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MORALISTA, ERGO sin sentido del humor. Creo que Chesterton es caso único de autor que conjugó la prédica continua con la risotada. Existen otros a los que se adjudica el mismo talante (Quevedo, Voltaire, Nietzsche...) y a veces con razón, pero enseguida te encuentras con otras páginas suyas donde se les escapa el sargento o el amargado. A Thoreau no lo clasificaba entre los especialmente rigoristas, pero su editor Bradford Torrey, después de adelantarnos que Thoreau solo fue a una fiesta en toda su vida y aborreció para siempre de ella, dice esto en la introducción a sus diarios:
La vida de Thoreau podría haber sido más tranquila si hubiera sido menos exigente en su idealismo, más tolerante con la imperfección de los demás y de sí mismo; si se hubiera tomado sus estudios, e incluso sus aspiraciones espirituales, un poco menos en serio. Un poco de juego juvenil de vez en cuando, o una dosis de lectura de novelas amorosas y humanizadoras (de estilo trollopeano) podría... Uno imagina que moderar su mal humor no le habría hecho daño.

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HASTA A Shakespeare le han dado cera algunos escritores. De vez en cuando releo algunas de las críticas que recibió para reafirmarme en que a) un escritor no puede gustar a todo el mundo; y b) no hay que dar a las críticas más importancia de la que merecen:
Ben Jonson: “Se ha mencionado a menudo como un honor que Shakespeare, en sus escritos, nunca borró una línea. Mi respuesta a esto siempre ha sido: "¡Ojalá hubiera borrado mil!".
Voltaire: "Shakespeare es un salvaje con chispas de genio que brillan en una noche tormentosa. Yo fui el primero que mostró a los franceses algunas perlas que había en su enorme estercolero".
Lord Byron: “El nombre de Shakespeare, pueden estar seguros, está colocado absurdamente alto y tendrá que bajar. No tenía imaginación para sus historias, ninguna en absoluto. Tomó todas sus tramas de novelas antiguas y montó sus historias en forma teatral, con tan poco esfuerzo como el que Ud. y yo necesitaríamos para volver a escribirlas en forma de historias en prosa”.
Charles Darwin: "Últimamente traté de leer a Shakespeare, pero me lo encontré tan intolerablemente aburrido que me dio náuseas".
Lev Tolstói: “Hace unos días, para verificar la opinión que tengo de Shakespeare, fui a ver El rey Lear y Hamlet, y si había en mí la más mínima duda sobre lo bien fundado de mi aversión por Shakespeare, ésta se ha disipado definitivamente. ¡Qué obra tan burda, inmoral, vulgar y absurda es Hamlet! Todo se basa en una venganza pagana, hay un solo objetivo, acumular el mayor número de efectos posible, sin pies ni cabeza. El autor estaba hasta tal punto ocupado con los efectos, que ni siquiera se tomó la molestia de dar un carácter al personaje principal, y el mundo entero decretó que es un retrato genial de un hombre sin carácter. Nunca entendí tan claramente toda la magnitud de la incapacidad en los juicios de la multitud, y hasta qué punto puede engañarse a sí misma”.
André Gide: "¿Voy a atreverme a escribir aquí lo que pienso del Rey Lear? La representación de ayer me confirma en mi opinión: poco falta para que encuentre esa obra execrable; de todas las grandes tragedias de Shakespeare, la menos buena y con mucho. Sin cesar pensaba: ¡cuánto debía gustarle a Hugo! Todos los defectos enormes de éste se despliegan en ella: antítesis constantes, procedimientos, recursos arbitrarios; apenas, muy de vez en cuando, alguna chispa de emoción humana sincera. Llego al punto de no comprender demasiado lo que se considera como dificultad de interpretación de la primera escena: dificultad de hacer admitir al público la ingenua necedad del rey; pues todo lo demás es por el estilo: la obra entera y de cabo a rabo es absurda".
Charles Bukowski: “Shakespeare es ilegible y está sobrevalorado. Pero la gente no quiere escuchar esto. Uno no puede atacar templos. Ha sido fijado a lo largo de los siglos. Uno puede decir que tal es un pésimo actor, pero no puede decir que Shakespeare es mierda. Cuando algo dura mucho tiempo, los snobs empiezan a aferrarse a él, como ventosas. Cuando los snobs sienten que algo es seguro, se aferran. Pero si les decís la verdad, se ponen salvajes. No pueden soportarlo. Es atacar su propio proceso de pensamiento. Me desagradan”.
Thomas Bernhard: “Veo que el señor Peymann no dejará de llevar a la escena hasta que se muera todos esos insoportables, primitivos y ordinarios autores clásicos ingleses, franceses y españoles conocidos y temidos bajo los nombres de Shakespeare, Molière, Lope de Vega, etcétera, y que desgraciadamente son indestructibles en su primitivismo, vulgaridad e inconsistencia. En mi opinión, estos escritores de dramones han envenenado los teatros de toda Europa e incluso del mundo entero hasta los cimientos y por tiempo indefinido, y por desgracia no se podrán sanear nunca más de la plaga clásica. Chernobil, ese esperpento soviético-ortodoxo, no es nada comparado con una de esas piezas de Shakespeare que explotan cada día, al menos una vez, en cualquier parte del mundo; una Tempestad shakespeariana causa más daño a Europa que diez catástrofes del tipo de la de Chernobil o incluso de Basilea, créame. Shakespeare, él solo, ha contaminado y destruido el mundo teatral por siglos, por no decir eternidades, ¡créame!”.


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EL AUTOR con tendencias moralizantes (una misma) está condenado a escribir poemas, aforismos, ensayos o diarios si no quiere malograr su obra, pues toda ficción que emprenda va a quedar arruinada por su necesidad de dirigir, su inevitable tendencia a obligar a los personajes a que hagan o digan eso. Algún moralista que otro consiguió escribir buenas obras de ficción, pero los que no eran moralistas las escribieron mucho mejores. Si examinas obras con mensaje como Cándido, de Voltaire, Tarás Bulba, de Gogol, Rebelión en la granja, de Orwell, y las comparas con Bartleby, el escribiente, de Melville, El extranjero, de Camus, o El proceso, de Kafka, te das cuenta de que en las primeras se nota demasiado el andamio, sus personajes corresponden a unos arquetipos dispuestos para que encajen en el mensaje final; en las segundas, en cambio, los personajes disfrutan de libertad y el único mensaje final que nos dejan es el de la complejidad e incertidumbre de esta existencia. Mientras las primeras son alegorías de la vida, las segundas son la vida misma, refractaria a meterse en cajas.


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VAYA ENMIENDA a la totalidad que le hacen a Onfray estos dos historiadores franceses, Elisabeth Roudinesco y Guillaume Mazeau, en una larga entrevista publicada en Le Grand Continent. Que Onfray no es un gran filósofo es obvio, y la prueba máxima es que ya tuviera publicados más de cien libros antes de cumplir los cincuenta años. Por otra parte, pertenece a ese género de filósofos que busca los argumentos con las conclusiones ya tomadas de antemano, como hacen tantos, y no tiene empacho en dar crédito a fuentes poco fiables (por ejemplo a Diógenes Laercio, que es la Radio Bemba de la antigüedad). Otro defecto que se ve a primera vista es que sus odios son más apasionados que sus amores: odia a Platón por encima de lo que ama a Epicuro; odia a Voltaire por encima de lo que ama a Meslier; odia a Kant por encima de lo que ama a Nietzsche (sí, por desgracia ama a Nietzsche); odia a Marx por encima de lo que ama a Bakunin o Stirner; odia a Sartre/Beauvoir por encima de lo que ama a Camus, etc. Sin embargo, Onfray es un profesor y divulgador excelente, un todólogo o superperiodista de la filosofía, ideal para personas como yo, que no queremos especializarnos en ese campo, además de un resentido social de primera magnitud, elemento este último que reconozco al segundo y me hace sentir simpatía por él. Por otra parte, su contrahistoria de la filosofía, donde privilegia las corrientes materialistas, hedonistas y utópicas frente a las trascendentales, rigoristas y autoritarias, me parece puro oro, un trabajo mayúsculo y a la contra que le garantiza desde ya un lugar en el futuro.

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Dice Thoreau en sus diarios:
A fuerza de beber té y café me he convertido en una persona ordinaria y vulgar. Mis días se han convertido en mediodías, sin la bendita presencia de mañanas y noches.
Yo también creo que el café descuaderna los ritmos circadianos, pero trabajo de noche y necesito tomar un poco cada tres o cuatro horas, no para permanecer despierta, que me es bastante fácil, sino lo bastante despierta como para leer o escribir, que es arenal distinto.

Esta bebida tiene una gran historia de amor con los escritores: Voltaire, el récordman, lo tomaba entre 50 y 72 veces al día; Balzac murió a los 51 tacos a causa de las 50 tazas diarias que necesitaba para escribir La Comedia Humana; y Proust solo tomaba café con leche y croissants para escribir En busca del tiempo perdido. Otros cafeinómanos célebres: Swift, T.S. Eliot, Goethe, Capote, Cioran...



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SE RÍE Gombrowicz en sus Diarios de la multiplicación de "genios" literarios que experimentó cada país desde que surgió el estado-nación. Eso también lo denunció Juan Benet: desde que el estado descubrió las ventajas uniformadoras y anestesiantes de la escuela obligatoria, lucir un buen ramillete de escritores XXL es tan importante para un país como contar con un buen ejército o una buena armada. Y si no se tienen, se inventan. A partir del siglo XIX (ya es curioso y revelador que sea rarísimo encontrar manuales de literatura nacional anteriores a ese siglo), todos los países se dieron a la tarea de encontrar escritores entre los matorrales sin guardar el mínimo sentido del ridículo. Mientras Voltaire y Rousseau fueron perseguidos durante el siglo XVIII, dos siglos después el general De Gaulle se negaba a encarcelar a Sartre, que se había ofrecido voluntario a llevar maletas de armas a los insurgentes argelinos, "porque Sartre es La France". Convertida la literatura en la puta de las naciones, los escritores imprescindibles se multiplican por diez en la edad moderna: ¡cada nación de repente tiene cincuenta, cien genios de las letras por siglo, qué maravilla! Pero a la hora de disimular la trampa, algunos países tienen más dificultades que otros: es el caso de España. Sucede que el castellano disfrutó en su siglo de oro de una de las mejores literaturas del mundo, para algunos la mejor de todas, pero entre los siglos XIX y XX (AQUÍ), en cambio...

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ESCRIBE EL Príncipe de Ligne:
Cicerón no desdeñaba los lugares comunes; los griegos, sus maestros, no menos. Leed los manuales de Epicteto y los demás, tan bien impresos por Didot, y decidme si un hombre de letras de ahora se atrevería a publicar cosas tan manidas y con tan poca chispa.
Lo que subyace bajo estas líneas es que Ligne conoció los salones literarios franceses del siglo XVIII y principios del XIX, una de las épocas de la historia donde más se ha admirado el ingenio, donde una persona de ingenio podía hacer carrera (a causa de su agudeza, el rey le concedió a Talleyrand la abadía de Saint-Denis). Epicteto, en cambio, escribió un manual en el que abogaba por la resignación, el camino recto, el punto medio y el no apartarse de las acciones ordinarias para tener una vida sin sobresaltos: es normal que escribiera sin buscar el esguince ni la sorpresa. Si Epicteto hubiera leído a Ligne, quizá le habría parecido un frívolo, un tipo que sacrifica la verdad por el ingenio, más preocupado por hacer acrobacias conceptuales que por observar la realidad. En mi época de lector joven yo también me hacía preguntas similares: ¿por qué Polibio no sabe escribir goloso como Suetonio? ¿Por qué Tocqueville no danza como Voltaire? ¿Por qué la prosa de Camus no tiene la peonza de Nabokov? Más tarde me di cuenta de que soy yo, que vivo en continua ansiedad, el que busca escritores que ardan y muerdan y bailen en la página, pero los escritores calmados que trabajan la exactitud, los tonos bajos o el sentido común no son para nada inferiores, sino solo distintas caras que ilustran la riqueza de la escritura.


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SOSTIENEN ALGUNOS sensibles profesionales que Don Quijote no estaba loco. Esta estupidez la leí por primer vez en Voltaire, más tarde en Papini y Unamuno, luego en Umbral y Saramago. Los escritores son coleccionistas de excepciones y grandes constructores de nuevos retablos de las maravillas: ellos no pueden decir lo que está al alcance de los ojos, porque decir lo obvio no presupone ninguna genialidad. No está loco, te dicen, solo quiere poner un poco de trueno y velocidad en una vida hasta entonces demasiado aburrida. Y yo, que he conocido en Madrid a varias personas que se hacen las locas y extraen beneficio de ello, veo que la diferencia es que Don Quijote no obtiene ningún beneficio. Y que por tanto es cierto que se volvió loco, como nos dice Cervantes desde el principio a los que no pretendemos ser más inteligentes que él. Porque, si no estuviera loco… ¿iba a dejarse apedrear por los galeotes, ser golpeado en las ventas, arrojado del caballo por los pastores, magullado por los molinos de viento, arañado por una bolsa de gatos, atropellado por una piara de cerdos, apaleado por los mercaderes, siendo herido en las orejas y en los hombros y en las costillas, y perdiendo muelas y dientes?


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HAY ALGO de locura en los que publicamos nuestros engendros, en aquellos que incurrimos en “la osadía de lo público”, que decía Hannah Arendt. Si una piensa en su nulidad o en los 38 millones de libros que tiene la Biblioteca del Congreso en Washington, acaba dándole la razón a Lao-Tse y deja de escribir. Pero el propio Lao-Tse se contradijo al publicar una obra de ochocientas páginas (no nos ha llegado todo). Hay algo de cómico en cualquier escritor, quizá sea la persona cómica por excelencia, sobre todo los escritores confesionales, aquellos que deben (debemos) pensar que nuestro día a día interesa a alguien. Pienso también que los críticos han tratado con demasiada solemnidad a la literatura y no han hablado nunca de las dos escuelas fundamentales:

—El semeocurrismo.
—El ridiculismo.

¿Por qué Montaigne necesita decirme que tiene el pene pequeño? ¿Por qué Virginia Woolf necesita decirme que tiene envidia de Katherine Mansfield? ¿Por qué Ligne me cuenta que Voltaire se echó un pedo? ¿Por qué Bukowski me cuenta que tiene 52 años y nunca se ha comido un coño? ¿Por qué Hemingway nos cuenta su visita al Louvre para comparar el pene de Scott Fitzgerald con el de las estatuas?

Pienso a menudo que algunos egoescritores son como esas personas desconocidas que te cuentan su vida en una sola noche, delante de una cerveza, solo con la intención de que te acerques y seas su amigo. Qué es un escritor confesional sino una persona que no consigue ocultar su gran carencia de amor.