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MORALISTA, ERGO sin sentido del humor. Creo que Chesterton es caso único de autor que conjugó la prédica continua con la risotada. Existen otros a los que se adjudica el mismo talante (Quevedo, Voltaire, Nietzsche...) y a veces con razón, pero enseguida te encuentras con otras páginas suyas donde se les escapa el sargento o el amargado. A Thoreau no lo clasificaba entre los especialmente rigoristas, pero su editor Bradford Torrey, después de adelantarnos que Thoreau solo fue a una fiesta en toda su vida y aborreció para siempre de ella, dice esto en la introducción a sus diarios:
La vida de Thoreau podría haber sido más tranquila si hubiera sido menos exigente en su idealismo, más tolerante con la imperfección de los demás y de sí mismo; si se hubiera tomado sus estudios, e incluso sus aspiraciones espirituales, un poco menos en serio. Un poco de juego juvenil de vez en cuando, o una dosis de lectura de novelas amorosas y humanizadoras (de estilo trollopeano) podría... Uno imagina que moderar su mal humor no le habría hecho daño.

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RELACIONO ACUDIR al parque con leer a Thoreau, quizá porque este autor dijo que se te ocurren más cosas y te encuentras más contigo mismo cuando caminas por un bosque que en tu habitación urbana plagadita de libros, lo que es un pensamiento falso o como poco una media verdad, pero es que Thoreau está traspasado de romanticismo verde. ¿Cómo puede ser, entonces, que en los treinta años que viví en la naturaleza de Lauros solo se me ocurrieran pensamientos de tercera categoría y que, en cambio, una vez que me atiborré de libros en la muy asfaltada Madrid, se haya disparado mi complejidad? Lo ideal es precisamente lo que disfrutó Thoreau: nacer en una ciudad como Concord, donde tienes alimento de libros, pero rodeada de bosques y lagos donde dar rienda a los pensamientos que te provoca una existencia potenciada por ellos.

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EJEMPLO DE lo que digo es la obrita que me he leído esta tarde, Caminar. Thoreau, que es todo un graduado por la universidad de Harvard (aunque se negó a pagar los cinco dólares que costaba el diploma físico, y por tanto nunca adquirió el documento oficial), comienza reivindicando la naturaleza no al lado sino contra la civilización, pero luego, ¿qué es lo que nos encontramos en el libro? Toda una exhibición de la cultura libresca de Thoreau, cuyos saberes no solo pertenecen a la literatura, sino que abarcan también la filosofía, las ciencias naturales, la antropología o los viajes. Nos habla de Michaux, de Guyot, de Wordsworth, de Humboldt, de Linneo, de Ben Jonson o de Confucio y se demora en detallarnos las etimologías de las palabras, bien para señalarnos algún matiz o bien para discutir sobre ellas cuando son dudosas. Creo que Thoreau, en alguna parte de su vida, abogó por una naturaleza que no excluía las ventajas de la civilización, pero desde luego no en este libro. Con ello no quiero decir que su lectura sea desaconsejable: al contrario, Thoreau es uno de los autores más amenos que conozco y de hecho, en el trío de afinidad en el que le suelo situar, junto a Emerson y Nietzsche, con los que coincide en su individualismo, agresividad contra el espíritu de rebaño y predilección por lo natural frente a lo normativo, es el único al que leo siempre con una sonrisa en la cara, sin que me haga enfadar nunca, al contrario que los otros dos.

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ADEMÁS DEL filósofo Tales, otros escritores consiguieron destacar en el mundo de la invención no literaria, por ejemplo Thoreau, que mejoró el diseño de los lápices al desarrollar una mezcla superior de grafito y arcilla; Franz Kafka, que trabajó en el diseño de un casco de seguridad para obreros; Lewis Carroll, que inventó un triciclo para adultos, un juego similar al Scrabble y el nictógrafo para escribir en la oscuridad; Mark Twain, que patentó un álbum de recortes autoadhesivos y unos tirantes autoajustables para chalecos; Roald Dahl, que ayudó a inventar un dispositivo médico para drenar líquido del cerebro; Margaret Atwood, que creó el LongPen, un brazo robótico remoto para firmar libros; Conan Doyle, que propuso un prototipo de chaleco salvavidas para marineros; E.T.A. Hoffmann, que patentó una lámpara de aceite; Jonathan Swift, que inventó un bastón plegable que incluía un instrumento para escribir y un reloj de sol; John Milton, que ideó un sistema para ayudar a los ciegos a escribir usando ranuras y plantillas; Goethe, que descubrió un hueso en el cráneo humano al que llamó "hueso intermaxilar"; o Vázquez Figueroa, que ideó un sistema para convertir el agua del mar en agua potable.