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SE LE ocurre a Hermann Hesse hacer una copiosa biblioteca de literatura universal y no incluye a Victor Hugo, que todavía era considerado el mejor escritor del mundo cuando él era joven. Aquí es donde veo la pasión anti del alemán, por mucho que luego rellene páginas hablándonos de cuánto le marcó la literatura china "sin haber estado nunca en China".

A mí tampoco me gustan las escuelas árticas o antárticas y por ahí andan esparcidos mis arranques contra lo gongomallarmeano, pero no se me ocurre hacer una historia de la literatura y dejar fuera a Góngora y Mallarmé.

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EL ÚNICO progreso en la literatura que me parece cierto es el derivado de la técnica y de la acumulación memorística de literaturas: en ese sentido, nuestra época es la primera de la historia en que todas las corrientes artísticas del mundo y todas las innovaciones, gracias a las nuevas tecnologías de transmisión del conocimiento, llegan a cualquier parte del planeta enseguida, de forma que conocemos rápidamente (si queremos), vivamos en el punto del mapa donde vivamos, qué es el fluir de la conciencia, qué es el narrador personaje, qué es el verso libre, qué es la escritura automática, recursos todos ellos que Dante o Cervantes desconocían. El escritor que se pone a escribir en 2025 tiene a la vista un almacén de recursos y ars poeticas como no se han conocido en otro momento de la humanidad, lo que hace que los autores del siglo XXI sean en general más variados en técnicas y estilos que los escritores del pasado, que siguieron horacios o boileaus mucho más rígidos. Sin embargo, si nos ponemos a practicar algún género con las mismas premisas que se practicó en el pasado, el progreso no lo encuentro por ningún lado: ¿se han escrito alguna vez en español sonetos mejores que los de Lope, Quevedo y Góngora? ¿Alguien ha superado los ensayos de Montaigne? ¿Los cuentos de Bocaccio? ¿Las biografías de Plutarco? ¿El Quijote?

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CUENTA SALVADOR Pániker en su Diario de Otoño:
Cuixart tiene setenta y dos años y es primo hermano de Antoni Tàpies. Cuenta que el padre de Paco Umbral era un militar de alta graduación de Valladolid, que tuvo una aventura con una señora, y que como fruto nació un niño, que a ese niño lo dejaron en el umbral de la casa (o algo así), y que de ahí el seudónimo de Paco «Umbral».
Hombre, la razón de que Francisco Pérez Martínez acabara llamándose Francisco Umbral es fonética al 100%, historia del nacimiento al margen, y así tenía que ser en un autor que hizo del sonido el centro de su prosa. Este autor concedía tanta importancia al oído que, por ejemplo, para referirse a los campos de concentración nunca utilizaba Auschwitz, sino Dachau; para referirse a los primeros homínidos nunca citaba al Australopithecus, Neandertal o Cro-Magnon, sino al Hombre de Orce; para Umbral el rey de España nunca cazaba osos o ciervos, sino rebecos, y nunca navegaba en barco o en yate, sino en balandro. Solía contar que estaba leyendo "Tristana", de Galdós, y arrojó el libro al suelo cuando leyó que Tristana tenía una "boquirrita": para Umbral el mero empleo de una palabra tan fea te condenaba para siempre como escritor.

La palabra umbral, precisamente, aparte de la cantidad de sugerencias que congrega su significado, es espectacular desde el lado del sonido, porque la primera sílaba se pronuncia desde dentro y la segunda hacia fuera, haciendo un efecto de expansión muy bonito, que se escucha como umbrrralllll, casi con eco, palabra que sigue sonando poderosa después de pronunciada. Es una palabra deslUMBRALte. En lo suyo fue sin duda un superdotado y la elección del apellido es otro ejemplo de su genialidad para el lenguaje.

Yo sigo colocando a Quevedo como el principal artífice del idioma, pero el 50% del vocabulario del gran cojo no hubiera superado el muy estricto arel de sonido umbraliano, que desde ese punto de vista opera como un poeta gongorino o modernista. De hecho, aunque a Umbral se le compara continuamente con Quevedo, a quien se asemeja en ingenio, eclecticismo y hasta en el físico, opino que su léxico se asemeja más a Herrera, Góngora, Valle o Rubén Darío.

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DESCUBRO LEYENDO los Cuadernos de Valéry que este autor ya andaba plagiándome (uno más) con cien años de antelación. Eso que dice de Victor Hugo, que se hizo con el centro de la literatura francesa con tal mano de hierro que obligó a los demás a escribir a la contra o al costado, en función de lo que hacía Hugo, es lo que he sostenido yo siempre acerca de Lope de Vega, que reinó de tal forma durante el Renacimiento y el Barroco español que obligó a los cuatro monstruos que orbitaban alrededor, Cervantes, Quevedo, Góngora y Calderón, a buscar los resquicios que dejaba libres el autor de Fuenteovejuna. Como no podían competir con la poesía transparente del Fénix de los ingenios, Góngora y Quevedo se lanzaron a la aventura lingüística desaforada; como no podía competir con la gracia y la fantasía del teatro lopesco, Calderón se esmeró en la composición, la pertinencia y la filosofía. En cuanto a Cervantes, derrotado en el teatro y en el verso por el inacabable torrente lopesco, encontró en la novela el anhelado territorio ignoto.

—¿Sigues sosteniendo, Vanessa, que la mitad del Quijote se debe a Lope, como sostenías a gritos en tus tiempos del bebercio?
—Tanto que la mitad no, pero lo que hizo Cervantes es lo mismo que hacían algunos rivales de Michael Phelps, que se apuntaban solo a las pruebas de natación donde Phelps no participaba. Por más que la españolería diga que Cervantes era un hombre bueno y tolerante, yo le encuentro envidia y resentimiento por todas partes, y la principal prueba es la cantidad de pullas ofensivas que hay en el Quijote contra Lope de Vega.

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LO ARISTOCRÁTICO a menudo se convierte en popular. Heráclito escribió aquello famoso de “no para vosotros he escrito, sino para quien puede entenderme. Uno vale para mí cien mil, y nada la muchedumbre”, pero al cabo de los siglos es leído por las masas. Góngora y Mallarmé escribieron una obra con vocación de secreta, destinada solo a los que están en el cogollo; pero al cabo del tiempo se han convertido en lectura escolar de millones de españoles y franceses. Juan Ramón Jiménez se oponía incluso a que los poetas dieran recitales o celebraran actos públicos, y lanzaba sus libros con el epígrafe de “A la minoría, siempre”, pero publicó Platero y yo… y solo en vida vendió más de un millón de ejemplares.


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EL OTRO es la gran musa. No escribiríamos nada si viviéramos solos en el planeta. A Rilke, Góngora o Mallarmé, que tanto presumieron de escribir para nadie, yo les hubiera gastado la broma de abandonarlos en un planetita como el del Principito: ¡A ver si allí, sin lectores ni famas futuras, se animaban a escribir las Soledades, las Elegías de Duino o Un coup de dés!


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QUE ALGUNOS utilicemos los libros para evadirnos de la realidad no significa que estén concebidos para eso. La mayoría de los libros, al contrario, están tan arraigados en lo real que a menudo funcionan como una escuela de la crueldad: uno entra en sus páginas lleno de ensoñaciones y ellos te devuelven con un uppercut a la dura realidad. Aunque hay excepciones. Mario Vargas Llosa se tuvo que ir hasta Góngora, según cuenta en su libro de memorias El pez en el agua, para aislarse de todos los decibelios que le generaba la campaña presidencial en el Perú, allá por 1990. Cuenta el maestro de Arequipa que Góngora cumplió su cometido, pero ¿cuántos autores existen en la literatura como Góngora, que hacen arte sin tocar el suelo?

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TANTO TROLL y ninguno llegará jamás a ser ni la uña del mayor troll de todos los tiempos, don Francisco de Quevedo, el franc(isc)otirador de las letras, que convirtió la gana de herir en un arte y trolleó a Góngora, a Alarcón, a Jáuregui, a Santa Teresa, al conde duque de Olivares, a los ingleses, a los moros, a los moriscos, a los turcos, a los judíos, a las mujeres, a los magos, a los flamencos, a los bujarrones, a las viejas, a los médicos, a los venecianos, a los poetas, a los cursis, a los cornudos, a los beatos, a los catalanes, a los jugadores, a los casados y a los vizcaínos comedores de berzas.

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AL ESTADO le gustan mucho los poetas muertos. Pero le gustan más unos que otros. Los que más le gustan son los que estuvieron más cerca del sentido colectivo/uniformado de la existencia, por eso acude tanto a Lorca, a Machado, a Alberti, a Hernández… y mucho menos a quienes no se dejaron utilizar: cada vez que aparece un poeta raro, al que no le interesa la realidad circundante (Góngora) o va decididamente contra ella (Cernuda), el estado no sabe qué hacer.


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MÁS SOBRE los falsos humildes. Y Lao-Tse, si realmente creía que toda escritura era vanidad, ¿por qué dejó una obra de 800 páginas? Y Góngora, si pensaba de verdad que el poeta debía crear su obra en secreto y sin ninguna publicidad, ¿por qué se queja cuando el conde de Lemos o el duque de Feria no le invitan a formar parte de los poetas de su séquito? Y Lope y Quevedo, que escriben a cada rato un poema en el que elogian la vida retirada y el huerto de coles horaciano frente a la pompa y vaciedad de la corte, ¿por qué no se hicieron caso y se retiraron para siempre a su Yuste particular? Todo esto me hace mucha gracia.


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VIENDO LO rápido que se perdió la obra de Heráclito (para la época de Alejandro Magno ya estaba perdida), lo que le costó a la obra de Eurípides imponerse en Atenas, los tres siglos que necesitó la parte “oscura” de Góngora para ser celebrada o el desprecio de Samuel Johnson por Tristram Shandy, al que pronostica un rápido olvido porque “nada extravagante permanecerá”, uno piensa que lo mejor que trajo la llegada primero del romanticismo y después de las vanguardias es que, por primera vez en la historia de la literatura, lo oscuro, lo raro, lo deforme, lo enfermo o lo chocante pasan a la centralidad literaria y ya no tienen que pedir perdón.

La mayoría de obras maestras que no han llegado a nosotros eran raras, estoy seguro. Cuántos Artauds, cuántas VirginiaWoolfs, cuántas Tsvetayevas, cuántos Rimbauds, cuántos Blakes se habrán perdido.