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GIDE SE fija en su diario en este pasaje de las Confesiones de Rousseau:
Hallaba yo a la señora de Houdetot tan amable amando a Saint-Lambert, que difícilmente podía imaginar que hubiese podido serlo tanto amándome a mí mismo; y no queriendo turbar su intimidad, todo lo que verdaderamente deseaba de ella en mi delirio era que se dejase amar. En fin, por más violenta que fuese mi pasión por ella, hallaba tan grato ser el confidente como el objeto de sus amores, y jamás he mirado a su amante como mi rival, sino como mi amigo.
Esto de Rousseau es el sueño de toda sissy: el de amar a una mujer que ya tenga un macho básico empotrador, para que no nos pida a nosotras que le hagamos esa monstruosidad.

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EN SU cuarto volumen de la Contrahistoria de la filosofía, publicado en español por Anagrama, Michel Onfray repasa las contradicciones de algunas figuras célebres de la Ilustración:
Las Luces pálidas. He aquí, pues, algo del siglo XVIII muy distante de la postal ideológica de siempre: tinas para histéricas, compases para medir el cráneo, angeólogos satánicos, salas esotéricas, pensadores que detestan el ejercicio de la razón pura, místicos ocultistas y charlatanes de todo pelaje, todo lo cual ceba la espoleta de Voltaire contra el clero, pero no contra Dios, y su odio a los ateos, pero no a las religiones útiles para llevar de las narices al pueblo. Este siglo oscuro es contemporáneo de Diderot, muy sagaz acerca de los pueblos del confín de la tierra en el Suplemento al viaje de Bougainville, pero un poco menos elocuente cuando se refiere a los beneficios de su capital invertido en la trata de negros... La misma observación cabe con respecto a un Condorcet que condena la esclavitud en Reflexiones sobre la esclavitud de los negros, pero solicita una moratoria de ochenta años (!) para no perjudicar a los propietarios... ¡Luces, Luces!
Lo mismo ocurre con un Kant que, ejemplo máximo de las Luces –calvario de los estudiantes de instituto con su ya famosa Respuesta a la pregunta: ¿qué es la Ilustración?– invita sin duda a la audacia filosófica, al valor intelectual para pensar por cuenta propia, describe el irresistible progreso de la Razón en la historia, llama a una emancipación cada vez mayor de la humanidad, se alegra de las promesas de la Revolución Francesa al extremo de faltar a su habitual paseo por las murallas de Königsberg y aspira al uso de la razón pura, pero al mismo tiempo coloca a las mujeres –sustancial, esencialmente– en la casilla de los menores de edad. ¿Qué decir de un Kant que, en su Definición del concepto de raza humana o en De las diferentes razas humanas, se queja del mal olor de los negros? (que «apestan a puerro», precisa en Del hombre Buffon, otro autor famoso de las Luces...). El mismo ilustrado Kant piensa que el sufragio universal es una buena idea, pero únicamente para los ciudadanos activos, pues los ciudadanos pasivos, los empleados, los obreros, los asalariados, no tienen más derecho que los negros o las mujeres de estar en el mundo a la manera en que lo está un Blanco propietario y bien lavado... ¡Ah, Luces, cuando nos poseéis...!
¿Y qué pensar de Jean-Jacques Rousseau, quien, en el Discurso sobre la ciencia y Las artes, defiende tantas posiciones tan poco ilustradas? Veamos: desprestigio de la invención de la imprenta, culpable de haber hecho posible la edición de tantos libros peligrosos; odio al teatro, que reblandece la conciencia y el cuerpo; genealogía viciosa de la ciencia y de todas las artes; elogio de la ignorancia; interés en mantener al pueblo en la obediencia; alerta contra todo deseo revolucionario; elogio de Esparta; defensa de la pena de muerte; celebración de la rusticidad, el trabajo manual, la ignorancia, la fe, la religión y la disciplina militar; y todo eso acompañado de una crítica a los trabajos intelectuales, la filosofía y la metafísica. Un auténtico breviario de oscurantismo...
He aquí, pues, algunos ejemplos emblemáticos de las Luces, y no los menores, codo a codo con los defensores de la esclavitud y la trata de negros, pregoneros de ideas sexistas y racistas, reaccionarios o conservadores. Un número importante de estos filósofos defiende la pena de muerte: Kant, Rousseau, Montesquieu, Diderot, Voltaire... Por último, la mayor parte de ellos combate activamente el ateísmo y defiende el deísmo, lo que les permite entrar en componendas con el poder oficial, encantado de que se le permita seguir disfrutando del apoyo metafísico de siempre a sus exacciones...

 

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DICE GEORGE Eliot: “Me repugna la autobiografía, a menos que pueda escribirse sin autoglorificarse ni acusar a otros”. Hace años escribí en alguno de los miles de tuits con que he aburrido al personal que las autobiografías deberían llamarse autogloriografías, aunque en algunos casos (pienso en partes de la de Rousseau, por ejemplo, o la de Viktor E. Frankl, o la de Linda Lovelace) también hay espacio para el arrepentimiento y la autoflagelación. Lo que pide George Eliot es complicado, porque solo un budista podría escribir una como las que ella pide, y los budistas no tocan ese género porque han matado su ego; recuérdese que Gandhi, cuando emprendió la suya, tuvo que dar prolijas explicaciones a sus más próximos, que le reprochaban que “las autobiografías son cosa de occidentales”. Me atrevería a decir, incluso, que es más fácil evitar la autoglorificación que ajustar cuentas con los demás: esa es la razón de que García Márquez, que escribió el primer tomo de la suya, Vivir para contarla, sobre sus años de niñez, se negó a continuar “porque en los años siguientes comienza a aparecer gente famosa y me va a ser imposible no decir cosas desagradables".


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RECUERDO LA ironía con que leí el comienzo de las Confesiones de Rousseau:
Emprendo una obra de la que no hubo jamás ejemplo y cuya realización no tendrá imitadores. Quiero mostrar a mis semejantes a un hombre en toda la verdad de la naturaleza, y ese hombre seré yo.
A Rousseau hay que reconocerle un papel fundador en el confesionalismo, porque lo que se había realizado antes (San Agustín, Cellini, Teresa de Cepeda, Montaigne) no alcanzaba ni de lejos la pornografía de vivencias y sentimientos a la que iba a llegar este filósofo. Claro que lo que vino después… ¡Qué pensaría Rousseau de esta época, en la que (casi) todos contamos nuestra vidita hasta en el más mínimo detalle, mucho más incluso desde la llegada de Internet, y hasta existe un género literario llamado memorialístico o confesional, él que pensaba que sus confesiones no iban a tener imitadores!


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SE RÍE Gombrowicz en sus Diarios de la multiplicación de "genios" literarios que experimentó cada país desde que surgió el estado-nación. Eso también lo denunció Juan Benet: desde que el estado descubrió las ventajas uniformadoras y anestesiantes de la escuela obligatoria, lucir un buen ramillete de escritores XXL es tan importante para un país como contar con un buen ejército o una buena armada. Y si no se tienen, se inventan. A partir del siglo XIX (ya es curioso y revelador que sea rarísimo encontrar manuales de literatura nacional anteriores a ese siglo), todos los países se dieron a la tarea de encontrar escritores entre los matorrales sin guardar el mínimo sentido del ridículo. Mientras Voltaire y Rousseau fueron perseguidos durante el siglo XVIII, dos siglos después el general De Gaulle se negaba a encarcelar a Sartre, que se había ofrecido voluntario a llevar maletas de armas a los insurgentes argelinos, "porque Sartre es La France". Convertida la literatura en la puta de las naciones, los escritores imprescindibles se multiplican por diez en la edad moderna: ¡cada nación de repente tiene cincuenta, cien genios de las letras por siglo, qué maravilla! Pero a la hora de disimular la trampa, algunos países tienen más dificultades que otros: es el caso de España. Sucede que el castellano disfrutó en su siglo de oro de una de las mejores literaturas del mundo, para algunos la mejor de todas, pero entre los siglos XIX y XX (AQUÍ), en cambio...