VAYA ENMIENDA a la totalidad que le hacen a Onfray estos dos historiadores franceses, Elisabeth Roudinesco y Guillaume Mazeau, en una larga entrevista publicada en Le Grand Continent. Que Onfray no es un gran filósofo es obvio, y la prueba máxima es que ya tuviera publicados más de cien libros antes de cumplir los cincuenta años. Por otra parte, pertenece a ese género de filósofos que busca los argumentos con las conclusiones ya tomadas de antemano, como hacen tantos, y no tiene empacho en dar crédito a fuentes poco fiables (por ejemplo a Diógenes Laercio, que es la Radio Bemba de la antigüedad). Otro defecto que se ve a primera vista es que sus odios son más apasionados que sus amores: odia a Platón por encima de lo que ama a Epicuro; odia a Voltaire por encima de lo que ama a Meslier; odia a Kant por encima de lo que ama a Nietzsche (sí, por desgracia ama a Nietzsche); odia a Marx por encima de lo que ama a Bakunin o Stirner; odia a Sartre/Beauvoir por encima de lo que ama a Camus, etc. Sin embargo, Onfray es un profesor y divulgador excelente, un todólogo o superperiodista de la filosofía, ideal para personas como yo, que no queremos especializarnos en ese campo, además de un resentido social de primera magnitud, elemento este último que reconozco al segundo y me hace sentir simpatía por él. Por otra parte, su contrahistoria de la filosofía, donde privilegia las corrientes materialistas, hedonistas y utópicas frente a las trascendentales, rigoristas y autoritarias, me parece puro oro, un trabajo mayúsculo y a la contra que le garantiza desde ya un lugar en el futuro.
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Erasmo, Montaigne, Descartes, Pascal, Spinoza, Locke, Hume, Kant, Hobbes, Stuart Mill, Voltaire, Rousseau, Bergson, Beauvoir, Sartre...: casi no hay filósofo occidental de renombre que no estuviera alguna vez en el Índice de libros prohibidos de la iglesia católica, creado en 1564 y que conoció cuarenta ediciones hasta 1966, cuando el papa Pablo VI lo suprimió, según Onfray "porque en 1966 casi todos los libros que se publicaban hubieran sido incluidos en ese Índice". Sorprende aún más la calidad y cantidad de los prohibidos si se considera que este Índice solo se dirigía a las obras de aquellos autores "que podían suscitar dudas en los creyentes"; y en cambio nunca incluyó a autores que se significaron por sus posturas contra la Iglesia Católica, como Schopenhauer, Marx o Nietzsche, porque se daba por hecho que los creyentes ya sabían "ipso facto", sin necesidad de apercibimiento, que esos autores no se debían leer.
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RESCATA SAVATER en su Diccionario filosófico este fragmento póstumo de Nietzsche, donde el autor alemán canta la palinodia sobre sus libros pasados:
Recientemente, cuando intenté reconocer escritos míos antiguos que había olvidado, me espantó una característica común a todos: hablaban el lenguaje del fanatismo. Casi en todas partes donde se habla de quienes piensan de otro modo, qué manera más sanguinaria de injuriar y qué entusiasmo por la malignidad, signos característicos del fanatismo; signos odiosos, a causa de los cuales no hubiera soportado leer estos escritos si su autor me hubiera sido menos familiar. El fanatismo corrompe el carácter, el gusto y no en último lugar la salud; quien quiera restablecer las tres cosas debe resignarse a un largo período de curación…
No creo yo que el problema de Nietzsche fuera el fanatismo, sino lo que realmente dice en sus escritos. Igual fanatismo hay en Pablo de Tarso contra el hedonismo, en el Manifiesto comunista contra el capitalismo, en Sartre contra los escritores no engagées, en Valerie Solanas contra el machismo, y no pasa nada: entre las distintas formas de escritura que puede elegir un escritor, aceptamos que se utilice el libelo e incluso algunos como yo lo deseamos, porque es un género que simplifica para morder, que radicaliza la subjetividad para golpear más fuerte y llegar más adentro. Nietzsche utiliza la forma del libelo en sus últimos libros pero, repito, el problema no es la forma ni el tono ni la intensidad, que son maravillosos, sino el fondo: el helenista alemán dice en esos libros que los débiles deben ser aniquilados; que canallas del tamaño de Alejandro Magno, Julio César, César Borgia, Federico el Grande o Napoleón Bonaparte son los verdaderos benefactores de la humanidad, los que elevan la energía de los pueblos y “garantizan el futuro”; que la sociedad de castas de la India, donde la casta más baja, los chandalas, tenía prohibido beber más agua que la de los charcos, era el verdadero ejemplo de una sociedad sana y aristocrática; que la función de las mujeres debe ser la de servir de reposo para los guerreros; que las escritoras son un engendro andrógino producto de alteraciones hormonales; que no se debe dar educación ni derechos a los obreros, porque su destino es el de ser esclavos. Nietzsche dice, por último, que la mentira es lícita si eleva el ideal de vida, por lo que ya he dado el retrato perfecto de lo que fue este ¿filósofo?: un sofista, un machista, un belicista, un engendro, un auténtico hijodeputa. Que exista toda una tradición de izquierdas que haya tratado de recuperar a este miserable para el humanismo, algunos de cuyos últimos representantes son Fernando Savater (me refiero sobre todo al primer Savater) o Michel Onfray, es algo que no me explico, salvo que se hayan dejado fascinar por la inteligencia y el envoltorio nietzscheano, que reconozco que son de primer rango. ¿Nietzsche de izquierdas? Sí, y yo luchador de sumo.
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