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ESCRIBE MALRAUX al comienzo de sus Antimemorias:
¿Cómo van a parecerme importantes las cosas que solo me importan a mí? A casi todos los escritores que conozco les agrada su infancia, pero yo aborrezco la mía. Aprendí a crearme a mí mismo, poco y de mala manera, en el supuesto de que crearse a uno mismo sea hacerse a esta posada sin caminos a la que llamamos vida. A veces supe hacer lo que había que hacer, pero el interés de la acción, salvo cuando esta pertenece a la historia, está en lo que hacemos, no en lo que decimos. No me interesa gran cosa mi propia persona. 
Obsérvese que este debería ser el criterio de toda autobiografía en aquellos países católicos donde la sacrosanta humildad ocupa el centro del espacio: escribir antimemorias donde solo aparecen los sucesos que viviste, sin incluir tu participación en esos sucesos ni las opiniones que te merecen, ni mucho menos los buceos psicológicos que te generaron. La propuesta para escribir desde el yo sin el yo es una propuesta que permitiría escribir en confesional hasta a los más humildes, pero, ¿cuál es el problema? El problema es que todo esto es cháchara porque Malraux fue el intelectual más narcisista y egocéntrico en una Francia del siglo XX plagadita de intelectuales narcisistas y egocéntricos. El propio prologuista de las antimemorias nos anuncia que en el libro aparecen muchos sucesos inventados que Malraux construyó para forjarse una leyenda personal. Estamos, por tanto, ante la vieja historia del escritor que trata de hacerse perdonar el ego.

El del ego es el gran tabú en medio planeta, pero sobre todo en los países católicos, allí donde figuran gran parte de los lugares de mierda del mundo y donde se identifica al egocéntrico con la mala persona. En estos lugares cada sueño personal, cada esperanza propia, cada iniciativa en primera persona del singular, si se tienen (¡y vaya que sí se tienen, al mismo nivel que en los lugares de verdad!), hay que ocultarlos en la medida de lo posible, porque su mera enunciación genera tal rechazo en los demás que pueden irse al traste enseguida. Un gran ególatra español, Fernando Sánchez-Dragó, contestaba que era budista cuando le enrrostraban su ego; el fundador de toda la egoconfesionalidad, Montaigne, se escudaba en que escribía desde el yo “para la sola lectura de mis familiares y amigos”; el mayor ego de la Antigüedad, Cicerón, fingía que solo se retiraba a escribir a su finca de verano “porque Roma no está en peligro”. El muy narcisista Malraux, por su parte, escribe unas “Antimemorias” porque “él no es importante”.

Pablo Neruda, en cambio, nunca rechazó beber buenos vinos, ni vivir en lujosas casas, ni escribir desde un yo whitmaniano, ni publicar a sabiendas una de las memorias más ególatras del siglo XX. Cuando le venían señor Neruda, vaya mal ejemplo de comunista es usted, respondía que su comunismo no consistía en repartir la pobreza, sino en que todo el mundo fuera igualmente rico. Y aunque era españolista y llamaba a España “la madre patria”, tenía muy claro de dónde procedía el odio al que se singulariza. No, dijo muchas veces, la envidia al que brilla no nos la enseñaron los mapuches o los aymaras: “Esto nos lo trajeron los españoles”.

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DICE SHARON Olds que su libro Odas se le ocurrió leyendo las Odas Elementales de Pablo Neruda, que por cierto son cuatro libros:

Odas Elementales 
Nuevas Odas Elementales 
Tercer Libro de las Odas
Navegaciones y Regresos

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EN ANOTACIÓN del 5 de agosto de 1937, Gide, de viaje en la Italia de Mussolini, encuentra en sus calles el mismo fanatismo y la misma intolerancia que se había encontrado en la URSS de Stalin, a la que había viajado el año anterior: 
Las paredes de los edificios y los muros de las carreteras están cubiertos de inscripciones en caracteres gigantescos; vivas al Duce y citas de frases suyas, lemas perfectos, admirablemente elegidos e ideales para galvanizar a la juventud, para reclutarla. Sobre todo estas tres palabras —«Creer, Obedecer, Combatir»— se repiten con la mayor frecuencia, como conscientes de que resumen el mismo espíritu de la doctrina del fascismo. Lo que permite cierta claridad de ideas y al mismo tiempo me señala las «posiciones» del antifascismo. Y no hay nada que produzca tanta confusión como la adopción de esos lemas por el comunismo, aunque pretenda ser antifascista, pero solo lo es políticamente, y también pide a los afiliados al partido «creer, obedecer y combatir», sin reflexionar, sin crítica, con una sumisión ciega. Las tres cuartas partes de las inscripciones italianas podrían convenirle a las paredes de Moscú. Me dicen que solo se puede vencer a un adversario en su mismo terreno, con sus propias armas, y que es conveniente oponer la espada a la espada (algo de lo que no estoy convencido en absoluto). Lo que hay que hacer, antes que nada, es oponer el espíritu al espíritu, que es precisamente lo que no se hace. Los historiadores del futuro determinarán cómo y por qué, al borrarse el fin ante los medios, el espíritu comunista cesó de enfrentarse al espíritu fascista y hasta de diferenciarse de él.
La historia ha dictado sentencia en favor de Gide, pero en aquellos tiempos este escritor francés batallaba en solitario frente a los que veían a la URSS de Stalin como espejo de virtudes, algunos tan famosos como Aragon, Éluard, Neruda, Vallejo, Alberti, Hernández...

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A UNA pregunta en Threads sobre qué títulos de libros nos parecen más memorables, he respondido con estos siete:

Retornos de lo vivo lejano, de RAFAEL ALBERTI
Las mil y una noches
Mi familia y otros animales, de GERALD DURRELL
El corazón es un cazador solitario, de CARSON MCCULLERS 
Para nacer he nacido, de PABLO NERUDA 
Extracción de la piedra de locura, de ALEJANDRA PIZARNIK 
Gracias y desgracias del ojo del culo, de FRANCISCO DE QUEVEDO

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...SIN EMBARGO puedo comprender a Gide o a todos los que se levantaron contra Victor Hugo en Francia, porque este autor llegó a ocupar tal anchura en la francofonía que acabó cerrando todos los caminos, al punto de que es famoso que el abuelo de Sartre, según relata su nieto en Las palabras, dejó de leer cuando murió el autor de Los Miserables. Es un caso muy parecido al de Neruda en el mundo hispánico: Neruda también es verbalmente poderoso, también es egocéntrico (de hecho, se le acusaba de "creerse Victor Hugo"), también es intenso y exagerado, también luce una panoplia variadísima que va de lo amoroso a lo épico, capaz de hacer vanguardia y realismo socialista con el mismo talento, de modo que ocupa todos los caminos de la poesía hispánica y se convierte en "el poeta" por antonomasia hasta que, siguiendo la lógica del boomerang, acaba estragando y generando a la barra brava de los anti, porque la Hugofilia y la Nerudofilia extremas engendran Hugofobia y Nerudofobia igualmente extremas. Mientras en el caso de Hugo la fobia ha remitido mucho en las últimas décadas, en el caso del poeta chileno no solo ha remitido sino que ha aumentado, primero tras la caída del muro de Berlín, donde a todos los poetas que elogiaron a Stalin (Éluard, Alberti, Aragon, Hernández...) se les hizo pagar un precio, y segundo con la llegada del feminismo, que al mundo hispánico no llegó en serio hasta hace quince años, y que no le perdona la violación a una mujer tamil y el abandono de su hija con hidrocefalia, al extremo de que hoy es el día en que me atrevo a afirmar, por mis continuas navegaciones en la red, que Neruda es el poeta más rechazado del mundo hispánico. Con el feminismo hay que estar hasta cuando exagera, pero borrar a Neruda y entronizar a Gloria Fuertes quizá sea algo más que una exageración.

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LEYENDO LA recepción crítica que recibió la obra de Stefan Zweig, me sorprende la cantidad de autores, con Arendt a la cabeza, que le reprochan su pasivismo: Zweig, te dicen, se limitó a salvarse de su tiempo en lugar de tomar partido político (¿o lo que le reprochan entre líneas es que fuera europeísta y cosmopolita en lugar de enorgullecerse de su judaísmo?). Si le reprochamos esto a Zweig, igual nos cargamos a gran parte de los escritores de Occidente. Tomemos como ejemplo a Nietzsche, Rimbaud, Baudelaire, Breton, Cocteau, Bataille, Bukowski, Cioran, Pizarnik, la clase de autores que viene acompañada siempre de los adjetivos de "feroces", "malditos", "transgresores", "iconoclastas"...

Ferocius de blablabla. Unos toreros de salón es lo que eran.

Comparemos a Pablo Neruda con Friedrich Nietzsche, por ejemplo. Neruda ha quedado a los ojos de la marabunta como un poeta blando y sensiblero, aunque por supuesto era mucho más que eso (el poeta en español más grande desde Quevedo, o junto a él), o como ejemplo de canalla al 100% por violar a una mujer tamil o desentenderse de su hija Malva Marina, aquejada de hidrocefalia. Nietzsche, en cambio, ha quedado como la rebeldía permanente, como un hombre que cada día se enfrentaba a tres osos, seis leones y diez cocodrilos. La realidad fue muy distinta.

Mientras Neruda puso en riesgo su vida varias veces, en la Guerra Civil española o durante el gobierno autoritario de González Videla, y llegó a recibir una paliza de un grupo de falangistas españoles en México, además de morir con Clostridium botulinum, un veneno que le inyectó la dictadura de Pinochet, como se ha demostrado de forma reciente, Nietzsche se dedicaba a leer libros, montar a caballo, escuchar música, acudir a recitales y recorrer Europa para curarse de su mala salud. Neruda fletó un carguero, el famoso Winnipeg, que zarpó desde el puerto francés de Trompeloup y llegó a Valparaíso en septiembre de 1939, con el que consiguió salvar a 2200 refugiados que huían de la represión franquista, elegidos y supervisados personalmente por él, además de conseguir salvoconductos para escritores o destinar las ganancias de algunos de sus libros para los refugiados de la guerra de España o para las víctimas de la guerra de Vietnam. ¿Qué hizo Nietzsche desde el punto de vista social? Pues no hizo nada más que opinar o escribir cosas, si bien de otro signo: cuando era profesor en Basilea, por ejemplo, y los grupos socialistas pedían la derogación del trabajo infantil, Nietzsche dijo que de eso nada, que era bueno que los niños de las clases bajas se acostumbraran desde pequeños a trabajar para las clases altas. De Nietzsche no tenemos ni una sola prueba de que se enfrentara a nadie en toda su vida, ni siquiera a una mosca: sabemos por una carta a Overbeck que una vez se planteó retar a duelo a Wagner, a causa de que el músico estaba insinuando a sus amistades que Nietzsche era homosexual, pero aquello no fue más allá de un conato de su mente. En uno de sus libros finales, "Ecce homo", tiene la desfachatez de quejarse del mal trato que recibe por parte de su madre y su hermana, a las que llama canaille (gentuza), madre y hermana que literalmente "se encargaron de él" en los últimos años, pues sus problemas físicos aumentaban y ya estaba casi ciego. Esa era la "dinamita" de Nietzsche.

El uno, Neruda, ha quedado como símbolo de poesía azucarera y comportamiento miserable; el otro, Nietzsche, como trueno de la pluma y hombre en desobediencia permanente: así te cuentan la historia de los maestros del pasado.

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EN CUANTO a su faceta como intelectual o polemista político, ayer recibió muchas críticas desde los sectores de izquierda, pero no creo que tampoco se hubiera molestado mucho, porque toda la vida sufrió un volumen de críticas sin parangón con las que sufrieron otros escritores, porque la literatura occidental está dominada sobre todo por la izquierda. Vargas Llosa era en ese sentido igual que sus críticos: él apenas fustigó a los autores por la calidad de su literatura, sino sobre todo por su papel como referentes políticos o como intelectuales. Esto es por ejemplo lo que dijo de Pablo Neruda: 
¿Cómo pudo ser, la misma persona que revolucionó de este modo la poesía de la lengua, el disciplinado militante que escribió poemas en loor de Stalin y a quien todos los crímenes del estalinismo —las purgas, los campos, los juicios fraguados, las matanzas, la esclerosis del marxismo— no produjeron la menor turbación ética, ninguno de los conflictos y dilemas en que sumieron a tantos artistas? Toda la dimensión política de la obra de Neruda se resiente del mismo esquematismo conformista de su militancia. No hubo en él duplicidad moral: su visión del mundo, como político y como escritor (cuando escribía de política) era maniquea y dogmática. Gracias a Neruda incontables latinoamericanos descubrimos la poesía; gracias a él —su influencia fue gigantesca— innumerables jóvenes llegaron a creer que la manera más digna de combatir las iniquidades del imperialismo y de la reacción, era oponiéndoles la ortodoxia estalinista.
Y esto, aún más nítido, sobre Bertolt Brecht:
¿Es mezquino hurgar en estas humanas debilidades del genio en medio del fuego de artificio y las fiestas con que el mundo celebra su primer centenario? No, si el genio, como ocurrió con Bertolt Brecht, quiso ser no solo un buen escribidor, sino, también, un director de conciencia, un dómine en cuestiones morales y políticas, un profesor de idealismo. Para eso es indispensable, además de una pluma sutil y una imaginación fulgurante, una conducta coherente. Es decir, predicar con el ejemplo.

 

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ME HA bastado leer que Giorgio Manganelli, escritor milanés, practicaba una escritura "narcisista y egocéntrica", para pasarme media noche buscando libros y referencias de este autor, del que hasta ahora no había leído nada. Siendo mi escritor raíz Victor Hugo (a quien llamaban hugólatra) y su hijo Pablo Neruda, la historia de mis lecturas es una predilección por el yo que suena y muerde y vanidosea de sí mismo. Las que todavía lo cultivamos pronto vamos a desaparecer, porque las nuevas hordas lectoras de Internet nos dicen todos los días que no nos soportan, pero mientras vivamos lo vamos a llevar en alto y orgullosas y aunque todo el mundo.


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LO MÁS curioso de los dos robustos volúmenes de entrevistas de la revista The Paris Review, publicados por Acantilado, es que ninguno de los entrevistados, en su mayoría anglosajones, salen con la murga de la humildad. Es ponerte a leer entrevistas de escritores latinoamericanos, portugueses, españoles, italianos..., procedentes de lugares católicos donde los curas han causado estragos, y sale la habitual condena contra el narcisismo, la vanidad de los escritores, el ego.

Quede claro que aquí estoy a favor de los ombliguistas y que tengo predilección por el género confesional. A mí sí me interesa que los escritores me cuenten su "vidita". Siempre he amado a los escritores ególatras como Nietzsche, Plath, Capote, Pizarnik, Umbral, Garro, Sontag, Neruda, Aragon, Houellebecq o Tsvetáyeva y, si nunca he criticado los concursos de humildad en que suelen convertirse algunos debates literarios de mi zona cultural, es porque me conozco el percal y no quiero morir a manos de la marabunta :)

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NO ME interesa la amistad entre escritores, que es un mero sub-amor; pero me interesa mucho cuando la relación llega a ser una relación sexual sin sexo, la que se origina del rozamiento que un cerebro recibe de otro y de los celos que se generan de ese roce. En la historia de la literatura universal existen muchas relaciones sexuales sin sexo: me vienen a la cabeza la de Shelley con Keats, la de Scott Fitzgerald con Hemingway, la de Neruda con Vallejo o la de Gide con Proust, pero mi favorita es la de Virginia Woolf con Katherine Mansfield. Fijaos en cómo escribe Woolf sobre ella, años después de que Mansfield haya muerto:
Me viene a la cabeza el recuerdo de Katherine Mansfield –rodeado, como de costumbre, de unos pensamientos que deberían avergonzarme– si hubiera vivido, me digo, habría seguido escribiendo, y la gente habría visto que soy yo quien tiene más talento. Así es como pienso en ella, de forma intermitente, –ese extraño fantasma, con los ojos separados, y la boca tensa, arrastrándose por la habitación. Katherine y yo teníamos nuestra relación; y nunca volveré a tener una relación como esa.

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DIJE AYER que cada vez que leo al Neruda bueno me entran ganas de no volver a escribir un solo verso más en mi vida; pero en realidad eso solo me ocurre mientras estoy leyendo, porque cuando termino el libro y pasan las horas y los días y aún me dura la agresión recibida, pues los grandes poetas son grandes porque permanecen en tu mente, porque se apoderan de ti y ya no te dejan vivir igual que antes, vuelvo a las andadas y de nuevo quiero escribir versos a pesar de todo, sí, a pesar de que el abusón de Neruda ya me pisó los mejores.


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SOBRE EL bloqueo o angustia por la influencia, que diría Harold Bloom, que nos produce la poesía de Neruda a algunos, voy a contar una anécdota de Gonzalo Torrente Malvido que viví en el Bukowski Club. Torrente Malvido solía leer poemas de factura clásica, respetuoso con la métrica y la fonética, y nos pegaba a veces la bronca por los poemas que escribíamos nosotros (“perdonadme pero eso que hacéis no es poesía"), pero un día subió a recitar y gritó:

—¡Neruda hijodeputa!

Todos nos quedamos alucinados. ¡Así que Torrente Malvido también hacía poemas bukowskianos! Malvido continuó:

—¡Neruda hijodeputa, cómo jodiste la poesía!

No se movía ni una mosca en el Bukowski Club. ¡Torrente Malvido recitando un poema que no parecía un poema! Y entonces concluyó así, concitando la ovación de la noche:

—Cómo jodiste la poesía, sí, cómo jodiste… la mía.



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SOSTIENE MARIO Mario Benedetti que la poesía de Neruda está entroncada en lo literario y la de Vallejo en lo humano. No estoy muy de acuerdo: si comparas a Neruda con Vallejo o Vilariño, desde luego que Vallejo o Vilariño son más humanos; pero si comparas a Neruda con Rubén Darío, Gabriela Mistral, Huidobro, Lorca, Jorge Guillén o Aleixandre, la humanidad nerudiana destaca por encima de la de los nombrados. También habría que ir poemario a poemario, porque no es lo mismo los 20 poemas, donde Neruda se muestra muy literario, que España en el corazón, donde es un huracán,  que las Odas, donde celebra seres, materiales y cosas. Por otra parte, lo humano es solo la gradación que sigue a lo pre-humano, a lo animal: Neruda es un poeta más animal que Vallejo y, cuando se pone, el poeta más animal del idioma. Lo que sí comparto con Benedetti es que la influencia de Neruda es castradora y la de Vallejo admite más salidas. Escribe el autor de La tregua en su artículo Vallejo y Neruda: dos modos de influir, publicado en 1972:
En tanto que Neruda ha sido una influencia más bien paralizante, casi diría frustránea, como si la riqueza de su torrente verbal solo permitiera una imitación sin escapatoria, Vallejo, en cambio, se ha constituido en motor y estímulo de los nombres más auténticamente creadores de la actual poesía hispanoamericana. No en balde la obra de Nicanor Parra, Sebastián Salazar Bondy, Gonzalo Rojas, Ernesto Cardenal, Roberto Fernández Retamar y Juan Gelman, revelan, ya sea por vía directa, ya por influencia interpósita, la marca vallejiana; no en balde, cada uno de ellos tiene, pese a ese entronque común, una voz propia e inconfundible. (A esa nómina habría que agregar otros nombres como Idea Vilariño, Pablo Armando Fernández, Enrique Lihn, Claribel Alegría, Humberto Megget o Joaquín Pasos, que, aunque situados a mayor distancia de Vallejo que los antes mencionados, de todos modos están en sus respectivas actitudes frente al hecho poético más cerca del autor de Poemas humanos que del de Residencia en la tierra).

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TRAS LEER el desafortunado artículo de Mario Benedetti (es un gran ensayista, ojo, pero ese artículo Neruda/Vallejo no es de lo mejor entre lo suyo), me he dado cuenta del error que supone comparar a dos personas, sean del gremio que sean, y extraer de esa comparación rasgos generales de cada comparado, porque si nos comparamos con Hitler, todos vamos a parecer bondadosos; pero si nos comparamos con Gandhi, todos pareceremos malvados. Por lo que dice Benedetti, parece que Vallejo es un poeta de poco poder verbal, pero la realidad es que el poder verbal de Vallejo, aunque inferior al de Neruda, es también muy grande. No se puede comparar a dos poetas sin considerar a la poetambre en su totalidad, porque de lo contrario se cae en estos errores de juicio tan gruesos.


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…lo mejor del artículo de Benedetti es que sobre el final reivindica Plenos poderes, poemario de Neruda de 1962 que le parece el más humano de todos, aquel donde “su vida personal se liga a su expresión poética”. Como hacía siglos que no me leía esa obra, me he puesto a leerla hoy… y de nuevo he vuelto a sentir el poder, la imantación nerudiana, la caída de baba que me viene cada vez que leo los poemarios buenos (tiene muchos malos) de este extraterrestre. Qué poeta, por favor, si es que no existe estupidez más grande que ponerse a escribir poemas después de semejante monstruo. Hasta estoy por decir que es el mejor poemario que me he leído en los últimos cinco años. No me acordaba ya de él porque solo me lo leí una vez, en 2005, cuando me ventilé la obra completa de este maestro en la colección de RBA, y desde entonces siempre vuelvo a mis Nerudas favoritos: su Residencia, sus Odas o sus 100 sonetos

Dijo Quique Setién una vez que Messi es una de las razones que existen para vivir. Algo así me sucede a mí con Neruda. Nunca estaré del todo solo mientras conozca el idioma en que escribió este animal.

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¡Neruda de lejos! — Todos contamos con una opinión sobre quién es el mejor poeta moderno en español, pero no todas las opiniones cuentan con el mismo peso. La opinión con más peso, sin duda, es la del mejor crítico en español que ha existido nunca, que además también fue un buen poeta, Octavio Paz, y esto es lo que le dijo a Jorge Edwards, terminante, el maestro mexicano:
El año pasado releí la obra completa de Neruda, desde la primera página hasta la última. Creo que en mi edición faltaban algunas cosas del final, pero leí entero y por orden todo lo que tenía. Mi conclusión es que Neruda es el mejor poeta de su generación. ¡De lejos! Mejor que Huidobro, mejor que Vallejo, mejor que Borges. Y mejor que todos los españoles…

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DICE HENRY Miller en Hablan los escritores:
A pesar de que era un tipo estupendo a su manera, creo que en el fondo, Orwell era estúpido. Como tantos otros ingleses, era idealista y, en mi opinión, un idealista imbécil. Un hombre de principios, como se dice. La gente de principios me aburre.
Cosas parecidas he leído de Genet refiriéndose a Camus o de Bukowski refiriéndose a Ginsberg. Desde el otro lado, también se pueden encontrar muchas declaraciones de escritores engagés acusando a los demás de escapistas. Esta división se suele disolver cuando la situación social llega al límite: en caso de guerra o catástrofe hasta los artistas más puros se ponen a escribir en político, salvo excepciones. A veces esta guerrilla literaria (Neruda) es cruenta: cuando a Harry Martinson le dieron el Nobel de literatura en 1974, fueron tales las críticas que recibió por ser un poeta no comprometido, que el pobre Martinson, hipersensible, tomó unas tijeras y se hizo un harakiri a la europea, infligiéndose heridas tan graves que falleció en un hospital meses más tarde.


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NERUDA ES el más grande de los poetas modernos en español por su versatilidad y porque conserva el animal fresco. También por eso es el más atacado por los poetísimos, que no le perdonan que no se haya deshumanizado. Neruda nunca escribe solo con palabras, como les gustaría a los gongomallarmeanos, sino que unta cada palabra con sangre, semen o rebeldía.

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SOBRE MI nerudianismo. Es tan grande la admiración que siento por este poeta que en mi época social solía contar esta anécdota apócrifa muy al nivel de mi egolatría. Dice esa leyenda que cuando Neruda sintió que le llegaba la muerte, pidió que le llevaran a la costa de Isla negra:

–Llevadme a la playa. ¡Llevadme a la playa!

Una vez que estaba allí, pidió que le dejaran solo. Entonces se agachó, tomó un puñado de arena y, pronunciando una palabra ininteligible (pero los testigos coinciden en que tenía muchas aes), arrojó esa arena al aire.

Neruda murió el 23 de septiembre de 1973, pero solo cinco meses después, el 6 de marzo de 1974, en el hospital de Cruces en Baracaldo, DE ESE MISMO PUÑADO DE ARENA, nació Batania.

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LO QUE cada vez me molesta más de Hugo, Nietzsche, Neruda, Bukowski, Houellebecq: que no hayan dado muestras de disolución del yo, que hayan conservado la ficción de una identidad dura, al contrario que Pizarnik, Plath, Woolf o Tsvetaeva, que muestran una identidad borrosa o a-punto-de-romperse. Ya es curioso que todas sean mujeres y suicidas. ¿Será que los hombres se ven obligados al militarismo de la identidad compacta? ¿Será que las mujeres sufren en el casi-yo, consecuencia del papel subalterno que se les ha otorgado desde la cuna, como se refleja tan bien en los diarios de Plath?