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DIJE QUE The Guardian era el mejor diario del mundo, pero algunas de sus publicaciones me hacen pensar que me precipité en el juicio. Por ejemplo esta, donde preguntan a algunos escritores sobre quién es mejor, si Shakespeare o Dickens.

Ya el modo disyuntiva, más típico de Quora o Reddit, no es aceptable en un diario serio, pero es que además la pregunta por fuerza la ha tenido que formular un sandio o un patriota, por decir dos sinónimos. ¿Dickens al nivel de Shakespeare, me estáis hablando en serio?

Está Shakespeare, luego un desierto enorme, después del desierto un océano, después del océano Siberia, y después de Siberia ya asoman tímidamente los demás (Dante, Cervantes, Dostoyevski, Proust, etc).

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STEPHEN VIZINCZEY plagiándome con cincuenta años de antelación en su artículo Por qué la literatura inglesa no basta
• • • La enseñanza de literatura inglesa en vez de literatura es a mi juicio la más nociva de todas las perversamente equivocadas prácticas docentes, porque roba a nuestra vida intelectual y artística una gran cantidad de sabiduría e inspiración. Es como si tuviéramos un sistema de educación musical que no enseñara música, sino sólo música inglesa, y no hubiera apenas en Inglaterra músicos o amantes de la música que hubiesen oído alguna vez una sola pieza de Mozart.

• • • La mayoría de los educadores no ha llegado todavía a comprender algo tan elemental como la universalidad de la gran literatura, o mejor dicho, no parecen conscientes de lo escasa que es. La preocupación exclusiva por los autores nativos se deriva, al menos en parte, de la creencia de que hay multitudes de escritores importantes en todos los rincones del mundo… un error debido a la incapacidad para distinguir entre los hábiles y los incomparablemente profundos.

• • • Existe, por supuesto, el argumento de que las virtudes de un escritor son inseparables de su lenguaje, lo cual suele ser efectivamente cierto en la poesía. Sin embargo, no es cierto para la prosa, ni siquiera para el drama escrito en verso. Para empezar, la parte más emocionante y más esclarecedora de cualquier novela es la historia; el escritor no describe cómo encajan las cosas en el mundo a través de las palabras, sino a través de la estructura, y los personajes no revelan su identidad más íntima a través de sus discursos, sino a través de sus actos.

• • • En cuanto al lenguaje en sí, yo diría que la literatura no trata del lenguaje, sino de la vida; no trata de los sonidos de las palabras, sino de su significado, y los escritores más importantes para todas las naciones son aquellos que representan a la humanidad del modo más significativo…, y por esto el mayor dramaturgo francés es Shakespeare en francés.

• • • Todo esto es un modo de sugerir que los más grandes novelistas ingleses y americanos del siglo XIX son Pushkin, Gógol, Dostoyevski, Tolstoi, Stendhal y Balzac en inglés.

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LA SACROSANTA veracidad, el cacareado temblor humano con que se escribe la obra, la necesidad sin la cual es en vano tomar el bolígrafo... estas son algunas de las grandes bobadas que repite cada poco tiempo cierta Intelligentsia de la literatura, tan enamorada de los hayques, que siguen perdurando como perduran los errores con algún relámpago de puntería.

Si fuera cierto que la verdad de la obra y la necesidad de escribirla es lo más importante, la luminaria del siglo XX sería Aleksandr Solzhenitsyn. Nadie escribió con tanta verdad y urgencia por contar la injusticia como este autor soviético, nadie untó su pluma en la tinta de tanta carne y hueso, ni llenó tantas páginas de testimonios de la vida real más cruda. El problema, ay, es que los mamotretos de Solzhenitsyn son infumables, porque se trata de un literato pésimo, con una nota muy alta como persona pero bastante peor como artista, la viva demostración de que con esos mimbres, si no vienen acompañados de otros, tampoco te garantizas la Eneida.

Con ingredientes similares o un poco más cocinados, sin embargo, Dostoyevski y Céline construyen su gloria, como lo hacen en menor o mayor medida Hemingway, Kerouac, Bukowski, el 90% de los poetas laureados o todas las cimas de la literatura confesional. En Neruda se ve muy bien cómo consigue poemas extraordinarios cuando escribe sobre conflictos políticos que le afectan, en los que incluso se le han muerto amigos, y con qué cantidad de poemas mediocres nos abruma cada vez que escribe de política con telescopio, sobre conflictos en los que ni sufre ni arde.

Yo no niego la parte de acierto de los que abogan por “ser sinceros”; lo que digo es que es solo una parte, y no la imprescindible. Podría poner el caso contrario: el de un libro, La casa de los espíritus, de Isabel Allende, que es una obra maestra mientras parece fábula, mientras parece que está novelada, y se malogra al final cuando la autora siente que debe darnos un discurso político contando su verdad y necesidad de contarla. Cuántos autores, hablo de Galdós, de Zola, de Hugo, de Gogol, de Gorki, de Beauvoir, de Bernanos, de Chesterton, de Steinbeck, de Brecht, introducen sus opiniones o sus partes de verdad en sus fábulas, y resulta que encuentras más verdad en sus mentiras que en su pretendida verdad, que no viene a cuento y que es la parte desechable de su obra. En literatura es lícito incluso el consejo contrario, el que nos dieron Flaubert, Bécquer o Mallarmé: el de que no confiáramos en el fácil arrebato de la inspiración, el de que no escribiéramos en el arrebato del momento, el de que dejáramos pasar un tiempo nuestras simas emocionales para verlas con mayor perspectiva.

La cantidad de literatura que se ha creado desde presupuestos distintos y hasta opuestos es infinita. ¿Creéis que Cervantes escribió el Quijote por una necesidad de revelar una verdad al mundo, o que así se escribieron Tristram Shandy, las Mil y una noches, el Barón de Munchausen o Cien años de soledad? Más bien pienso que a Cervantes se le ocurrió una gamberrada y a partir de ahí, llevado por su talento superior y por el mero placer de jugar, fue pariendo esa obra maestra que se nota escrita sin urgencia ni responsabilidad.

No sé cuál es la razón por la que unos escritores se crecen en la verdad sentida de la biografía y otros son mejores en la que surge de la imaginación; entiendo que habrá motivos ambientales y genéticos, además de los puramente elegidos; lo que constato es que los caminos que llevan a la gran literatura son múltiples.

La guerrilla literaria no se distingue demasiado de la del fútbol. Algunos entrenadores abogan por el fútbol ofensivo a todo trance (Cruyff, Menotti, Guardiola); otros abogan por garantizar la defensa pase lo que pase (Trapattoni, Bilardo, Mourinho), pero el entrenador que yo defiendo, el que creo que atina más veces, es el que no se entrega a fórmulas cerradas y juega dependiendo de la calidad de sus futbolistas, del rival que le toque en suerte y de la posición que ocupe en la tabla clasificatoria (Ferguson, Ancelotti, Luis Aragonés).

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DICE ESTA noticia de la Cadena Ser (AQUÍ) que ChatGPT ya ha creado una IA que escribe mejor que el 99% de la gente (mejor que una, por tanto). Pero eso ya se veía venir. El escritor más grande de todos, Shakespeare, se pasa toda su obra haciéndose líricamente el ingenioso, hasta sus personajes más sencillos resulta que son ingeniosos y líricos, se nota a leguas que en sus obras existe una mano uniforme que mece la cuna. El novelista más grande de todos, Dostoyevski, parece que ha creado muchos personajes impresionantes, pero poco a poco te das cuenta de que son el mismo, de que siempre crea personajes desquiciados, entre lo angelical y lo satánico, que son una prolongación del propio Dostoyevski, que está detrás y no puede salir de sí mismo. Y qué decir del sublime sin interrupción Oscar Wilde: hasta sus contemporáneos le reprochaban escribir “con la maquinita de La Rochefoucauld”, la misma maquinita de todos los aforistas occidentales, que consiste en dar la vuelta mecánicamente a los conceptos comunes, con vistas a producir aforismos supuestamente insólitos que, después de trescientos en serie, suenan ya tan trillados como los anteriores.

Escucho que se dice: “Es una vergüenza que los robots de IA nos copien a los humanos”. Mentira. Nunca hemos sido solo humanos, sino robots también. A ver por qué me voy a quedar yo aquí, viviendo sola con mis dos gatos, si los humanos sois tan complejos como decís. Las IAs copiando a humanos son simples robots que copian a otros robots, y, como se está demostrando, a los robots IA les ha costado bien poco volverse mejores que los robots humanos.

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LO QUE le hubiera gustado a Nietzsche esa estadística que he leído hace poco según la cual los ricos se saltan los semáforos en rojo en mayor proporción que los pobres. Pues eso es más o menos lo que decía él: sostenía que la ética es un invento de los débiles contra las personas más fuertes. Le gustaba recordar que Dostoyevski, cuando estaba en Siberia y conoció a tantos delincuentes y condenados, se quedó muy sorprendido porque "esperaba encontrarme con personas perdidas, pero me encontré con lo más fuerte y robusto de la juventud rusa".

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SUPONGO QUE estaréis al tanto de la noticia de la universidad Bicocca de Milán, que decidió suspender un curso sobre Dostoyevski a causa de la invasión rusa de Ucrania y luego ha rectificado. Este tipo de comportamientos estúpidos, sin embargo, no son tan excepcionales: Stefan Zweig cuenta en sus memorias El mundo de ayer cómo, al comenzar la Primera Guerra Mundial, se libró una lucha cultural entre naciones:
Shakespeare fue proscrito de los escenarios alemanes; Mozart y Wagner, de las salas de conciertos franceses e ingleses; los profesores alemanes explicaban que Dante era germánico; los franceses, que Beethoven era belga; sin escrúpulos requisaban los bienes culturales de los países enemigos, del mismo modo que los cereales y los minerales.


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EL PASO del tiempo perjudica al héroe deportivo y favorece en cambio al escritor. La verdadera razón de que Michael Jordan fuera elegido en casi todos los rankings como el mejor deportista del siglo XX es que Jordan logró sus grandes triunfos en la década de los noventa, el más reciente en 1998, donde alcanzó su apoteosis en aquel último minuto que jugó ante los Utah Jazz, por lo que sus hazañas estaban fresquísimas comparadas con las ya muy lejanas de Muhammad Ali, Jesse Owens, Mark Spitz, Pelé, Eddy Merckx, Giacomo Agostini, Babe Ruth, Larisa Latýnina, Margaret Court, Paavo Nurmi o Nadia Comaneci. En literatura, en cambio, la gloria de los escritores del primer tercio de siglo, como Proust, Kafka, Rilke, T.S. Eliot, Joyce y Woolf, no ha dejado de aumentar década a década y se tiende a decir que, después de Faulkner, "en literatura no se ha hecho nada", idea que habría que coger con pinzas porque es el más formidable de los tópicos. Casi todas la épocas contemporáneas, en las letras, se suelen ver a sí mismas como épocas de decadencia y, para saber si esa sensación no es un espejismo, se debe esperar al menos 50 años para que se disuelvan los intereses creados y se puedan leer las obras producidas con un poco de perspectiva. En la Francia de Flaubert, Maupassant, Verlaine, Rimbaud y Mallarmé se decía que la literatura francesa había entrado en decadencia con respecto a la época de Lamartine, Balzac, Stendhal y Hugo; a su vez, Dostoyevski escribe en su Diario del escritor que los críticos rusos tenían la misma idea negativa de la literatura rusa producida en su época... ¡cuando coincidían Turguéniev, Tolstói, Chéjov o el propio Dostoyevski durante esa época, la que décadas después sería considerada la "edad de oro" de la literatura rusa!


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NOS GUSTA hablar del genio y del mediocre como dos criaturas que se excluyen, como si Mozart fuera siempre Mozart y Salieri nunca consiguiera despegar de Salieri, pero bastaría con darse cuenta de que el mismo autor que escribió Macbeth escribió también la prescindible La vida y la muerte del rey Juan; el mismo que escribió el Quijote escribió también el pesado Viaje del Parnaso; el mismo que escribió Residencia en la tierra escribió también el incalificable Invitación al Nixonicidio, para concluir que el escritor frutece a veces espléndido y otras muy limitado, con Mozart y Salieri conviviendo a la vez en cada uno de ellos, incluso en los más grandes, y que ser “sublime sin interrupción” es solo una boutade con la que Baudelaire quiso formular un deseo imposible. Belinski a Ánnekov: “¿Has leído el relato La dueña, de Dostoyevski? ¡Un disparate espantoso! ¡Y nosotros que pensábamos que era un genio! ¡Cómo pudimos dejarnos embaucar!”.


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ESCRIBE CIORAN en sus Cuadernos:
Ayer, en el hospital, esperé mi turno durante dos largas horas. Dos ancianas parloteaban a mi lado. Esas inmundas charlatanas quieren también vivir, se empeñan en durar, cuando, en realidad, su existencia no es indispensable y carece del menor sentido. Resulta increíble que Raskolnikov, después de cometer su saludable acto, se vea enredado, no en el remordimiento, sino en cierto malestar y confusión.
A esto es lo que llamo escritor de fogueo, escritor que se emborracha con la pluma y se pone a decir salvajadas (pues salvajada o algo peor es quien frivoliza con asesinar a una persona, a cualquier persona) con el fin de dárselas de terrible o maldito o blablabla. Las burradas de Cioran a veces me divierten y a veces las paso por alto, pero hoy no me da la gana. Otro tanto me sucede con escritores como Rimbaud, Nietzsche o Bukowski, verdaderos samurais de la pluma que nunca dieron un problema a nadie fuera del papel. En el caso de Cioran hablamos de un joven fascista, simpatizante de la Guardia de Hierro rumana, que en su primera entrevista en París declaró: “Hitler es el único político que me interesa”. Cuando llegó el mayo del 68 cargó contra los estudiantes: “Por culpa de ellos me cerraron el comedor de la Sorbona, donde se comía muy barato”. Se pasó cincuenta años y treinta libros diciendo que la única salida digna era el suicidio, pero murió a los 84 de enfermedad natural y lleno de fama y seguidores, pues hubo miles de sandios que se tomaron en serio su pose de transgresor. Ese era Cioran.

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SOY TRAIDOR a Francisco Umbral. Sí. Porque fue uno de mis escritores de teta y después de Victor Hugo una de mis mayores fuentes inspiradoras: de los 126 libros que escribió, me habré leído unos sesenta o setenta, algunos varias veces, como Las palabras de la tribu, Mortal y rosa o Un ser de lejanías. Pero se me ha caído y hoy es el día en que le acuso de ser la influencia que más me ha perjudicado. Todo el cogollo de Umbral consiste en escribir bonito, en elegir Dachau en vez de Auschwitz para nombrar un campo de concentración, o en decir “Hombre de Orce” en vez de Neandertal para designar a los primeros homínidos, es un escritor que siempre anda buscando con linterna la palabra bonita sobre la palabra fea, es como un Dalí de la prosa que como Dalí te fascina hasta que te preguntas: ¿por qué Dalí/Umbral están atrapados en el concepto más académico de lo bonito, de la prosa/cuadro perfectamente acabados, de la transgresión-que-se-mira-al-espejo, por qué esa vanidad de mostrarnos lo bien que pintan/escriben, por qué no se atreven a ser feos y tremendos como Picasso o Céline, como Goya o Dostoyevski, por qué no se cansan de fabricar carrocerías y se atreven a captar el DENTRO a veces arrítmico y horrible de la vida? El propio Umbral confiesa que, cuando leyó en Galdós que Tristana tenía “una boquirrita”, arrojó el libro al suelo: ¡así que abandona el libro porque aparece una palabra fea de las que no pertenecen a la nobleza, qué ejemplo más claro de lo poco que llegó a entender de los verdaderos retos de la novela!


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Que Galdós fuera un garbancero, como dice Valle-Inclán, o Dostoyevski un chapuzas, como le acusa Nabokov, o que a Cervantes le fallara el estilo, como señala Lugones, o que Balzac no supiera escribir, como aseguró Flaubert, son el tipo de críticas que siempre lanzan los estilistas, que parecen olvidar que la novela tiene unas exigencias distintas a la poesía y que el empeño de fabricar un Garcilaso en prosa suele producir frankensteins. La poesía se escribe con palabras y la novela a través de ellas; en la poesía cada fonema o sílaba tienen importancia y en cambio la novela se construye con ladrillos más grandes: acusar a un novelista por los garbanzos de la prosodia o la sintaxis de sus oraciones es no entender en absoluto los retos del género. Cada frase, en la novela, es un mero átomo que está supeditado al párrafo, que a su vez está supeditado al capítulo, que a su vez está supeditado al libro: el ritmo novelístico es un ritmo del largo plazo. Es un ritmo también de la estructura: la eufonía de los grandes novelistas se basa en la peripecia narrativa, en la cadencia que marcan los actos de los personajes a lo largo de las páginas. No niego que se pueda ser un gran prosista siguiendo criterios cercanos a la poesía (pienso ahora en Gómez de la Serna, en Gabriel Miró, en Aldecoa o en Umbral), pero difícilmente se podrá ser un gran novelista, y en cambio todo gran novelista es a la vez un buen prosista en el sentido de que practica la prosa de la eficacia. Por eso los novelistas acusados arriba, todos extraordinarios, no lo fueron a pesar de sus garbanzos, sino gracias a ellos.


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CADA VEZ siento más impaciencia con los autores que en sus obras admiten elementos asociados con el folclore o el etnocentrismo, sean Homero, Virgilio, Balzac, Whitman o Dostoyevski, y simpatía por autores que apenas los admiten, Catulo, Vilariño, Woolf, Kafka, Cernuda, Breton.