CUANDO NERVAL proclama que es hijo de Napoleón; o Huidobro presume de haberle robado el teléfono a Hitler; o Baudelaire afirma que solo tiene sexo con jorobadas, o Rimbaud encuentra placer en ir por las tertulias de poetas diciendo que Verlaine le está rompiendo el culo, o Plath se inventa que tiene cáncer, se hallan en el mismo lugar de completa desrrealidad en el que he entrado yo. Sócrates tardó 70 años en cansarse de la vida, pero un poeta se cansa mucho antes.
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LA EGOLATRÍA de los poetas viene de fábrica, pero en algunos casos ayudan los familiares. Veamos lo que le escribe su madre a Huidobro el 30 de abril de 1930:
Yo te formé para rey, de modo que tú llevas las cualidades iniciales, y si no fueras tan loco ya habrías llegado a reinar aquí en Chile, precisamente en el país donde naciste... Este país espera a su Salvador, a Vicente I, al que dará lustre a su familia que solo vive espiritualmente por tus libros y por tu madre.
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¡Neruda de lejos! — Todos contamos con una opinión sobre quién es el mejor poeta moderno en español, pero no todas las opiniones cuentan con el mismo peso. La opinión con más peso, sin duda, es la del mejor crítico en español que ha existido nunca, que además también fue un buen poeta, Octavio Paz, y esto es lo que le dijo a Jorge Edwards, terminante, el maestro mexicano:
El año pasado releí la obra completa de Neruda, desde la primera página hasta la última. Creo que en mi edición faltaban algunas cosas del final, pero leí entero y por orden todo lo que tenía. Mi conclusión es que Neruda es el mejor poeta de su generación. ¡De lejos! Mejor que Huidobro, mejor que Vallejo, mejor que Borges. Y mejor que todos los españoles…
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EXISTEN MUCHOS testimonios que hablan de la “maldad” de Neruda (el de Juan Larrea, por ejemplo, el de Vicente Huidobro, el de Bergamín, el de Pablo de Rokha, el de Nicanor Parra, el de Gonzalo Rojas), pero es muy revelador que solo hablen mal quienes decidieron competir con él y perdieron, naturalmente, porque Neruda es el poeta en español más grande desde Quevedo. Después de leer a los lovers y a los haters, y sin pensar para nada que fuera un santo (véase al respecto el capítulo negrísimo sobre su violación de una mujer tamil en Colombo), una concluye o quiere concluir como nerudiana que es, pues considero al chileno como uno de los hijos naturales de Victor Hugo, que Neruda era un hombre generoso que ayudó siempre que pudo a sus compañeros. ¿Que ayudó más a los que le hacían la rueda que a los que no se la hacían? Hombre, como todos. No hay más que recordar lo orgulloso que se sentía por el triunfo de Lorca en Buenos Aires (“el mayor apogeo de un poeta de nuestra raza”, dijo entonces); su predilección por Miguel Hernández, a quien se ofreció para encontrarle un trabajo, o el tacto con el que trató a Borges, del que llegó a decir: “Nuestra América española nunca ha tenido un escritor tan importante como Borges; los periodistas quieren enfrentarme a él porque tiene ideas políticas de dinosaurio, pero yo jamás lo voy a hacer”. Y qué decir de García Márquez: el apoyo que recibió de Neruda desde el minuto uno le causó tan honda impresión que, nada más morir el poeta en 1973, el colombiano escribió:
Una vez Neruda me llamó a Barcelona. "Tienes que venir con tu mujer a cenar mañana conmigo a París." Yo protestaba: "Pablo, tú sabes que a París no viajo en avión, yo no voy sino en tren". Entonces le oí una voz tierna que ponía, las ganas de llorar, y le dije: está bien. "Vámonos", le avisé a mi mujer. "A Pablo le dio el berrinche y hay que comer con él mañana en París." Cuando bajábamos del avión supe la noticia: le habían concedido el premio Nobel, y lo primero que hizo fue decirle a los periodistas: "El que merecía ese premio es Gabriel García Márquez". ¡Entonces comprendí por qué tenía tanto interés en que cenáramos con él!
A la cena del premio, en su casa, solo asistimos David Alfaro Siqueiros y su mujer, Jorge Edwards, el pintor chileno Eduardo Mata, Régis Debray, el fotógrafo Henri Cartier-Bressons, mi mujer y yo. Estaba también el delegado de la Academia Sueca que había ido a comunicarle el premio. Pabló lo jodió toda la noche con que me dieran a mí el Nobel el año entrante. El pobre sueco decía: "Sí, monsieur Neruda, ya veremos...".
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CUENTA EDUARDO Anguita que estaban en la casa de Vicente Huidobro cuando el jefe del creacionismo se largó un discurso contra Dios. Anguita, que era un creyente acérrimo, le dijo:
—Hombre… ¿y si ahora se te apareciera Dios, que harías?
—Pues saco el revólver y lo mato —respondió Huidobro.
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TODO PAÍS se dota de un equipo de patrioliteratos, críticos profesionales o no (pienso en Menéndez Pelayo, en Menéndez Pidal, en Gregorio Marañón, en Salvador de Madariaga, en Dámaso Alonso), que, después de unir con loctite a los escritores según los kilómetros cuadrados donde han nacido, y formados ya los equipos, se dedican a destacar las cualidades del equipo previamente definido como propio contra las del equipo restante, que es todo el mundo. El problema de estos críticos de bufanda, cuyas opiniones conocemos de antemano (la literatura de mi país es la reoca y tal), es que sus opiniones no siempre coinciden con las de los grandes escritores de la época, que leen atendiendo no al prejuicio patriótico sino a los valores literarios. Dejo de muestra algunos botones sobre lo que dijeron ciertos escritores hispánicos, casi todos del siglo XX, acerca de la literatura española:
ANTONIO MACHADO: "Yo creo que la lírica española (con excepción de las coplas de don Jorge Manrique) vale muy poco, poquísimo; vive no más que por el calor que le prestan literatos, eruditos y profesores de retórica (calor bien menguado). No es ésta una impresión sino una opinión madura. He dedicado muchos años de mi vida a leer literatura nuestra. Hay poesía en el poema del Cid, en Berceo, en Juan Ruiz y, sobre todo, en romances, proverbios, cuentos, coplas y refranes. Entre Garcilaso, Góngora, fray Luis y san Juan de la Cruz pueden reunir hasta cincuenta versos que merezcan el trabajo de leerse. La mística española no vale nada por su lírica. Es en vano que Menéndez Pelayo nos diga que los versos de fray Luis traen un sabor anticipado de la gloria. Los versos de fray Luis no anticipan absolutamente nada, recuerdan con cierta gracia algunas cosas y torpemente otras. La lírica española no tiene una vena propia ni nunca se abrevó en el agua corriente. El árbol de nuestra lírica sólo tiene una fruta madura: las coplas de don Jorge. Es en vano que se reproduzcan en las antologías las odas de Herrera, donde hay trozos de Biblia con versos dignos de Cazuela o que nos diga que Garcilaso es un gran poeta a pesar de no tener nada propio. La crítica está llena de supersticiones que se perpetúan por falta de esa curiosidad por lo espiritual, yo diría por falta de amor a las cosas del espíritu. Porque es el amor y, sobre todo, la pasión lo que crea la curiosidad. Dejamos que Menéndez Pelayo o don Juan Valera, o don Perilo López nos evalúen nuestra literatura y descansamos en la autoridad de ellos por falta de amor a esas cosas; no acudimos a formar ideas propias porque no nos interesan ni apasionan. En cambio, los aficionados a toros no se contentan con la opinión que les dan los revisteros, acuden a la plaza y luego discuten por milímetros la estocada del diestro H o X".
ALEJANDRA PIZARNIK: “Abandono la lectura de la Antología de G. Diego. Mi deseo de ser Octavio Paz es un absurdo, a mí me cuesta adquirir una cultura enciclopédica. A él no le cuesta nada porque es un intelectual nato. Por otra parte, la lectura de los españoles sólo puede darme esa falsa soltura que los vuelve formales y vacuos. De algún modo es una suerte mi incultura españolizante”.
LEOPOLDO LUGONES: "¿Qué lee? ¿Azorín? ¿Por qué no lee libros montenegrinos? Usted tiene que leer una gran literatura. La española es una pequeña literatura regional, como la búlgara".
VICENTE HUIDOBRO: “Cuando llegué a Chile me propuse volver a estudiar el castellano que en mis años en Francia había descuidado. Leí a todos los que pasan por los mejores españoles, tanto en prosa como en verso. Te juro que me daba vergüenza y que me sonrojaba como si yo hubiera escrito lo que leía. ¡Qué cosa lamentable, fofa, hueca, tontamente artificial! Jamás nada profundo, ni fino, ni propio de una alta imaginación o de un cerebro serio. Y esto porque todo se va en la preocupación retórica, en las sonoridades, en la palabrería”.
SALVADOR PÁNIKER: "A veces pienso que de esa gente, los españoles, hay que leer solo lo imprescindible. Justo para no perder el ringorrango del idioma".
JORGE LUIS BORGES: “Afirmar una ya conseguida plenitud del habla española, es ilógico y es inmoral. Es ilógico, puesto que la perfección de un idioma postularía un gran pensamiento o un gran sentir, vale decir una gran literatura poética o filosófica, favores que no se domiciliaron nunca en España”.
JUAN BENET: "En este país no ha habido, yo creo que desde el siglo XIX, novela de aventura, novela de misterio, novela del mar –excepto Baroja–, ni novela de imaginación; y, si me apuras, ni novela de pasión. No ha habido más que estampas de la vida familiar, de la vida provinciana, de la vida en el campo y de la vida en la oficina. Y poco más que estampas. A mí no me interesa. Cambio todo Galdós por una novela de Stevenson. Lo que hacía Fortunata por la calle Mayor no me ha interesado nunca, absolutamente nada".
VICENTE HUIDOBRO: “Recuerdo que hace años hablábamos en un Café en Madrid sobre novela. Yo hablaba de Gide, de Proust, de Lawrence, de Joyce y otros que ahora no recuerdo. Uno de los allí presentes (que fue amigo tuyo y mío en París) exclamó, casi como herido: “Hace una hora que Huidobro habla de la novela y no ha nombrado a un solo español. ¿Y nuestro Baroja?” Esto con la intención como de desenmascararme; como diciendo: está bien, manifiesto que Huidobro es un antiespañol. ¿Qué puedes contestar tú a eso? ¿Es culpa mía que sea ridículo nombrar a Baroja cuando se está hablando de los más grandes novelistas del mundo? ¿Tengo yo la culpa de que España no pueda presentar ninguna figura de la talla de esos nombrados más arriba? Sería más lógico pensar que yo preferiría mil veces que Gide, Malraux, Lawrence, Joyce fueran de nuestra lengua y no de cualquier otra. Yo les regalaría volando a Baroja, a Pérez de Ayala y sus fraternos, a Francia o a Inglaterra a cambio de los otros. ¡Qué maravilla si los más grandes alemanes o suecos o de cualquier país escribieran en español! No se podría pedir más. ¿Con qué derecho suponen que el constatar que los escritores de otros países son superiores supone mala voluntad y no amor a la verdad? ¿Por qué no ver más bien que esa constatación supone dolor y que querríamos que no fuera así? ¿O es necesario mentir por patrioterismo o espíritu de adulo y gritar que todo lo nuestro es mejor aunque no lo sea? ¿Pero vamos a engañarnos a nosotros mismos? ¿Vamos a encontrar satisfacción en nuestras propias mentiras? Y aún suponiendo que a uno le irritara el que otros países produzcan más altos escritores que España, ello encerraría amor a España y no odio. No nos irritamos si la Conchinchina no produce escritores".
DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO: “Las diferencias ortográficas entre España y las colonias no son un gran inconveniente; como allí no leemos libros españoles; como ustedes no tienen autores, ni escritores, ni sabios, ni economistas, ni políticos, ni historiadores, ni cosa que lo valga; como ustedes aquí y nosotros allá traducimos, nos es absolutamente indiferente que ustedes escriban de un modo lo traducido y nosotros de otro”.
JORGE LUIS BORGES: "España ha producido quizás un solo hombre de genio, Cervantes. Y supongo que a los demás se les puede olvidar, seguramente. Yo al menos los olvido".
PÍO BAROJA: “Yo no sé qué tiene nuestra literatura para ser tan desagradable. No hay blandura de corazón en nuestros escritores, ni en los antiguos, ni en los modernos, ni en los del Norte, ni en los del Mediodía, ni en los de Levante, ni en los de Poniente. Todos son unos”.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: "La literatura y el arte contemporáneos españoles de calidad —rejionales de Europa; provincianos del mundo— no son universales, sino nacionales. Hay que interesarse en España para interesarse en ellos".
VICENTE HUIDOBRO: "Escribir bien, para un español, es escribir como se escribía antes. Por eso la literatura española tiene tan poca vida. No han producido nada en una cantidad de ramas y subramas de las letras. No tienen un solo gran dramaturgo, ni un novelista de primer plano, ni un sicólogo, ni un gran pensador. No hay en España un Dostoievski, ni un Gogol, ni un Tolstoi, ni un Stendhal, ni un Balzac, ni siquiera un Proust, ni un Meredith, ni un Goethe, ni un Hölderlin, ni un Nietszche, para no nombrar sino autores de todos conocidos. Lo mejor que ha tenido la literatura española en los últimos tiempos es acaso Valle-Inclán, a pesar de su voz engolada. No hubo en España un Victor Hugo, un Musset, un Baudelaire, un Rimbaud, un Lautréamont, un Mallarmé, ni nada comparable. Mientras Inglaterra poseía un Byron, un Shelley, un Blake, España no tenía sino un Zorrilla, un Espronceda, un Núñez de Arce o novelistas como el señor Pereda, que todavía se atreven a editar los editores hispanos. Frente a esas montañas, unos tres o cuatro melones huecos. Desde el Siglo de Oro, las letras españolas son un desierto intelectual hasta Rubén Darío. Ésta es la verdad, la muy triste verdad".
JUAN BENET: "La gran novela se convierte en una cosa tan indispensable como las fuerzas armadas, la marina mercante o la red telefónica, un índice del país. Esa clase de patriótica convicción –incluso compartida por aquellos que han renunciado a vivir en un país influyente pero todavía alimentan la esperanza de que pueda producir genios–, que no podía sufrir que España no contribuyese a la gran corriente naturalista con un nombre señero, es la responsable no solo de haber elevado a Galdós a un altar ridículo, sino también de ese desmedido afán por encontrar al gran hombre de letras que nos redima de la insoslayable decadencia".
JOSÉ DONOSO: “Los caballeros que escribieron las novelas básicas de Hispanoamérica y gran parte de su prole, con su legado de vasallaje a la Academia Española de la Lengua y de actitudes literarias y vitales caducas, nos parecían estatuas en un parque, unos con más bigote que otros, unos con leontina en el reloj del chaleco y otros no, pero en esencia confundibles y sin ningún poder sobre nosotros. Ni d’Halmar ni Barrios, ni Mallea ni Alegría, ofrecían seducciones ni remotamente parecidas a las de Lawrence, Faulkner, Pavese, Camus, Joyce, Kafka. En la novela española que el magisterio solía ofrecernos como ejemplo, y hasta cierto punto como algo que nosotros podíamos llamar “propio” —Azorín, Miró, Baroja, Pérez de Ayala—, también encontrábamos estatismo y pobreza al compararlos con sus contemporáneos de otras lenguas”.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: "ESPAÑA, país realista. Casi toda su producción literaria, artística, es realista. Ni ciencia ni abstracción por falta de respeto, silencio y bienestar. Los místicos, escepción única, tenían celda, comida necesaria y respeto, porque su espiritualidad era relijiosa, única salida espiritual tolerada en España. Lo moderno es realista también. Cuando un poeta -yo- pretende subir a otro plano más alto, no lo ven, no lo miran".
ROBERTO BOLAÑO: “La literatura argentina es, probablemente, la mejor literatura en español del siglo XX”.
LUIS CERNUDA: "Azorín, Valle-Inclán, Baroja, ¿qué es eso? ¿Qué me importa toda esa estúpida, inhumana, podrida literatura española?".
JORGE LUIS BORGES: "La Literatura española... Trataré de decirlo cortésmente: empieza espléndidamente con los Romances, que son realmente lindísimos. Luego vienen escritores admirables, como Fray Luis de León, que para mí sigue siendo el mejor poeta castellano. Y San Juan de la Cruz. Y así llegamos al Quijote, que creo que es un libro realmente inagotable, sobre todo la segunda parte. Pero después ocurre algo que ya se nota en dos hombres de genio, como lo son Quevedo y Góngora: todo se torna rígido. Uno tiene la impresión de que ya no hay caras, sino máscaras. La culminación de este fenómeno se da en Baltasar Gracián, donde no se siente ninguna pasión ni sensibilidad. Es un mero juego de formas, como el cubismo o la literatura de Joyce... Luego tenemos el siglo XVIII, muy pobre. Y el movimiento romántico, donde España sirve para inspirar a todo el mundo, menos a los españoles. Solamente queda Bécquer: una réplica débil del primer Heine... Luego de este panorama general, ocurre un hecho que creo que no se debe ocultar: cuando todo se renueva, sobre todo por influencia de Francia (la obra de Hugo, de Verlaine, de Poe -Poe también nos llegaba de Francia, porque entonces Francia era la forma para que se pudieran comunicar dos países americanos-), esa renovación se hace desde este lado del Atlántico y no desde España. Si usted piensa en Rubén Darío, en Freire, en Lugones: son poetas no inferiores y ciertamente anteriores a los Machado y a Juan Ramón Jiménez".
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: "Desde mi primera juventud sentí un despego instintivo -que luego había de ser antipatía conciente- por la literatura clásica castellana. Lo que yo sentía ya en mí -afán espiritual e ideal- no lo encontraba en nada de ella, y anteveía vagamente, por atisbos y deducciones, que estaba en otras literaturas -en la inglesa, la alemana, la francesa-. La literatura inglesa me atrajo siempre especialmente y puede decirse que mi primera grande admiración fue después de leer "Hamlet", en edición francesa.
La literatura castellana: retórica y realismo, sin más, si se exceptúa algo del Quijote.
Góngora, sí. Algo universal de Bécquer. Y nada más. Siempre odié a los románticos nuestros, tan pobres. ¡Y no digo nada a Núñez de Arce, Campoamor, etc.! ¡Dioses de aquellos días!".
MIGUEL DE UNAMUNO: "Nuestra literatura, tomada en conjunto, es sencillamente insoportable; nuestros clásicos son unos charlatanes que diluyen en un tonel de agua insípida una píldora de filosofía casera que sabe a garbanzo revenido. Fuimos siempre, y no sé por cuánto tiempo más lo seguiremos siendo, un pueblo de inteligencia, por esencia, presencia y potencia, ramplona".
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ENTRE LAS egolatrías de los escritores hay muchas de cinco estrellas, por ejemplo esa de Nietzsche proponiendo publicar un millón de ejemplares de “El Anticristo” en cada idioma para desatar de inmediato una guerra mundial; o esa de Huidobro prometiendo matar a Dios con su pistola “en el caso de que exista”; o esa de Juan Ramón Jiménez cortando su amistad con Jorge Guillén porque este, en la revista Los cuatro vientos que dirigía, publicó los poemas de Unamuno por delante de los suyos; o esa de Victor Hugo preguntando a Jesucristo en una reunión espiritista si era lector de sus poemas; o esa de Truman Capote presumiendo falsamente de que Albert Camus “estaba loco por acostarse con él”, pero si me tuviera que quedar con UNA sola, me quedaría con esta protagonizada por Ernesto Sabato, otro ególatra de Champions League (él mismo hacía bromas sobre ello).
La anécdota la cuenta Juan Cruz en Egos revueltos. Estaban Carlos Fuentes, Sabato y otros escritores latinoamericanos en La Coupole, París. Fuentes tomó la palabra y se puso a disertar sobre los escritores argentinos. Al final remató:
—Para mí, los mejores escritores argentinos son Borges, Cortázar y Sabato.
Nada más escuchar la frase, Ernesto Sabato abandonó la mesa indignado y, mientras enfilaba la puerta de salida del café, le gritó a Fuentes:—¡Gracias por ponerme en último lugar!Mientras Fuentes, que iba tras él con la intención de congraciarse, le decía:—¡Es que era por orden alfabético!
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