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TAMPOCO NIETZSCHE se leía los libros hasta el final, al igual que Valéry, Borges o Samuel Johnson. Se limitaba a picotear los libros buscando frases redondas, en las que se detenía hasta memorizarlas, o al menos eso es lo que le dijo a Ida, la esposa de su amigo Overbeck.

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QUÉ DIFERENCIA entre la traducción que hace Google Translate desde el inglés y la que hace desde el francés. Hace unas semanas me bajé del Proyecto Gutenberg los diarios de Amiel y de los hermanos Goncourt. Los dos se escribieron en francés, pero como la versión de Amiel del Proyecto Gutenberg viene en inglés, Google Translate me lo traduce de maravilla. El de los Goncourt, sin embargo, como viene en lengua original, la traducción que recibo es español a lo Tarzán. Con mucho fastidio pienso en Paul Valéry, que dijo una vez que el inglés es un idioma tan sencillo que se puede aprender en un año, pero que el francés no se aprende bien ni en mil.

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...HASTA A las malas traducciones les debemos a veces agradecimiento. Harold Bloom acusa a Baudelaire, Mallarmé y Valéry de leer a Poe en malas traducciones francesas y “encontrar en él cosas que no existen”: ¿y qué importancia tiene, si encontraron algo distinto? También es famoso que en el capricho número 43 de Goya, el titulado “El sueño de la razón produce monstruos”, el propio pintor dejó un comentario manuscrito, donde matizaba que se refería al daño que puede hacer la fantasía cuando la razón está dormida, pero como los ingleses tradujeron la frase como “The dream of reason produces monsters» en lugar de “The sleep of reason produces monsters”, se ha convertido a Goya en un adelantado denunciador de los gulags o los campos de concentración. Y recuerdo, por reunir una tríada de ejemplos, que hace unos quince años, al asistir a una conferencia de Ricardo Piglia en La Casa Encendida, este autor nos dijo que Roberto Arlt se había convertido en luminaria de la literatura argentina gracias a que se había atiborrado a leer malas traducciones, pues no tenía dinero para comprarse las buenas. Al llegar el turno de preguntas, le pedí que ahondara en esa paradoja y me dijo:

—Gracias a la lectura de esas malas traducciones, Arlt comenzó a escribir mal, esto es, comenzó a romper la sintaxis, a hacer mal los párrafos... hasta que llegó a hacerlos bien, claro, pero gracias a ese punto de partida consiguió una prosa totalmente singular que rompió con la tradicional, por ejemplo la de Mallea.

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DESCUBRO LEYENDO los Cuadernos de Valéry que este autor ya andaba plagiándome (uno más) con cien años de antelación. Eso que dice de Victor Hugo, que se hizo con el centro de la literatura francesa con tal mano de hierro que obligó a los demás a escribir a la contra o al costado, en función de lo que hacía Hugo, es lo que he sostenido yo siempre acerca de Lope de Vega, que reinó de tal forma durante el Renacimiento y el Barroco español que obligó a los cuatro monstruos que orbitaban alrededor, Cervantes, Quevedo, Góngora y Calderón, a buscar los resquicios que dejaba libres el autor de Fuenteovejuna. Como no podían competir con la poesía transparente del Fénix de los ingenios, Góngora y Quevedo se lanzaron a la aventura lingüística desaforada; como no podía competir con la gracia y la fantasía del teatro lopesco, Calderón se esmeró en la composición, la pertinencia y la filosofía. En cuanto a Cervantes, derrotado en el teatro y en el verso por el inacabable torrente lopesco, encontró en la novela el anhelado territorio ignoto.

—¿Sigues sosteniendo, Vanessa, que la mitad del Quijote se debe a Lope, como sostenías a gritos en tus tiempos del bebercio?
—Tanto que la mitad no, pero lo que hizo Cervantes es lo mismo que hacían algunos rivales de Michael Phelps, que se apuntaban solo a las pruebas de natación donde Phelps no participaba. Por más que la españolería diga que Cervantes era un hombre bueno y tolerante, yo le encuentro envidia y resentimiento por todas partes, y la principal prueba es la cantidad de pullas ofensivas que hay en el Quijote contra Lope de Vega.

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IBA POR la calle Princesa y me encuentro con la siguiente placa: “Aquí vivió Emilio Carrere, que dedicó a Madrid gran parte de su obra”. Al punto me he echado a reír, porque mi ego me ha imaginado enseguida la placa contraria, “Aquí vivió la poeta maricrónica, que escribió contra Madrid todos los días”, placa del todo imposible no solo por mi tamaño de pezqueñina, sino porque el terruño solo festeja a quien lo festeja.

Quieren a los escritores arrodillados ante el nosotrismo. En Madrid existe una ruta de las letras para turistas que consta únicamente de autores folclóricos; falta por hacer un itinerario con todos los autores extranjeros que vivieron o pasaron alguna vez por esta ciudad, que son muchos (además de infinidad de panhispánicos, me vienen enseguida Hugo, Gautier, Pound, Rilke, Valéry, Aragon, Hemingway, Malraux, Cocteau).

Hasta diez ciudades griegas compitieron entre ellas por demostrar que Homero había nacido en su seno, por lo que llueve sobre mojado. A veces nace un escritor tan grande (Cervantes, Borges, Pessoa, Dostoyevski...), que consigue librarse de la prisión onfaloscópica, pero tampoco te creas: cuando eso sucede el nosotrismo contraataca, nombra al autor “biblia nacional” y condena a los pobres escolares a hacer el “análisis morfosintáctico” de sus obras :)


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SOSPECHO QUE la literatura francesa tomó cuerpo en los salones y aledaños de la corte versallesca, esto es, en la intriga, en la murmuración, en la media verdad. Aprisionados en un ouroboros donde la menor frase inoportuna podía costar la posición social, aprendieron a ir de costado, a perfilarse, a ser dobles y triples y cuádruples: Tartufo tenía que nacer en Francia. Una de las obsesiones que más me sorprenden de esta literatura con respecto a las demás es la de “el buen gusto”, la medida, el bajo contraste, la eufonía: esa es la razón de que Gide o Valéry no le perdonaran a Victor Hugo el haber existido, porque Hugo es un autor muscular que solo tiene órganos para lo grande y aparatoso, Hugo es el mal gusto clavado en el culo de la literatura francesa, que es una literatura de las élites y para las élites. Los escritores de ese país se fueron formando en las suavidades del estilo, la etiqueta, la cortesía y de la musique avant toute chose. Mientras los demás escritores caminaban, ellos empezaron a patinar; mientras los demás golpeaban, ellos comenzaron a acariciar; mientras los demás decían, ellos empezaron a sugerir: así se forjó la mejor literatura de Occidente.

—¿Mejor que la griega?
—Mejor.
—¿Mejor que la romana?
—Mejor.
—¿Mejor que la inglesa?
—Mejor.


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ESCRIBE ORTEGA y Gasset en El intelectual y el otro, artículo publicado en 1940:
De aquí la situación tragicómica del pobre Paul Valéry, último mandarín de las letras francesas, ni que decir tiene, auténtico Intelectual, pero corto de resuello, nada popular, manierista, con un exiguo caudal de cosas que decir y, como toda mente pobre, obligado para ser a retorcerse. De este hombre, que hubiera sido un excelente colaborador de una revista más o menos regional, se hizo, por fulminación, el Poeta de Francia. Y desde entonces ha tenido que vivir el egregio bonhomme galopando jadeante tras de su propia justificación.
Llamar a Valéry "mente pobre", decir que "hubiera sido un excelente colaborador de una revista regional", qué osadías. Pero disculpo en parte a Ortega porque no conoció los Cahiers de Valéry, que se publicaron de forma póstuma, y que demuestran que el poeta francés era un todólogo y filósofo de primera ("el filósofo francés más grande del siglo", llegó a decir Octavio Paz) y su mente no pobre sino una de las más ricas de la modernidad.


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SI HAY quienes se quejan de la ortografía de Juan Ramón Jiménez, que dirán de la de Salvador Dalí, que escribe así una carta a Lorca en 1928:
Acabo de leer poesías (?) de Pol Valeri i el libro sobre este puerco que a hecho Paul Suday. Paul Valeri presenta todos los signos de la peor clase de putrefacción –su intelectualismo es de lo más aburrido que cabe– tenemos que prescindir en absoluto de esa gentuza –un Gide sobre todo Si le grain moeur [sic], puede tener la intensidad de una cosa personal absurda, biografismo nada más, incapaz pero ni tan solo de interesarnos, Gide es otro latazo; su vida no nos importa una mierda y en el fondo es la misma que la de una cupletista y en canvio no nos da nada capaz de emocionarnos sanamente –en fin Merde!


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EN UNO de sus cruceros por las islas griegas, Josep Pla comenzó a sentirse mal. El médico del barco temió por su vida, pero Pla le dijo:

—No es nada. Es que me he pasado la tarde leyendo a Valéry, y eso no hay quien lo resista. Pero ya se me pasa.

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ESO QUE dice Valéry, que el primer verso te lo da Dios… ¡anda que no tiene Dios pequeño trabajo que andar dándonos un verso a los millones de poetas que andamos hoy por el mundo! Más bien creo que Valéry quiso decir que el primer verso prefigura todo el poema, es el que decide si va a ser bueno o malo, con lo que concuerdo, y por ahí tengo escrito que los tres primeros versos son el 90% del poema: ellos son los que proponen el ritmo, el contorno, la simetría/asimetría y hasta prenuncian el colofón, el poeta se lo juega todo en los tres primeros versos.

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DIFERENCIO ENTRE aforistas y fragmentistas: el aforista escribe un solo pensamiento-relámpago de cinco líneas como mucho, mientras que el fragmentista no dispara sino que desarrolla ideas que superan muchas veces las diez líneas y pueden sobrepasar el folio. La división es un poco arbitraria pero a mí me sirve porque existen aforistas tenidos por tales, como Nietzsche, Confucio, Leopardi, Adorno, Schopenhauer, La Bruyére o Marco Aurelio, que no me parecen muy buenos aforistas y en cambio son grandes fragmentistas, igual que existen otros que son grandes aforistas y fragmentistas a la vez, como Cioran, Canetti, Gracián, Séneca, Chamfort o Valéry, y en cambio otros que son especialistas en el aforismo entendido tal como yo lo entiendo, como una detonación que no se prolonga, como Publilio Siro, La Rochefoucauld, Porchia, Lec o Gómez Dávila.

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ESCRIBE VALÉRY: "La lectura de periódicos nos lleva a leerlo todo como periódicos". Tiene razón: yo leo demasiados diarios y luego me arrepiento, porque el lenguaje periodístico es en la mayoría de los casos un infralenguaje que daña al que trata de hacer literatura, al que se le pegan tópicos y manejos narrativos de muy baja calidad. Lo mejor de los diarios son los reportajes que publican los domingos, que suelen estar escritos por las mejores plumas; pero el resto de la semana bastaría con leer la sección de opinión, y solo en el caso de que los columnistas sean de calidad. Por eso el diario que más me ha gustado de siempre fue El Mundo (quién lo ha visto y quién lo ve) de los primeros cuatro o cinco años de Pedro J. Ramírez, entre 1989 y 1993, cuando contaba con grandes articulistas como Umbral, Trevijano, Del Pozo, Ortiz, Albiac, Rigalt, Mendicutti, Gala, Sánchez Dragó, Arrabal, Prieto, Jiménez Losantos, Aberasturi o Boyero. Tenía yo entonces entre quince y veinte años y leerlos fue como iniciarme en la literatura o ensayo del aquí y ahora, en forma de pequeños buenos textos escritos por autores que tenían muy buena cabeza, en algunos casos, o muy buena pluma, en otros.


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REFIERE BOSWELL en su Vida de Samuel Johnson las palabras de Pope sobre la traducción al latín que de su Mesías había hecho un jovencísimo Johnson: "El autor de este poema dejará un interrogante para la posteridad, a saber, si es el suyo o el mío el original". En la misma línea que Goethe, quien prefería su Fausto en la versión francesa de Gerard de Nerval, o que Valéry, a quien le gustaba más El cementerio marino en la traducción al español que hizo Jorge Guillén. 

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LA FAMOSA frase de Valéry repetida por Auden, la de “es poeta aquel cuya imaginación es estimulada por las dificultades inherentes a su arte y no aquel cuya imaginación es entorpecida por ellas”, es una frase profundamente reaccionaria, porque desde el romanticismo y sobre todo desde las vanguardias, las dificultades inherentes a tu arte las pones tú, te las inventas tú, y por tanto ya no son inherentes sino puntuales, movedizas, sujetas a muchas variaciones. La modernidad acabó con los sistemas métricos para todos y las cajas de herramientas universales: el poeta actual es un raro leñador que se fabrica sus propias hachas y se busca sus propios árboles, no siempre con intención de talarlos.