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HASTA QUÉ punto vinculo tantas cosas con el deporte, que estaba leyendo el final del Fabio Máximo, donde Plutarco nos refiere el comportamiento de aquel general romano, famoso por su prudencia, ante los primeros éxitos del joven Escipión el Africano, al que puso todas las zancadillas posibles por miedo a que el nuevo cachorro opacara su gloria, y lo he relacionado al instante con el comportamiento que Maradona tuvo con Messi, al que elogiaba a regañadientes, con muchos peros, muy nervioso de que le pudiera quitar el cariño de los argentinos. El final es igual de parecido: Fabio Máximo murió un año antes de la batalla de Zama, en la que Escipión el Africano se consagró ante Aníbal, y Maradona murió en 2020, justo antes de que Messi ganara la Copa América en Brasil y el Mundial en Quatar. Los dos tuvieron la suerte de fallecer un poco antes de la apoteosis de sus sucesores, con los que en vida no fueron muy generosos.

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HAY DE todo en los dos bloques ilusorios, pero la mayoría de los textos que ha producido Oriente son herbívoros y la mayoría de los occidentales son carnívoros. Oriente está obsesionada por eliminar o controlar el ego y ha llegado a la suprema inteligencia de considerar a la existencia como una ilusión; los occidentales, mucho más necios, todavía creen que existen y que cosechar victorias es demostrar esa existencia. De ahí que los occidentales ganen sus guerras contra Oriente: no hace falta explicar por qué lectores de Lao-Tsé tienen que sucumbir en las armas ante lectores de Plutarco.

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EL ALCIBÍADES de Plutarco era guapo, engreído, desleal, elocuente y manipulador, una mezcla de Brad Pitt, Cristiano Ronaldo, Guy Fawkes, Winston Churchill y Grigori Rasputín.

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PLUTARCO SABE que Alcibíades pagó 70 minas por su famoso perro, aquel al que le cortó su espléndida cola para dar de comer al cotilleo ateniense, que así se mantenía alejado de "los asuntos importantes". Está escribiendo 500 años después de los hechos, en una época en que no existía la imprenta ni el periodismo ni Internet, y es capaz de tales detalles puntillistas.

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EL PRINCIPAL problema que tengo con Montaigne es que existe otro autor que se le parece mucho, Plutarco, que es en casi todos los predios mucho mejor: más sabio, más amplio, con más lecturas, con más talento para elegir la anécdota que tiene hueso (a Montaigne le vale cualquier anécdota, es como Laercio o Suetonio). Lo único donde el francés le aventaja es en la confesión autobiográfica, que el de Queronea no practicaba, o en su escepticismo, en esa manera que tiene de manosear todas las respuestas sin decidirse por ninguna, que le ha convertido en uno de los fundadores de la modernidad. Sin embargo, ya he dicho muchas veces que al escepticismo de Montaigne tenemos que acudir con mucha precaución, porque Jan Hus fue quemado en Constanza en 1415, Miguel Servet en Ginebra en 1553, Giordano Bruno en Roma en 1600 o Lucio Vanini en Toulouse en 1619. En la famosa frase “En la duda, abstente” podemos leer entre líneas “Ante la Inquisición, abstente”. El propio comportamiento de Montaigne al desatarse la peste en Burdeos, cuando huyó sin dejar una sola nota ¡siendo él su alcalde!, y no contestó a ninguna de las cartas de su corporación municipal, que le rogaba que regresara, por lo que finalmente fue destituido de su cargo, me hace pensar que era un hombre que usaba el escepticismo para esconder su cobardía.

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ESTO QUE cuenta Plutarco me parece de una gran agudeza: Licurgo no quería que los espartanos lucharan muchas veces contra el mismo enemigo, porque temía que quedaran al descubierto los trucos guerreros de su ejército. Se dice que del no seguimiento de este consejo por parte de Agesilao, que realizó numerosas incursiones en territorio tebano, los tebanos empezaron a imitar las tácticas de los espartanos hasta vencerlos finalmente. Tampoco a Napoleón le gustaba repetir batalla contra el mismo ejército "porque aprendían".

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DICE PLUTARCO que a Licurgo no le gustaba que los espartanos dejaran sus fronteras. Las razones que aducía son el evangelio del nosotrismo:
No le agradó, por tanto, que cualquiera saliese de viaje o anduviese por otras tierras, para que no trajeran costumbres extranjeras, usos de gente indisciplinada y diferencia de ideas sobre gobierno; y aun dispuso que se mandara salir a los extranjeros que sin objeto útil se fuesen introduciendo en la ciudad; no, como cree Tucídides, por miedo de que se hiciesen imitadores de su gobierno, y de que aprendiesen algo conducente a la virtud, sino antes para que no fuesen maestros de algún vicio. Porque con los cuerpos forasteros precisamente se han de introducir voces extranjeras; las voces nuevas llevan consigo nuevos pensamientos, de los que es preciso se originen muchos afectos y deseos discordes, que no guarden consonancia, como si fuese una armonía, con el gobierno establecido.

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EL ÚNICO progreso en la literatura que me parece cierto es el derivado de la técnica y de la acumulación memorística de literaturas: en ese sentido, nuestra época es la primera de la historia en que todas las corrientes artísticas del mundo y todas las innovaciones, gracias a las nuevas tecnologías de transmisión del conocimiento, llegan a cualquier parte del planeta enseguida, de forma que conocemos rápidamente (si queremos), vivamos en el punto del mapa donde vivamos, qué es el fluir de la conciencia, qué es el narrador personaje, qué es el verso libre, qué es la escritura automática, recursos todos ellos que Dante o Cervantes desconocían. El escritor que se pone a escribir en 2025 tiene a la vista un almacén de recursos y ars poeticas como no se han conocido en otro momento de la humanidad, lo que hace que los autores del siglo XXI sean en general más variados en técnicas y estilos que los escritores del pasado, que siguieron horacios o boileaus mucho más rígidos. Sin embargo, si nos ponemos a practicar algún género con las mismas premisas que se practicó en el pasado, el progreso no lo encuentro por ningún lado: ¿se han escrito alguna vez en español sonetos mejores que los de Lope, Quevedo y Góngora? ¿Alguien ha superado los ensayos de Montaigne? ¿Los cuentos de Bocaccio? ¿Las biografías de Plutarco? ¿El Quijote?

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EN SU Coriolano, Plutarco se acuerda dos veces de una frase de Platón, según la cual la arrogancia es compañera de la soledad. No solo la arrogancia: la soledad también trae miedo, ambición, independencia, ego, extravagancia, obstinación, disciplina, orgullo, abstracción, profundidad, amplitud, ensoñación, singularidad, enfoque.

Muchas cosas buenas y malas vienen con la soledad, a veces contradictorias, pero no vienen sueltas sino pegadas entre ellas, y sospecho que sin las malas tampoco vendrían las buenas.

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AYER DISCUTIENDO de historia con un profesor de historia, yo es que me atrevo con todo. El tipo hablaba del agravio comparativo que sufre Jesucristo, al que le pedimos una hilera de “pruebas” de su existencia que no pedimos a otras figuras del pasado. Hasta ahí nada que objetar: el profesor tenía razón. Para mí es claro que existió, aunque entiendo que tampoco se debe dar demasiada cancha a los “mitistas”, llamados así porque dicen que Jesús fue un mito, por la razón de que su teoría jamás ha disfrutado del mínimo seguimiento académico. Pero a continuación el profesor de historia me añade, para ilustrar sus razones, que tampoco de Leónidas de Esparta o de Alejandro Magno nos queda ni una sola prueba “irrefutable” de que existieron, y sin embargo todo el mundo da por sentada su existencia. Y claro, ahí he saltado. De Leónidas de Esparta no sé, pero de Alejandro Magno hay montañas de pruebas, porque precisamente fue un hombre carcomido por el afán de gloria que dedicó toda su vida a dejarlas.

Para empezar, Alejandro Magno fundó hasta setenta ciudades con su nombre, algunas de las cuales han llegado hasta la actualidad. Otra vía probatoria es la numismática: solo en vida del Magno se crearon 23 monedas diferentes con su nombre y que ahora son piezas de museo. Otra vía es la cantidad de ciudades que destruyó o conquistó: de las primeras se han encontrado pruebas arqueológicas; de las segundas registros históricos o monumentos. Otra vía es la escritura: aunque la obra de su historiador oficial Calístenes se perdió pronto, tanto su general Ptolomeo, su ingeniero Aristóbulo y su almirante Nearco escribieron crónicas o memorias de las campañas, donde dieron gran presencia a Alejandro Magno. Estas crónicas no se perdieron en unas décadas, como sucedió con los Evangelios cristianos, sino que duraron en algunos casos más de cinco siglos y fueron la base para que historiadores como Arriano, Diodoro, Curcio Rufo, Plutarco o Pompeyo Trogo compusieran sus historias sobre Alejandro.

No tienen nada que ver las pruebas que pudo dejar Jesucristo con las de Alejandro, aunque al final la influencia ideológica del primero haya sido mucho mayor. Jesucristo solo conocía unos 3000 kilómetros cuadrados de Galilea y solo fue famoso los cuatro últimos años de su vida, principalmente los cinco últimos días, desde que entró en Jerusalen a lomos de un burro hasta que lo mataron. Alejandro Magno, en cambio, fue el hombre más célebre del mundo durante dieciséis años y se manejó a sangre y fuego, lo mismo destruyendo que fundando y legislando, en un territorio de cinco millones de kilómetros cuadrados. Jesús era además un sabio judío/budista/idealista que no buscaba la fama sino cambiar las conciencias; Alejandro Magno en cambio era un megalómano que deseaba triunfar, machacar y dejar su nombre en la memoria del mundo. No se me olvide decir que Alejandro hasta acudía a las campañas militares con un equipo de historiadores, dirigido por Calístenes, para que inmortalizaran sus hazañas: hasta ese punto estaba enfermo de egolatría aquel hombre.

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ESO QUE dijo Benjamin Disraeli, que repetir las mismas anécdotas es una señal de que te has hecho viejo y debes retirarte del mundo, no creo que me vaya a pasar nunca, porque como buena discípula de Montaigne y lectora de algunos historiadores grecolatinos (Herodoto, Suetonio, Plutarco, Diógenes Laercio), guardo en el cerebro un almacén interminable de chascarrillos que son mi unidad mínima de palabrismo. Uno de mis autores favoritos de juventud con el que ahora soy injusta, Francisco Umbral, también fue el mayor fardo de anécdotas de los escritores españoles del siglo XX (empatado quizá con Julio Camba y con el Gómez de la Serna retratista), y además eran las suyas de las más terroristas y desvergonzadas que me he leído nunca. Recuerdo cuando leí la que contaba sobre Emilia Pardo Bazán, que mantuvo un amorío famoso con Benito Pérez Galdós y otro con Blasco Ibáñez. Umbral cuenta la misma anécdota con los dos. Venían los amigos íntimos a preguntarle qué tal iba su relación con Emilia y Benito respondía, apesadumbrado:

—Mal, porque me hace daño cuando me la chupa, por lo que le he pedido que se quite la dentadura postiza.

Incluso con una anécdota aparentemente tan poco nutritiva como esta, que parece buscar solo el morbo, yo me pongo de inmediato a manosearla y descebollarla, tal es la pasión que siento por estas historias bonsái. La primera conclusión a la que llego es que a finales del siglo XIX en odontología ya existían las dentaduras postizas; la segunda que Pardo Bazán debía ser una mujer muy adelantada a su tiempo, pues yo he nacido 125 años después en una zona rural y allí es impensable que una mujer le chupe la polla a su novio (o que su novio le chupe el clítoris a ella); la tercera que Pérez Galdós o Blasco Ibáñez no eran indiferentes a la masculinidad tóxica que ha predominado en casi todo tiempo y lugar, pues les gustaba contar a sus amigos sus hazañas como sansones del sexo. La cuarta y última que Francisco Umbral era un impresentable difundidor de rumores morbosos, al mismo nivel que lo estoy siendo ahora yo :)

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SAFRANSKI CUENTA en Romanticismo, una odisea del espíritu alemán lo que leían los alemanes a finales del siglo XVIII:
La cortesana del conde Friedrich Stolberg describe cómo transcurría la vida de una familia muy entregada a la lectura: después del desayuno el conde leía un capítulo de la Biblia y un canto de Klopstock. Luego, ella leía en silencio un número de la revista Spectator. Seguidamente, la condesa leía durante una hora fragmentos de Pontius Pilatus de Lavater. Durante el tiempo que quedaba hasta la comida cada uno leía para sí mismo. A la hora del postre había una lectura de El paraíso perdido de Milton. Luego el conde leía alguna obra biográfica de Plutarco, y después del té se leían los pasajes esenciales de Klopstock. Por la noche los presentes escribían cartas, que a la mañana siguiente se leían en voz alta antes de enviarlas. Las horas tempranas de la mañana se dedicaban a las novelas coetáneas, cosa que se menciona en tono más bien vergonzoso.
La única lectura estrictamente alemana era Klopstock. Leían al suizo Lavater, al inglés Milton, al griego Plutarco y la Biblia judía. La revista que leían, Spectator, era una revista de origen inglés cuya imitación pronto se extendió por toda Europa. Leer novelas coétaneas era considerado "vergonzoso".

Así estaban las cosas hace 250 años, poco antes de que llegara el estado-nación y empezara a decirnos que ni Dostoyevski ni Shakespeare ni Confucio son nuestros.

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PLUTARCO AMA a los personajes de los que escribe: quiza sea esa la mejor manera de lograr biografías tan buenas como las suyas. Dice en su Pericles, el subrayado es mío:
¿Quién podrá dar crédito a Idomeneo, que acusa a Pericles de que habiéndose hecho amigo del orador Efialtes, y sido ambos de un mismo modo de pensar en las cosas de gobierno, por celos y por envidias dolosamente lo hizo asesinar? Yo no sé dónde pudo recoger estos rumores para achacarlos como hiel a un hombre que, si no fue del todo irreprensible, tuvo un espíritu generoso y un alma apasionada por la gloria, con los que no es compatible una pasión tan cruel y feroz.
¿Que no es compatible la generosidad y el afán de gloria con una crueldad desmedida? Tácito o Gibbon no opinan lo mismo.

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CANETTI ES sangre de mi sangre. No puedo leerlo sin sentirme de acuerdo en casi todo. Dice leyendo la Vida de César, de Plutarco, en la escena del magnicidio:
Hoy descubrí en mí una auténtica sed de sangre mientras leía la Vida de César de Plutarco. Cuando los conjurados se abalanzan sobre él con sus puñales, cuando lo van hiriendo uno tras otro, cuando él intenta esquivar sus puñaladas "como un animal salvaje", fui presa de una alegre excitación. No sentí el menor asomo de compasión por él. La desprevención de ese animal terriblemente listo no me enterneció en absoluto. Con su ofuscación pagó una parte mínima de su deuda para con todos los ofuscados a quienes había atrapado en sus redes.


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ME PREGUNTO a veces si no tendría que hacer una antología de todas las burradas que dicen los escritores, incluso los más sabios de entre ellos. De hecho, voy a comenzar a recopilarlas bajo la etiqueta "barbaridades", a ver cuántas reúno. Plutarco, por ejemplo, sostiene en sus Moralia que hacer el amor estando borracho engendra hijos bebedores: 
Y tendríamos que decir, a continuación de estas cosas, aquello que tampoco echaron en el olvido nuestros predecesores. ¿Qué cosa? Que los que se acercan a las mujeres para engendrar hijos conviene que hagan la unión, o totalmente templados o habiendo bebido moderadamente. Pues bebedores y borrachos suelen ser aquellos cuyos padres acontece que comenzaron a engendrarlos en estado de embriaguez. Por ello, también Diógenes, viendo a un muchacho fuera de sí y aturdido, le dijo: «Muchacho, tu padre te engendró estando borracho».

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…ESTO PASA también con algunas biografías de personajes históricos. ¿Por qué en las Vidas paralelas de Plutarco es más jugosa la vida de Temístocles que la de Camilo, la de Demóstenes que la de Cicerón? ¿Por qué las semblanzas más divertidas de los filósofos griegos no se encuentran entre sus contemporáneos sino en Diógenes Laercio, que escribía siete siglos después? La respuesta es obvia: cuanto más antiguo es el personaje estudiado, hay más mito que información contrastada, y la leyenda es mucho más sugerente que la historia: la leyenda es la historia rociada con la manguera de la literatura.


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ESCRIBE PLUTARCO en Sobre la fortuna, opúsculo de sus Moralia:
Las artes tienen a Ergáne «y a Atenea» como patrona, no a la Fortuna. Sin embargo, cuentan que cierto artista que estaba pintando un caballo, lograba con éxito sus propósitos en las demás formas y colores, pero la porosidad de la espuma, agolpada alrededor del freno y el jadeo que sucedía al mismo tiempo, no le agradaba cómo le estaba saliendo. Así pues, los borraba una y otra vez; al fin, de rabia, arrojó contra el lienzo la esponja, tal y como estaba llena de colores, y ésta, al golpearlo, lo pintó de forma maravillosa y logró el efecto deseado. Ésta es la única obra de arte debida a la fortuna de la que yo he oído hablar. En todas partes se emplean cánones, pesos, medidas y números para que los trabajos nunca se vean sometidos a la probabilidad y a la fortuna.
Si Plutarco hubiera conocido la modernidad, se habría encontrado no una obra, sino miles de ellas surgidas siguiendo los procedimientos del azar, desde el dadaísmo en adelante, y hasta escuelas que descreen de la obra perfectamente hecha.

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ESCRIBE CIORAN en sus cuadernos:
Hay que atenerse a un solo idioma y ahondar en su conocimiento de la mañana a la noche. Para un escritor francés, una conversación en su lengua con una portera es más provechosa que una plática con un gran sabio en una lengua extranjera.
Este es el tipo de opiniones que me hacen dudar de que Cioran sea un heredero digno de los aforistas-moralistas franceses, porque este franco-rumano, como su maestro Nietzsche, sufre de tremendismo, es un pensador que no sabe moverse salvo en el terreno de la sobre-verdad o la hipérbole gratuita. Lees a Montaigne, La Rochefoucauld, Pascal, La Bruyère, Chamfort, Joubert o Vauvenargues y es cierto que son agudos, sí, a veces arriesgados, pero son contenidos: los siete mantienen un respeto muy grande por el acto del pensar y no les importa coincidir con el sentido común o las ideas de la época cuando es preciso. Con Cioran podría estar de acuerdo, sobre el fragmento que he elegido, en que el idioma es fundamental para un escritor y aún más para un poeta, pero la comparación portera vs gran sabio se le va de las manos: si realmente es un “gran sabio” el que te habla, pocas conversaciones pueden existir más provechosas, sean en el idioma que sean, porque dominar una lengua es solo una de las tareas del escritor, insuficiente si no viene acompañada de otras, por ejemplo tener algo que decir. Cuando releo a mis 47 años a Cioran o Nietzsche, por decir dos autores con los que mantengo relaciones tóxicas, no hago más que avergonzarme, pues compruebo que me he pasado la vida leyendo a dos prevaricadores del pensamiento, dos energúmenos que se mueven casi siempre al filo de la boutade o incurriendo en ella, y descubro con tristeza de dónde proceden la mayor parte de mis defectos (y encima sin la genialidad de ellos). Tal ha sido mi mayor tragedia como lector: dediqué los años esenciales, aquellos que más te marcan, a leer a todos los escritores histéricos... y no descubrí a Plutarco y Montaigne hasta los 37 años, Chamfort y Canetti hasta los 40, La Bruyère hasta los 43...

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OTRA DEFENSA del vegetarianismo es la de Bernard Shaw:
Pensad en la formidable energía contenida en un simple grano, en una vulgar semilla. La enterráis bajo tierra y sale una encina, el gigante de los bosques. ¡Enterrad una pata de cordero y veréis cómo no sale otro cordero!
Otros famosos escritores vegetarianos: Kafka, Tolstói, Plutarco, Mary Shelley.

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LOS ENSAYOS de Montaigne me los leí por primera vez hace diez años y ya me parecieron una obra extraordinaria que, sin embargo, no me llenaba: para mi gusto le sobraban paños calientes y le faltaban esas descargas eléctricas tan estimadas por un lector carnívoro como yo. Pero ahora me los he leído por segunda vez y me he reprochado mi ceguera: este libro es un verdadero caballo de troya contra el dogmatismo, esto es, contra el cristianismo, y se debe leer entre líneas porque los modos con que se dirige Montaigne al lector son los del contrabandista: aunque nos pone en el mostrador a Séneca y Plutarco, los que a menudo le gustan son Epicuro y Pirrón; y aunque nos dice que el cristianismo es la religión verdadera, lo que ocurre realmente es que esa religión está ausente del libro, cuyos modos (relativismo, perspectivismo, egotismo, escepticismo, minimalismo, culto al cuerpo, tolerancia) son una acusación contra ella. Montaigne debía saber muy bien el peligro que corría al coquetear con el epicureísmo: recordemos que comenzó a escribir esta obra en 1572 y todavía en 1600 Giordano Bruno fue quemado vivo por defender la cosmografía de Lucrecio. Tras su muerte sus Ensayos fueron incluidos en el Índice de Libros Prohibidos.