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SE LE ocurre a Hermann Hesse hacer una copiosa biblioteca de literatura universal y no incluye a Victor Hugo, que todavía era considerado el mejor escritor del mundo cuando él era joven. Aquí es donde veo la pasión anti del alemán, por mucho que luego rellene páginas hablándonos de cuánto le marcó la literatura china "sin haber estado nunca en China".

A mí tampoco me gustan las escuelas árticas o antárticas y por ahí andan esparcidos mis arranques contra lo gongomallarmeano, pero no se me ocurre hacer una historia de la literatura y dejar fuera a Góngora y Mallarmé.

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...HASTA A las malas traducciones les debemos a veces agradecimiento. Harold Bloom acusa a Baudelaire, Mallarmé y Valéry de leer a Poe en malas traducciones francesas y “encontrar en él cosas que no existen”: ¿y qué importancia tiene, si encontraron algo distinto? También es famoso que en el capricho número 43 de Goya, el titulado “El sueño de la razón produce monstruos”, el propio pintor dejó un comentario manuscrito, donde matizaba que se refería al daño que puede hacer la fantasía cuando la razón está dormida, pero como los ingleses tradujeron la frase como “The dream of reason produces monsters» en lugar de “The sleep of reason produces monsters”, se ha convertido a Goya en un adelantado denunciador de los gulags o los campos de concentración. Y recuerdo, por reunir una tríada de ejemplos, que hace unos quince años, al asistir a una conferencia de Ricardo Piglia en La Casa Encendida, este autor nos dijo que Roberto Arlt se había convertido en luminaria de la literatura argentina gracias a que se había atiborrado a leer malas traducciones, pues no tenía dinero para comprarse las buenas. Al llegar el turno de preguntas, le pedí que ahondara en esa paradoja y me dijo:

—Gracias a la lectura de esas malas traducciones, Arlt comenzó a escribir mal, esto es, comenzó a romper la sintaxis, a hacer mal los párrafos... hasta que llegó a hacerlos bien, claro, pero gracias a ese punto de partida consiguió una prosa totalmente singular que rompió con la tradicional, por ejemplo la de Mallea.

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LO ARISTOCRÁTICO a menudo se convierte en popular. Heráclito escribió aquello famoso de “no para vosotros he escrito, sino para quien puede entenderme. Uno vale para mí cien mil, y nada la muchedumbre”, pero al cabo de los siglos es leído por las masas. Góngora y Mallarmé escribieron una obra con vocación de secreta, destinada solo a los que están en el cogollo; pero al cabo del tiempo se han convertido en lectura escolar de millones de españoles y franceses. Juan Ramón Jiménez se oponía incluso a que los poetas dieran recitales o celebraran actos públicos, y lanzaba sus libros con el epígrafe de “A la minoría, siempre”, pero publicó Platero y yo… y solo en vida vendió más de un millón de ejemplares.


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EL OTRO es la gran musa. No escribiríamos nada si viviéramos solos en el planeta. A Rilke, Góngora o Mallarmé, que tanto presumieron de escribir para nadie, yo les hubiera gastado la broma de abandonarlos en un planetita como el del Principito: ¡A ver si allí, sin lectores ni famas futuras, se animaban a escribir las Soledades, las Elegías de Duino o Un coup de dés!


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ESTA ANÉCDOTA es muy famosa. Me la encuentro contada por Jean Genet en una entrevista de 1983:
El pintor Degas había compuesto un soneto. Se lo enseñó a Mallarmé, y a Mallarmé le pareció que era malo. Y Degas le dijo: "Pero he puesto en él muchas ideas". A lo que Mallarmé contestó: "Un soneto no se hace con ideas, se hace con palabras".