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DESCUBRO QUE no solo Walt Whitman recurría a hacer reseñas positivas sobre su obra escudado en un nombre falso, sino que también Poe hizo una donde naturalmente se presenta encantado de conocerse:
Un escritor debe creer plenamente en sus afirmaciones, o debe simular esa creencia perfectamente, para producir un interés absorbente en la mente de su lector. Ese poder de simulación solo puede poseerlo un hombre de gran genio. Es el resultado de una combinación peculiar de las facultades mentales. Produce seriedad, minuciosidad sin profusión de detalles innecesarios y fidelidad en la descripción. El señor Poe la posee en su forma más perfecta.

 

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TENGO LA sospecha de que Borges era un pelma de mucho cuidado. Recuérdese que durante la primera mitad de siglo los libros del maestro argentino no generaban dinero suficiente y hasta 1955 no fue nombrado director de la Biblioteca Nacional, por lo que se ganaba la vida dando conferencias literarias, lo que desarrolló más si cabe su faceta de ensayista sabihondo. Por otra parte, Borges padece de rarezas neorrabiosas: él también tiene miedo de penetrar a las mujeres, producto de un trauma juvenil, y de su fracaso sexual con ellas se deriva más soledad, lo que deriva a su vez en más lecturas y más pelmacismo. Para muestra un botón. La revista El Hogar preguntó una vez a varios escritores argentinos por su cuento favorito, pero Borges no consiguió responder sin dar este rodeo:
Me piden el cuento más memorable de cuantos he leído. Pienso en “El escarabajo de oro” de Poe, en “Los expulsados de Poker-Flat”, de Bret Harte; en “El corazón de las tinieblas”, de Conrad; en “El Jardinero”, de Kipling –o en “La mejor historia del mundo”–; en “Bola de sebo”, de Maupassant; en “La pata de mono”, de Jacobs; en “El dios de los gongs”, de Chesterton. Pienso en el relato del ciego Abdula en “Las mil y una noches”, en O. Henry y en el infante don Juan Manuel, en otros nombres evidentes e ilustres. Elijo, sin embargo, en gracia de su poca notoriedad y de su valor indudable, el relato alucinatorio “Donde su fuego nunca se apaga”, de May Sinclair.

Recuérdese la pobreza de los infiernos que han elaborado los teólogos y que los poetas han repetido; léase después este cuento.

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A PRIMERA vista se podría decir que la razón es el cáncer que arruina cualquier literatura porque es ordenadora, vinculante, militar; es la razón quien toma la compleja realidad y los cientos de sucesos dispersos que jalonan tu vida, todos caóticos, y los reúne, valora y explica hasta hallarles sentido, no porque esos sucesos lo tengan, sino porque la razón solo sabe hacer eso. Sin embargo, ¿no es cierto que este mismo pensamiento que estoy escribiendo contra la razón, lo estoy escribiendo desde ella, y por tanto la razón también puede ser autocrítica y desclasificadora? ¿No es cierto que la obra de Nietzsche es el intento racional de reivindicar el irracionalismo? ¿Que Alberto Caeiro hace metafísica desde la antimetafísica? ¿Que los manifiestos de las vanguardias no eran más que intentos de justificar el irracionalismo con la razón? ¿Que el gran genio y bufón Salvador Dalí pintó sus cuadros con el método paranoico-crítico? ¿Que Poe escribió una teoría compositiva de “El cuervo”? ¿Que el mismo San Juan de la Cruz, tras escribir versos inspirados, escribió unos comentarios finales para que se entendieran?


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¿CUÁL ES la razón de que Luis Cernuda no sea poeta cívico de España o de que, en la carrera por serlo, nunca haya ocupado lugares tan privilegiados como los de otros contemporáneos suyos como Antonio Machado, García Lorca, Miguel Hernández o Rafael Alberti? Se me dirá que los poetas de voz subjetiva no pueden competir contra los poetas de voz pública en la lucha por la corona del civismo, y que esa es la razón de que Tu Fu sea el poeta nacional de China en lugar de Li Po, Walt Whitman el poeta nacional de USA en lugar de Poe, o Victor Hugo el poeta nacional de Francia en lugar de Baudelaire, pero esa sugerencia solo es cierta en parte, porque Cernuda comenzó siendo un poeta subjetivo pero con el tiempo, en evolución que comparte con otros poetas, fue ganando posiciones públicas hasta ser definido por Octavio Paz como “un moralista subversivo”. De esa subversión evidente procede, a mi parecer, que no sea utilizado como estampita cívica. Mientras los poetas que han quedado como cívicos aman a España y escriben no muy alejados de la moral dominante, el moralismo de Cernuda es oscuro, negativo y disolvente: Cernuda fustiga a España y el cristianismo, a la familia y la falsa amistad, a los impulsos totalitarios y a la sexualidad dominante. Pensada la literatura nacional como asignatura para cohesionar a los párvulos y dotarlos de identidad, sucede que la poesía de Cernuda es descohesionadora y se dirige a seres libres: Cernuda es un nihilista que no sirve para formar rebaños.