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NO ME interesa la amistad entre escritores, que es un mero sub-amor; pero me interesa mucho cuando la relación llega a ser una relación sexual sin sexo, la que se origina del rozamiento que un cerebro recibe de otro y de los celos que se generan de ese roce. En la historia de la literatura universal existen muchas relaciones sexuales sin sexo: me vienen a la cabeza la de Shelley con Keats, la de Scott Fitzgerald con Hemingway, la de Neruda con Vallejo o la de Gide con Proust, pero mi favorita es la de Virginia Woolf con Katherine Mansfield. Fijaos en cómo escribe Woolf sobre ella, años después de que Mansfield haya muerto:
Me viene a la cabeza el recuerdo de Katherine Mansfield –rodeado, como de costumbre, de unos pensamientos que deberían avergonzarme– si hubiera vivido, me digo, habría seguido escribiendo, y la gente habría visto que soy yo quien tiene más talento. Así es como pienso en ella, de forma intermitente, –ese extraño fantasma, con los ojos separados, y la boca tensa, arrastrándose por la habitación. Katherine y yo teníamos nuestra relación; y nunca volveré a tener una relación como esa.

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SOSTENÍA SCOTT Fitzgerald que el alcohol no perjudicaba a los cuentistas pero sí a los novelistas, porque les hacía olvidar la estructura de la obra, su mirada panorámica. Esta opinión me parece del todo acertada si se la aplicamos a Bukowski, excelente en sus cuentos y sin embargo mediano en sus novelas, llenas de repeticiones de borracho, donde apuesto doble a sencillo a que ni siquiera revisaba lo que había escrito el día anterior. Se me objetará que Bukowski tiene una novela autobiográfica que es una obra maestra, La senda del perdedor, pero resulta que la escribió sin beber una gota, en 1982, ya sesentón, en una de esas raras épocas donde hizo caso a los consejos de su médico. “Ahí me di cuenta”, declaró más tarde, “de que no necesitaba beber para escribir”.


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ESTE ES el fragmento de El Gran Gatsby, situado en el último capítulo de la novela, que los demócratas están utilizando contra los trumpistas en la campaña electoral:

Tom y Daisy eran personas descuidadas, dañaban las cosas y a las personas y luego se refugiaban en su dinero o en su gran indiferencia, o en lo que fuera que los mantenía juntos, y dejaban a los demás cargando con los destrozos que ellos habían causado.

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HAY ALGO de locura en los que publicamos nuestros engendros, en aquellos que incurrimos en “la osadía de lo público”, que decía Hannah Arendt. Si una piensa en su nulidad o en los 38 millones de libros que tiene la Biblioteca del Congreso en Washington, acaba dándole la razón a Lao-Tse y deja de escribir. Pero el propio Lao-Tse se contradijo al publicar una obra de ochocientas páginas (no nos ha llegado todo). Hay algo de cómico en cualquier escritor, quizá sea la persona cómica por excelencia, sobre todo los escritores confesionales, aquellos que deben (debemos) pensar que nuestro día a día interesa a alguien. Pienso también que los críticos han tratado con demasiada solemnidad a la literatura y no han hablado nunca de las dos escuelas fundamentales:

—El semeocurrismo.
—El ridiculismo.

¿Por qué Montaigne necesita decirme que tiene el pene pequeño? ¿Por qué Virginia Woolf necesita decirme que tiene envidia de Katherine Mansfield? ¿Por qué Ligne me cuenta que Voltaire se echó un pedo? ¿Por qué Bukowski me cuenta que tiene 52 años y nunca se ha comido un coño? ¿Por qué Hemingway nos cuenta su visita al Louvre para comparar el pene de Scott Fitzgerald con el de las estatuas?

Pienso a menudo que algunos egoescritores son como esas personas desconocidas que te cuentan su vida en una sola noche, delante de una cerveza, solo con la intención de que te acerques y seas su amigo. Qué es un escritor confesional sino una persona que no consigue ocultar su gran carencia de amor.