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Primera condición para que un historiador me guste es que esté contra la historia o tenga una mala opinión sobre quienes la hacen. Gibbon es de esa cuerda, me recuerda mucho a Tácito. En lo que llevo leído de su Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, apunto esto que dice sobre Trajano:
Trajano estaba ávido de prestigio, y mientras los hombres sigan vitoreando con mayor vehemencia a sus verdugos que a sus bienhechores, el afán de gloria militar será siempre el vicio de los ánimos más encumbrados.
Y más tarde sobre Antonino Pío:
Antonino Pío extendió concierto y sosiego sobre la mayor parte de la tierra, y su reinado sobresale por la peregrina excelencia de suministrar escasos materiales a la historia, que en verdad suele ser en gran medida el repertorio de las maldades, locuras y desdichas del género humano.

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VOY A por vosotros, os lo juro, como escritor os declaro mis enemigos, señores Teognis, Tácito, Maquiavelo, Hobbes, La Rochefoucauld, Swift, Schopenhauer, Chéjov, Léautaud, Cioran, Bernhard, Houellebecq. Escribir es un acto religioso y celebratorio: consiste en agradecer el milagro de estas manos que pulsan las teclas, estos ojos que leen lo concebido, este cerebro que tacha, esta piel que siente y corre y bailotea. Llevamos demasiado tiempo sembrando flores del mal y tomando por maestros a los cascarrabias y amargados de la literatura: viva Homero, viva Safo, viva Píndaro, viva Plutarco, viva Luciano, viva Khayyam, viva Montaigne, viva Shakespeare, viva Hugo, viva Whitman, viva Neruda, vivan los que elevan y sonríen y agradecen esta existencia, porque ellos son mis amigos y no los que la escupen y agreden y calumnian.


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DICE MONTAIGNE en sus Ensayos que se pasó veinte años sin leer más de una hora seguida hasta que se leyó de un tirón a Tácito. Esto me hace recordar lo que decía Gil de Biedma: “El lector de poesía suele leer como mucho 25 minutos al día, al menos yo nunca he leído más”.