más de dos mil años con esa frasecita y ya Cicerón decía: “Estos son malos tiempos: los hijos han dejado de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe libros”. El mismo Cicerón también señaló que necesitaría dos vidas para leer a todos los poetas líricos de su época, a lo que Séneca le contesta: “Lo mismo podría decir yo si tuviera que leerme a los dialécticos”. Y Marcial, cuando le preguntaban por qué no se prodigaba en leer sus poemas, solía contestar: “Para no tener que escuchar los vuestros”. Y sin embargo, ese “todo el mundo” latino, ¿cómo se puede sostener si entre el 70 y 90% de sus habitantes eran esclavos?
En los siglos siguientes no paró la incontinencia del verso. Según el centro de documentación maricrónico, fue tal la floración de poetas durante la dinastía Tang, que cuando diez siglos después se intentó hacer una antología de aquella época, no pudieron incluir menos de ¡2200! Poco después la Sevilla del rey Al-Mutamid se convirtió, en palabras del arabista Emilio García Gómez, en el “primer estado al servicio de la poesía”, en la que el conocimiento de este arte era conditio sine qua non para figurar en la corte. En la zona cristiana, Giraldo de Riquier se indigna ante los “cazurros”, variedad de infra-juglares que recitaban versos en las plazas, y envía una carta a Alfonso X para que les ponga coto y no pueda recitar “cualquiera”. Nace un género satírico dedicado a mofarse de la cantidad de poetas y de lo prolífico de sus obras, cuyo cultivador máximo es Quevedo, y Madrid se convierte en tal abejero de bardos que Lope de Vega, en una de las rimas de su Tomé de Burguillos, escribe este endecasílabo: “Y en cada calle cuatro mil poetas”. Y sin embargo, en ese “todo el mundo”, ¿incluían a la población analfabeta, que era mayoritaria?
Llegamos a la Edad Moderna y los poetas sigue aumentando. En la Florencia del siglo XIX, cuenta Leopardi que era milagroso el día en que lograbas llegar a tu casa sin que ningún poetastro, estratégicamente situado en alguna esquina, te abordara para colocarte algún poema, y Emilio Carrere, en un artículo, se lamenta de que los periódicos hubieran dejado de pagar los poemas porque sus directores sostenían que "todo el mundo escribe versos”. Y sin embargo, a pesar de que la imprenta hacía siglos que ya funcionaba a todo trapo y los índices de alfabetización crecían… ¿entraban en ese “todo el mundo” las mujeres y los habitantes de las zonas rurales?
Y alcanzamos al fin 2023, y aquí alguno me dirá: “Vanessa, basta. Ahora sí que escribe de verdad todo el mundo”. Y sí, reconozco que en Madrid hemos llegado a un grado de colapso que es difícil de superar, con personajillos que hasta escriben en los cubos de basura, pero la gente olvida que no todo es Madrid y todavía existen, según datos de la Unesco, 758 millones de analfabetos en el mundo y que, por otra parte, todavía hay 2500 millones de personas sin acceso a Internet, que es el medio que ha permitido en la poesía la última multiplicación de los panes y los peces.
Ocurre que en casi todas las épocas ha escrito un “todo el mundo” donde falta gran parte del mundo. Y no entro a considerar si es bueno o malo que escriban todos (asunto muy distinto es que publiquen, máxime si lo hacen en papel o son de esos inescrupulosos que consiguen listas de correos ajenas y te inundan el tuyo con el spam de sus presentaciones), pero sí me sorprende mucho que a menudo sean escritores los que pronuncien esa frase con tanto asco, como si los únicos imprescindibles fueran ellos. De hecho, por un mínimo de honestidad intelectual, el escritor que la pronuncia tendría que hacerle un añadido, el siguiente: “El problema es que ahora todo el mundo escribe. INCLUSO YO”.
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Y CUANDO hablo de “grandes genios del pasado”, me refiero a los genios de verdad, que son muchos menos de los que nos aseguran los hinchadores de globos de la patria. A mí solo tres escritores nacidos en España me han hecho sentirme aplastado, con la sensación de hallarme ante monstruos: Miguel de Cervantes, Lope de Vega y Francisco de Quevedo. Los otros que nos venden como genios, los albertitos, los azorines, los barojitas, los orteguitas, los galdositos, los guillencitos, no me parece que se merezcan el prefijo in- que tantas veces se les adjudica (insuperables, imprescindibles, incomparables…): más bien me parecen escritores excelentes que, como decía aquel, “incluso cuando vuelan, se les nota que tienen patas”.
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LA QUERELLA de los escritores modernos contra los antiguos es una forma de cronocentrismo, una rendición a la moda de la actualidad. Si el 99% de los escritores que han existido en el mundo están muertos, ¿cómo se puede afirmar que el 1% restante, los ahora vivos, están produciendo obras mejores? Eso solo se podría sostener si en la literatura existiera el progreso, pero yo, mientras no me lea una novela mejor que El Quijote, tragedias mejores que las de Shakespeare, ensayos mejores que los de Montaigne, cuentos mejores que los de Bocaccio, historias mejores que las de Tucídides o poemas mejores que los de Lope o Quevedo, no creo que haya motivos para creer en progresos sino al revés: hay más pruebas de que la literatura dio lo mejor de sí en el pasado, lo cual es también lo más lógico, porque el pasado duró muuuuchos más siglos que la modernidad.
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QUÉ GRANDES son los escritores pequeñistas, aquellos que hacen enorme lo más pequeño. Luciano le hace un elogio a la mosca, Lope de Vega un soneto al peine, Neruda una oda al caldillo de congrio, Mariano Brull un poema al grano de polvo, Simic otro poema a la percha, Rafael Alberti un madrigal al billete de tranvía.
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