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EL LIRISMO que surge de las emociones que generan los momentos críticos de la existencia es sin duda la nota que más valoro en un diario, pero no la única. Si así fuera, Francisco Umbral sería el mejor diarista del mundo. ¿Por qué Umbral, que leía tanto el diario de Gide, que se parecía a veces a Gide, que entra oblicuamente al folio como Gide, no consiguió ser Gide? La diferencia es la veracidad y la humanidad: mientras Gide entra al folio valiente, dispuesto a desangrarse de mil maneras ante el lector, dejando un reguero de verdad que zarandea e impresiona, Umbral es un cínico que solo cree en la prosa de arte y que parece que escribe para hacer dedos o para coleccionar boutades. Mientras las breverías que le suceden a Gide trascienden, Umbral las convierte en chismes; mientras Gide es de una generosidad tremenda y hasta le cuenta al lector sus impulsos pedófilos, Umbral conserva zonas ciegas en su confesionalismo, por ejemplo su mujer y su no-padre (él mismo decía que Cela le había enseñado que “de la familia no se debe hablar nunca”). De vez en cuando le visitan el rencor y la envidia, que en su caso eran muy grandes, e incurre en algunas páginas de humanidad verdadera, pero son momentos aislados y logrados a pesar de sí mismo, cuando se olvida de su proyecto meramente estético. También consigue alguna cota de verdad cuando se le murió el hijo o, en los últimos años (Un ser de lejanías), cuando empezó a asustarle la llegada de la muerte.

En definitiva: la sola inteligencia (Piglia) no me basta para ser diarista; el solo lirismo (Umbral) no me es suficiente; y tampoco la mera veracidad (Kerouac) o el solo carácter singular (Léautaud): mi diarista perfecto es valiente, veraz, culto, lírico y singular (Gide y Virginia Woolf).

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EL PUNTO fuerte de autores como Kerouac o Bukowski es que no hacen literatura: me refiero a esa capa de plástico que recubre a los escritores del pasado que apesta a falsedad, perfección y eufonía. La sinceridad hermanada con la naturalidad es un punto esencial, muy agradecido por los lectores, que no ha sido valorado debidamente por los que guardan las llaves de la crítica literaria. Al final, por mucho que me vendan las obras de alta literatura de Boris Vian, yo prefiero las que firmó como Vernon Sullivan; por mucho que me digan que Madame Bovary es una obra maestra, yo prefiero sus cartas a Louise Colet; por mucho que Samuel Johnson quisiera ganarse la posteridad escribiendo la obra, al final se la ganó gracias a Boswell; por mucho que Cicerón se pasara la vida miniando sus discursos, el Cicerón que me llega y que me arrastra, que casi puedo tocarlo, es el de las cartas.

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O SEA, que Pizarnik se pasa sus diarios (el mayor monumento que nos dejó, superiores incluso a su poesía) poniendo a parir a su madre, consecuencia de ese cerebro suyo que solo veía la parte mala de las cosas, pero resulta que su madre era la que trabajaba de vendedora ambulante para poder mantenerla, pues Alejandra se proclamaba "incapaz" para el trabajo e incluso para cocinar. Su madre le fregaba, le planchaba, le compraba la comida y le limpiaba su departamento para que ella pudiera continuar su vida de poeta maldita. Cuando Alejandra se suicida, su madre es la que da las mayores muestras de desesperación, pues había consagrado su vida a ella y tras su muerte "ya no sabía qué hacer". 

Pienso en las biografías de Rimbaud, Verlaine, Artaud, Bukowski, Kerouac, Corso o cualquiera al que hayan relacionado alguna vez con la etiqueta de "maldito", y me pregunto si el malditismo no será un sinónimo de caradurismo.

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AL COMIENZO de su Diario de otoño, en anotación del 13 de enero de 1996, Salvador Pániker hace un catálogo de las distintas maneras de escribir de algunos escritores célebres:

Juan Carlos Onetti escribía con bolígrafo sobre agendas; Pablo Neruda a mano y con tinta verde; Jack Kerouac sobre un rollo de papel sin fin. Paul Auster sólo usa lápiz. Günter Grass utiliza la Olivetti-Lettera sobre soportes altos porque trabaja siempre de pie. Graham Greene se ponía a la faena de mañana, no sé si a pluma o a máquina, antes de la hora de la sensualidad y el whisky: sobre unas treinta líneas en los días fértiles. Hemingway escribía los diálogos de sus novelas a mano (con lápices recién afilados), las descripciones a máquina, de pie frente a un atril. Azorín se ponía a trabajar al alba, dicen que a máquina. Nabokov tomaba notas en tarjetas de 3 por 5 pulgadas, que luego su mujer pasaba a máquina. W. H. Auden solía meterse en faena tapando previamente las ventanas de su apartamento con lienzos negros. Husserl escribía en taquigrafía, y sus textos eran difíciles de descifrar. John Keats se ataviaba con sus mejores ropas antes de sentarse a componer un poema. Truman Capote trabajaba en posición horizontal, Virginia Woolf lo hacía de pie, Voltaire sobre la espalda desnuda de su amante.


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TODO ESCRITOR confesional tiene delante de sí, en primera línea, un conjunto de sinceridades fáciles, domesticadas, que al escribirlas no le van a comprometer mucho, incluso en el caso de que sean autocríticas; y tiene además, en segunda línea y bien ocultas en un cajón cerrado con llave, un segundo tipo de sinceridades bochornosas, que abren en canal su autoestima o muestran la mugre de su corazón. ¡Qué diferencia entre un Montaigne, que nos cuenta que se ha quedado impotente y tiene el pene pequeño, o un Gide, que escribe en su diario que ha visto a un adolescente guapísimo y se le ha puesto dura, o una Virginia Woolf, a la que no le importa hacernos saber que tiene envidia y miedo de que Katherine Mansfield sea mejor escritora que ella, con toda la pléyade de Bukowskis, Nietzsches, Umbrales, Papinis, Nerudas, Hemingways o Houellebecqs, que siempre te están mostrando su lado más fuerte o macho o rebelde o iconoclasta, y hasta en sus fracasos se pintan favorablemente o se presentan como canallas encantadores! Al hilo de esto recuerdo que Jack Kerouac sostenía que un escritor confesional no debe soslayar ningún elemento importante de su vida, ni el más pequeño, tampoco de lo sexual, pero cuando narró su encuentro con Gore Vidal omitió la noche de sexo que había mantenido con él. Sucedía que Kerouac era un heterodudoso que siempre vivió con vergüenza sus encuentros homosexuales, por lo que no se atrevió y consiguió enfadar a Gore Vidal, que le reprochaba: “¡Ah, Jack, cómo te saltaste tu deontología de escritor para que nadie supiera que yo te había roto el culo!”.


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EN SUS diarios, Kerouac va anotando el número de palabras que escribe cada día, costumbre que he visto en otros escritores, sobre todo anglosajones, y se muestra abatido cada vez que se queda en 1000 o 1500 y exultante cuando llega a 3000 o 4000. Teniendo en cuenta que un folio contiene unas 500 palabras, me resulta difícil de asumir que Kerouac considerara malo el día en que solo había escrito tres folios. ¿Cómo le podían parecer pocos? Y el suyo no es un caso aislado ni de los más graves: también Mircea Eliade se lamentaba en sus diarios de la lentitud de su ritmo de escritura, ¡que era de entre ocho y diez páginas al día!; y esta noche, leyendo la semblanza que Paul Johnson le dedica a Sartre, descubro que el filósofo existencialista escribía 10.000 palabras al día (¡20 folios!) y no por ello prescindía de mantener varias amantes, beber a espuertas, participar en todas las polémicas de la Francia de la época y leer como mínimo doscientos libros al año. Es increíble. Leer este tipo de datos me desespera. Está claro que la figura del escritor declina, al menos eso es lo que pienso cada vez que me miro al espejo.