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DIJE QUE The Guardian era el mejor diario del mundo, pero algunas de sus publicaciones me hacen pensar que me precipité en el juicio. Por ejemplo esta, donde preguntan a algunos escritores sobre quién es mejor, si Shakespeare o Dickens.

Ya el modo disyuntiva, más típico de Quora o Reddit, no es aceptable en un diario serio, pero es que además la pregunta por fuerza la ha tenido que formular un sandio o un patriota, por decir dos sinónimos. ¿Dickens al nivel de Shakespeare, me estáis hablando en serio?

Está Shakespeare, luego un desierto enorme, después del desierto un océano, después del océano Siberia, y después de Siberia ya asoman tímidamente los demás (Dante, Cervantes, Dostoyevski, Proust, etc).

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ESCRIBE TOLSTÓI en sus diarios:
La forma de la novela no solo no es eterna, sino que está pasando. Uno se siente avergonzado de escribir no-verdades, de decir que pasó algo que no ha pasado. Si se quiere decir algo, hay que decirlo directamente.
Me pasa también. Hasta los 35 leí sobre todo novelas; de los 35 a los 40 solo a Berger, Proust, Kundera y Richard Ford; y de los 40 en adelante las he abandonado del todo por lo mismo que dice Tolstói: a este género se le nota mucho el andamio y ya soy vieja para las máscaras.

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NO ME interesa la amistad entre escritores, que es un mero sub-amor; pero me interesa mucho cuando la relación llega a ser una relación sexual sin sexo, la que se origina del rozamiento que un cerebro recibe de otro y de los celos que se generan de ese roce. En la historia de la literatura universal existen muchas relaciones sexuales sin sexo: me vienen a la cabeza la de Shelley con Keats, la de Scott Fitzgerald con Hemingway, la de Neruda con Vallejo o la de Gide con Proust, pero mi favorita es la de Virginia Woolf con Katherine Mansfield. Fijaos en cómo escribe Woolf sobre ella, años después de que Mansfield haya muerto:
Me viene a la cabeza el recuerdo de Katherine Mansfield –rodeado, como de costumbre, de unos pensamientos que deberían avergonzarme– si hubiera vivido, me digo, habría seguido escribiendo, y la gente habría visto que soy yo quien tiene más talento. Así es como pienso en ella, de forma intermitente, –ese extraño fantasma, con los ojos separados, y la boca tensa, arrastrándose por la habitación. Katherine y yo teníamos nuestra relación; y nunca volveré a tener una relación como esa.

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SE DICE en este reportaje de la BBC, dedicado a las últimas horas de Proust, que el escritor francés siempre dejaba la mano floja a la hora de apretar las manos. Preguntado por ello, respondió: "Si pongo más energía en mi apretón de manos, la gente pensará que siento una simpatía inexistente".


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ESTO QUE le dijo Anatole France a Julia Daudet, amiga de Proust, sobre todo la última frase, es algo que podríamos haber dicho todos sobre algunos mamotretos:
Las obras de Proust no me dicen nada. Él era agradable y ocurrente y poseía una aguda capacidad de observación pero, ¿qué se puede hacer? La vida es demasiado corta y Proust es demasiado largo.


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QUIZÁ PODRÍA meter también a Gide o a Proust o a Pessoa como ejemplos de identidades gaseosas, si bien obsérvese que los tres son la antítesis de lo masculino. En el momento en que te liberas de lo macho, el yo se vuelve mucho más flexible, ya no necesita repetirse, ¿pues qué es una identidad sólida, sino una repetición incesante? ¿Pensaría en esto Coleridge en su teoría del artista andrógino? Mientras el artista-hombre quiere liberarse de la carga del yo, la artista-mujer quiere acceder a él, pues la mujer ha sido a lo largo de la historia una persona-sin-yo, una persona que está supeditada al yo del hombre. Pero el acceso al yo solo es creativo si lo desmasculinizas y lo conviertes en multiyo ⇒si adelgazas o destruyes la ficción de la identidad.


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EL PROBLEMA a menudo es el propio cerebro, que es un impaciente que pierde el seso por el dinamismo, la solución o las generalizaciones. Decimos, por ejemplo: la edad es la actitud, uno es joven aunque tenga 80 años o viejo aunque tenga 15. Estas paradojas gustan al aforista, le hacen creer que es inteligente, pero la realidad suele ser más matizada y aburrida. Sucede que una persona, cuando va perdiendo o cree que su vida se ha detenido, siente que se ha hecho vieja; pero tres días después planea un viaje a Kenia y se siente de nuevo joven, casi quinceañera: la misma persona se siente a veces viejísima y a veces adolescente. La literatura funciona igual: los que venden libros escriben historias de buenos y malos, de pensamientos claros y no contradictorios, de historias con planteamiento, nudo y desenlace, pero la gran literatura (Proust, Virginia Woolf, Richard Ford) nos revela que dentro de la misma persona, según el minuto y la situación, se dan todos los matices, uno no tiene que ir a buscar a Stalin o Gandhi en una biografía porque todos llevamos a Stalin y a Gandhi dentro, cada uno con pesos diferentes. La gran literatura no concluye ni soluciona nada, deja todos los problemas abiertos, pero si llenamos nuestras obras de “sin embargos”, “aunques”, “quizás”, “por otra parte”, “en otro sentido”, “casi”, “a veces” “a menudo”, “ahora bien”, para reflejar la complejidad de la existencia, las obras pierden intensidad y el lector nos manda a hacer gárgaras. Pienso en Proust, por ejemplo: siendo este autor francés, en mi opinión, el mejor prosista de todos los tiempos, ¿cómo es que nunca me he leído más de treinta páginas seguidas de él? Pues con Proust llevo quince años que lo picoteo por aquí y por allá, abro sus mamotretos por cualquier parte y me limito a leer unas páginas. Esto me sucede, creo, porque mi cerebro, aunque es el cerebro de un lector consumado, le pide más dinamismo a Proust, como se lo pido a Virginia Woolf o a Richard Ford: la gran literatura está escrita contra la manía clasificadora/generalizadora de nuestras mentes, contra la animalidad de nuestro cerebro, contra el deseo de-que-pasen-cosas, es una invitación a que nos abramos a todas las confusiones y despaciosidades de nuestra existencia.


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ESO QUE dice Cioran, que solo se da vitalidad a una prosa si buscas la incorrección y te pones a cada paso al borde del solecismo, me parece un pensamiento muy agudo y una gran verdad. Pienso en la prosa de Nietzsche, en la de Proust, en la de Céline, en el monólogo interior de Joyce; pienso en Canetti y en Merini y sobre todo en la pentalogía autobiográfica de Bernhard, donde la frase se alarga y se repite de continuo, dentro de una anarquía aparente, solicitando del lector una respiración de búfalo y logrando unos efectos de intensidad excelentes, y me doy cuenta al fin de qué quería decir el Cortázar maduro cuando declaraba que su propósito era escribir cada día “más mal”.


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COMPRENDO A Flaubert cuando dice que la inspiración es enemiga jurada del escritor, al punto de que dejaba de escribir cuando se notaba inspirado. Lo comprendo en su caso. Lo que llamamos inspiración no es más que una corriente de calor que da a nuestros textos fuerza, intensidad y lirismo, una corriente muy beneficiosa para escritores de la cuerda de Esquilo, Shakespeare o Emily Brontë, pero que puede ser perjudicial para escritores como Flaubert, Proust o Virginia Woolf, más atentos al detalle y a la exactitud. Lo propio de la inspiración es que el texto tire de nosotros y rompa o supere nuestros planes primeros para llevarnos a una parte mejor e insospechada; el escritor gongomallarmeano, en cambio, aborrece la idea de entregar el timón a nadie o navegar bajo vientos que no pueda controlar.


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NO HAY más que leer los detalles que da Proust de su infancia supuestamente desgraciada para ponerse de inmediato a favor de su familia; no hay más que leer las cartas entre Schopenhauer y su madre para ponerse a favor de su madre; no hay más que leer los debilísimos argumentos que da Kafka en su Carta al padre para ponerse de inmediato a favor de su padre. Ando leyendo la biografía de Proust de William C. Carter y no puedo parar de reír ante las “tragedias” que sufría el autor francés: el pequeño Proust vivía dramáticamente una infancia que no fue dramática. ¡Qué banda de niños mimados es esta de los escritores, que siempre andan sufriendo naufragios sin haberse subido al barco!


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HASTA QUE no leí a los moralistas franceses no me di cuenta de la influencia que causaron en algunos de mis narradores franceses favoritos, como Lamartine, Hugo, Balzac, Stendhal o Proust, que son escritores que, a medida que te cuentan algo, te hacen reflexiones generales mirando al horizonte, y de cuyas obras se puede extraer multitud de aforismos o fragmentos. Por otra parte, no sé dónde leí que en las escuelas francesas, a los párvulos, se les hace aprender de memoria muchos aforismos de La Rochefoucauld, La Bruyére, Pascal o Chamfort, con lo que la cantera aforística está asegurada desde el útero. El aforismo es una de las bases de la literatura francesa por el número y calidad de sus practicantes y porque también influye en los escritores que no lo practican,  ya que les hace pensar en unidades de gran condensación y lujosa carrocería, igual que los grandes moralistas.