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EN THREADS he comparado a Stefan Zweig con Galdós:
Para mí el de Zweig es un caso parecido al de Galdós en España. Contra Galdós arremeten todos los jóvenes (Valle, Unamuno, Azorín, Baroja, Gómez de la Serna...) por "baja calidad de página" (AQUÍ), y contra Zweig toda la germanidad (Thomas Mann, Brecht, Kraus, Hofmannsthal, Hesse, Arendt, Canetti...) por el mismo motivo. La diferencia entre Galdós y Zweig es que mientras Galdós se ahogó en los Episodios Nacionales (que me parecen lo mejor de él, ojo), específicamente españoles, condenándose a ser un escritor de un-solo-idioma o un-solo-país, Zweig se puso a hacer biografías europeas, desde Magallanes a Tolstói pasando por Nietzsche o María Estuardo, y se extendió por todos los países y por todos los idiomas como la electricidad. Sus "Momentos estelares de la humanidad" fue uno de los libros más vendidos de principios de siglo. Ahora, si tú te lees una biografía de Zweig y después otra de Safranski o de Gibson, te das cuenta de la cantidad de retórica y poca investigación que hay en las de Zweig (aunque siguen estando bien, porque Zweig es un gran autor popular, si bien es un autor popular clasista, que pinta muy bellamente a los personajes nobles y bastante peor a los segmentos populares, al contrario que Galdós).
Como literato prefiero a Galdós, por la viveza de sus tramas o porque su capacidad para retratar a personajes locos o torcidos me parece extraordinaria, además de que me pone su postura continua en defensa de los de abajo contra los de arriba, pero como intelectual prefiero a Zweig, porque el austriaco escribía con un pie metido en Europa y otro en la Humanidad, mientras Galdós solo ofrece una mirada española y españolista, con los prejuicios que tengo yo contra eso (contra los monstruos que generan las propuestas de "solo para nosotros").

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SCHOPENHAUER MI hermano del alma. Cuenta Safranski que el filósofo acudía en Roma al café Greco, punto de reunión de artistas alemanes, y que pronto se hizo enemigo de todos por sus opiniones, sobre todo las antipatria:
Otra vez, Arthur proclama que la nación alemana es la más necia de todas. Esto es demasiado para el indulgente público del café. Así que se oye gritar: "Vamos a expulsar a este rufián". Schopenhauer tiene que tomar las de Villadiego antes de que le echen. En casa, anota en su diario de viaje: "Si pudiese simplemente deshacerme de la ilusión de considerar a estas lenguas de víbora y de sapo como a mis iguales evitaría muchos problemas".

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RESULTA QUE también Nietzsche estaba lleno de Vanessa. Dice Safranski que su "afeminamiento y onanismo" eran comidilla pública y que Wagner lo hirió "mortalmente" cuando le dirigió una carta donde le sugería que dejara sus amistades masculinas íntimas y se echara una mujer. Pero Safranski se niega a que la obra del helenista alemán se lea de acuerdo a estas sospechas y soy de la misma opinión, porque cada persona vive su sexualidad de forma diferente, y no sabemos hasta qué punto Nietzsche vivía su condición sexual (la que fuera) con repudio u orgullo, o qué peso le concedía a ese punto en su existencia. Por lo pronto, las dos personas que más admiraba del mundo antiguo, Alejandro Magno y Julio César, fueron conocidos plurisexuales, y la persona que más idolatraba de la modernidad, Napoleón Bonaparte, una travesti en su tiempo libre. También Dioniso, el dios nietzcheano por excelencia, era un dios que los antiguos caracterizaban como andrógino.

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CUÁNTO ECHO en falta en la literatura española el surgimiento de un Rüdiger Safranski que relate con amenidad y cultura lo que sucedió en las letras castellanas desde Garcilaso de la Vega a Calderón de la Barca. Esa etapa es entre los españoles la única de nivel europeo y me atrevo a decir mundial, la única en que sus creaciones pueden ser comparadas con lo mejor de lo que se hacía en otras partes. Se me objetará que ya existen muchos críticos célebres, por ejemplo Menéndez Pelayo, Menéndez Pidal o Dámaso Alonso, que estudiaron esa época al dedillo; pero yo me refiero a que quiero leer a un autor estrictamente enamorado de la literatura, que escriba sin pandereta en la mano ni bufanda rojigualda, sin despreciar a los genios de otras partes ni creerse obligado cada diez páginas a decirme “como se ve, los españoles fuimos los primeros en...”