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SOSTIENEN ALGUNOS sensibles profesionales que Don Quijote no estaba loco. Esta estupidez la leí por primer vez en Voltaire, más tarde en Papini y Unamuno, luego en Umbral y Saramago. Los escritores son coleccionistas de excepciones y grandes constructores de nuevos retablos de las maravillas: ellos no pueden decir lo que está al alcance de los ojos, porque decir lo obvio no presupone ninguna genialidad. No está loco, te dicen, solo quiere poner un poco de trueno y velocidad en una vida hasta entonces demasiado aburrida. Y yo, que he conocido en Madrid a varias personas que se hacen las locas y extraen beneficio de ello, veo que la diferencia es que Don Quijote no obtiene ningún beneficio. Y que por tanto es cierto que se volvió loco, como nos dice Cervantes desde el principio a los que no pretendemos ser más inteligentes que él. Porque, si no estuviera loco… ¿iba a dejarse apedrear por los galeotes, ser golpeado en las ventas, arrojado del caballo por los pastores, magullado por los molinos de viento, arañado por una bolsa de gatos, atropellado por una piara de cerdos, apaleado por los mercaderes, siendo herido en las orejas y en los hombros y en las costillas, y perdiendo muelas y dientes?


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TRISTE QUE Sartre y Camus rompieran su amistad por divergencias en sus opiniones políticas. Que Cabrera Infante, preguntado por la obra de Saramago, contestara que no había leído ni una línea porque el portugués era “castrista”. Que el propio Saramago, preguntado a su vez por la obra de Octavio Paz, respondiera que no la conocía porque discrepaba con las actitudes políticas del mexicano. Se supone que es precisamente entre los escritores donde debería brillar el valor de la tolerancia, pero la realidad demuestra lo contrario. Quizá el problema sea que la tolerancia, como el unicornio, es una fábula de imposible cumplimiento, pero es casi gracioso si no fuera además deplorable que sean los escritores los que más la prediquen y los que menos sean capaces de cumplirla. Sucede entonces que Borges, que está empezando a elogiar a Cortázar, de pronto se detiene y dice muy firme:

—Pero nunca podré ser su amigo porque Cortázar es comunista.