COMPRENDO A Flaubert cuando dice que la inspiración es enemiga jurada del escritor, al punto de que dejaba de escribir cuando se notaba inspirado. Lo comprendo en su caso. Lo que llamamos inspiración no es más que una corriente de calor que da a nuestros textos fuerza, intensidad y lirismo, una corriente muy beneficiosa para escritores de la cuerda de Esquilo, Shakespeare o Emily Brontë, pero que puede ser perjudicial para escritores como Flaubert, Proust o Virginia Woolf, más atentos al detalle y a la exactitud. Lo propio de la inspiración es que el texto tire de nosotros y rompa o supere nuestros planes primeros para llevarnos a una parte mejor e insospechada; el escritor gongomallarmeano, en cambio, aborrece la idea de entregar el timón a nadie o navegar bajo vientos que no pueda controlar.
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EN SU afán por echarle todas las culpas a la iglesia cristiana, Michel Onfray se olvida de que muchos autores grecolatinos se perdieron por sí mismos; que la incuria que hizo que desapareciera la mayor parte del teatro de Lope de Vega es la misma que hizo que parte de los presocráticos y de la obra de Esquilo ya se hubieran perdido para la época de Alejandro Magno, si bien hace 2.500 años era mucho más fácil que las obras se perdieran, pues no existía la imprenta. La manera como se perdió la obra de algunos cráneos de la antigüedad es casi cómica: Heráclito, por ejemplo, depositó el único ejemplar de su obra completa en el templo de Éfeso, pensando que ese lugar, al ser sagrado, estaba a salvo de los imponderables... hasta que apareció Eróstrato y, con su megalomanía de fuego, acabó con el templo y de paso con la obra de El oscuro.
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