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ESTAS ERAN las cartas de rompimiento de amistad que Reinaldo Arenas mandaba cada fin de año, una vez que reflexionaba sobre las personas que ya no merecían ser sus amigos. Así rompe con Nicolás Guillén:
La Habana, diciembre 31 de 1973
ORDEN DE ROMPIMIENTO DE AMISTAD
Sr. Nicolás Guillén: De acuerdo con el balance de liquidación de amistad que cada fin de año realizo –balance que se rige por rigurosas constataciones– le comunico que usted ha engrosado la lista del mismo. Por lo tanto, desde el momento en que expido este documento queda usted desvinculado, en forma definitiva, de todos mis afectos.

Sin más, ......................Reinaldo Arenas


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SOBRE LOS extremos a que pueden llegar los poetas en sus peleas entre ellos, pocos ejemplos mejores que el de esta carta enviada a Jorge Guillén el 22 de febrero de 1950, donde, hablando sobre Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas escribe:
No soy persona de odios constantes, Jorge, pero hay dos seres y te dará risa que los acople, a quienes quiero peor cada día: Franco y ese otro. Porque se les ve, más y más cada día, el plumero y la bilis.
El mismo malquerer a Juan Ramón Jiménez, incapaz de matar una mosca y tan aprensivo con la muerte que no iba a la casa de Pérez de Ayala porque tenía jamones y chorizos adornándola, que al genocida Francisco Franco, responsable de decenas de miles de muertos en la Guerra Civil.


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ENTRE LAS egolatrías de los escritores hay muchas de cinco estrellas, por ejemplo esa de Nietzsche proponiendo publicar un millón de ejemplares de “El Anticristo” en cada idioma para desatar de inmediato una guerra mundial; o esa de Huidobro prometiendo matar a Dios con su pistola “en el caso de que exista”; o esa de Juan Ramón Jiménez cortando su amistad con Jorge Guillén porque este, en la revista Los cuatro vientos que dirigía, publicó los poemas de Unamuno por delante de los suyos; o esa de Victor Hugo preguntando a Jesucristo en una reunión espiritista si era lector de sus poemas; o esa de Truman Capote presumiendo falsamente de que Albert Camus “estaba loco por acostarse con él”, pero si me tuviera que quedar con UNA sola, me quedaría con esta protagonizada por Ernesto Sabato, otro ególatra de Champions League (él mismo hacía bromas sobre ello). La anécdota la cuenta Juan Cruz en Egos revueltos. Estaban Carlos Fuentes, Sabato y otros escritores latinoamericanos en La Coupole, París. Fuentes tomó la palabra y se puso a disertar sobre los escritores argentinos. Al final remató:

—Para mí, los mejores escritores argentinos son Borges, Cortázar y Sabato. 
Nada más escuchar la frase, Ernesto Sabato abandonó la mesa indignado y, mientras enfilaba la puerta de salida del café, le gritó a Fuentes:

—¡Gracias por ponerme en último lugar!

Mientras Fuentes, que iba tras él con la intención de congraciarse, le decía:

—¡Es que era por orden alfabético!




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PERO ES que además... ¡Borges en las entrevistas es un troll, no hay que hacer siempre caso del Borges de las entrevistas, donde se contradice de continuo y juega a ingenioso pero no pasa de ser un sub-Wilde! En su libro magno “Borges”, Bioy Casares rescata cientos de opiniones de su amigo sobre los más diversos escritores, y una de las sorpresas del libro es que Borges, en la intimidad, criticaba a Lorca también… ¡pero lo respetaba! En una entrada dice que Lorca es mejor que Neruda; y en otra dice esto, el subrayado es mío:
Miércoles, 11 de noviembre [de 1959]. Come en casa Borges. Hablamos sobre poesía española contemporanea: Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Alberti, etcétera. BORGES: “Es una poesía alusiva. Rehúyen el argumento y el tema. Les pasa como a Betina Edelberg: a fuerza de escrúpulos quedan en un rinconcito último; sus méritos son negativos. Menos mal que escriben poemas breves. Esos poemas, que no hay por dónde agarrarlos, si fueran largos serían intolerables. El poeta desmonta en cualquier momento y concluye porque sí. Son ante todo arbitrarios. Leyendo a estos uno ve que Lorca no era tan malo. Todos los elementos de Lorca están ahí; los impedimenta de Lorca; pero no su encanto ni su fuerza poética. Ni siquiera Gerardo Diego inventó su espuma. Mira que publicar un libro titulado Manual de espumas. Pero como además de poeta es un hábil político, al año publicó Versos humanos. ¡Qué imbécil! A Gerardo Diego o a Alberti no se les ocurre nada, no tienen ángel… Estos poetastros no admirarán a Quevedo ni a Fray Luis; o tal vez los admirarán sólo porque son españoles. La completa libertad que se permiten los obliga a algo, pero no parecen sentir el peso de esa obligación”.


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REFIERE BOSWELL en su Vida de Samuel Johnson las palabras de Pope sobre la traducción al latín que de su Mesías había hecho un jovencísimo Johnson: "El autor de este poema dejará un interrogante para la posteridad, a saber, si es el suyo o el mío el original". En la misma línea que Goethe, quien prefería su Fausto en la versión francesa de Gerard de Nerval, o que Valéry, a quien le gustaba más El cementerio marino en la traducción al español que hizo Jorge Guillén. 

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MÁS SOBRE el supuesto antiespañolismo de Borges. Este genio de la literatura fue una persona muy compleja y a la vez un maestro en bufonerías. En ese vaivén humor/esquizofrenia, de pronto fingía no conocer a Antonio Machado (¿Es que Manuel tiene un hermano?), para semanas después proclamar que el sevillano era mejor que Lorca y que todo el 27. De pronto decía que Bécquer “era una débil réplica del primer Heine”, para en otra ocasión decir: “¿Es que esos majaderos de surrealistas no saben lo que es un poeta de verdad, por ejemplo Bécquer?”. De Unamuno decía a veces que era insoportable, pero a su muerte escribe un artículo donde afirma: “Ha muerto el primer escritor de nuestro idioma”. A Quevedo lo fustiga por su vegetación conceptista, pero también con él se pone sincero: “Le critico porque me gustaba demasiado. Cuando era adolescente, en la Argentina, todos queríamos ser Quevedo”. Y qué decir sobre el Quijote: es la obra, junto con la Divina Comedia de Dante, de la que más habló y que más le obsesionó en su vida. También elogió a Fray Luis de León, San Juan de la Cruz y Jorge Guillén, así como la poesía de Lope, el Romancero y la Epístola moral a Fabio de Fernández de Andrada. De Garcilaso decía: “Es mejor que Petrarca”. De Ramón Gómez de la Serna: “Con qué desprecio verá Ramón a su amigo Oliverio Girondo. En un rato él puede escribir —él ha escrito— toda la obra de Girondo”. ¡Raro antiespañolismo el de un hombre que, preguntado por dónde le habría gustado nacer si no hubiera nacido en Argentina, respondía invariablemente: “En Andalucía”!


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Y CONSTE que de la Generación del 27 me he leído, de los ocho llamados grandes (Lorca, Alberti, Cernuda, Salinas, Guillén, Gerardo Diego, Aleixandre, Dámaso Alonso), la obra poética enterita. Enterita. Y hoy me arrepiento, porque siendo poetas notables existen otros mucho mejores, y lo que más les reprocho es que, salvo excepciones (Poeta en Nueva YorkHijos de la ira, algunos poemas sueltos de Cernuda...), sales de sus libros igual que has entrado, son autores que parece que escribieran adrede poemas que no arden y libros que no muerden. ¡Cuántas veces me he preguntado, si no los impusieran en las escuelas como genios insuperados, qué sería de este grupo de poetas intocables!