CUÁNTO ECHO en falta en la literatura española el surgimiento de un Rüdiger Safranski que relate con amenidad y cultura lo que sucedió en las letras castellanas desde Garcilaso de la Vega a Calderón de la Barca. Esa etapa es entre los españoles la única de nivel europeo y me atrevo a decir mundial, la única en que sus creaciones pueden ser comparadas con lo mejor de lo que se hacía en otras partes. Se me objetará que ya existen muchos críticos célebres, por ejemplo Menéndez Pelayo, Menéndez Pidal o Dámaso Alonso, que estudiaron esa época al dedillo; pero yo me refiero a que quiero leer a un autor estrictamente enamorado de la literatura, que escriba sin pandereta en la mano ni bufanda rojigualda, sin despreciar a los genios de otras partes ni creerse obligado cada diez páginas a decirme “como se ve, los españoles fuimos los primeros en...”
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Y CONSTE que de la Generación del 27 me he leído, de los ocho llamados grandes (Lorca, Alberti, Cernuda, Salinas, Guillén, Gerardo Diego, Aleixandre, Dámaso Alonso), la obra poética enterita. Enterita. Y hoy me arrepiento, porque siendo poetas notables existen otros mucho mejores, y lo que más les reprocho es que, salvo excepciones (Poeta en Nueva York, Hijos de la ira, algunos poemas sueltos de Cernuda...), sales de sus libros igual que has entrado, son autores que parece que escribieran adrede poemas que no arden y libros que no muerden. ¡Cuántas veces me he preguntado, si no los impusieran en las escuelas como genios insuperados, qué sería de este grupo de poetas intocables!
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