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ASÍ DE memoria me salen pocos poetas que estuvieron o se volvieron locos, Tasso, Fijman, Hölderlin, Nietzsche, Merini, Panero, Artaud, a pesar de toda la polvareda que levanta la locura en la poesía y los torrentes de palabras que se han escrito sobre la relación que mantienen. Claro que si incluyéramos a todos los poetas desequilibrados (yo misma estoy desequilibrada, según dice mi médica de cabecera) o que sufrieron problemas mentales, la lista sería casi interminable (para empezar habría que meter a Pound, a Plath, a Sexton, a Pizarnik o a Juan Ramón Jiménez, por citar casos severos).

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O SEA, que Pizarnik se pasa sus diarios (el mayor monumento que nos dejó, superiores incluso a su poesía) poniendo a parir a su madre, consecuencia de ese cerebro suyo que solo veía la parte mala de las cosas, pero resulta que su madre era la que trabajaba de vendedora ambulante para poder mantenerla, pues Alejandra se proclamaba "incapaz" para el trabajo e incluso para cocinar. Su madre le fregaba, le planchaba, le compraba la comida y le limpiaba su departamento para que ella pudiera continuar su vida de poeta maldita. Cuando Alejandra se suicida, su madre es la que da las mayores muestras de desesperación, pues había consagrado su vida a ella y tras su muerte "ya no sabía qué hacer". 

Pienso en las biografías de Rimbaud, Verlaine, Artaud, Bukowski, Kerouac, Corso o cualquiera al que hayan relacionado alguna vez con la etiqueta de "maldito", y me pregunto si el malditismo no será un sinónimo de caradurismo.

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LA LEY Mordaza o similares son funestas porque el escritor no necesita solo libertad sino sobrelibertad: el escritor es un tipo que llega a los límites y se complace jugando con ellos, es alguien que conserva su primate fresco y necesita dar un puñetazo en la mesa de vez en cuando para afirmar su existencia y explorar nuevas vías de expresión. Desde Byron, desde Baudelaire, el escritor incorpora la barbaridad diogenesca a su tarea creativa (pienso en Wilde, en Schopenhauer, en Nietzsche, en Rimbaud, en Breton, en Artaud, en Papini, en Cioran, en Mishima, en Bukowski, por decir algunos casos estruendosos), por lo que salirle al paso con leyes coercitivas es cargarse algunas de las páginas o boutades más sabrosas de la escritura moderna. La barbaridad no sale gratis, ojo: cuando Nietzsche dice “Dios ha muerto”; cuando Unamuno dice “Que inventen ellos”; cuando Sontag dice “La raza blanca es el cáncer de la humanidad”, sus palabras pensadas como flechas se convierten en boomerangs que regresan cargadas de rechazo hacia sus autores, pero ese debe ser el único castigo si no queremos que se empobrezca el campo de la expresión o el pensamiento; si no queremos limitar a los escritores dentro de un sentido común que no es más que el catecismo rebañiego del momento. Esta sobrelibertad de expresión no la pido solo para los escritores sino para todos, naturalmente, pero incido en los escritores porque son los que más la necesitan. Es propio del escritor que de tanto conducir con las palabras empiece a gustarse y a hacer motocross con ellas, por lo que no se puede pedir que vaya despacio a un tipo que necesita derrapar.


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LO ANTIFRANCIA que eran los surrealistas franceses me pone cachonda. AntiFrancia y además antiOccidente, o sea como yo. Veamos unos fragmentos de esta carta que escriben contra Paul Claudel, que había dicho que el dadaísmo y el surrealismo eran "pederásticos". La carta se envió en 1925 y está firmada por gentes como Breton, Artaud, Eluard, Aragon, Desnos, Ernst o Péret, los subrayados son míos. 

CARTA ABIERTA AL SR. PAUL CLAUDEL, EMBAJADOR DE FRANCIA EN JAPÓN

Señor:
Lo único pederástico que tiene nuestra actividad es la confusión que siembra en la mente de los que no participan en ella. La creación nos importa muy poco. Lo que deseamos con todas nuestras fuerzas es que las revoluciones, guerras y las insurrecciones coloniales logren aniquilar a esta civilización occidental cuyas miserias ustedes defienden hasta en el Oriente, e invocamos esa destrucción como el estado de cosas menos inaceptable para el espíritu. Ni el gran arte ni el equilibrio existen para nosotros. Hace ya mucho tiempo que la idea de belleza desapareció.
Sólo queda en pie una idea moral, a saber, por ejemplo, que no se puede ser a la vez embajador de Francia y poeta.
Aprovechamos esta ocasión para desolidarizarnos públicamente de todo lo francés en palabras y en actos. 
Declaramos que la traición y todo lo que de una manera u otra puede dañar la seguridad del Estado nos parece mucho más conciliable con la Poesía que la venta de grandes cantidades de tocino por cuenta de una nación de puercos y perros.