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CUENTA SALVADOR Pániker en su Diario de Otoño:
Cuixart tiene setenta y dos años y es primo hermano de Antoni Tàpies. Cuenta que el padre de Paco Umbral era un militar de alta graduación de Valladolid, que tuvo una aventura con una señora, y que como fruto nació un niño, que a ese niño lo dejaron en el umbral de la casa (o algo así), y que de ahí el seudónimo de Paco «Umbral».
Hombre, la razón de que Francisco Pérez Martínez acabara llamándose Francisco Umbral es fonética al 100%, historia del nacimiento al margen, y así tenía que ser en un autor que hizo del sonido el centro de su prosa. Este autor concedía tanta importancia al oído que, por ejemplo, para referirse a los campos de concentración nunca utilizaba Auschwitz, sino Dachau; para referirse a los primeros homínidos nunca citaba al Australopithecus, Neandertal o Cro-Magnon, sino al Hombre de Orce; para Umbral el rey de España nunca cazaba osos o ciervos, sino rebecos, y nunca navegaba en barco o en yate, sino en balandro. Solía contar que estaba leyendo "Tristana", de Galdós, y arrojó el libro al suelo cuando leyó que Tristana tenía una "boquirrita": para Umbral el mero empleo de una palabra tan fea te condenaba para siempre como escritor.

La palabra umbral, precisamente, aparte de la cantidad de sugerencias que congrega su significado, es espectacular desde el lado del sonido, porque la primera sílaba se pronuncia desde dentro y la segunda hacia fuera, haciendo un efecto de expansión muy bonito, que se escucha como umbrrralllll, casi con eco, palabra que sigue sonando poderosa después de pronunciada. Es una palabra deslUMBRALte. En lo suyo fue sin duda un superdotado y la elección del apellido es otro ejemplo de su genialidad para el lenguaje.

Yo sigo colocando a Quevedo como el principal artífice del idioma, pero el 50% del vocabulario del gran cojo no hubiera superado el muy estricto arel de sonido umbraliano, que desde ese punto de vista opera como un poeta gongorino o modernista. De hecho, aunque a Umbral se le compara continuamente con Quevedo, a quien se asemeja en ingenio, eclecticismo y hasta en el físico, opino que su léxico se asemeja más a Herrera, Góngora, Valle o Rubén Darío.

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ANOCHE DIJE que el tronco de la literatura española está perjudicado por el vicio de la redundancia, y qué mejor ejemplo para exponerlo que la prosa de Fernando Sánchez Dragó, que en Carta de Jesús al Papa escribe así, os juro que no me lo invento, copio solo algunos trozos:
• • • Quiero decir con ello que aquí, en este rabo de Europa por desollar (Machado dixit. Su voz es sagrada. ¿Era, acaso, un euroescéptico?), no se admite el casuismo, la heterodoxia, la extravagancia, la discrepancia, la diferencia ni el ejercicio de la libertad.

• • • No sazonaré ni apuntalaré, ni aglutinaré mis opiniones con salivilla de datos, despliegue de silogismos, notas a pie de página, pavoneos de erudición y signaturas bibliográficas.

• • • Las pesquisas, de mata en mata, de loco en loco, de templo en templo y de islote en islote, han tirado de mí, me han asendereado, me han convertido en buscota de rastrojo y monje giróvago, y me han conducido hasta el norte de Japón y los confines de la Polinesia.

• • • ¡Reencarnación, Wojtyla, reencarnación! He ahí la clave de la bóveda, el dato que –entre otros– te falta (y que faltó a tus antepasados), el mecanismo de la cerradura, el engranaje de la iluminación, la llave maestra que abre y despeja la incógnita de quiénes somos, adónde vamos y de dónde venimos.

• • • Fue la ciudad de Alejandría la que, andando el tiempo y devanando el ovillo de la tupida madeja (o maraña) de las teologías, hizo posible esa red fluvial, esa empanada, ese alcuzcuz, ese gazpacho.

• • • Los místicos, cualesquiera que sean sus orígenes, sus abscisas y ordenadas, su terreno de cultivo, su banco de pruebas, saben sin asomo de posible duda –porque lo han vivido, porque lo han sentido, porque lo han experimentado y, por tanto, verificado– que solo hay una energía, una luz, una fuerza, una sustancia, un ki, un anima mundi…

• • • Es difícil, casi imposible, viajar –viajar, Wojtyla, no hacer turismo– sin llegar a la conclusión, racional y razonable, de que todo en la liturgia, doctrina e historia sagrada de las religiones es préstamo, contagio, ósmosis, simbiosis, relativismo y, en definitiva, sincretismo.
Esta manera de escribir, en España, se la conoce como “estilismo”. En otros países se les llama estilistas a Gustave Flaubert o Truman Capote, que vinculan el estilo con la economía y la precisión; son autores que creen, mira qué disparate, que un buen estilo consiste en decir más y mejor en menos palabras. En España, en cambio, se tiene por estilistas a Quevedo, Baltasar Gracián, Torres Villarroel, Emilio Castelar, Ortega y Gasset, Gómez de la Serna, Gabriel Miró, Valle-Inclán, Max Aub, Ignacio Aldecoa, Camilo José Cela, Francisco Umbral o Juan Manuel de Prada, autores que llenan de vegetación sus textos y necesitan tres folios para decir lo que bastaría en uno. Se puede tolerar este defecto en el caso de Quevedo o Gómez de la Serna, porque algunos de los conceptismos o greguerías que incluyen en sus obras son magistrales y te devuelven el precio de la entrada, pero en el caso de prosas como la de Sánchez Dragó yo no encuentro el placer estético por ninguna parte. Dan ganas de llamar a los agentes de la Guardia Civil y pedirles, por favor, llévense presa a esta mujer, se llama Literatura Española y ha infligido un daño irreversible en las mentes de los pobres lectores, pues les ha obligado a leer como profundo lo que solo es decorativo; y además es la responsable de un delito ecológico de magnitudes incalculables, pues desde hace siglos en España hay que tirar el triple de árboles de los que son necesarios para hacer libros, debido a que sus escritores confunden la escritura con la repostería y solo consiguen decir en muchas palabras lo que se podría decir mejor en pocas.

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EN LA estupenda biografía de Valle-Inclán escrita por Gómez de la Serna, se habla de las grandes mentiras/fantasías que contaba el escritor gallego en las tertulias. Se cuenta esta, por ejemplo, por boca de Pedro de Répide:
–Una vez en tierraz de América o como zi dijéramos en Indiaz, zalí de la ciudad pazeando por el campo. Como yo me trago laz leguaz, me zorprendió la noche lejoz del poblado a la orilla de un lago, ya en territorio de zalvajez. Allí me zenté a dezcansar en un tronco verdozo, como lleno de muzgo. Pero al poco rato noté que el tronco ze movía. Otro cualquiera ze hubiera azuztado. Yo, no. Me fijé y vi que me había zentado zobre un caimán. Y como yo conozco laz coztumbrez del zaurio le puze un dedo en el ojo, que ez la manera de guiarlez, y azí montado en él me condujo hazta laz puertaz de la ciudad.
Al terminar su relación paseaba la mirada por el auditorio, que, conocedor en su mayoría de la fantasía valleinclanesca, no decía nada, antes bien se recreaba con la maravillosa bola. Mas no faltaba algún recién llegado, quien creía que le estaban tomando el pelo y se atrevía a protestar. Entonces Valle le dedicaba sus más elocuentes contumelias, empezando por decirle:
–Uztez ez un idiota. Uztez no zabe lo que ez un zaurio.


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EL ESTADO necesita la literatura para que te identifiques con él. Para que sepas a qué redil perteneces. Y para que te identifiques, no le sirve tanto La Celestina como Luces de bohemia, no le sirve tanto la prosa del Lazarillo como la de Galdós, no tanto las coplas de Manrique como los versos de Miguel Hernández, porque las obras antiguas están escritas en un español antiguo, a veces dificultoso, firmadas a menudo por autores que hoy serían considerados como misóginos, islamófobos o antisemitas, autores que se movían en un ambiente hiperreligioso, muy distinto al actual, y daban mucha importancia a cuestiones como el honor, la limpieza de sangre, la nobleza de nacimiento o la divinidad del Rey. Han conseguido salvar a Cervantes para la modernidad gracias a toneladas de propaganda y gracias a que Cervantes era un raro espíritu tolerante, pero lo habitual es justo lo contrario: cuanto más contemporánea es una obra, más cercana la siente el lector. ¿Que Alberti, un poeta menor, nos viene mejor que Quevedo, un gigante, para que el ciudadano interiorice LO NUESTRO? ¿Que Lorca, un autor folclórico, nos viene mejor que Lope de Vega, un monstruo incomparable, para poner a la población en filas? Pues bienvenidos sean los autores pirenaicos del siglo XIX y XX antes que los himalayas del siglo XVI y XVII: así funciona la literatura desde que la traicionaron y la pusieron al servicio de la nación.

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SOBRE LA mentiratura. Se equivoca Baroja cuando llama “farsante” a Valle-Inclán y se equivoca Gore Vidal cuando llama “embustero” a Truman Capote, porque las mentiras que decían estos escritores, igual que las de Stendhal o Baudelaire o Hemingway, eran tan exageradas o las practicaban con tanta asiduidad que se convertían en su negación, pues toda mentira se destruye en el momento en que llega a disparate. Cuando Nerval proclama que es hijo de Napoleón Bonaparte; o Valle-Inclán asegura que cabalgaba sobre un cocodrilo tapándole un ojo; o Cela mantiene que puede absorber dos litros de agua con el culo; o Baudelaire afirma que poseyó a una jorobada y que es un placer sexual superior, no están mintiendo, porque han despojado a la mentira de todo lo que tiene de lucrativo o ventajista y la han convertido en una mentira desinteresada y de mayor calidad. Ya no son literatos que mienten: son mentiratos que hacen mentiratura.


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Que Galdós fuera un garbancero, como dice Valle-Inclán, o Dostoyevski un chapuzas, como le acusa Nabokov, o que a Cervantes le fallara el estilo, como señala Lugones, o que Balzac no supiera escribir, como aseguró Flaubert, son el tipo de críticas que siempre lanzan los estilistas, que parecen olvidar que la novela tiene unas exigencias distintas a la poesía y que el empeño de fabricar un Garcilaso en prosa suele producir frankensteins. La poesía se escribe con palabras y la novela a través de ellas; en la poesía cada fonema o sílaba tienen importancia y en cambio la novela se construye con ladrillos más grandes: acusar a un novelista por los garbanzos de la prosodia o la sintaxis de sus oraciones es no entender en absoluto los retos del género. Cada frase, en la novela, es un mero átomo que está supeditado al párrafo, que a su vez está supeditado al capítulo, que a su vez está supeditado al libro: el ritmo novelístico es un ritmo del largo plazo. Es un ritmo también de la estructura: la eufonía de los grandes novelistas se basa en la peripecia narrativa, en la cadencia que marcan los actos de los personajes a lo largo de las páginas. No niego que se pueda ser un gran prosista siguiendo criterios cercanos a la poesía (pienso ahora en Gómez de la Serna, en Gabriel Miró, en Aldecoa o en Umbral), pero difícilmente se podrá ser un gran novelista, y en cambio todo gran novelista es a la vez un buen prosista en el sentido de que practica la prosa de la eficacia. Por eso los novelistas acusados arriba, todos extraordinarios, no lo fueron a pesar de sus garbanzos, sino gracias a ellos.